martes, 25 de junio de 2013

El espejo

Tinta rosa sobre papel

Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa sobre papel en http://www.payasoprocaz.com

Tinta rosa sobre papel

2013-05-13


Foto: Jill Ferry

Me detengo diariamente frente al espejo viendo mi imagen, siempre la misma, siempre el mismo reflejo. Intento cambiarla, modificarla, pero a veces no es posible; unas porque no se puede, otras porque no se quiere… y sigo viéndola a diario. Hago de cuenta que no has partido, que sigues tras de mí, que te mantengo vivo tras el reflejo.
Intento ahuyentarlo, ahora más que nunca, para no verlo más, para evitar el dolor que me causa y cierro los ojos evitando ver la verdad, verte ahí y luego verte desaparecer. Es terriblemente complejo, antes eras tú, ahora sólo es un reflejo. Escribo con un labial rojo cuanto te amo, lo quito y en su lugar pongo cuanto te odio después de enterarme y vuelvo a borrarlo. No puedo odiarte, por más que quiera no puedo hacerlo, es irremediable me coloco de nuevo frente al espejo. Observo.
Me detengo, veo cuanto he cambiado y me aterro, puedo ver mis errores a través de mis ojos. Te veo reflejado en ellos, los cierro, se humedecen. No quiero abrirlos, no puedo ver la realidad, me duele. Te veo en la calle a través del reflejo, volteo y lo descubro, me hierve la sangre, pasa tiempo, ahora siento un cosquilleo en las entrañas que me inquieta. Cierro los ojos y lloro, pero ya no salen las lágrimas. Me observo y veo que tras de mi sólo queda un gran vacío, interminable, distante, ya no es mío. Ya nada es mío, todo se ha convertido en una simple imagen, me analizo. Me odio, me compadezco y vuelvo. Yo fui la culpable, yo lo provoqué. Me duermo.
El espejo es blanco, tan blanco como la nieve, veo mi cabello castaño y pienso en el suyo, miro mi cuerpo y lo comparo, me gusto. Te recuerdo tocando mi cabello, cierro los ojos y cuando los abro estoy sola, más sola que nunca, me muero. He muerto, si no fuera por el corazón que aún palpita, pensaría que estoy sin aliento. Te amo escribo en el espejo, lo beso y salgo. Regreso, está obscuro, me culpo, te culpo, la culpo, me odio. Me paro frente al espejo, ya no me veo. Me dejo ir tan lejos que nadie pueda encontrame, mi reflejo se aleja hasta desaparecer…
Agradezco a los valientes que me acompañaron en esta tinta rosa sobre papel, emprendo un vuelo para no volver a encontrarme con el Payaso, pero un vuelo necesario. Los dejo queridos lectores con un mal sabor de boca, como es la locura, como fui yo, como somos las mujeres que morimos por amor.

2. Encierro

Tinta rosa sobre papel

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Foto: Andrea Zanchi

Una de las cosas que más me ha impactado en esta vida fue ver una serie de fotografías sobre dementes que se encontraban recluidos en La Castañeda. Imaginar lo que fue la vida de esa gente y por qué llegaron a ese lugar es algo que (como buena morbosa que soy) me ha llamado siempre la atención. Pero conocer sus rostros es otra cosa.
Hace unos años en un seminario de la maestría, Maricarmen, una compañera, nos habló sobre un caso en el que una maestra que impartía clases en aquella institución se había vuelto loca y había terminado sus días recluida. Lo más impactante es que su madre, quien también trabajaba en el sitio, se había quedado de por vida en el psiquiátrico tan sólo para cuidarla. ¿Triste? Sí. Y mucho. Y así es como me vino a la mente el cartón piedra de Juan Manuel Serrat, en el que un hombre se había enamorado de un maniquí. Esa si es una locura de amor y no tonterías. Tal vez esa canción me ha impactado ampliamente por una sencilla razón, la frase con la cual termina: Entonces llegaron ellos, me sacaron a empujones de mi casa y me encerraron entre estas cuatro paredes blancas. Dónde vienen a verme mis amigos de mes en mes, de dos en dos y de seis a siete…
¿Acaso ese sentimiento puede provocar realmente locura? Antonieta Rivas Mercado podría confirmarlo, aunque estoy casi segura que muchos factores pudieron haberla llevado al desenlace fatal. En realidad lo que más me impacta de Cartón piedra es la forma cómo aquel hombre se expresa sobre el maniquí, el amor que le profesa a diario frente al aparador, justamente esa obsesión lo llevará a cometer el delito que lo llevará finalmente a una celda blanca.

1. Suicidio

Tinta rosa sobre papel

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Tal vez no estás en ánimo de escuchar esto. Y yo tampoco de decirlo, pero hay ocasiones en las cuales no puedo contarle a nadie cómo me siento, porque no lo entienden y… mucho menos él. Estos días han sido una locura, creo que el año completo. Pasamos de estar bien a mal y de mal a bien y de nuevo lo mismo hasta que ardió Troya y, ya vez, ahora me encuentro más sola que un perro y con una gran desazón en el pecho.
Creo que tú lo entenderás porque te has encontrado en la misma situación y nuestros temperamentos son tan parecidos que supondrás a qué grado llegan las peleas y el amor que siento. Primero pensé que era insatisfacción, esa que sientes cuando quieres ser más de lo que puedes ser, pero que no alcanzas. Otras veces imagino que es dolor, un dolor interminable, que cala los huesos, que te rompe. Ahora es ansiedad, frustración, tristeza y desesperación combinadas. Todas, todas juntas, y lo peor son los rayos de esperanza que se rompen cada vez que lo veo y las acciones o las inacciones, qué sé yo. Todo, ahora todo es negro.
Te escribo porque estoy a punto de explotar, porque ya no sé cómo contener mi sentir, porque es difícil vivir tanto tiempo con alguien y darte cuenta que la vida diaria los ha alejado. Porque te das cuenta que sin él no puedes siquiera respirar, porque tu vida no es nada sin su presencia, porque lo único que queda es el vacío.
Ahora él está enojado, distante o no sé qué conmigo. Claro está que yo he tenido mucha de la culpa de esto, pero cada día su indiferencia me hace más daño, me duele más y me da rabia, porque yo estoy muriendo por su ausencia y él ni siquiera se percata de ello.
Lo peor es la incertidumbre de no saber qué será de mí sin su presencia. A veces (casi siempre) creo que es irremediable, que lo he perdido para siempre, que no va a volver y es en esos momentos (éstos) que no veo el para qué vivir. ¿Por qué me estoy desvaneciendo ante esto? Me culpo y me enojo conmigo por no saber parar las peleas pero también por no saber terminar de una vez por todas con la relación y sepultarla. No puedo y ahora siento que la vida se me va de las manos a pasos agigantados.
He dejado de pelear, de respirar, pero no puedo dejar de pensar en él, porque no sé cómo hacerlo. Tal vez es una forma de martirizarme, qué sé yo… la cuestión es que ahora no tengo ganas de continuar. La verdad amiga deseo que acabe de una vez, si el destino me está poniendo a prueba puede quedarse con el premio porque yo ya no lo quiero.
Me despido, espero que te encuentres bien, que por aquí gana la tristeza.
Besos

