jueves, 12 de enero de 2012

No te quemes la boca por comer pronto la sopa



Publicado en: Murciégalo, año 1, núm. 1, “La Patria”, mayo-junio 2010, http://murciegalo.escuadron202.com/, o bien, puede localizarse en http://murciegaloenlinea.blogspot.com/


Las Memorias de cocina de Alfonso Reyes y la comida del osito en el cuento de Ricitos de Oro nos han dado a conocer a un personaje espeso, calientito y dador de suculentos aromas: la sopa. Protagonista de grandes escenas en la literatura y el cine, la estupenda sopa muchas veces nos trae recuerdos personales que regresan a través de las papilas gustativas. Quién no recuerda cuando mamá nos obligaba a comer la asquerosa crema de chícharos, de una consistencia porosa y un aspecto verdoso repugnante. Llegamos también a jugar a hacer palabras con la sopa de letras, nos recuperamos de un resfriado al tomar una esplendida sopa de verduras llena de vitaminas o disfrutamos con los amigos una sopita de tortilla en algún restaurante del la ciudad. Todas ellas, las buenas, las malas, las excepcionales sopas que preparamos, que nos sirven en casa o que llegamos a probar en otro sitio son las culpables de que en estas líneas debamos conocer acerca de su historia.
Al parecer las sopas fueron anteriores a los caldos, pues empleaban menores cantidades de agua para su cocción, lo que las hacía más espesas pero, al mismo tiempo, menos abundantes. Pareciera que la sopa estaba relacionada con muchos aspectos de la vida social: no era recomendable su consumo en familias numerosas, su costo era mayor al de los caldos —que se hacían con sobras— y requerían de ingredientes costosos. Y no sólo eso, además los franceses inventaron cambiar el agua que se le añadía a la sopa por leche, convirtiéndola así en la denominada crema, que incrementó aún más su precio y se volvió un artículo de primera clase durante el siglo XX en países donde las guerras intestinas impidieron que se llevara el pan a las mesas.
Los primeros descubrimientos indican que estos brebajes se realizaban a base de granos mezclados con carne y sus poderes nutricionales fueron tales que permitieron alimentar al pueblo griego. Tal vez este tipo de gastronomía permitió que fuera Grecia la primera civilización que abriera las ahora llamadas fondas, donde los parroquianos podían consumir toda clase de guisos elaborados, seguramente por un grupo de mujeres, a bajos costos. ¿Será acaso que los griegos heredaron a los romanos, además de su filosofía, el gusto por el consumo de la sopa y éstos, a su vez, al resto de Europa? Es probable. Sin embargo, tales viandas fueron transportadas por mar al continente americano, aunque no podría descartarse su existencia en Mesoamérica desde tiempos remotos. Las grandes hambrunas desatadas a lo largo de toda Europa durante la Edad Media la tuvieron como enemiga, gracias a que sus posibilidades de preparación eran infinitas al poder mezclar cualquier ingrediente con consomé, leche o agua, muchas veces forzando la abundancia al añadir más del último líquido.
No obstante, esa no era la naturaleza de la sopa: el chiste de este platillo es justamente su espesura, lo que la diferencia de los caldos y a veces de los propios potajes. Veámoslo así: la sopa es al caldo lo que los tés son a las infusiones, o mejor aún lo que los perfumes a las aguas de colonia. Por ese mismo motivo debemos pagar más por ellas en los restaurantes.
En nuestro país sus variedades son infinitas; cada una de las regiones tiene sus preferidas. Por ejemplo, la denominada sopa aguada compuesta de pasta o verdura en un caldillo de jitomate; la de ajo de origen español que durante el siglo XVII era la favorita del Conde de la Valenciana, propietario de las minas de plata más grandes de México. La de flor de calabaza es una de mis favoritas pues conjunta el sabor del caldo de pollo con el ajo, la cebolla, los hongos silvestres y el epazote. La de lentejas, que puede emplear toda clase de embutidos existentes en casa y la de lima, plagada de grandes secretos que por generaciones no pueden ser revelados —o al menos eso me dijo alguna vez un restaurantero yucateco de la calle de Isabel la Católica en la ciudad de México. La de migas, la de nopales, la de elote, la de mariscos, la de queso, la de cebolla, la de pan y hasta las sopas secas de tamal o de fideos (muy recomendable la de un famoso restaurante de la calle de La Palma) forman parte del collage de sabores que tenemos en México. En definitiva, la humilde sopa de col y salchicha de los alemanes debe envidiar a las variedades mexicanas por sus abundantes ingredientes, sus exquisitos sabores y sus incomparables olores. Por ello, sólo me resta desear bon appétit a todos los comensales. 


Carta de una lectora indignada o cómo los hombres se han convertido en unos chillones




Publicado en: Murciégalo, Revista Digitalaño 1, núm. 2, “Identidad Nacional”, julio-agosto 2010, http://murciegalo.escuadron202.com/, o bien, puede localizarse en http://murciegaloenlinea.blogspot.com/


Una mujer aún más ruda

Leyendo lo que el señor Rudo publicó el número pasado respondo que: las mujeres no hemos robado, ultrajado o como se quiera decir los espacios masculinos. Habrá de saberse a qué tipo de sitios se van a meter los hombres en estos días. Claro está que somos amas y señoras de las tiendas comerciales pero ellos tienen sus propios espacios, que a simple vista sabrá Dios cuán sucios e intimidantes puedan llegar a ser.
Ahí tienen ustedes los baños públicos; ya sé que el señor “Rudito” pensará que ahora han sido sustituidos por los famosos spa, donde las mujeres nos vamos a embellecer, pero no es así. Los spa son muy distintos a esos lugares insalubres. Es bien sabido que desde épocas remotas los baños han sido lugares de intrigas palaciegas. Quién si no los hombres para instigar a otros de su misma especie. Por eso digo que muy diferentes a nosotras no son. Recuerde señor Rudo que don Porfirio mandó regular estos establecimientos por corruptibles, por nefandos y que ahora han dejado de existir casi en su totalidad por esas mismas circunstancias. Si esta boca hablara, la de anécdotas que contaría sobre esos sitios. Esos espacios son suyos, sí de ustedes los hombres, sólo que al no saberse comportar como es debido los han perdido, porque muy diferente es bañarse en sales aromáticas o encontrar su conexión espiritual con la naturaleza o qué sé yo.
En realidad fueron ustedes los que han usurpado nuestros minutos televisivos con anuncios para sus congéneres. Ahora hay más publicidad masculina que femenina. Los autos de lujo que pueden volar por las carreteras europeas, las modas (recuérdese al manjar que camina por las montañas bien abrigadito), los bancos para “hombres de negocios” y hasta los sandwiches son anunciados por y para los hombres. ¿No se supone que las que preparaban los emparedados eran las madres? ¿Qué hace un basquetbolista preparándose su propio chanwis?
¡No señores! Es indignante la forma en que ustedes han usurpado nuestras funciones maternales. Resulta que hoy en día los hombres se quedan en la casa mientras sus mujeres se parten el lomo trabajando y ¿eso nos lo recriminan? No ¿verdad? Ahora resulta que cargar con todo el peso de la casa y del trabajo es parte de la liberación femenina. ¡Pamplinas!

