martes, 25 de junio de 2013

Olores

Tinta rosa sobre papel

Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa sobre papel en http://www.payasoprocaz.com

Tinta rosa sobre papel

2013-03-11

Ilustración: Ramz

El sábado pasado llegué, como cada semana, al supermercado. Recuerdo que fueron esos días en que bajó la temperatura considerablemente. La gente iba muy abrigada, pues el viento helado se metía por debajo de la ropa, haciendo titiritar a los que no llevaban ropa abrigadora. Estaba yo caminando hacia los refrigeradores de los lácteos, cuando de pronto lo vi. Era imposible ignorarlo, era el hombre más feo que había visto en mi vida.
No sé qué era más desagradable de su persona: si su ropa o su aspecto. La cuestión es que estoy casi segura que en su casa no existen los espejos, pues era evidente que ni siquiera un peine había pasado por su cabello (y eso que estoy hablando de la una de la tarde, que conste).
La cuestión es que mientras me acercaba cuidadosamente a los yogures, el individuo venía caminando hacia mí. Una camiseta roja chillante distrajo mi vista. Era la camiseta más pasada de moda y fea que hace mucho no veía. ¿Recuerdan aquellas camisetas llenas de hoyitos, utilizadas por los jugadores de futbol americano que se usaron en los años ochenta? Pues a eso añadan (si su imaginación se los permite) una tela elastizada y brillante. ¡Ay güey!
Sí, era espantosa. Bueno si el hombre fuera esbelto, tal vez pasaría desapercibida o algunas miradas morbosas se posarían en su figura de lavadero. En efecto, a la vista estaba un lavadero, pero de río, ¡redondo, redondo! A eso le sumanos unos pantalones deportivos negros de Ali Babá. Así como lo leen, eso es lo de menos, porque si sumamos a eso un rostro de “me acabo de parar”, con un gallo al lado derecho de la cabeza y (seguramente) un aliento a león, la cosa se pone peor.
El agua no había pasado ni por la punta de sus yemas y al parecer no pasaría en el transcurso de la tarde. Por lo pronto me hice a un lado antes de que alguna garrapata saltara hacia mi pobre persona. ¡Mierda, también olía a cebolla!

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