La pata de gallo

Tinta rosa sobre papel

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Tinta rosa sobre papel

2013-04-22



Ilustración: Ramz

Cuando era pequeña mis padres solían llevarme a todos los parques cercanos a mi casa. Yo nací, crecí y sigo viviendo en la colonia Del Valle y si alguno de ustedes ha vivido, vive o conoce la zona, sabrá que existen muchos. Frente al parque Hundido existe un pequeño jardín con una capillita que varias veces es utilizada para celebrar bodas. Ese era uno de mis lugares favoritos, pues en la esquina existía un Tom Boy (una hamburguesería de los 80) donde me compraban papas y malteadas de chocolate (buenísimas). Pero eso no era lo que les deseaba contar: sino el que en el lugar existen una gran variedad de juegos para los niños con animales de piedra de todos los colores posibles. A mí me gustaba subirme al oso blanco y al cocodrilo.
Uno de esos fines de semana, después de estar trepada en el cocodrilo decidí hacer una casita con troncos y bayas para mis muñecos, cuando de pronto se me acercó una chica como de unos 20 años que quería platicar. A primera vista me asustó su aspecto desprolijo: llevaba un vestido y un molote en el cabello. En esos momentos estaba dispuesta a huir pero mi mamá se me acercó al oído y me susurró que la chica estaba “bobita” y que no me haría nada. Eso en verdad me tranquilizó.
Se sentó frente a mí y me preguntó que hacía. Yo le expliqué que jugaba a la casita. De pronto ella sacó un cordón con el que envuelven las bolsas de pan de su bolsillo y así sin más me dijo: ¿quieres que te haga la pata de gallo? Me quedé de a seis, pues no sabía a qué se refería, así es que dentro de la cordialidad que podía caracterizar a una niña de 6 años le dije que sí y de pronto vi como la chica empezaba a manipular el lazo con tal precisión que en unos cuantos movimientos apareció entre sus manos una pata de gallo, con sus tres deditos y toda la cosa. Ante la hazaña sonreí.
De ahí hizo una telaraña, una red y demás monerías con el lacito hasta que perdí interés por completo y voltee a ver a mi papá como diciendo “sálvame”. Mis papás se disculparon y se despidieron de ella. Mi papá me tomó de la mano, yo abracé mis muñecos y le dijimos adiós a la muchacha. En el camino hacia el carro mi papá me dijo que si había visto los dedos de la chica. Yo le respondí que sí, que estaban lastimados, sangrados. Entonces muy serio mi papá me quedó viendo y dijo: “Si sigues comiéndote las uñas te vas a volver como esa chica y vas a empezar a hacer patas de gallo”
Desde ese día dejé que mis uñas crecieran porque ya me veía yo jugando con lazos de pan en los parques.

Bigamia

Tinta rosa sobre papel

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Hace mucho tiempo leí un artículo de Anne Rubenstein sobre la muerte de Pedro Infante y una de las cosas que más me impactó fue ver como la opinión pública se volcó a las calles para darle el último adiós. Pero detrás de ese análisis y de la figura estereotipada del ídolo se escondía uno de sus mayores secretos: el hombre había sido acusado por su esposa María Luisa León de bigamia en 1953. León aseguraba no haberse divorciado de Infante y mucho menos consentir el matrimonio que había contraído ese mismo año con la actriz Irma Dorantes.
La desgracia es que también Dorantes interpuso una demanda para limpiar su nombre y hacer pública la legalidad de su matrimonio, pero todo fue inútil, la Corte declaró a favor de la primera esposa e Irma se quedó chiflando en la loma.
Por fortuna la demanda se interpuso justo antes del fulminante accidente de Pedro Infante, así es que la muerte le vino como anillo al dedo, pues ya no tuvo que responder al escándalo que se vino tras su fallecimiento. Las viudas se disputaron el cadáver y, por obvias razones, la herencia.

Lo curioso es que de eso sólo se acuerdan los expertos y las personas que vivieron el suceso, porque el resto seguimos idolatrando al ídolo como si hubiese sido un santo.
¡Ah que Pedrito!


Un día

Tinta rosa sobre papel

Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa sobre papel en http://www.payasoprocaz.com


Foto: Leopoldo Silberman

Un día te das cuenta que pararse es tan complicado como respirar. Ves hacia el techo… ¿buscando qué? Sin encontrar razón alguna para vivir, sigues respirando. Te paras frente a la ventana esperando que algo pase. Tu vida es vacía, no tiene sentido, no tiene esperanza, pero tú sigues ahí, impávido, esperando que el mundo pase sin importancia.
Otro día te despiertas muy triste, melancólico, casi al borde del suicidio sin saber por qué. Todo te produce tristeza, desazón, dolor. Un dolor profundo que te carcome el alma. Deseas dejar de existir, lo tienes fijo en el pensamiento pero eres tan cobarde y estás tan melancólico que no te atreves a nada. Vegetas, observas el techo y lo encuentras cada día más bajo, más sofocante. Te paras frente a la ventana y no hay nada más que el horizonte vacío. Duermes.
Un día más decides no despertar. No abrir los ojos, al fin y al cabo ya sabes que hay arriba. Mejor duermes, así no te enteras de lo que pasa afuera, en la ventana; ni dentro, en tu interior. Es mejor alejarse de todo, dejar que la vida te lleve, como el océano, a donde se le pegue la gana. Cierras los ojos.
Día tal… mantienes la vista fija, nublada por el llanto. Vez el techo borroso. Se acabó. Tomás el frasco que está al lado de la mesita de noche, lo deglutes. Cierras los ojos. Te sientes más angustiado que nunca… se acabó, ya no sentirás nada.

Vacaciones

Tinta rosa sobre papel

Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa sobre papel en http://www.payasoprocaz.com

Foto: Leopoldo Silberman

Pareciera que la simple palabra debería servir de aliciente, pero no. Cuando llegan las vacaciones resulta que mi mente trabaja más rápido; debería ser lo contrario, pero no es así. Me levanto más temprano que nunca, estoy alerta y recordando todos los pendientes de la casa: que si le hace falta una pintada, que hay que llamar al carpintero para que nos arme el librero, que debo deshacerme de la tele vieja que estorba en el estudio, escarbar los closets, comprar aquel libro que tanto quería, arreglar lo del agua, ir a la tesorería, ir al peluquero… en fin… un sinnúmero de pendientes que abruman más que ayudar a descansar.
Resulta entonces que las vacaciones no son como siempre las imaginas: tú en medio de la cama, la tele prendida en cualquier canal y chucherías para comer todo el día. Sí, unas vacaciones en las que no tengas que salir de viaje, hacer maletas y regresar con ganas de tomar vacaciones de las vacaciones. Nada de pendientes que te abrumen, nada que hacer; que los trastes se laven solos y la comida llegue instantáneamente a mi boca (eso sí, muy sabrosa) y yo mientras tanto tirada en medio de la cama contemplando la tele sin verla, leyendo sin obligación, comiendo sin preocupación y durmiendo cuanto me plazca. Esas sí serían unas verdaderas vacaciones.

Tarde

Tinta rosa sobre papel

Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa sobre papel en http://www.payasoprocaz.com

Ilustración: Ramz

Suena el despertador como siempre a las seis de la mañana. En la noche anterior no me pasó por la cabeza que me costaría tanto trabajo tratar de despertar. La cama, calientita, te invita a permanecer ahí suspendida en el letargo, sin necesidad de pensar, de preocuparte, sólo estar allí: inerte.
El despertador suena dos, tres veces seguidas, mi mente quiere despertar pero mi cuerpo me lo impide. Será porque me acosté muy tarde ayer o sólo tengo una profunda flojera. Intento abrir el ojo derecho, se cierra, ahora veo por la ventana. La luz penetra por una pequeña rendija, mis ojos se cierran. Es tarde, no voy a llegar a tiempo al trabajo. El tráfico, el desayuno, sacar al perro. Vuelvo a cerrar los ojos.
Nuevamente suena el despertador. Me asusta. Es abrumador. Debo despertar. No puedo. Me vuelvo a quedar dormida. Los ojos se cierran. De repente me veo persiguiendo al perro por la casa. No encuentro la correa. Me angustia pensar que tiene que hacer pipí. Veo la correa colgada del edifico. Trato de alcanzarla pero estoy descalza, me resbalo. No puedo. Se que el pobre perro se va a hacer pipí. Volteo hacia arriba. Ya no está, así es que abro la puerta. Entro al trabajo de pijama. ¡Qué angustia! De frente viene caminando mi jefe. ¡¡No!!
Suena el despertador. Vuelvo a abrir los ojos exaltada. ¡Dios mío son casi las siete! Me levanto, busco la correa del perro, no la encuentro. El pobre perro me observa angustiado. ¡Chin! Se hizo pipí.