miércoles, 11 de enero de 2012

La Torre de los 41




 Publicado en: Ritos y Retos del Centro Históricoaño VIII, no. 38, may-jun 2007

Hoy en día existe una gama de temáticas que deben ser discutidas ampliamente; la modernidad nos ha permitido vislumbrar lo que serán en un futuro las prácticas humanas. Aquí no está en debate si ustedes, o la autora, estamos a favor o e contra de las nuevas propuestas legislativas, pues eso es algo que sólo concierne a cada uno de nosotros. Gracias a dicha controversia, he decidido desviar un poco la línea de mis investigaciones y abordar un tema que ha estado poco en el pensamiento histórico. Este es: la homosexualidad masculina.
No deseamos remontarnos hasta la antigüedad griega para referirnos a ella, pues en nuestra nación tenemos buenos ejemplos. Tal vez no es muy conocido el caso de los mexicas, que a pesar de su estricta educación, no podían evitar que los jovencitos del mismo sexo se enamoraran o tuvieran relaciones sexuales, aun sabiendo que los castigos eran sumamente crueles. En realidad poco ha sido estudiada la homosexualidad entre nuestros historiadores, tal vez por ser una actividad que es todavía cuestionada por las ciencias y las humanidades. Tan moderna y tan antigua que no sabemos donde colocarla.
A finales del siglo XIX, entre los mexicanos se pensaba que las mujeres y los hombres debían convivir en pareja. En ninguna familia porfiriana se permitían prácticas sexuales que no fueran las autorizadas para la procreación. Cada cual tenía sus roles bien establecidos: ellas debían encargarse del orden, la tranquilidad y el bienestar de los suyos y ellos del sustento, la participación pública y la honorabilidad de los hogares. Por ello, las señoritas de alcurnia debían casarse con caballeros que llenaran la mayoría de las expectativas sociales y familiares de la época.
El ejemplo más claro lo representó Amada, hija del presidente de la República Porfirio Díaz. La cual contrajo nupcias con Ignacio de la Torre y Mier, prominente hacendado azucarero y político que gustaba de prácticas amatorias no comunes para su época. Ignacio formó parte de los Famosos 41, un grupo de homosexuales de alta cuna que solía reunirse en clubes o casas particulares hasta altas horas de la madrugada. El gobierno moralista de Díaz, luchó en contra de estos “festines” y organizó consecutivamente redadas que ponían en evidencia la identidad de aquellos hombres. En una ocasión aprendieron a 41 varones vestidos de mujer y, entre ellos, se encontraba el yerno del presidente. La policía notificó inmediatamente a don Porfirio, pero la prensa amarillista desplegó grandes encabezados implicando a muchos jóvenes de las mejores familias porfirianas. Sin embargo, y para fortuna de su mujer, Ignacio desapareció, como arte de magia, de las listas publicadas. Privilegios de los hombres en el poder.
Dicho escándalo involucró a toda la familia Díaz. Después de haber aparentado un noviazgo perfecto, donde de la Torre se representaba como el candidato ideal para cualquier jovencita casamentera, terminó engañando a Amada y llevando una doble vida: por un lado, era un exitoso hombre de negocios y, por otro, gustaba de disfrazarse de manola para conquistar a algún jovenzuelo.
Ante la sociedad, la pareja cubría todas las cualidades de la época: él era un hombre joven, atractivo, rico y de buena educación; el cual pretendía a la hija del “señor presidente”, una chica casta y pura, es decir, la mujer perfecta. En conjunto simbolizaban más allá que unos simples contrayentes, pues se unían dos grandes familias y el gran amor que se profesaban en público, hacía suponer que Amada e Ignacio estaban hechos el uno para el otro. Pero, como siempre hay un negrito en el arroz, el candidato transgredió las normas establecidas y Amada, como buena esposa porfiriana, tuvo que resignarse a soportar la vergüenza en la intimidad, pues su propio padre, el general Díaz decía que “la familia del presidente de la República debía se intachable”, y así fue, pocos se enteraron abiertamente sobre las excentricidades del joven esposo y mucho menos del pesar de la pobre Amada. Como ven no todos los cuentos son de hadas, ni todos los sapos son príncipes, algunos de ellos suelen ser homosexuales.

Sugerencia de lectura:
Robert Mckee-Irwin, Edgard J. Mc Caughan y Michelle Rocío Nasser (coords.). The Famous 41: Sexuality and social control in Mexico, 1901, Nueva York, Palgrave Press, 2003.

El que a este mundo vino, y no bebe vino, ¿a que demonios vino?


Publicado en: Ritos y Retos del Centro Histórico, año VIII, no. 37, mar-abr 2007.


por MUA

La guerra contra los Estados Unidos fue un parteaguas para la ideología política de los grupos en el poder, su desarrollo trajo grandes contratiempos para México. En la ciudad de México, la llegada de las tropas invasoras en septiembre de 1847 trajo confusión, odio, miedo y hasta deseos de venganza por parte de la población; la cual nunca había sufrido una irrupción armada por parte de un extranjero. Los habitantes de la capital tuvieron que adaptarse a las circunstancias del momento y tolerar al enemigo hasta en su propia casa, por lo que algunos de ellos decidieron aprovechar la coyuntura y sacar beneficios de lo sucedido a través de la venta de productos solicitados por el invasor. ¿De qué otra manera sobrevivirían los comerciantes en ese momento de crisis?
Ante la inminente entrada de las tropas invasoras a la capital, el Ayuntamiento decidió tomar medidas para el resguardo de sus habitantes. La ciudad se preocupó por resguardar víveres, casas y comercios. El 24 de agosto de 1847, el gobernador del Distrito Federal, José María Tornel, pidió a sus regidores le confirmaran si cada manzana se encontraba abastecida de provisiones, forraje, agua y policía; además expuso su preocupación por que el precio de los víveres no fuese alterado y por evitar que hubiera “reuniones de gente en las vinaterías, pulquerías y otros lugares que [eran] comúnmente de escándalo”, fue así como se puso principal interés en vigilar esos establecimientos. Algunos regidores enviaron informes al gobierno central acompañados de listas que contenían la ubicación de este tipo de locales comerciales.
Los datos enviados por los regidores indican que había cuatro vinaterías, siete pulquerías y 21 tendajones en diversas calles, algunas se ubican a las afueras y otras mucho más cercanas a la Plaza Mayor. Unos establecimientos estaban ubicados en calles como Don Tiburcio, otros cercanos a la Alameda o a plazuelas. Por su parte, los propietarios no sólo eran hombres sino que también había nueve mujeres; ejemplo de ello eran Rosario Oronzón, Rafaela Domínguez o una tal Margarita, que tenía su tendajón en la 1ª calle de Peralvillo. Por lo visto, un porcentaje aceptable de mujeres se dedicaron al comercio de licor. También es curioso que se haya dado a conocer el nombre de un tendajón, llamado “San Antonio de los Pobres”, localizado en la misma calle donde se encontraba el expendio de Margarita.
Dentro de las listas encontramos que tanto vinaterías como pulquerías fueron exclusivamente propiedad masculina; allí tenemos a don Luis Romero que era dueño de una tienda-vinatería en la calle de la Cerbatana no 39 o al señor Suárez encargado de una pulquería en la Plazuela del Árbol no 9. Muchos fueron los locales que continuaron abiertos durante la guerra de 1847 y, muchos más, por encontrarse en la clandestinidad se han perdido en el anonimato. Aunque no podemos saber con certeza cuantos lugares de vicio se establecieron en la ciudad de México en los años en que los yanquis tenían dominado el territorio nacional, sí contamos con unos cuantos datos que nos hablan de las necesidades económicas que sufrían los habitantes de esta capital. En tiempos de guerra algunos comerciantes aprovecharon las circunstancias para vender licores, pulques y aguardientes a nacionales y extranjeros, a pesar de que la bandera del enemigo ondeara en Palacio Nacional.

