domingo, 23 de junio de 2013

Bosques

Tinta rosa sobre papel

Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa sobre papel en http://www.payasoprocaz.com

Mucha gente suele decirme que soy demasiado metiche pero quizás esa no sea la palabra que yo emplearía para describirme: más bien soy extremadamente observadora. Y he de decir a mi favor que me gusta ver todo lo que me rodea, imaginar historias, inventarlas o… qué se yo. Observo a las personas a mí alrededor, me detengo en sus gestos y emociones y, si la ocasión lo permite, escucho su plática. Y es que hay historias fascinantes, dignas de ser recordadas por siempre y que puedes atrapar sin querer cuando vas caminando o te encuentras sentada en un café.
Y como buena doncella, las historias de amor son mis favoritas.
Hace mucho, pero mucho tiempo, cuando empezaba a salir con Polo, solíamos caminar por las calles de Coyoacán. Transitando por la calle de Belisario Domínguez, cercana al Jardín Centenario, descubrimos un pequeño camellón lleno de frondosos árboles y en medio de la avenida una jardinera de piedra con un fresno gigantesco al centro. La callecilla es conocida como Privada Bosques, seguramente por la abundante maleza que hay en su interior. La cuestión es que el árbol referido proporciona una agradable sombra a los transeúntes y un camino laberíntico a los automovilistas.
Fue su aspecto más que su sombra lo que hizo que nos detuviésemos y observásemos a nuestro alrededor. Decidimos sentarnos y seguir platicando. El ambiente era agradable: veíamos pasar a las personas y los coches, escuchábamos a los pajarillos que se posaban en la copa del fresno y detectamos la brisa que se colaba por nuestras mejillas. Era tan placentero que decidimos hacer nuestro el sitio. Así es que cada vez que íbamos a Coyoacán terminábamos en ese rincón platicando hasta bien entrada la tarde.
Un día, al llegar nos percatamos que al otro lado del fresno se encontraba sentada una pareja de ancianos disfrutando de un refrigerio. Se nos hizo una curiosa casualidad, pues nosotros también íbamos compartiendo algo de comer. Pensamos inmediatamente que eran unos viejos amigos o unos eternos amantes que gustaban de lo mismo que nosotros. Incluso llegamos a comentar que seguramente así nos veríamos cuando envejeciéramos.
Era romántico imaginar que aquellos viejecitos se enamoraban a la sombra del fresno y que nosotros habíamos escogido el mismo sitio para iniciar nuestro amor. Pero como los enamorados prefieren estar solos, decidimos dejarlos disfrutar y apropiarnos del lugar cuando ellos no estuviesen, para que en esos momentos fuera nuestro, nos perteneciera a nosotros solos.
Y así pasaron los meses y, cada vez que pasábamos por el lugar y los veíamos sentados platicando o en silencio, los dejábamos disfrutar y seguíamos nuestro camino. Nos daba gusto verlos pues imaginábamos que era un amor eterno, una cita ineludible. Y así pasó el tiempo: nosotros encontramos otros sitios para declararnos nuestro amor, pasando de vez en cuando por el lugar y observando cómo aparecían nuestros amigos. Pero un día sólo lo vimos a él. Nuestros corazones entristecieron al pensar que la compañera de una vida seguramente había desaparecido para siempre. Nos sentimos melancólicos al tratar de imaginar qué pudo haber pasado con ella, por qué no se encontraba en su sitio. Compadecimos al enamorado y nos lamentamos al pensar que algún día nos sucedería lo mismo. Aun así, seguimos nuestro camino tratando de no volver atrás, tratando de imaginar que ambos viejecitos seguirían bajo el fresno eternamente.

No hay comentarios:

Publicar un comentario