Odio

Tinta rosa sobre papel

Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa sobre papel en http://www.payasoprocaz.com


Foto: Leopoldo Silberman

Odio el sabor del apio en grandes cantidades. Odio el aroma de los perfumes extremadamente dulces. Odio los zapatos incómodos que lastiman los dedos o los talones. Odio el sonido de los camiones al pasar cerca de las ventanas de mi casa. Odio a las personas que tiran la basura en las calles. Odio los vasos sucios o con olor a huevo. Odio el olor de los aromatizantes de vainilla. Odio a los pazguatos que se distraen durante el siga. Odio a los nacos que viajan con el estéreo a todo volumen. Odio el metro en horas pico. Odio a los sabroseadores. Odio el olor a pápalo. Odio los pretextos. Odio los baños sucios. Odio a las personas que no se lavan la boca.
Odio a los hombres que hacen llorar a sus parejas en la calle. Odio a la gente mal vestida. Odio a las personas metiches. Odio a los hombres cuando son violentos. Odio el olor a sudor. Odio los hoyos en las calles. Odio pisar caca de perro. Odio a los ciclistas intrépidos que piensan que pueden andar en sentido contrario. Odio el aroma de la comida quemada. Odio el desorden. Odio a los borrachos impertinentes. Odio el agua de papaya. Odio el olor a cloro. Odio los padrastros en el borde de las uñas. Odio el sonido producido por los mosquitos. Odio a las personas que mastican chicle con la boca abierta. Odio la nata que se le hace a la leche. Odio la natilla. Odio las manzanas bofas. Odio a la gente impertinente. Odio el olor de la ropa sucia. Odio los refrescos rojos con sabor a jarabe. Odio la crema de chícharos. Odio los comentarios vulgares. Odio a las personas cortas de mente. Odio las estupideces. Odio los libros malos. Odio la arena que se cuela en el traje de baño. Odio los calcetines apretados. Odio los ruidos estridentes. Odio el rechinido de los dientes. Odio olvidar cosas importantes. Pero sobre todo, odio cuando no puedo verte.

Olores

Tinta rosa sobre papel

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Tinta rosa sobre papel

2013-03-11

Ilustración: Ramz

El sábado pasado llegué, como cada semana, al supermercado. Recuerdo que fueron esos días en que bajó la temperatura considerablemente. La gente iba muy abrigada, pues el viento helado se metía por debajo de la ropa, haciendo titiritar a los que no llevaban ropa abrigadora. Estaba yo caminando hacia los refrigeradores de los lácteos, cuando de pronto lo vi. Era imposible ignorarlo, era el hombre más feo que había visto en mi vida.
No sé qué era más desagradable de su persona: si su ropa o su aspecto. La cuestión es que estoy casi segura que en su casa no existen los espejos, pues era evidente que ni siquiera un peine había pasado por su cabello (y eso que estoy hablando de la una de la tarde, que conste).
La cuestión es que mientras me acercaba cuidadosamente a los yogures, el individuo venía caminando hacia mí. Una camiseta roja chillante distrajo mi vista. Era la camiseta más pasada de moda y fea que hace mucho no veía. ¿Recuerdan aquellas camisetas llenas de hoyitos, utilizadas por los jugadores de futbol americano que se usaron en los años ochenta? Pues a eso añadan (si su imaginación se los permite) una tela elastizada y brillante. ¡Ay güey!
Sí, era espantosa. Bueno si el hombre fuera esbelto, tal vez pasaría desapercibida o algunas miradas morbosas se posarían en su figura de lavadero. En efecto, a la vista estaba un lavadero, pero de río, ¡redondo, redondo! A eso le sumanos unos pantalones deportivos negros de Ali Babá. Así como lo leen, eso es lo de menos, porque si sumamos a eso un rostro de “me acabo de parar”, con un gallo al lado derecho de la cabeza y (seguramente) un aliento a león, la cosa se pone peor.
El agua no había pasado ni por la punta de sus yemas y al parecer no pasaría en el transcurso de la tarde. Por lo pronto me hice a un lado antes de que alguna garrapata saltara hacia mi pobre persona. ¡Mierda, también olía a cebolla!

Rojo carmesí

Tinta rosa sobre papel

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Foto: Leopoldo Silberman

Subo las escaleras eléctricas, ante mis ojos empieza a aparecer una enorme sección. Los anaqueles se suceden unos a otros. Los veo, son perfectos. Yo sé que ellos no me observan, no saben que serán míos aunque no lo quieran. No saben que los tengo en la mira y no los voy a dejar escapar.
Paso a paso recorro el lugar. Sus colores me atraen, su olor a nuevo me vuelve loca. Los debo de tener, deben ser míos cueste lo que cueste. Intento interesarme por otros. Los toco. La sensación es tersa. Tal vez sean esos. ¡Son tan hermosos! Pero no, no puedo evitarlo, regreso al mismo sitio del que partí. Me obsesionan. No puedo dejar de observarlos.
Me imagino con ellos, caminando en medio de la acera con esa falda café que tanto me gusta. Me contoneo frente al resto de las mujeres. Los presumo. Ellas me envidian. Los ven, los anhelan, saben que no son suyos, que me pertenecen. Me siento única con ellos. De repente, regreso a la tienda. Sonrío.
Me acerco a una mujer de negro, la detengo, le pregunto. Ella asiente y se mete a la bodega. Espero, es la espera más larga que he experimentado en mucho tiempo. Fibrilo, pensando que no los encontrará, que saldrá dándome una negativa. El tiempo corre… De repente sale de la obscuridad con una caja blanca. La abre, saca su contenido. Me lo entrega. Nerviosa, lo tomo, lo contemplo, lo acaricio, lo huelo.
Me dirijo al primer asiento que encuentro. Me siento. Los pongo en el suelo junto a mí. Me quito los zapatos, mis pies desnudos tocan la alfombra. Me siento cómoda, confiada. Volteo y los veo, siguen allí, a mi lado, no se han movido. Los tomo, me los pruebo. ¡Son tan cómodos! Me levanto, camino hacia la pared más cercana para observalos. ¡Son hermosos!
Mi atención se posa en ese rojo carmesí que cubre mis pies. Ahora serán míos, de nadie más.
Camino orgullosa hacia el asiento que ocupaba. Me siento, me los quito. Los observo. La mujer de negro se acerca. Con una sonrisa me pregunta cómo me quedaron. Le respondo que bien. De manera cómplice me pregunta si los quiero. Le respondo que con toda el alma. Los toma y me pide que la siga.
De repente los veo desaparecer de mi vista. Han sido embolsados y engrapados. Una mano entrega el paquete, la otra lo recibe. Una sonrisa agradece, la otra indica el placer que le causó la venta. La bolsa es depositada dentro de otra más grande. Ahí va el rojo carmesí, escondido como artista de cine. No quiere ser molestado hasta su siguiente aventura.
Tomo las escaleras eléctricas presionando hacia mí una gran bolsa. Sonrío porque sé que en su interior encontraré aquel rojo carmesí del aparador.

