domingo, 23 de junio de 2013

Miguel Ángel de Quevedo

Tinta rosa sobre papel

 

Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa sobre papel en http://www.payasoprocaz.com



Debo de confesar que una de las cosas que más me avergüenza en esta vida es el haber estudiado en un colegio de monjas. Si en ese entonces hubiese tenido voz y voto para decidir qué hacer con mi vida, les aseguro que no hubiese escogido una escuela religiosa para realizar mis estudios; pero como ni pagaba la colegiatura, ni me mantenía, debía acatar las decisiones de mis padres y a ellos les entusiasmaba la idea. Así es que, aún en contra de mi voluntad, pasé seis años de mi adolescencia vistiendo de café y blanco.
La educación con las teresianas era llevadera. En aquel entonces había muchas novicias circulando por los pasillos y el ambiente tendía a ser relajado… Pero todo en esta vida cambia y a veces esos cambios no necesariamente son para bien. No sé por qué motivo (algunas decían que porque habíamos fraternizado demasiado con ellas) las novicias desaparecieron súbitamente; las mandaron al claustro, a otra casa o qué se yo… La cuestión es que se esfumaron del colegio y en su lugar llegó un grupo de momias que se encargarían de los principales puestos de mando en la institución.
A mí no me afectó tanto la partida de las jóvenes monjas pero sí la llegada de los vejestorios. La madre Ana María era una ruquita de tez blanca y arrugada, con gesto agrio y sonrisa tétrica. Según ella era muy amistosa, pero cuando estaba a solas con nosotras, sólo le faltaba el bigotín de Hitler para personificarlo. ¡Era terriblemente malvada!
Tuvo la ocurrencia de disciplinarnos con lo que más nos dolía, es decir, con dinero. Así es que empezó a cobrarnos por todo: que si encontraba las mochilas fuera de su lugar, un peso; que si traíamos prendas que no correspondían al uniforme, un peso; que si no nos subíamos las calcetas, un peso… y así, la méndiga monja fue llenando su alcancía y su guardarropa, ¡pues cuando no cobraba, solía quitarnos las cosas! (aun extraño mi sudadera de algodón blanca que nunca más volví a ver). En fin, la monja llegó al punto de cobrarnos por cualquier cosa, hasta por respirar (bueno, quizás exageré un poco).
El conflicto llegó a tal grado que los grupos empezaron a organizarse para exigir el despido de la monja. En otros tiempos, eso hubiese sido impensable… Pero en los noventa ya pensábamos en la defensa de los derechos y esas cosas, así es que empezamos a reunirnos en grupos para discutir el problema. Lo que queríamos era sacarla de la escuela, así es que inteligentemente decidimos comentarlo todas con nuestros padres y citarlos un día para una junta (misma que habíamos organizado nosotras por nuestros puros calzones).
Y el día pactado llegó: un grupo salió de a clases para recibir a todos, todos (sin exagerar) los padres de familia de la generación, que se creían convocados por la directiva. Quién sabe cómo lo hicimos, pero hasta los padres que nunca se aparecían por la escuela ese día estuvieron presentes. Nosotras los condujimos al salón de actos y logramos que la directora los escuchara. La petición: la remoción de la madre Ana María.
Y así fue, después de unos cuantos minutos (que para nosotras fueron horas) se logró remover a la monja de su puesto y la inmediata devolución de nuestro dinero… ¡¿Cómo jijos no?! Y así la madre Ana María tuvo que abandonar ese mismo día las instalaciones del colegio para ser transferida al convento. Las malas lenguas aseguran que después de este incidente la tuvieron que recluir en un manicomio.
Yo lo dudo pero… la idea no parecía del todo descabellada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario