domingo, 23 de junio de 2013

Calle de Amsterdam

Tinta rosa sobre papel

Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa sobre papel en http://www.payasoprocaz.com


Ilustración: Cecilia Alfaro

Recuerdo con gran cariño la primera vez que sacamos a Moliere (mi perro) a pasear a la calle. Era un cachorrito pequeño y blanco que apenas se estaba acostumbrando a andar con correa. Debíamos llevarlo a un lugar donde pudiese interactuar con otros perritos y en el que sintiéramos que estaría seguro. Sí, lo sé: somos extremadamente exagerados con los cuidados de Molito, pero ¡cómo no serlo si es nuestro hijo-perro!
Decidimos llevarlo a la colonia Condesa, donde las calles están llenas de árboles, personas con mascotas, cafés y botes de basura (los que tengan perros entenderán mi preocupación). Yo sabía que el lugar le gustaría a mi perrito y que nosotros disfrutaríamos de un buen paseo en tonalidades verdosas y art noveau. Allí solía visitar a mi abuela cuando era pequeña y dónde me llevaban a comprar “reinas”, unos pastelitos que comía cada cumpleaños en La Gran Vía. Sí, yo conocí la Condesa desde muy pequeña y mi perro debía disfrutarla tanto como yo lo hacía de niña, porque a pesar de los nuevos locales, sus calles aún parecen detenidas en el tiempo. A cada instante estoy esperando ver que un Ford negro de los años veinte se aparezca frente a mí con un chofer en boina conduciendo a una mujer con vestido chemise de gasa vaporosa.
La compañía de los seres que más amo en esta vida, la vuelta infinita de la calle de Amsterdam y las anécdotas que hemos recolectado en nuestra memoria desde ese primer paseo, nos han llevado, casi cada semana, a conocer los recovecos de esa colonia en compañía de nuestro niño-perro. De hecho nos dimos cuenta que los paseos constantes nos han generado asombros, al ver algo que no habíamos distinguido en una calle, al disfrutar las gracias hechas por Moliere o al conocer personas amigables que se detienen a preguntar o contar anécdotas sobre sus mascotas.
Somos tan populares por ahí, que en las tiendas o restaurantes donde solemos ir ya nos conocen y en la heladería Roxi de la avenida Mazatlán hasta un barquillo le regalan a Moliere en cada visita. Conocemos al acordeonista que viaja de restaurante en restaurante, a los perritos de la zona, reconocemos las hojas caídas sobre las banquetas y las bicicletas rojas de cada esquina. Disfrutamos la interminable calle de Amsterdam que cubre con su abundante maleza los rayos del sol mientras nosotros tres andamos a su sombra.

No hay comentarios:

Publicar un comentario