Dulces recuerdos

Tinta rosa sobre papel

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2013-02-18
Venía manejando mi carro cuando en Horizonte (la estación que escucho regularmente) dio inicio un programa donde las personalidades intelectuales del país son invitadas para hablar de sus vidas a través de la música. Sí, a través de una larga lista de canciones o melodías, narran pasajes de sus recuerdos. Imaginarán que algunos programas son cotorrísimos y, que otros, tan aburridos como la chingada. El caso es que siempre que lo escucho pienso que si me entrevistarán a mí, no tendría mucho que poner. No crean que la música pasa desapercibida en mi vida (para nada), sino porque hay muchas canciones que me gustan pero ninguna me trae recuerdos increíbles. Bonitos sí, pero no sublimes. Tal vez porque no relaciono mis recuerdos con la música, sino mis sentimientos. Ya saben, cuándo anda uno tristón trata (como Bridget Jones) de cantar en la sala de su casa a moco tendido. En cambio cuándo uno anda feliz baila como Tom Cruise en Negocios Riesgosos (mera coincidencia: en ambos filmes los protagonistas se encuentran en calzones).
El punto es que a mí la música no me trae a la memoria ningún recuerdo; en cambio la comida sí puede transportarme a mi infancia en unos cuantos segundos. Justamente fue hoy cuando, en medio de la fila del supermercado, encontré una de las mayores delicias de mi infancia. Y no, no estoy hablando de los Piedrulces (¿los recuerdan?) sino de los SUGUS. Sí, para aquellos que crecieron como yo comiendo chiclosos, sabrán de lo que hablo. Recuerdo cuando acompañaba a mi mamá a la tienda del ISSSTE de Dr. Vertiz y me compraba un bolsón de chiclosos de cajeta con coco (eran la neta). Todo el camino venía enmielándome las manos con aquel manjar.
Luego los Sugus de las tienditas. Tubitos de sabores (ahora cinco diferentes sabores en un solo empaque), rojos, morados, amarillos, verdes, naranjas y unos cuantos azules (repugnantes por cierto, sabor menta). Las bolsitas de Sugus del cine eran la onda (siempre y cuando no te toparas con un blanco a media función. ¡Mierda!). Lo recuerdo como si fuera ayer. ¡Ah, también los vendían en Sanborns!
En las tienditas de las esquinas vendían unos deliciosos chiclosos morados con un centro muy obscuro y acidito. Creo que eran gringos. Lo que sí recuerdo es que en la portada traían una televisioncilla. ¡Eran la neta!
Lo que puede hacer un delicioso paquete de SUGUS…

Soledad

Tinta rosa sobre papel

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Foto: Forest Woodward

Muchas veces me he sentido sola. Ya saben: esa sensación que hace que te vuelvas melancólica, que te sientas abandonada como un hongo. Como cuándo sueñas que caes en un abismo y no puedes despertarte por más que lo intentas. Si alguna de ustedes la ha sentido, mis condolencias y, si nunca la ha experimentado, mis felicitaciones. No sé si sea una particularidad femenina pero me he topado con muchos casos a lo largo de mi vida y puedo asegurar que no son para nada motivadores.
Me enferma pensar que todas, en algún momento, tenemos ese síntoma y que no existe remedio alguno para curarlo. Y así como la melancolía penetra en tu cuerpo y sientes un vacío aterrador, frustrante, doloroso, también puedes sentirte eufórica sin saber por qué, aunque esa sensación dure poco y vuelvas a experimentar un vacío existencial. Esa, precisamente, es la soledad tras la pérdida o la decepción, tras el fracaso o la ausencia, tras lo imposible y lo que fue posible pero deja de serlo para siempre. Frente a eso uno se queda ahí sentada, esperando que se vaya, que desaparezca, como ese invitado incómodo que esperas que parta pronto, pero que no se va.
Lo bueno es que hay veces que puedes superarla (otras, tal vez no) aunque la mayor parte del tiempo permanece adherida a tu piel como sanguijuela. Hay gente que enloquece por su causa, otras que se aferran a ella y unas más que tratan de perderla, olvidarla en cualquier vagón del metro. En el mejor de los casos les recomiendo ignorarla, hacer de cuenta que no se encuentra presente, que se ha ido, que es invisible. Lo sé, a veces eso es casi imposible pero en ocasiones se logra. Aunque intente regresar, hay que hacer todo lo posible por desaparecerla, de lo contrario la vida se vuelve miserable y tú, su presa.
No tengo una receta, ni puedo decir cómo superarla, ni cómo perderla, ni cómo evitar que regrese… Lo que sí puedo decirles es que yo siempre trato de mandarla a la mierda y, aunque no se esfuma, al menos me siento bien maldiciéndola.

De la teoría de la Linfa nutritiva (o del “qué tanto es tantito”)



Publicado en: Mundo Psique. Psicología y Cultura, México, Editorial Mundo Psique, año 6, no. 20, marzo-abril-mayo 2013, pp. 22-23.

Por Cecilia Alfaro Gómez*
*Historiadora, escritora, catedrática universitaria. Especialista en Historia de las Mujeres e Historia de Género

En el año de 1919, el periódico El Universal lanzó en la sección dedicada a los más jóvenes del hogar –y dirigida por la abogada Esperanza Velázquez Bringas, connotada funcionaria pública defensora de las políticas eugenésicas en nuestro país– una convocatoria para formar parte de un concurso infantil. Esa “Galería de Niños Robustos”, invitaba a las madres a enviar retratos de sus hijos en donde sé evidenciara el buen estado de salud en el que se encontraban. De esta manera, el periódico recomendaba el buen desarrollo físico de las futuras generaciones, para que sus lectoras mantuvieran a sus retoños robustos y bien alimentados. Entre más gorditos, más bonitos. Y entre más bonitos, ¡más sanotes los condenados!
En pocas palabras, los niños rollizos eran, ante los ojos de la sociedad, los mejor nutridos. Esa idea se sigue conservando hasta la fecha en algunos sectores de la población y ha propiciado las más altas tasas de obesidad infantil. Aunque he de decir que este desmedido crecimiento de la masa corporal en niños y adultos, no es nada nuevo. Es una práctica que se ha venido repitiendo a lo largo de la historia entre la sociedad mexicana y tiene sus orígenes en nuestra herencia española.
Es muy cierto que a la gran mayoría de nosotros nos gusta disfrutar de la comida. ¿Qué tanto es tantito? diría yo. Porque de un plato bien equilibrado, con suficientes proteínas, vitaminas y cereales, podemos fácilmente pasar a la dieta de la T (tacos, tortas y tamales) en un segundo. Quizá las comidas tan abundantes o las combinaciones gastronómicas en nuestra cocina contribuyan un poco, pero realmente la cantidad es responsabilidad de cada comensal. Eso, justamente eso, era lo que menos pensaban los habitantes de la Nueva España hace cuatro siglos, pues no tenían la necesidad de preocuparse por el peso debido a que aquella robustez era “bien vista”.
En el siglo XVIII –no tan alejado del “nuevo milenio”– las mujeres que se veían transitar por las calles no eran menos que una talla 34 actual. Además de las crinolinas y un sinnúmero de faldones, ahí abajo había sobrepeso... ¡y mucho! Los caballeros siempre disfrutaban el ver a las dulces damiselas contonearse por las callejuelas de la ciudad con gran soltura, aunque “sin ligereza”.
Pero... ¿quiénes somos nosotros para criticar si los desayunos eran vigorizantes y las comidas aún más? Basta con asomarnos a aquellos muchos y muy seguidos alimentos que se consumían diariamente y, así, poder conocer los grandes manjares y suculentos platillos que podían disfrutar sin culpa ni preocupación.
Para empezar, las amas de casa preparaban un chocolatito “bien caliente y batidito” por las mañanas acompañado, claro está, de un suculento pan: rosquillas, puchas o algún otro manjar. A eso de las doce (pues... ¡como que ya iba haciendo hambre!), en las casas de las familias de clase acomodada se servía la comida. El menú consistía de caldo de pollo, sopa de tortilla, de arroz o alguna pasta de harina; un puchero bien servido con sus verduritas; carne asada, algunas legumbres y frijolitos. De postre se tenía una gran gama de manjares suculentos que iban desde el arroz con leche, las cocadas, los mazapanes, los conflonfios o huevos reales, el ante de mamey u otras frutas; natillas, flanes, jericallas y otros dulces de origen más mexicano, como el zapote con naranja regado de un buen vino y algunos sorbos de catalán.
Pero todavía no acabamos. Como a las tres o cuatro de la tarde, cuando la digestión apenas había terminado, se volvía a servir un chocolatito (esta vez para despertar por completo a los señores que acaban de hacer la siesta) acompañado de almendras, canela o vainilla. Así terminaba el día, y, como mi abuela siempre dijo: “Hay que comer poquito, pero muy seguidito, para vernos rozagantes y bonitos”, aumentando en grandes proporciones los “kilitos”.
La sociedad colonial solía consumir platillos considerados “nutritivos” aunque muy, pero muy ricos en grasas y azúcares, prefiriendo los alimentos dulces como la miel, ya que siempre se pensó que éstos formaban “la linfa nutritiva” en el organismo, la cual tenía la propiedad de llenar los estómagos hambrientos y engordar hasta al más corrioso. Para los estándares de la época, la robustez (es decir, la gordura) era un indicio de belleza y salud que ya en nuestra época muchas “flacuchas” desearían.