Bibliografía:
AHDF. Ayuntamiento-Gobierno del Distrito Federal. Actas de Cabildo 1846-1847.
AHDF. Ayuntamiento-Gobierno del Distrito Federal. Historia. Guerra con los Estados Unidos.




La mujer como escaparate del marido Libreras e impresoras en el siglo XVII


Publicado en: Ritos y Retos del Centro Histórico, año VII, no. 36, nov-dic 2006.


De entre los grupos de poder que dominaron el panorama comercial en la época colonial, encontramos a los libreros e impresores; sus trabajos aportaron nuevos conocimientos al saber científico, literario y, principalmente, eclesiástico.
Durante el siglo XVII se produjeron dos mil ejemplares de libros que fueron distribuidos a lo largo y ancho de la Nueva España. Tan sólo en la Ciudad de México existieron 35 talleres de impresión que tenían a su cargo pequeñas librerías productoras y distribuidoras de ejemplares para el público solicitante. Generalmente estos obrajes fueron atendidos por los miembros de la familia, dentro de la cual las mujeres pudieron ser partícipes de la profesión.
Uno de los ejemplos más claros que existieron al respecto, fue el de la viuda de Bernardo Calderón, quien fuera el más importante de los impresores de la época. Doña Paula de Benavides era madre de seis hijos y a la muerte de su marido se hizo cargo del negocio, claro está, con la ayuda de sus hijos varones, sin embargo eso no evitó que los libros llevaban su nombre. Bajo su mando la imprenta produjo 332 escritos, entre los que encontramos gacetas, sermones, cartillas, doctrinas, entre otros; además de los Villancicos de sor Juana Inés de la Cruz.
A su muerte, la viuda de Calderón dejó a sus hijos Diego y María encargado el negocio. María —que ya estaba casa para ese entonces con Juan Ribera, prominente librero—, ayudó a expandir el poderío familiar, al unir la empresa de sus padres a la de su marido. Cuando María se quedó al frente del negocio imprimió 80 impresos con su firma. A su muerte el oficio se dividió entre sus vástagos. El taller que se encontraba en la calle de San Agustín, quedó a cargo de Francisco quien al morir lo dejó en manos de su mujer Juana de León y Messa. Su hermano Miguel también delegó la responsabilidad del suyo, ubicado en la calle del Empedradillo, a su señora Gertrudis de Escobar y Vera que a su vez lo dejaría a cargo de María de Ribera, una de sus hijas menores. María se haría cargo del mismo por 22 años más.
Así como las mujeres de la familia Calderón, existieron otras que tuvieron en sus manos la responsabilidad de dirigir las imprentas y las librerías de sus finados maridos. Encontramos el caso de doña Gerónima Delgado, esposa de Francisco Rodríguez Lupercio, quien tenía su taller en la calle del Puente de Palacio. Hacia 1683 Gerónima se ocupó del negocio durante trece años, en los cuales elaboró 80 trabajos.
Estos son algunos ejemplos de mujeres impresoras. Sabemos que eran esposas de prominente empresarios de libros y herederas de un establecimiento ya posesionado, pero gracias a ellas los talleres siguieron produciendo libros y sus hijos pudieron continuar con la tradición. La participación, aunque mínima, de las mujeres en las imprentas permitió la apertura de nuevos oficios para el sexo femenino a lo largo de la época colonial. Entonces, ¿por qué limitarse ahora?

Bibliografía:
Emma Rivas Mata. “Después del autor… Impresores y libreros en la Nueva España del siglo XVII”, en Rosa María Meyer Cosío (coord.). Identidad y práctica de los grupos de poder en México, siglos XVII-XIX. Seminario de formación de grupos y clases sociales. México, INAH, 1999, (Serie Historia / Colección Científica).

La Era Victoriana: entre lo público y lo privado


Publicado en: Ritos y Retos del Centro Histórico, año VII, no. 35, sep-oct 2006


Hasta el momento nos hemos dedicado a dilucidar sobre el quehacer de las mexicanas, a la par, en otros países. la vida de cientos de mujeres se fueron desenvolviendo, para lo cual queremos retratar la situación de las norteamericanas; vecinas que, aunque con mayores oportunidades, no se diferenciaron por completo de nuestras conacionales.
A principios del siglo XIX la estadounidense había perdido la posición que sustentaba a finales del siglo XVIII. La nueva sociedad no tenía para ella actividades donde pudiera desarrollar su intelecto, por tanto sólo podía limitarse a estudiar música, bordado, otros idiomas y un sinnúmero de modales refinados. Formas similares de comportamiento se daban en el México independiente donde las señoritas de “postín” actuaban según las normas previstas por la sociedad.
Se dejó atrás la vida campestre y despreocupada de la época dieciochesca; ahora las damas debían ser morales y espirituales, “esto formó la base para un nuevo culto a la feminidad y la ética en la era victoriana.”[1]
Separando así el trabajo del hogar, el matrimonio, que para unas representaba un vínculo económico, para otras debía ser por amor. Las diferencias recalcitrantes entre las clases sociales, se vieron acentuadas durante esta época. La familia de clase media se centró en el cuidado y educación de los hijos. La mujer, representante de este entorno dependía por completo del marido. Él llevaba el pan a la mesa, mientras ella se encargaba de organizar la vida privada, velando por la felicidad de los hijos y del esposo. “Lo cotidiano [...] adquiere un valor positivo si las insignificancias de que está formado se transforman en ritos a los que se dota de una significación sentimental. Así es como se designa privilegiado agente de la felicidad al ama de casa que reúne a horas fijas a su familia en torno a la mesa: es ella la que rige el rito del tiempo privado”.[2]
Las mujeres comenzaron a ser ejemplo de cooperación, emotividad e irracionalidad; piadosas, morales, sumisas frente a los demás, su reino tan sólo se encontraba en el hogar, su lugar privado, su “prisión”. Sara Evans comenta que la mujer decimonónica norteamericana, debía ser “devota, pura, doméstica y sometida, era la “verdadera mujer” que retrataba las novelas sentimentales [...]”,[3] dicho modelo se perfila no sólo en los Estados Unidos, sino en toda América Latina, y probablemente en el mundo entero, resultado de la época o de las enseñanzas religiosas que impedían su emancipación.


