martes, 25 de junio de 2013

La pata de gallo

Tinta rosa sobre papel

Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa sobre papel en http://www.payasoprocaz.com

Tinta rosa sobre papel

2013-04-22



Ilustración: Ramz

Cuando era pequeña mis padres solían llevarme a todos los parques cercanos a mi casa. Yo nací, crecí y sigo viviendo en la colonia Del Valle y si alguno de ustedes ha vivido, vive o conoce la zona, sabrá que existen muchos. Frente al parque Hundido existe un pequeño jardín con una capillita que varias veces es utilizada para celebrar bodas. Ese era uno de mis lugares favoritos, pues en la esquina existía un Tom Boy (una hamburguesería de los 80) donde me compraban papas y malteadas de chocolate (buenísimas). Pero eso no era lo que les deseaba contar: sino el que en el lugar existen una gran variedad de juegos para los niños con animales de piedra de todos los colores posibles. A mí me gustaba subirme al oso blanco y al cocodrilo.
Uno de esos fines de semana, después de estar trepada en el cocodrilo decidí hacer una casita con troncos y bayas para mis muñecos, cuando de pronto se me acercó una chica como de unos 20 años que quería platicar. A primera vista me asustó su aspecto desprolijo: llevaba un vestido y un molote en el cabello. En esos momentos estaba dispuesta a huir pero mi mamá se me acercó al oído y me susurró que la chica estaba “bobita” y que no me haría nada. Eso en verdad me tranquilizó.
Se sentó frente a mí y me preguntó que hacía. Yo le expliqué que jugaba a la casita. De pronto ella sacó un cordón con el que envuelven las bolsas de pan de su bolsillo y así sin más me dijo: ¿quieres que te haga la pata de gallo? Me quedé de a seis, pues no sabía a qué se refería, así es que dentro de la cordialidad que podía caracterizar a una niña de 6 años le dije que sí y de pronto vi como la chica empezaba a manipular el lazo con tal precisión que en unos cuantos movimientos apareció entre sus manos una pata de gallo, con sus tres deditos y toda la cosa. Ante la hazaña sonreí.
De ahí hizo una telaraña, una red y demás monerías con el lacito hasta que perdí interés por completo y voltee a ver a mi papá como diciendo “sálvame”. Mis papás se disculparon y se despidieron de ella. Mi papá me tomó de la mano, yo abracé mis muñecos y le dijimos adiós a la muchacha. En el camino hacia el carro mi papá me dijo que si había visto los dedos de la chica. Yo le respondí que sí, que estaban lastimados, sangrados. Entonces muy serio mi papá me quedó viendo y dijo: “Si sigues comiéndote las uñas te vas a volver como esa chica y vas a empezar a hacer patas de gallo”
Desde ese día dejé que mis uñas crecieran porque ya me veía yo jugando con lazos de pan en los parques.

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