domingo, 23 de junio de 2013

Chapultepec

Tinta rosa sobre papel

Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa sobre papel en http://www.payasoprocaz.com


Escarbando entre el libro de mis recuerdos encontré esta pequeña fotografía que había olvidado por completo y que me hace reír cada vez que la observo. 

El lugar: Chapultepec.
El año: 1984.
El evento: fiesta infantil.

Un niño ama profundamente (o al menos eso sucedía cuando era pequeña) los cumpleaños (¡y más los suyos!). La llegada de los amigos y los parientes, el chingo de regalos, el pastel, los globos, el lugar, la comida… y ¡el payaso! No es que sea desconsiderada, pero mis papás siempre fueron dados a crear grandes fiestas con pésima variedad. Evidentemente, yo no quería un Jo-Jo-Jorge Falcón (sólo tenía 5 años), pero ¡tampoco anhelaba una imitación burda de Cepillín!
Ya saben: era la época en que uno se levantaba todos los domingos con Chabelo y que cantaba con Tin, Ton y Lagrimita. Era la época de las calcetotas y la ropa fluorescente (cualquier parecido con la actualidad, es pura coincidencia). Era la época de atascarse de coca cola y papas fritas, de admirar las nuevas producciones de Walt Disney en el Continental (el cine del castillito). Fue la época de mayor felicidad de mi vida por ser indocumentada y no tener preocupaciones, en la que te echabas en la cama con tu vaso de leche con chocomilk a ver pasar el mundo y nada ni nadie te importunaba.
Lo sé, lo sé… no todos somos tan felices a esa edad, pero yo me preciaba de serlo y de tener unos papás que podían organizar unas súper megafiestas infantiles, donde lo que proliferaba eran niños. Ya saben, esas familias llenas de chamacos en las cuales todos, absolutamente todos, están de la misma edad.
Ésa era mi familia: tenía tantos primos que podría haberlos rentado como paleros de Cepillín. Y ahí me tienen con mi peto de mezclilla morado (el favorito), mi camiseta baby creysi rayada y mi oscura cabellera risada. Esa era yo: una chamaquita cachetona e impertinente que cada año celebraba su cumpleaños.
Este era el número 5 y la fiesta debía ser a lo grande, así es que mis hermanos adornaron una porción del Bosque de Chapultepec con globitos de colores (como se solía hacer en aquellos ayeres) y mi mamá preparó cientos de sandwichitos y gelatinas de colores, acompañados de papas, refrescos y dulces. Una enorme piñata del osito panda (que aún no anda) y… ¡un payaso! No sé si el méndigo individuo formó parte de los preparativos del evento o lo contrataron de pasada; ya saben, de esos animadores que van ofreciendo sus servicios de fiesta en fiesta. La cuestión es que era un lánguido payaso naranja con traje azul y camisa de cuadros. A primera instancia parecía divertido pero cuando quiso que la cumpleañera pasara al frente para que lo ayudara a realizar sus trucos, ahí sí que ya no me gustó nadita.
Al mentado payasito de la tele le dio por hacerla de mago: le extrajo a uno de mis primos un pollito de la gorra, a otro le infló un globito en la nariz, contó chistes, hizo monerías sangronas y pasó a la festejada al frente para hacerle un truquito, decía él. ¡Qué truquito ni que la chingada! El méndigo payaso naranja me sacó agua de la oreja. Sí: con un embudo dizque vertió agua de una jarra en mi orejita. ¡Yo estaba aterrada! Pensaba que iba a inundar mi cerebro. Volteaba a ver a mis papás, los cuales estaban muy sonrientes por el acto en el que participaba su querubín, mientras que el querubín se encontraba aterrado por la situación. El payaso vertió el agua, la asistente se asustó y terminó llorando desesperadamente. Ahí terminó el acto y la participación del pobre payaso que no sabía cómo justificarse con mis papás por lo sucedido. Siempre que veo esa foto me da risa recordar mi gesto adusto y al méndigo payaso azul que me dio un gran susto en mi cumpleaños número 5 del Bosque de Chapultepec. Ahora que lo pienso ¡pobre payaso!

No hay comentarios:

Publicar un comentario