[1] Angela Moyano Pahissa, et al. EUA 8. Síntesis histórica I. México, Instituto Mora / Alianza, 1988, v. 11, v. 8, 498 pp., p. 299.
[2] Philippe Aries, et al. Historia de la vida privada. Trad. Francisco Pérez Gutiérrez. Madrid, Taurus, 1990, v. 4, v. 4, 642 pp., p. 200.
[3] Sara M Evans. Nacidas para la libertad. Una historia de las mujeres en los Estados Unidos. Trad. María José Rodríguez Murquiondo. Buenos Aires, Sudamericana, 1993, 347 pp., p. 74.

Zapatero a tus zapatos




 Publicado en: Ritos y Retos del Centro Históricoaño VII, no. 33, may-jun 2006

Muchas mujeres somos consumidoras de cosas inservibles. Lo confieso, yo tengo cientos de pares de zapatos y bolsos… La pregunta sería ¿antes también se coleccionaban esta clase de objetos? Como todos sabemos, en el principio de los tiempos los hombres iban desnudos por la vida: cubrir sus partes pudendas se convirtió en una necesidad a causa de la gran cantidad de insectos a los que les gustaba resguardarse en esas zonas; de este modo fue que se inventaron una serie de prendas que debían ser útiles a los seres que habitaban la tierra. Dos de ellas, el zapato y el bolso, fueron modificando su uso práctico para convertirse en artículos de adorno personal.
El gusto por este tipo de objetos empezó con la llegada de los españoles a nuestras tierras; aunque los nahuas usaban los llamados cactlis —sandalias con suelas hechas de fibra de agave— los peninsulares trajeron consigo los zapatos cerrados de cuero con lazos de tela y los pequeños bolsos de chinitas (chaquira filipina) que combinaban muy bien con aquellos suntuosos vestidos de las novohispanas. Así fue como estos accesorios se hicieron parte indispensable de los roperos en aquellas centurias.
Fue el siglo XIX el que revolucionó la confección de todo tipo de accesorios y aunque gran cantidad de ellos se importaban de Europa y Estados Unidos, también existían las curiosas que fabricaban sus propios bolsos. Junto con los zapatos, las carteras de mano debían ir acompañadas de abanicos, parasoles, guantes, sombreros, joyería —como broches, anillos, collares y aretes—, adornos para el cabello y capas que hacían, junto con el vestido, un hermoso conjunto visual que hoy podemos seguir apreciando en los museos. La publicidad, madre de todos los vicios, llamaba a las señoras y señoritas a consumir estos productos en almacenes de prestigio como Al Puerto de Liverpool o El Palacio de Hierro.
Como parte de su guardarropa, la mujer decimonónica conoció las —hasta hoy en día— tan afamadas botas, que complementaban sus entallados vestidos porfirianos. Y aunque fue un suplicio calzarse esos botines, pues una señorita decente debía tener los pies pequeños, seguir los lineamientos de la moda era más importante que una simple deformación ósea. Sin embargo, el siglo XX llegó pleno de innovaciones que permitieron descansar los pies de las pobres mujeres. Inventos tales como los zapatos anatómicos y los tenis hacen descansar las columnas de aquellas que gustan ir por las calles montadas en tacones de 15 cm.
Nunca es tarde para evitar comprar toda esa cantidad de pares que vemos en las tiendas departamentales, pero… recuerden que en esta primavera predominan las alpargatas de telas tornasoladas y las zapatillas escotadas que dejan ver nuestros delicados pies, ¿en verdad valdrá la pena tener un par de esas en nuestros armarios?

Sugerencia de lectura:
Lydia Lavín y Gisela Balassa. Museo del traje mexicano. México, Clío, 2001, 6 tomos.

Entre damascos y corales ‘La reina de las flores’




Publicado en: Ritos y Retos del Centro Históricoaño VII, no. 32, mar-abr 2006.

¿Qué es una virreina? La pregunta, aunque parece fácil, es difícil de responder pues durante tres siglos estas mujeres desfilaron por los pasillos del Palacio Virreinal, rodeadas de damas y caballeros. Si bien no tuvieron funciones políticas, sí fueron determinantes para el desarrollo social novohispano.
Sabemos que el virrey era el representante del rey en las tierras americanas; cada uno de los virreinatos que se fundaron en el Nuevo Continente estaban presididos por uno de estos gobernantes y, a su lado, se encontraban sus esposas. Entonces, los cortesanos no sólo eran devotos al mandatario entrante sino también a su mujer. Las virreinas festejaban, al igual que sus maridos, sus santos con toda la pompa que un personaje de su alcurnia requería
Al igual que el virrey, ella tenía un séquito que, aunque pequeño —pues regularmente constaba de 10 ó 15 mujeres— “cumplía un importantísimo papel al funcionar como núcleo de la vida social de la corte”.[1] La virreina se veía obligada a entablar buenas relaciones “con las principales señoras de la sociedad local”[2] que se convertirían en parte de su comitiva. Gracias a ellas se crearon una serie de manifestaciones que hicieron agradable la vida cortesana, como fueron los bailes, las representaciones teatrales y los paseos. Durante el gobierno de Agustín de Ahumada, marqués de las Amarillas, su mujer, doña Luisa María del Rosario de Ahumada y Vera, instauró en la corte los saraos en palacio y las fiestas al aire libre, los paseos en canoa flotante a Ixtacalco y la Viga —de los cuales queda constancia en un óleo— y las serenatas en la plaza mayor.[3] Es por eso que en uno de sus versos Sor Juana Inés de la Cruz decía que ellas eran como las flores de los jardines más versátiles, o bien, que representaban “el aliento de la reina de las flores”,[4] es decir, de la virreina.
Con la aplicación de las reformas borbónicas desaparecieron gran parte de las connotaciones señoriales del virrey, pues su séquito se redujo a unos cuantos sirvientes. En el caso de la virreina y sus acompañantes, la última de quien se tiene noticia fue la esposa del duque de Alburquerque y, tras la partida de éste en 1710, el nombramiento dejo de existir, dado que los siguientes representantes reales que llegaron a la Nueva España lo hicieron en calidad de viudos o solteros.[5] Dicha maniobra fue intencional, pues la corte perdió su supremacía y refinamiento social para convertirse en una institución “que no mostraba ninguna consideración por los títulos y [las] tradiciones”[6] palaciegas que se habían impuesto por costumbre a lo largo del tiempo.


[1] Iván Escamilla González, “La corte de los virreyes”, en Antonio Rubial García, La ciudad barroca, en Pilar Gonzalbo Aizpuru. Historia de la vida cotidiana en México, México, El Colegio de México / Fondo de Cultura Económica, 2005, 6 v., v. 2, 610 pp., pp. 371-406, p. 381.
[2] Lewis Hanke [ed.], Los virreyes españoles en América durante el gobierno de la Casa de Austria, México, Atlas, 1976, 5 v., v. 2, pp. 269-270.
[3] Juana Inés de la Cruz, sor, “Loa en las huertas donde fue a divertirse la Excma. Sra. Condesa de Paredes, marquesa de la Laguna” en, Obras completas de … IV. Comedias, sainetes y prosa, edición, pról. y notas Alberto G. Salceda, México, Fondo de Cultura Económica, 1957, 739 pp., p. 707.
[4] Manuel Romero de Terreros y Vinent, Ex Antiquis: Boceto de la vida social en la Nueva España, Guadalaxara de la Nueva Galicia, Ediciones Jaimes, 1919, 244 pp., p. 43.
[5] Escamilla, op. cit., pp. 395-396.
[6] Ibidem, p. 396.