En la actualidad, las modas, las dietas, el ejercicio incansable y exagerado son los enemigos públicos de los ciudadanos universales. Comida a deshoras, tráfico estresante, tiendas de autoservicio y enfermedades nerviosas son sólo una muestra de los días que se viven en las grandes urbes. Lo único que queda es alimentarse poco, revisar siempre la “Información Nutricional” de cada paquete o lata antes de consumir su contenido, disfrutar de productos bajos en calorías y dejar atrás el suculento “molito”, acompañado de sus buenas tortillas y un sinnúmero de ingredientes más... “que los huevos producen colesterol, que los pasteles contienen demasiados carbohidratos...”, en fin, cada vez disfrutamos con menos frecuencia las delicias que nuestras abuelas preparaban con tanto gusto en las antiguas cocinas mexicanas.

domingo, 23 de junio de 2013

Calle de Amores

Tinta rosa sobre papel

Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa sobre papel en http://www.payasoprocaz.com


Foto: Leopoldo Silberman

En realidad el amor es una reacción química que un individuo siente por otro en el momento de conocerse, de relacionarse y, en pocas palabras, que se incrementa a partir del tiempo transcurrido. Pero si lo reducimos sólo a eso se convierte en un simple proceso biológico sin mucho sentido. Entonces ¿por qué el amor es tan doloroso y tan satisfactorio a la vez? Por una simple razón: debido a nuestro desarrollo evolutivo. Si no estuviéramos tan desarrollados, tal vez no sentiríamos como lo hacemos (y miren que existe gente que puede morir de amor, literalmente).
Yo no entendía esa necesidad hasta que me enamoré; es en ese momento que te das cuenta de que los sentimientos pueden dominar a la razón y que amar a alguien puede complementar tu vida. Antes de eso, no veía al amor como algo necesario. Después, no podía concebirme sin esa sensación. Así es que la gran maravilla del ser humano es conjuntar las sensaciones químicas con las emocionales para crear una explosión de sentimientos inexplicables.
Y cuando ese amor se fragmenta, llegan sentimientos tan encontrados que acaban con razón misma; así, uno entiende cómo es que las mujeres podían enloquecer por el ser amado. Uno puede perderse en un abismo cuando se da cuenta que lo más importante, que la persona que te complementa, se ha ido. Exacto: somos cursis por naturaleza y amamos hasta la muerte de ser necesario.
¿Será cierto que las mujeres amamos más que los hombres? En verdad lo dudo. Yo diría que amamos de forma diferente. Tal vez en nosotras es más evidente, porque solemos exteriorizarlo, pero ellos sufren y aman tanto (y en ocasiones incluso más) que nosotras. ¡Cuántos grandes literatos se han suicidado por un amor fallido que dejan impreso para la posteridad en sus versos! Es por eso que no podemos demeritar el amor masculino, porque estoy casi segura que es más doloroso debido a que no pueden expresarlo: su naturaleza social no se los permite. ¡Qué lástima! La vida sería menos dolorosa si todos pudiéramos decir lo que sentimos sin tapujos, pero así son los sentimientos: unas los exteriorizamos hasta volvernos locas, mientras que otros los esconden tan adentro que terminan matándolos.
Que complicados somos los seres humanos, qué amorosos, qué amargos, qué dolorosos solemos encontrarnos todos los días. A veces el amor no tiene sentido, pero el sentimiento está presente y por más que nos forzamos en controlarlo es casi imposible. La razón puede dominarlo cuando no lo sentimos con profundidad, pero cuando nos invade ya no hay nada qué hacer… bueno, sí: sentirlo y dejarte llevar. O al menos eso es lo que estoy haciendo en estos momentos (y vieran que es muy satisfactorio...).

La calle de la amargura

Tinta rosa sobre papel

Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa sobre papel en http://www.payasoprocaz.com

Uno no sabe lo que tiene hasta que lo ve perdido. Eso decimos todos cuándo sufrimos algún evento que cambia enteramente nuestra vida. Uno lo sabe, lo escucha, lo infiere pero nunca lo entiende hasta que lo vive en carne propia. Eso precisamente me pasó en el momento que recibí la noticia acerca de mi enfermedad y de lo que sería mi vida a partir de ese momento.
Puedo asegurarles que en un principio (y con la vista nublada), miles de cosas me vinieron a la cabeza, pensaba que moriría como el “hombre elefante”, llena de una serie de tumores en la cabeza, que de seguro mi enfermedad era incurable, que quedaría ciega, ¡que mi vida sería un infierno! Y bien… no fue así.
En efecto, sufro de una enfermedad crónico-degenerativa y, hasta la fecha, incurable. Si lo vemos como se lee, la tragedia me perseguiría. Pero el punto tiene más cosas positivas que negativas, ya que encuentras apoyo en las personas menos esperadas, unos por pena y otros por verdadera reciprocidad. La cuestión es que sacas fuerza de los de al lado y sigues adelante gracias a sus brazos.
He de decir que una de las cosas que más me altera es que me pregunten (con cara de entierro) cómo me encuentro, porque siento que están esperando que me suelte a llorar y diga que me encuentro tan mal como si hubiera sido succionada por el trasero de un elefante (cosa que ha pasado) y suelen decepcionarse cuando digo “¡bien!” con una sonrisa. También me molesta que me quieran dar remedios mágicos para “curarme” o que me manden con el doctor Perenganito, que aunque podólogo, sabe sobre el tema. No, en definitiva, los enfermos crónicos no necesitamos compasión, ni remedios mágicos sino espacio y tranquilidad. ¿Ustedes creen que nos gusta traer a colación todo el tiempo el tema? Evidentemente no.
Así es que si conocen a un enfermo (de esos como yo) traten de hablar de cualquier cosa, menos de su padecimiento, al menos (claro está) que ellos quieran tratar el asunto.

