martes, 25 de junio de 2013

Rojo carmesí

Tinta rosa sobre papel

Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa sobre papel en http://www.payasoprocaz.com


Foto: Leopoldo Silberman

Subo las escaleras eléctricas, ante mis ojos empieza a aparecer una enorme sección. Los anaqueles se suceden unos a otros. Los veo, son perfectos. Yo sé que ellos no me observan, no saben que serán míos aunque no lo quieran. No saben que los tengo en la mira y no los voy a dejar escapar.
Paso a paso recorro el lugar. Sus colores me atraen, su olor a nuevo me vuelve loca. Los debo de tener, deben ser míos cueste lo que cueste. Intento interesarme por otros. Los toco. La sensación es tersa. Tal vez sean esos. ¡Son tan hermosos! Pero no, no puedo evitarlo, regreso al mismo sitio del que partí. Me obsesionan. No puedo dejar de observarlos.
Me imagino con ellos, caminando en medio de la acera con esa falda café que tanto me gusta. Me contoneo frente al resto de las mujeres. Los presumo. Ellas me envidian. Los ven, los anhelan, saben que no son suyos, que me pertenecen. Me siento única con ellos. De repente, regreso a la tienda. Sonrío.
Me acerco a una mujer de negro, la detengo, le pregunto. Ella asiente y se mete a la bodega. Espero, es la espera más larga que he experimentado en mucho tiempo. Fibrilo, pensando que no los encontrará, que saldrá dándome una negativa. El tiempo corre… De repente sale de la obscuridad con una caja blanca. La abre, saca su contenido. Me lo entrega. Nerviosa, lo tomo, lo contemplo, lo acaricio, lo huelo.
Me dirijo al primer asiento que encuentro. Me siento. Los pongo en el suelo junto a mí. Me quito los zapatos, mis pies desnudos tocan la alfombra. Me siento cómoda, confiada. Volteo y los veo, siguen allí, a mi lado, no se han movido. Los tomo, me los pruebo. ¡Son tan cómodos! Me levanto, camino hacia la pared más cercana para observalos. ¡Son hermosos!
Mi atención se posa en ese rojo carmesí que cubre mis pies. Ahora serán míos, de nadie más.
Camino orgullosa hacia el asiento que ocupaba. Me siento, me los quito. Los observo. La mujer de negro se acerca. Con una sonrisa me pregunta cómo me quedaron. Le respondo que bien. De manera cómplice me pregunta si los quiero. Le respondo que con toda el alma. Los toma y me pide que la siga.
De repente los veo desaparecer de mi vista. Han sido embolsados y engrapados. Una mano entrega el paquete, la otra lo recibe. Una sonrisa agradece, la otra indica el placer que le causó la venta. La bolsa es depositada dentro de otra más grande. Ahí va el rojo carmesí, escondido como artista de cine. No quiere ser molestado hasta su siguiente aventura.
Tomo las escaleras eléctricas presionando hacia mí una gran bolsa. Sonrío porque sé que en su interior encontraré aquel rojo carmesí del aparador.

No hay comentarios:

Publicar un comentario