“No lo hago por una pizca de ambición…”





Publicado en: Ritos y Retos del Centro Histórico, año VII, no. 31, ene-feb 2006.

Cuando oímos hablar de la emperatriz Carlota, pensamos en aquel personaje de novela que por ambición se volvió loca. En realidad, su vida y pensamiento fueron tan complejos que especialistas en toda clase de disciplinas han dedicado parte de su tiempo a su estudio. Ahora bien, que si estuvo casada con un polichinela, que si tuvo un hijo ilegítimo, que si fue amante de un oficial belga… éstas y más incógnitas han sido recurrentes entre los que piensan que sólo así pueden vender libros.
En realidad, fue una chica de su tiempo que, educada para ser reina, esperó gran parte de su vida el momento apropiado. Sí, el momento apropiado para casarse, para tener hijos, para gobernar, para pasar a la historia. El matrimonio le llegó, los hijos nunca los pudo tener y el reinar se le fue poco a poco de las manos. Si ustedes son de esos que piensan en todas aquellas leyendas que se han ido forjando con el tiempo, esta es la hora de desempolvar nuestros cerebros y escuchar, más bien leer, lo que les voy a contar.
Carlota es hija de la segunda esposa del rey Leopoldo I de Bélgica; María Luisa, su madre, muere cuando ella tenía diez años de edad. Su padre decide que quede al cuidado de una amiga de la familia y le da la misma instrucción que a sus dos hermanos. En 1856 conoce al que será su futuro marido, Maximiliano, hermano del emperador de Austria, Francisco José. Un año después se casan.
La pareja vive en diferentes sitios de Italia hasta que, en 1863, un grupo de mexicanos ofrecen la corona a Maximiliano. Carlota, como emperatriz consorte, (es decir, acompañante) sigue a su esposo hacia una nueva aventura. Durante su estancia en nuestro país puso en práctica los conocimientos adquiridos en su infancia. La emperatriz hablaba perfectamente varios idiomas; sabía de política, teología, historia y ciencias. Era además amante de la equitación y la natación: una mujer atlética, inteligente y con buenos modales se convirtió en blanco de críticas y elogios.
Mientras que sus damas la apreciaban, el Consejo de Ministros la repudiaba porque pensaban que una mujer no podía gobernar una nación. Y es que ella actuó como Regente del Imperio cada vez que Maximiliano salía de viaje; de hecho, una de las leyes indígenas que se expidieron durante el régimen fue idea suya. Con el paso del tiempo, los hombres más allegados al emperador lograron apartarla del poder y hacia el año de 1865 Carlota desempeña solamente las funciones de una “primera dama”. Sin embargo, realiza un último acto de valentía al embarcarse rumbo a Europa para poder salvar lo poco que quedaba del Imperio Mexicano. Tras varios intentos fallidos por recuperar lo que les habían prometido, pierde la razón e inician las historias acerca de su padecimiento.
Su relación con Maximiliano era, al menos en las cartas, amorosa; ella nunca pudo darle un heredero y tal vez buena parte de su sufrimiento estuvo relacionado con este tema, pues el emperador decidió adoptar al nieto de Agustín de Iturbide como su sucesor. Por tal motivo, dudamos que haya quedado embarazada de otro hombre. Es posible que la derrota de las fuerzas imperialistas a manos de los republicanos, el fusilamiento de su marido (de lo cual se enteró un año después), sus incapacidad para resolver los conflictos políticos en Europa, su posible esterilidad y el rechazo de su familia política al creerle culpable de la muerte de Maximiliano, fueran los detonantes de su incapacidad mental. Carlota fue victima de las circunstancias y por ello debemos reconocer que, como ella misma escribió alguna vez a su abuela, todo lo que hizo fue para ayudar a su esposo, añadiendo finalmente: “lo hago porque él lo quiso. Lo hago por el gusto de tener una ocupación útil, lo cual anhelo, no lo hago por una pizca de ambición”.

Sugerencia de lectura:
Susanne Igler. Carlota de México. México, Planeta, 2005.

Irrupción a las aulas Las primeras universitarias





Publicado en Ritos y Retos del Centro Histórico, año VI, no. 30, nov- dic 2005. También puede ser encontrado en la página wed Ciudadanosenred.com.mx. Una democracia la construye la participación ciudadana, del 14 de octubre de 2009, http://ciudadanosenred.com.mx/node/17386


Con el paso del tiempo, las mujeres hemos ido conquistando diversos espacios profesionales que siglos atrás eran exclusivamente masculinos, totalmente inimaginables para nuestro género. En México el parteaguas se debe a los gobiernos liberales que desde el triunfo de la República sobre el Imperio en 1867 dieron mayor importancia a la educación femenina. Para ello abrieron sus puertas diversas instituciones cuya misión fue formar a las alumnas a fin de que desempeñaran oficios “propios de su sexo”. No fue sino hasta 1888 que la Escuela Normal de Profesoras dio a la profesión de maestra un carácter formal. Una década atrás, en 1878, se tiene registrado que el 75% de los docentes eran varones y sólo un 25% eran mujeres; hacia 1907 las cifras cambiaron radicalmente ocupando el sexo femenino un 77% de dichas plazas. La carrera magisterial significó para las mujeres el preámbulo idóneo para su irrupción en el mundo profesional.
Un pequeño grupo de mexicanas se convirtió en noticia al ingresar, desde 1882, en la Escuela Nacional Preparatoria, escalafón indispensable para incorporarse a los estudios superiores. Matilde Montoya, la primera en ingresar, fue también la primera mujer mexicana egresada de la Escuela Nacional de Medicina. Con respecto a Matilde, la periodista Laureana Wright señala que “a fuerza de constancia había logrado vencer a la envidia y dominar a la ciencia” pues sus estudios se vieron interrumpidos varias veces debido a las continuas críticas del medio masculino. Posteriormente, una pequeña oleada de mujeres fue recibiendo sus títulos en diversas profesiones: las médicas Columba Rivera (1900), Guadalupe Sánchez (1903), Antonia Ursúa (1908), Rosario Martínez (1911) y Soledad Régules Iglesias (1907); la abogada María Asunción Sandoval de Zarco (1898); la metalurgista Dolores Rubio Ávila; la odontóloga Margarita Chorné y Salazar (1886) y varias más egresadas de carreras como Comercio y Administración.
Gracias a que las autoridades educativas brindaron apoyo económico y becas, varias mujeres lograron especializarse en el extranjero como sucedió con Soledad Régules que una vez titulada partió a Paris para continuar sus estudios como médico cirujano. Otras más recibieron la totalidad de su formación fuera del país como Laureana Mantecón de González, esposa del ex presidente de la República Manuel González, que obtuvo su título de doctora en medicina en una universidad estadounidense, o bien el caso de la señorita Toral que hizo lo propio en Cincinatti.
Aunque fueron pocas las mexicanas que para ese entonces irrumpieron en las aulas universitarias —sobre todo si las comparamos con los cientos de mujeres europeas y estadounidenses que desde mucho tiempo atrás ya ejercían gran número de carreras en sus países—, constituyeron un valioso antecedente en la apertura del medio profesional para el sexo femenino en México. Hoy en día, basta dar un vistazo por las aulas universitarias para constatar que la mayor parte de la población está integrada por mujeres.