¡Santas cucarachas Batman!

Tinta rosa sobre papel

Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa sobre papel en http://www.payasoprocaz.com

Hace mucho mucho tiempo, los cines eran lugares en donde uno iba a disfrutar de las películas, acompañado de palomitas, gaznates y sandwichitos. Fue hace TANTO que, para poder disfrutar del filme que estabas buscando, debías consultar el periódico para ver en qué sala se exhibía y recorrer un largo camino desde casa si es que tu necesidad era mucha. Y así solíamos hacerlo, al menos los amantes del buen arte...
Y pues mi madre, que desde que tengo memoria es una devoradora de libros y amante del cinematógrafo, me enseñó a amar las buenas películas y verlas así fuera en el fin del mundo. Yo, como su acompañante número uno, viví con ella toda clase de experiencias en el cine. Desde muy pequeña la acompañaba a ver toda clase de géneros; todos los miércoles nos íbamos, principalmente al Pecime a ver películas mexicanas (o a cualquier otro cine donde estuviera aquella que hubiese obtenido la mejor crítica radiofónica). Era divertido, me gustaba que nos compráramos un gaznate y un boing y que me tapara los ojos durante las escenas “impropias”.
Pero esos lindos miércoles terminaron cuando yo entré a la prepa y las tareas se volvieron una perdición: horas y horas de trabajo impedían que me escapara con ella al cine y que compartiéramos una tarde de risas y relatos durante el regreso a casa. Así es que cambiamos el miércoles por los sábados libres. Además, así podíamos invitar a mi papá (más como un pretexto porque tenía carro). En realidad, a él no le gusta mucho el cine, así es que cada vez que nos acompaña lo hace más por darnos gusto.
Un día de esos en los que mi mamá buscaba una película hasta el cansancio, la encontró, ni más ni menos que en el Chapultepec, uno de los cines más grandes que conocíamos. Así es que nos lanzamos hasta Reforma para ver Mentiras, una película protagonizada por Lupita D’Alessio y Juan Ferrara (antes de que tuviera el pelo blanco). Si, lo sé: hasta a mí me causa vergüenza referirme al pasaje, porque la mencionada peli palomera estaba entretenida, aunque el cine no era ni el más cómodo ni el más limpio al que habíamos entrado. Un inmenso telón color rojo daba la bienvenida a los cinéfilos con una innumerable cantidad de butacas manchadas y pegajosas. Entre los pasillos sonaba el fofo tronar de las palomitas bajos los zapatos, los chicles masticados y el refresco de cola. Fue una experiencia sui géneris.
A pesar del camino empalomitado, buscamos los asientos más cómodos y nos dispusimos a ver la película de Televicine. Estaba bastante divertida (sobre todo por las canciones) así que no notamos cuando las pulgas empezaron a penetrar en nuestra ropa. Después de un rato los tres parecíamos monos en jaula, rascándonos el cuerpo sin parar pero, eso sí, sin perder un solo detalle de la película.
Lupita D’ Alessio en un vestido blanco cantaba “Mudanzas” a mitad del escenario, reclamándole, entre lágrima y lágrima, el engaño a Juan Ferrara. Luego, la palabra FIN en medio de la pantalla. ¡Por fin había terminado! ¡La comezón nos estaba matando! Deseábamos llegar lo antes posible a la casa para quitarnos toda la ropa y poder ver los estragos que habían hecho las pulgas en nuestra piel.

Encaminamos nuestros pies hacia la salida, en medio de una multitud que nos llevaba hasta las puertas del cine, cuando de pronto, debajo de nosotros y justo a mitad de la acera de Reforma, una muchedumbre de cucarachas gigantes nos deslizaba cual patines hasta el coche. ¡Esto era el colmo! ¡¿Qué vendría después?! ¡¿Un nido de ratas en el carro?! 
Asustados, nos subimos al auto dispuestos a huir de ese inmundo lugar lo más pronto posible. Como podrán imaginar, nunca volvimos a esa sala…


Casa

Tinta rosa sobre papel

Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa sobre papel en http://www.payasoprocaz.com


Foto: Leopoldo Silberman

La casa: el lugar donde vivimos gran parte de nuestros días debe ser cálido. Al menos eso es lo que busco en un lugar que se precie en llamarse mi hogar. Por lo que los colores, los espacios, el aroma, la vista, la comodidad, todo debe encontrarse en constante armonía para que me pueda sentir contenta.
Después de un día estresante me gusta llegar a mi casa, abrir la puerta y percibir que todo se encuentra en orden; oler la fragancia a manzana que emana del aromatizante, entrar y sentirme a salvo, lejos del ruido de la calle, la velocidad que hoy rodea a la existencia humana, el desazón diario. Ese es mi hogar, el lugar donde todos los problemas se pierden y quedan atrás tras una confortable taza de té y un delicioso panqué.
Pero la casa no sólo es eso, también es tiempo y dinero. Si uno quiere llegar y disfrutar relajadamente del día, el lugar debe estar aseado, pulcro, con las cosas en su sitio, sin polvo, sin malos olores que puedan provocar el aumento de estrés y ansiedad. Un lugar limpio permite que te ocupes de otras tantas cosas que en otros casos deben esperar por causa de la cantidad de cosas que hay que ordenar.
No sé si el orden es una virtud (los que me conocen a veces lo dudan) pero a mí me ha servido hasta el momento y creo que (al menos, en mi caso) me ha facilitado la vida hasta el día de hoy. Por eso disfruto llegar a mi casa limpia y echarme a ver la tele en una cama con sábanas perfumadas. Eso es tan agradable como una buena clase de yoga pero sin pagar un centavo.

Huevos Fritos

Tinta rosa sobre papel

Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa sobre papel en http://www.payasoprocaz.com


Una de las cosas que más me gustan en esta vida es cocinar. Desde pequeña fui intrépida en esa materia. Recuerdo que a los 6 años, cuando me encontraba de vacaciones solía freír mis propios huevos; evidentemente mi mamá no sabía nada al respecto y cuando me hablaba por teléfono desde su trabajo y me preguntaba qué había desayunado, yo le mentía diciendo que había comido cereal con leche. ¡Imaginen ustedes si le decía la verdad! De seguro le hubiese dado un infarto…
También hervía avena e inventaba formas de cocción más sencillas: como aquella vez cuando metí un huevo al microondas (lo cual no recomiendo): el pobre blanquillo explotó y el olor fétido del micro me generó nauseas al momento de limpiar. Lo más grave fue cuando freí un plátano tabasco en vez de uno macho, pensando que sería lo mismo: en realidad el experimento no resultó pues las rebanadas parecían esponjas absorbiendo toda la grasa posible y adhiriéndose al sartén, igual terminé comiendo plátanos tatemados con crema a pesar del desastre dejado en la cocina.
Así fue como conocí la cocina y así fue como mi gusto culinario fue incrementándose. Hoy en día soy la primera en ofrecerse en cocinar y, no es por ser presumida, pero las ensaladas y la comida italiana son mis especialidades. Suelo dominar casi toda clase de guisos: con un recetario enfrente y mis tazas medidoras no hay platillo que se me resista (bueno, en un principio el arroz intentó sublevarse pero lo dominé para después hacer que a mi marido le saliera arroz por las orejas). Ese es mi secreto (y a diferencia del de la margarina Primavera yo sí puedo decirlo): constancia. No importa cuando se te pegue el arroz, con la práctica terminarás convirtiéndote en un experto.

