Publicado en: Mundo Psique. Psicología y Cultura, México, Editorial Mundo Psique, año 6, no. 20, marzo-abril-mayo 2013, pp. 22-23.
Por Cecilia Alfaro Gómez*
*Historiadora,
escritora, catedrática universitaria. Especialista en Historia de las Mujeres e
Historia de Género
En el año de 1919, el periódico El Universal lanzó en la sección dedicada a los más jóvenes del
hogar –y dirigida por la abogada Esperanza Velázquez Bringas, connotada
funcionaria pública defensora de las políticas eugenésicas en nuestro país– una
convocatoria para formar parte de un concurso infantil. Esa “Galería de Niños
Robustos”, invitaba a las madres a enviar retratos de sus hijos en donde sé
evidenciara el buen estado de salud en el que se encontraban. De esta manera,
el periódico recomendaba el buen desarrollo físico de las futuras generaciones,
para que sus lectoras mantuvieran a sus retoños robustos y bien alimentados.
Entre más gorditos, más bonitos. Y entre más bonitos, ¡más sanotes los
condenados!
En pocas palabras, los niños rollizos eran, ante los ojos de
la sociedad, los mejor nutridos. Esa idea se sigue conservando hasta la fecha
en algunos sectores de la población y ha propiciado las más altas tasas de
obesidad infantil. Aunque he de decir que este desmedido crecimiento de la masa
corporal en niños y adultos, no es nada nuevo. Es una práctica que se ha venido
repitiendo a lo largo de la historia entre la sociedad mexicana y tiene sus
orígenes en nuestra herencia española.
Es muy cierto que a la gran mayoría de nosotros nos gusta
disfrutar de la comida. ¿Qué tanto es tantito? diría yo. Porque de un plato
bien equilibrado, con suficientes proteínas, vitaminas y cereales, podemos
fácilmente pasar a la dieta de la T (tacos, tortas y tamales) en un segundo.
Quizá las comidas tan abundantes o las combinaciones gastronómicas en nuestra cocina
contribuyan un poco, pero realmente la cantidad es responsabilidad de cada
comensal. Eso, justamente eso, era lo que menos pensaban los habitantes de la
Nueva España hace cuatro siglos, pues no tenían la necesidad de preocuparse por
el peso debido a que aquella robustez era “bien vista”.
En el siglo XVIII –no tan alejado del “nuevo milenio”– las
mujeres que se veían transitar por las calles no eran menos que una talla 34 actual.
Además de las crinolinas y un sinnúmero de faldones, ahí abajo había
sobrepeso... ¡y mucho! Los caballeros siempre disfrutaban el ver a las dulces
damiselas contonearse por las callejuelas de la ciudad con gran soltura, aunque
“sin ligereza”.
Pero... ¿quiénes somos nosotros para criticar si los
desayunos eran vigorizantes y las comidas aún más? Basta con asomarnos a
aquellos muchos y muy seguidos alimentos que se consumían diariamente y, así,
poder conocer los grandes manjares y suculentos platillos que podían disfrutar
sin culpa ni preocupación.
Para empezar, las amas de casa preparaban un chocolatito
“bien caliente y batidito” por las mañanas acompañado, claro está, de un
suculento pan: rosquillas, puchas o algún otro manjar. A eso de las doce
(pues... ¡como que ya iba haciendo hambre!), en las casas de las familias de
clase acomodada se servía la comida. El menú consistía de caldo de pollo, sopa
de tortilla, de arroz o alguna pasta de harina; un puchero bien servido con sus
verduritas; carne asada, algunas legumbres y frijolitos. De postre se tenía una
gran gama de manjares suculentos que iban desde el arroz con leche, las
cocadas, los mazapanes, los conflonfios
o huevos reales, el ante de mamey u otras frutas; natillas, flanes, jericallas
y otros dulces de origen más mexicano, como el zapote con naranja regado de un
buen vino y algunos sorbos de catalán.
Pero todavía no acabamos. Como a las tres o cuatro de la
tarde, cuando la digestión apenas había terminado, se volvía a servir un
chocolatito (esta vez para despertar por completo a los señores que acaban de
hacer la siesta) acompañado de almendras, canela o vainilla. Así terminaba el
día, y, como mi abuela siempre dijo: “Hay que comer poquito, pero muy
seguidito, para vernos rozagantes y bonitos”, aumentando en grandes
proporciones los “kilitos”.
La sociedad colonial solía consumir platillos considerados
“nutritivos” aunque muy, pero muy ricos en grasas y azúcares, prefiriendo los
alimentos dulces como la miel, ya que siempre se pensó que éstos formaban “la
linfa nutritiva” en el organismo, la cual tenía la propiedad de llenar los
estómagos hambrientos y engordar hasta al más corrioso. Para los estándares de la época, la robustez (es decir,
la gordura) era un indicio de belleza y salud que ya en nuestra época muchas
“flacuchas” desearían.
En la actualidad, las modas, las dietas, el ejercicio
incansable y exagerado son los enemigos públicos de los ciudadanos universales.
Comida a deshoras, tráfico estresante, tiendas de autoservicio y enfermedades nerviosas
son sólo una muestra de los días que se viven en las grandes urbes. Lo único
que queda es alimentarse poco, revisar siempre la “Información Nutricional” de
cada paquete o lata antes de consumir su contenido, disfrutar de productos
bajos en calorías y dejar atrás el suculento “molito”, acompañado de sus buenas
tortillas y un sinnúmero de ingredientes más... “que los huevos producen
colesterol, que los pasteles contienen demasiados carbohidratos...”, en fin,
cada vez disfrutamos con menos frecuencia las delicias que nuestras abuelas
preparaban con tanto gusto en las antiguas cocinas mexicanas.

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