Bibliografía:
María de Lourdes Alvarado, “Abriendo brecha’. Las pioneras de las carreras liberales en México”, en Universidad de México, UNAM, v. LV, no. 596, sept 2000.

Martha Eva Rocha, “Las mexicanas en el siglo XX”, en Francisco Blanco Figueroa, Mujeres mexicanas del siglo XX. La otra revolución, México, Edicol / UAM / UNAM / IPN / Universidad Autónoma del Estado de Morelos / UANL / UAEM / UAC, 2001, v.4.

Rigurosa etiqueta o de cómo alguna vez los mexicanos fueron cortesanos





Publicado en: Ritos y Retos del Centro Histórico, año VI, no. 29, ago-sept 2005.

    
De entre las monarquías que existieron y existen en el mundo, las menos conocidas, al menos entre los mexicanos, han sido las nuestras. A lo largo de la historia cuatro veces hemos sido imperio: en la época precolombina, durante el virreinato y dos veces más en el siglo XIX. Estas formas de gobierno estuvieron estrechamente vinculadas a suntuosas cortes que, a través de la vida áulica, incorporaron a cientos de hombres y mujeres a las actividades intramuros de los palacios.    
Para poder formar parte de una de aquellas cortes una persona debía tener un gran caudal o bien un título nobiliario que acreditara el rancio abolengo. Entre los mayas, los ajaws o nobles, los guerreros y los señores sagrados (k’uhul ajaws) conformaban, junto con enanos y lisiados, los puestos principales entre los cortesanos. Por su parte, don Agustín de Iturbide y Maximiliano de Habsburgo decidieron emplear las jerarquías que estaban de moda en su época pues, mientras que Agustín I nombró a los gentiles-hombres de cámara a la usanza española, Maximiliano I los denominó chambelanes de la corte como se hacían llamar en su natal Austria.
Pero ¿a qué se dedicaban todas estas personas? Entre las culturas mesoamericanas sabemos que los cortesanos hacían, entre otros tantos servicios, transacciones comerciales con el gobernante, dirimían querellas, asistían a fiestas y banquetes. Centurias después, las cosas no cambiaron del todo; durante la época de Maximiliano estos funcionarios seguían teniendo labores similares a las de los antiguos mayas. Para ello, el archiduque escribió de su puño y letra el Reglamento para los servicios de honor y ceremonial de la Corte donde explica las funciones y los puestos de cada uno de los miembros de su séquito. El documento llega a ser tan específico que, en un apartado, indica la ropa que debe llevarse a cada uno de los eventos sociales de palacio y fuera de él.
Otro de los grupos predominantes estaba constituido por las mujeres, quienes ocuparon diversos cargos y en su mayoría estuvieron más cerca de los gobernantes que los mismos hombres. En Europa, muchas de estas damas, educadas para convertirse en parte de la corte, llegaron a compartir con el monarca incluso la alcoba; a diferencia de éstas, las mexicanas que formaron parte de la vida palaciega aprendieron en la práctica las costumbres y protocolos propios del régimen imperial o virreinal, según haya sido el caso. Es por ello que mujeres como Josefa Ortiz, la famosa “Corregidora de Querétaro”, hayan rechazado la dignidad de convertirse en damas de la corte.
Aunque aquellos tiempos mozos hayan quedado atrás, todavía subsisten reminiscencias del esplendor monárquico que alguna vez tuvo México. ¿Cuántas personas hoy en día siguen ufanándose de que alguno de sus antepasados formó parte del séquito del emperador Maximiliano, o de Agustín I o incluso se vanaglorian de su sangre noble de tiempos de la colonia? En realidad, el estudio de la vida áulica no busca analizar linajes ni parentescos, sino que a través de éste podemos conocer el funcionamiento interno y las relaciones de poder en las habitaciones y cámaras de los palacios imperiales.        
  
Obras consultadas:
Pablo Escalante Gonzalbo. Mesoamérica y los ámbitos indígenas de la Nueva España, en Pilar Gonzalbo Aizpuru. Historia de la vida cotidiana en México. México, El Colegio de México / Fondo de Cultura Económica, 2005, 6 vols., tomo 1, pp. 99-136, 279-300.
Iván Escamilla González. “La corte de los virreyes”, en Antonio Rubial García. La ciudad barroca, en Pilar Gonzalbo Aizpuru. Historia de la vida cotidiana en México. México, El Colegio de México / Fondo de Cultura Económica, 2005, 6 vols., tomo 2, 610 pp., pp. 371-406.
Maximiliano de Habsburgo. Reglamento para los servicios de honor y ceremonial de la Corte. México, Imprenta de J. M. Lara, 1866, VI-547 pp.

Rosquillas, “gorditas” y mazapanes: La glotonería del siglo XVIII





Publicado en: Ritos y Retos del Centro Histórico,  año VI, no. 28, jun-jul 2005.
 