Miguel Ángel de Quevedo

Tinta rosa sobre papel

 

Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa sobre papel en http://www.payasoprocaz.com



Debo de confesar que una de las cosas que más me avergüenza en esta vida es el haber estudiado en un colegio de monjas. Si en ese entonces hubiese tenido voz y voto para decidir qué hacer con mi vida, les aseguro que no hubiese escogido una escuela religiosa para realizar mis estudios; pero como ni pagaba la colegiatura, ni me mantenía, debía acatar las decisiones de mis padres y a ellos les entusiasmaba la idea. Así es que, aún en contra de mi voluntad, pasé seis años de mi adolescencia vistiendo de café y blanco.
La educación con las teresianas era llevadera. En aquel entonces había muchas novicias circulando por los pasillos y el ambiente tendía a ser relajado… Pero todo en esta vida cambia y a veces esos cambios no necesariamente son para bien. No sé por qué motivo (algunas decían que porque habíamos fraternizado demasiado con ellas) las novicias desaparecieron súbitamente; las mandaron al claustro, a otra casa o qué se yo… La cuestión es que se esfumaron del colegio y en su lugar llegó un grupo de momias que se encargarían de los principales puestos de mando en la institución.
A mí no me afectó tanto la partida de las jóvenes monjas pero sí la llegada de los vejestorios. La madre Ana María era una ruquita de tez blanca y arrugada, con gesto agrio y sonrisa tétrica. Según ella era muy amistosa, pero cuando estaba a solas con nosotras, sólo le faltaba el bigotín de Hitler para personificarlo. ¡Era terriblemente malvada!
Tuvo la ocurrencia de disciplinarnos con lo que más nos dolía, es decir, con dinero. Así es que empezó a cobrarnos por todo: que si encontraba las mochilas fuera de su lugar, un peso; que si traíamos prendas que no correspondían al uniforme, un peso; que si no nos subíamos las calcetas, un peso… y así, la méndiga monja fue llenando su alcancía y su guardarropa, ¡pues cuando no cobraba, solía quitarnos las cosas! (aun extraño mi sudadera de algodón blanca que nunca más volví a ver). En fin, la monja llegó al punto de cobrarnos por cualquier cosa, hasta por respirar (bueno, quizás exageré un poco).
El conflicto llegó a tal grado que los grupos empezaron a organizarse para exigir el despido de la monja. En otros tiempos, eso hubiese sido impensable… Pero en los noventa ya pensábamos en la defensa de los derechos y esas cosas, así es que empezamos a reunirnos en grupos para discutir el problema. Lo que queríamos era sacarla de la escuela, así es que inteligentemente decidimos comentarlo todas con nuestros padres y citarlos un día para una junta (misma que habíamos organizado nosotras por nuestros puros calzones).
Y el día pactado llegó: un grupo salió de a clases para recibir a todos, todos (sin exagerar) los padres de familia de la generación, que se creían convocados por la directiva. Quién sabe cómo lo hicimos, pero hasta los padres que nunca se aparecían por la escuela ese día estuvieron presentes. Nosotras los condujimos al salón de actos y logramos que la directora los escuchara. La petición: la remoción de la madre Ana María.
Y así fue, después de unos cuantos minutos (que para nosotras fueron horas) se logró remover a la monja de su puesto y la inmediata devolución de nuestro dinero… ¡¿Cómo jijos no?! Y así la madre Ana María tuvo que abandonar ese mismo día las instalaciones del colegio para ser transferida al convento. Las malas lenguas aseguran que después de este incidente la tuvieron que recluir en un manicomio.
Yo lo dudo pero… la idea no parecía del todo descabellada.

Chapultepec

Tinta rosa sobre papel

Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa sobre papel en http://www.payasoprocaz.com


Escarbando entre el libro de mis recuerdos encontré esta pequeña fotografía que había olvidado por completo y que me hace reír cada vez que la observo. 

El lugar: Chapultepec.
El año: 1984.
El evento: fiesta infantil.

Un niño ama profundamente (o al menos eso sucedía cuando era pequeña) los cumpleaños (¡y más los suyos!). La llegada de los amigos y los parientes, el chingo de regalos, el pastel, los globos, el lugar, la comida… y ¡el payaso! No es que sea desconsiderada, pero mis papás siempre fueron dados a crear grandes fiestas con pésima variedad. Evidentemente, yo no quería un Jo-Jo-Jorge Falcón (sólo tenía 5 años), pero ¡tampoco anhelaba una imitación burda de Cepillín!
Ya saben: era la época en que uno se levantaba todos los domingos con Chabelo y que cantaba con Tin, Ton y Lagrimita. Era la época de las calcetotas y la ropa fluorescente (cualquier parecido con la actualidad, es pura coincidencia). Era la época de atascarse de coca cola y papas fritas, de admirar las nuevas producciones de Walt Disney en el Continental (el cine del castillito). Fue la época de mayor felicidad de mi vida por ser indocumentada y no tener preocupaciones, en la que te echabas en la cama con tu vaso de leche con chocomilk a ver pasar el mundo y nada ni nadie te importunaba.
Lo sé, lo sé… no todos somos tan felices a esa edad, pero yo me preciaba de serlo y de tener unos papás que podían organizar unas súper megafiestas infantiles, donde lo que proliferaba eran niños. Ya saben, esas familias llenas de chamacos en las cuales todos, absolutamente todos, están de la misma edad.
Ésa era mi familia: tenía tantos primos que podría haberlos rentado como paleros de Cepillín. Y ahí me tienen con mi peto de mezclilla morado (el favorito), mi camiseta baby creysi rayada y mi oscura cabellera risada. Esa era yo: una chamaquita cachetona e impertinente que cada año celebraba su cumpleaños.
Este era el número 5 y la fiesta debía ser a lo grande, así es que mis hermanos adornaron una porción del Bosque de Chapultepec con globitos de colores (como se solía hacer en aquellos ayeres) y mi mamá preparó cientos de sandwichitos y gelatinas de colores, acompañados de papas, refrescos y dulces. Una enorme piñata del osito panda (que aún no anda) y… ¡un payaso! No sé si el méndigo individuo formó parte de los preparativos del evento o lo contrataron de pasada; ya saben, de esos animadores que van ofreciendo sus servicios de fiesta en fiesta. La cuestión es que era un lánguido payaso naranja con traje azul y camisa de cuadros. A primera instancia parecía divertido pero cuando quiso que la cumpleañera pasara al frente para que lo ayudara a realizar sus trucos, ahí sí que ya no me gustó nadita.
Al mentado payasito de la tele le dio por hacerla de mago: le extrajo a uno de mis primos un pollito de la gorra, a otro le infló un globito en la nariz, contó chistes, hizo monerías sangronas y pasó a la festejada al frente para hacerle un truquito, decía él. ¡Qué truquito ni que la chingada! El méndigo payaso naranja me sacó agua de la oreja. Sí: con un embudo dizque vertió agua de una jarra en mi orejita. ¡Yo estaba aterrada! Pensaba que iba a inundar mi cerebro. Volteaba a ver a mis papás, los cuales estaban muy sonrientes por el acto en el que participaba su querubín, mientras que el querubín se encontraba aterrado por la situación. El payaso vertió el agua, la asistente se asustó y terminó llorando desesperadamente. Ahí terminó el acto y la participación del pobre payaso que no sabía cómo justificarse con mis papás por lo sucedido. Siempre que veo esa foto me da risa recordar mi gesto adusto y al méndigo payaso azul que me dio un gran susto en mi cumpleaños número 5 del Bosque de Chapultepec. Ahora que lo pienso ¡pobre payaso!

Bosques

Tinta rosa sobre papel

Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa sobre papel en http://www.payasoprocaz.com

Mucha gente suele decirme que soy demasiado metiche pero quizás esa no sea la palabra que yo emplearía para describirme: más bien soy extremadamente observadora. Y he de decir a mi favor que me gusta ver todo lo que me rodea, imaginar historias, inventarlas o… qué se yo. Observo a las personas a mí alrededor, me detengo en sus gestos y emociones y, si la ocasión lo permite, escucho su plática. Y es que hay historias fascinantes, dignas de ser recordadas por siempre y que puedes atrapar sin querer cuando vas caminando o te encuentras sentada en un café.
Y como buena doncella, las historias de amor son mis favoritas.
Hace mucho, pero mucho tiempo, cuando empezaba a salir con Polo, solíamos caminar por las calles de Coyoacán. Transitando por la calle de Belisario Domínguez, cercana al Jardín Centenario, descubrimos un pequeño camellón lleno de frondosos árboles y en medio de la avenida una jardinera de piedra con un fresno gigantesco al centro. La callecilla es conocida como Privada Bosques, seguramente por la abundante maleza que hay en su interior. La cuestión es que el árbol referido proporciona una agradable sombra a los transeúntes y un camino laberíntico a los automovilistas.
Fue su aspecto más que su sombra lo que hizo que nos detuviésemos y observásemos a nuestro alrededor. Decidimos sentarnos y seguir platicando. El ambiente era agradable: veíamos pasar a las personas y los coches, escuchábamos a los pajarillos que se posaban en la copa del fresno y detectamos la brisa que se colaba por nuestras mejillas. Era tan placentero que decidimos hacer nuestro el sitio. Así es que cada vez que íbamos a Coyoacán terminábamos en ese rincón platicando hasta bien entrada la tarde.
Un día, al llegar nos percatamos que al otro lado del fresno se encontraba sentada una pareja de ancianos disfrutando de un refrigerio. Se nos hizo una curiosa casualidad, pues nosotros también íbamos compartiendo algo de comer. Pensamos inmediatamente que eran unos viejos amigos o unos eternos amantes que gustaban de lo mismo que nosotros. Incluso llegamos a comentar que seguramente así nos veríamos cuando envejeciéramos.
Era romántico imaginar que aquellos viejecitos se enamoraban a la sombra del fresno y que nosotros habíamos escogido el mismo sitio para iniciar nuestro amor. Pero como los enamorados prefieren estar solos, decidimos dejarlos disfrutar y apropiarnos del lugar cuando ellos no estuviesen, para que en esos momentos fuera nuestro, nos perteneciera a nosotros solos.
Y así pasaron los meses y, cada vez que pasábamos por el lugar y los veíamos sentados platicando o en silencio, los dejábamos disfrutar y seguíamos nuestro camino. Nos daba gusto verlos pues imaginábamos que era un amor eterno, una cita ineludible. Y así pasó el tiempo: nosotros encontramos otros sitios para declararnos nuestro amor, pasando de vez en cuando por el lugar y observando cómo aparecían nuestros amigos. Pero un día sólo lo vimos a él. Nuestros corazones entristecieron al pensar que la compañera de una vida seguramente había desaparecido para siempre. Nos sentimos melancólicos al tratar de imaginar qué pudo haber pasado con ella, por qué no se encontraba en su sitio. Compadecimos al enamorado y nos lamentamos al pensar que algún día nos sucedería lo mismo. Aun así, seguimos nuestro camino tratando de no volver atrás, tratando de imaginar que ambos viejecitos seguirían bajo el fresno eternamente.

Calle de Amsterdam

Tinta rosa sobre papel

Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa sobre papel en http://www.payasoprocaz.com


Ilustración: Cecilia Alfaro

Recuerdo con gran cariño la primera vez que sacamos a Moliere (mi perro) a pasear a la calle. Era un cachorrito pequeño y blanco que apenas se estaba acostumbrando a andar con correa. Debíamos llevarlo a un lugar donde pudiese interactuar con otros perritos y en el que sintiéramos que estaría seguro. Sí, lo sé: somos extremadamente exagerados con los cuidados de Molito, pero ¡cómo no serlo si es nuestro hijo-perro!
Decidimos llevarlo a la colonia Condesa, donde las calles están llenas de árboles, personas con mascotas, cafés y botes de basura (los que tengan perros entenderán mi preocupación). Yo sabía que el lugar le gustaría a mi perrito y que nosotros disfrutaríamos de un buen paseo en tonalidades verdosas y art noveau. Allí solía visitar a mi abuela cuando era pequeña y dónde me llevaban a comprar “reinas”, unos pastelitos que comía cada cumpleaños en La Gran Vía. Sí, yo conocí la Condesa desde muy pequeña y mi perro debía disfrutarla tanto como yo lo hacía de niña, porque a pesar de los nuevos locales, sus calles aún parecen detenidas en el tiempo. A cada instante estoy esperando ver que un Ford negro de los años veinte se aparezca frente a mí con un chofer en boina conduciendo a una mujer con vestido chemise de gasa vaporosa.
La compañía de los seres que más amo en esta vida, la vuelta infinita de la calle de Amsterdam y las anécdotas que hemos recolectado en nuestra memoria desde ese primer paseo, nos han llevado, casi cada semana, a conocer los recovecos de esa colonia en compañía de nuestro niño-perro. De hecho nos dimos cuenta que los paseos constantes nos han generado asombros, al ver algo que no habíamos distinguido en una calle, al disfrutar las gracias hechas por Moliere o al conocer personas amigables que se detienen a preguntar o contar anécdotas sobre sus mascotas.
Somos tan populares por ahí, que en las tiendas o restaurantes donde solemos ir ya nos conocen y en la heladería Roxi de la avenida Mazatlán hasta un barquillo le regalan a Moliere en cada visita. Conocemos al acordeonista que viaja de restaurante en restaurante, a los perritos de la zona, reconocemos las hojas caídas sobre las banquetas y las bicicletas rojas de cada esquina. Disfrutamos la interminable calle de Amsterdam que cubre con su abundante maleza los rayos del sol mientras nosotros tres andamos a su sombra.

Inspiración

Tinta rosa sobre papel

Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa sobre papel en http://www.payasoprocaz.com

Me encuentro en esos impases de los que toda persona que suele tomar pluma y papel le pasa: el vacío existencial literario. ¡Es terrible! Levantarte pensando que debes escribir y no poder hacerlo, acostarte con una idea fija en la cabeza que depositarás al día siguiente en una hoja en blanco y, al amanecer, la nada, ¡todo se ha borrado!
Ese es el vacío existencial literario: pensar, imaginar, tenerlo en la punta de la lengua y no poderlo expulsar. Es tan malo cómo estar estreñido pero sin diuréticos que te “aflojen”… Para un escritor significa el peor día de sus vidas, “el día negro”.
Para que lo entiendan mejor, la respuesta visual a esto es un signo de interrogación gigantesco en la mente, tan grande que nubla todos los pensamientos; cuando este mal dura más de un día hay que preocuparse, pero cuando se prolonga aún más tiempo hay que ponerse a llorar porque la cura es difícil de encontrar. Algunos hablan de tranquilidad, otros de tiempo libre, unos más de imaginación y otros de la utilización de instrumentos más bruscos como lo son las cosas esas que escupen letras, ya saben, los llamados libros (esas cosas que la mayoría desconoce).
La receta del doctor no siempre es fácil de seguir y mucho menos de surtir, pero a algunos les funciona… mientras que a otros no. Sé de muchos que cayeron en excesos por desear alcanzar esa tan anhelada inspiración. Lo cierto es que el día de hoy tengo ese gran signo dentro de mi mente y que no sé cuándo ni con qué podré expulsarlo… ¡Maldita sea!
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