Tinta rosa sobre papel
Tinta rosa sobre papel
2013-01-14
2013-01-14
Publicado
en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa
sobre papel en http://www.payasoprocaz.com
Hace mucho mucho tiempo, los cines eran lugares en donde uno iba a disfrutar de las películas, acompañado de palomitas, gaznates y sandwichitos. Fue hace TANTO que, para poder disfrutar del filme que estabas buscando, debías consultar el periódico para ver en qué sala se exhibía y recorrer un largo camino desde casa si es que tu necesidad era mucha. Y así solíamos hacerlo, al menos los amantes del buen arte...
Y pues mi madre, que desde que tengo memoria es una devoradora de libros y amante del cinematógrafo, me enseñó a amar las buenas películas y verlas así fuera en el fin del mundo. Yo, como su acompañante número uno, viví con ella toda clase de experiencias en el cine. Desde muy pequeña la acompañaba a ver toda clase de géneros; todos los miércoles nos íbamos, principalmente al Pecime a ver películas mexicanas (o a cualquier otro cine donde estuviera aquella que hubiese obtenido la mejor crítica radiofónica). Era divertido, me gustaba que nos compráramos un gaznate y un boing y que me tapara los ojos durante las escenas “impropias”.
Pero esos lindos miércoles terminaron cuando yo entré a la prepa y las tareas se volvieron una perdición: horas y horas de trabajo impedían que me escapara con ella al cine y que compartiéramos una tarde de risas y relatos durante el regreso a casa. Así es que cambiamos el miércoles por los sábados libres. Además, así podíamos invitar a mi papá (más como un pretexto porque tenía carro). En realidad, a él no le gusta mucho el cine, así es que cada vez que nos acompaña lo hace más por darnos gusto.
Un día de esos en los que mi mamá buscaba una película hasta el cansancio, la encontró, ni más ni menos que en el Chapultepec, uno de los cines más grandes que conocíamos. Así es que nos lanzamos hasta Reforma para ver Mentiras, una película protagonizada por Lupita D’Alessio y Juan Ferrara (antes de que tuviera el pelo blanco). Si, lo sé: hasta a mí me causa vergüenza referirme al pasaje, porque la mencionada peli palomera estaba entretenida, aunque el cine no era ni el más cómodo ni el más limpio al que habíamos entrado. Un inmenso telón color rojo daba la bienvenida a los cinéfilos con una innumerable cantidad de butacas manchadas y pegajosas. Entre los pasillos sonaba el fofo tronar de las palomitas bajos los zapatos, los chicles masticados y el refresco de cola. Fue una experiencia sui géneris.
A pesar del camino empalomitado, buscamos los asientos más cómodos y nos dispusimos a ver la película de Televicine. Estaba bastante divertida (sobre todo por las canciones) así que no notamos cuando las pulgas empezaron a penetrar en nuestra ropa. Después de un rato los tres parecíamos monos en jaula, rascándonos el cuerpo sin parar pero, eso sí, sin perder un solo detalle de la película.
Lupita D’ Alessio en un vestido blanco cantaba “Mudanzas” a mitad del escenario, reclamándole, entre lágrima y lágrima, el engaño a Juan Ferrara. Luego, la palabra FIN en medio de la pantalla. ¡Por fin había terminado! ¡La comezón nos estaba matando! Deseábamos llegar lo antes posible a la casa para quitarnos toda la ropa y poder ver los estragos que habían hecho las pulgas en nuestra piel.
Encaminamos nuestros pies hacia la salida, en medio de una multitud que nos llevaba hasta las puertas del cine, cuando de pronto, debajo de nosotros y justo a mitad de la acera de Reforma, una muchedumbre de cucarachas gigantes nos deslizaba cual patines hasta el coche. ¡Esto era el colmo! ¡¿Qué vendría después?! ¡¿Un nido de ratas en el carro?!
Asustados, nos subimos al auto dispuestos a huir de ese inmundo lugar lo más pronto posible. Como podrán imaginar, nunca volvimos a esa sala…
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