Para la mayor parte de los seres humanos una de las grandes tentaciones es, sin duda alguna, la comida. En el siglo XXI los complementos dietéticos se anuncian en todos los medios de comunicación, prometiendo a sus compradores un sinnúmero de milagros que, por supuesto, nunca se observan en el espejo. La estética siempre ha estado a la moda, pues si las tendencias sugieren parecer un espagueti entonces inmediatamente padecemos por esos “kilitos” de más, y no nos queda más remedio que probar una de esas dietas infernales. Sin embargo, hace tres siglos las mujeres, sobretodo, no tenían la necesidad de preocuparse por eso, pues aquella gordura y robustez eran “bien vistas”. Y para muestra basta un glotón… perdón, un botón.
En el siglo XVIII, no tan alejado del “nuevo milenio”, las mujeres que se veían transitar por las calles no eran menos que una talla 34 de hoy; además de las crinolinas y un sinnúmero de faldones, ahí abajo había sobrepeso... ¡y mucho! Los caballeros siempre disfrutaban de ver a las dulces damiselas contonearse por las callejuelas de la ciudad con gran soltura; aunque “sin ligereza”.
Pero... ¿quiénes somos nosotros para criticar si los desayunos eran vigorizantes y las comidas aún más? Basta con asomarnos a aquellos muchos y muy seguidos alimentos que se consumían diariamente y, así, poder conocer los grandes manjares y suculentos platillos que podían disfrutar, sin culpa ni preocupación, las mujeres y hombres del Virreinato.
Para empezar, las amas de casa preparaban un chocolatito “bien caliente y batidito” por las mañanas, acompañado, claro está, de un suculento pan: rosquillas, puchas o algún otro manjar. A eso de las doce (pues... ¡como que ya hacía hambre!), en las casas de las familias de clase acomodada, como la de don Guillermo Prieto, se servía la comida. El menú consistía de caldo de pollo, sopa de tortilla, de arroz o alguna pasta de harina; un pucherito bien servido con sus verduritas; carne asada, algunas legumbres y frijolitos. De postre se tenía una gran gama de manjares suculentos que iban desde el arroz con leche, las cocadas, los mazapanes, los conflonfios o huevos reales, el ante de mamey u otras frutas; natillas, flanes y jericallas y otros dulces de origen más mexicano, como el zapote con naranja regado de un buen vino y algunos sorbos de catalán (nada de acabarse la botella, porque los comensales solían ponerse muy impertinentes y eso no era recomendable para las buenas costumbres).
Pero todavía no acabamos. Como a las tres o cuatro de la tarde, cuando la digestión apenas había terminado, se volvía a servir un chocolatito (esta vez para despertar por completo a los señores que acaban de hacer la siesta) acompañado de almendras, canela o vainilla. Así terminaba el día, y, como mi abuela siempre dijo: “Hay que comer poquito, pero muy seguidito, para vernos rozagantes y bonitos”, aumentando en grandes proporciones los “kilitos”.
Las mujeres y los hombres del Virreinato debían consumir platillos considerados “nutritivos”, muy, pero muy ricos en grasas y azúcares, prefiriendo los alimentos dulces como la miel, ya que siempre se pensó que éstos formaban “la linfa nutritiva” en el organismo, la cual tenía la propiedad de llenar los estómagos hambrientos y engordar hasta al más “corrioso”. Para los estándares de la época, la robustez, es decir, la gordura, era un indicio de belleza y salud que ya en nuestra época muchas “flacuchas” desearían.
En la actualidad, las modas, las dietas, el ejercicio incansable y exagerado son los enemigos públicos de los ciudadanos universales. Comida a deshoras, tráfico estresante, tiendas de autoservicio y enfermedades nerviosas, son sólo una muestra de los días que se viven en las grandes urbes. Lo único que queda es alimentarse poco, revisar siempre la “Información Nutricional” de cada paquete o lata antes de consumir su contenido, disfrutar de productos bajos en calorías y dejar atrás el suculento “molito”, acompañado de sus buenas tortillas y un sinnúmero de ingredientes más... “que los huevos producen colesterol, que los pasteles contienen demasiados carbohidratos...”, en fin, cada vez disfrutamos con menos frecuencia las delicias que nuestras abuelas preparaban con tanto gusto, en las antiguas cocinas de la Ciudad de México.

Sugerencias de lectura:
“Los Espacios de las cocinas” en Artes de México. Dir. Alberto Ruy Sánchez Lacy, México, núm. 36, 1997.
Sonia Corcuera. Entre la gula y la templanza. Un aspecto de la historia mexicana. México, UNAM, 1981.

“Echen confites y canelones...” La Navidad en México




Publicado en: Ritos y Retos del Centro Históricoaño V, no. 26, nov- dic 2004

De niña, mis padres solían llevarme junto con mis hermanos al Zócalo a disfrutar la majestuosa iluminación que año con año adornaba los edificios principales. Caminábamos por aquellas calles viendo los aparadores de los centros comerciales y disfrutando el cálido ambiente navideño. Recuerdo bien que nos gustaba pararnos afuera del Liverpool de la calle del 20 de noviembre a contemplar como los gnomos de Santa Clós subían de una escalera a otra los regalos que se repartirían a los niños. La Navidad para nosotros significaba la llegada de los Reyes Magos, del “gordito rojo” y en algunas casas del Niño Dios; ahora que ha pasado el tiempo veo como mis sobrinos disfrutan y se emocionan con las mismas cosas con que mis hermanos y yo nos entusiasmábamos tan solo unas décadas atrás.
Pero la celebración no era la misma hacía algunos siglos. La primera Navidad se celebró en 1528; durante toda la época colonial la ciudad se iluminaba con las velas y figuras que adornaban los balcones de las casas. Las iglesias se abarrotaban de fieles que rezaban el rosario a lo largo del día. Sin embargo, aunque pueda pensarse que la Navidad era la fiesta religiosa más importante del año, ésta distaba mucho de serlo.
La alegría de las fiestas decembrinas que conocemos, es en realidad una herencia del siglo diecinueve: la verbena navideña se repetía noche a noche y la muchedumbre abarrotaba los portales y la Plaza de la Constitución. Ramas de pino, flores, juguetes para la colación, esculturas de santos y vírgenes, canelones, pastillas y dulces cubiertos, papeles de colores, piñatas, naranjas, perones, tejocotes, plátanos, jícamas, cacahuates, granaditas de china y faroles de papel eran solo algunas de las cosas que se podían encontrar en las calles, en puestos improvisados y locales de la Ciudad de México.
Nueve días antes de la Nochebuena dan inicio las Posadas. En esos días los mercados se llenan de olores y colores; los capitalinos recorren sus pasillos en busca de los ingredientes necesarios para organizar la celebración de la noche. Cañas, guayabas, tejocotes, manzanas, ciruelas pasas, pasitas, canela y piloncillo para el ponche; cacahuates, dulces, confeti, colación y frutas varias para rellenar la piñata. Figuras de nacimiento, heno, musgo, pesebres, velitas, luces de bengala y letanías ocupan infinidad de puestos a las afueras de los mercados. Si la ocasión lo amerita, se prepararán antojitos diversos que los anfitriones ofrecerán a sus convidados. De todos los asistentes a estas celebraciones, los que mejor se la pasan son los niños, a quienes toca romper la piñata, luego de haber pedido posada y, en algunas casas, de haber rezado la jornada. A esto sigue el ponche y la degustación de los suculentos guisos.
El contacto con otras culturas ha hecho de la Navidad una celebración cosmopolita con aportaciones de toda índole. La más mexicanizada de éstas es el árbol de Navidad, que llegó a nuestro país junto con el emperador Maximiliano, como parte de las costumbres que los diplomáticos prusianos traían consigo. Pese a que no arraigó en esos años, la costumbre de poner un “arbolito” tomó fuerza en el siglo veinte, tras la comercialización que de ella hicieron los estadounidenses.
Ya sea por el anhelo de ver a los seres queridos que están lejos, por los regalos que se han de dar o recibir, por el descanso que conllevan las vacaciones o por el simple hecho de divertirse, la Navidad es y será la festividad más esperada a lo largo del año, donde se conjugan tradiciones y costumbres que disfrutamos chicos y grandes.

Bibliografía:
Sonia Iglesias y Cabrera. Navidades mexicanas. CONACULTA, 2001
Sebastián Verti. El libro clásico de la Navidad en México. Costumbres y tradiciones de nuestro pueblo. Diana, 1988.
Antonio García Cubas. El libro de mis recuerdos. Porrúa, 1986.
Teresa E. Rhode. Tiempo sagrado. Planeta, 1992.
Gustavo Curiel y otros. Pintura y vida cotidiana en México, 1650-1950. Fomento Cultural Banamex/ CONACULTA, 1999.

De la moda lo que te acomoda




Publicado en: Ritos y Retos del Centro Históricoaño V, no. 25, sept-oct 2004

¡No tengo nada qué ponerme!, frase recurrente en las habitaciones de gran parte de la población femenina de esta gran ciudad… y es que, la ropa, además de ser necesaria para cubrir las impúdicas desnudeces del ser humano, se ha convertido en símbolo de la condición social, económica y hasta intelectual: “dime como te vistes y te diré quien eres”.
En la actualidad, una prenda que llega a manos del cliente requiere, por lo menos, del trabajo de trece personas con oficios que van desde el recolector del algodón hasta el vendedor, pasando por aquellas que tejen, tiñen, cortan, diseñan, bordan y cosen las telas que cuelgan en ganchos al interior de nuestros roperos.
La costura es el eslabón más importante en la cadena de la confección; pese a que en la actualidad la identificamos con las mujeres, ésta era una labor predominantemente masculina, puesto que fue hasta finales del siglo XVIII que las señoritas fueron aceptadas en los talleres de sastrería, donde aprendieron a trazar y cortar las prendas. A partir de ese momento, la costura se convirtió en una de las formas de manutención más frecuentes entre el sector femenino.
Empero, la industria casera de fabricación de ropa para la familia, si podemos llamarla de este modo, fue parte de la tradición educativa de las mujeres del México colonial, tradición que pervivió hasta bien entrado el siglo XX. Ellas debían saber bordar, coser, tejer e hilar antes de contraer matrimonio; estas actividades eran de tal importancia que en cada casa había un lugar asignado para la reunión de las mujeres, donde además de llevarlas a cabo, servía para reforzar la convivencia familiar y con las amigas: el tan conocido Cuarto de costura o costurero, que aún encontramos en casas de principios del siglo veinte. 
Un siglo más tarde, la situación económica se agudizó, provocando que gran número de productos extranjeros llegaran a nuestros puertos; la excentricidad llegó a las casas de ricos y pobres. Gran número de telas, encajes y adornos coronaban la moda entrante: cientos de tiendas y cajones abrían día con día sus puertas en las calles de la ciudad.
Un número significativo de estos negocios fueron propiedad femenina: 22 de los 24 cajones de modistas; 35 de las 38 sederías y 6 de las 55 rebocerías. Sin embargo, el apego a las costumbres europeas hizo que muchos de estos expendios fracasaran y fueran sustituidos por otros con nombres franceses que contrataban costureras de origen español y, de preferencia, viudas.
Pocas fueron las mexicanas que sobresalieron en el mundo de la moda en la Ciudad de México; regularmente, el prejuicio hizo que las señoras y señoritas citadinas visitaran las casa francesas cercanas a la Plaza Mayor. Una de las modistas más reconocidas del México decimonónico sin lugar a dudas fue Eugenia Segault, quien prosperó con su elegante boutique ubicada en la antigua calle de Plateros, hoy Madero, o bien, aquella mujer de la calle de San Francisco, que impactó tanto a Manuel Payno al grado que el escritor decidió incluirla en su novela de costumbres  El fistol del diablo.
Sin contar a las distinguidas francesas, las mujeres mexicanas no tuvieron un avance significativo en la confección, pues las últimas décadas del siglo trajeron consigo la producción en serie, que aún hoy en día sigue existiendo. La culpable de tal innovación tecnológica fue la máquina de coser, instrumento alemán que llegó a México revolucionando los talleres artesanales de costura y que formó parte del ajuar femenino de gran parte de la población mexicana.
          
Lecturas recomendadas:
Silvia Marina Arrom. Las mujeres de la ciudad de México, 1790-1857. México, Siglo veintiuno, 1988.
Lydia Lavín y Gisela Balassa. Museo del traje mexicano. El siglo del Imperio y la República. México, Clío, 2002, vol. V.

Quince años tenía Martina...




Publicado en: Ritos y Retos del Centro Históricoaño V, no. 24, jul-ago 2004.
 
Un vestido ampón, de color y con crinolina; diez o quince chambelanes debidamente entacuchados; un maestro de baile con todo y grabadora; un padrino con discurso; una madre con suficientes pañuelos desechables como para secar un mar de emotivas lágrimas; un salón de fiesta, patio, terreno, jardín o cualquier superficie semiplana que sirva de pista para el bailongo; decenas de invitados y no invitados dispuestos a probar los manjares que varían dependiendo del gusto y las posibilidades económicas del mecenas; un conjunto musical de nombre exótico y rimbombante; una quinceañera chapeada y rozagante, en espera de pasar la mejor noche de sus tres lustros de vida y, finalmente, un papá que esté dispuesto a vender, como Dorian Gray o el doctor Fausto, su alma al diablo —o su casa al Monte de Piedad— con tal de ver en su hija la sonrisa que delate la infinita felicidad del momento.
Todo esto se ve en los Quinceaños mexicanos, celebración tradicional y fluctuante que cambia según la época, la moda, la condición social e incluso el entorno en que se vive. Es la fiesta de presentación ante la sociedad que desde la década de los treinta se realiza en los hogares de nuestro país. De aquellos suntuosos bailes británicos de presentación, donde las damitas lucían sus espléndidos vestidos esperando conocer al noble caballero que las llevaría al altar, a las coreografías modernas y los valses austriacos llenos de hielo seco y luces estrambóticas han pasado casi dos centurias.
Sin embargo, no todas las jovencitas ambicionan que sus padres “echen la casa por la ventana” con tal de festejarlas en compañía de la familia: los viajes a bordo de un crucero con decenas de quinceañeras, las reuniones multitudinarias en discotecas o los regalos más anhelados pueden hacer las veces de festejo para este sector de las jóvenes debutantes.
Pero nadie puede negar que los quinceaños resultan ser, en la mayoría de los casos, una celebración mágica, divertida y en la cual todo puede suceder. Quien no recuerda al padrino apoderado del micrófono por más de treinta interminables minutos en los cuales relata pormenorizadamente las cualidades de la ahijada, reafirmando el cariño de sus compadres e incrementando el pudor secreto de la avergonzada quinceañera. Que decir del chambelán de cabello engomado y rostro cacarizo que lanza miradas insistentes a la celebrada, y el resto de sus compañeros cuyos dos pies izquierdos les impiden aprenderse la fantasiosa coreografía del maestro de baile. Siempre habrá un error en la tan ensayada pirueta cirquera que la quinceañera realiza para sus espectadores; siempre habrán un tío pasado de copas, una prima que desea cantar con el grupo, un dedo en el pastel y por lo menos diez niños corriendo alrededor de la pista.
Pero afortunadamente, los quinceaños en México son muy coloridos… bueno, por lo menos en sus vestidos: el tradicional rosa ha sido sustituido por el desquiciante melón, el llamativo pistache y los no menos impresionantes colores morado, lila, azul cielo y hasta dorado, todos ellos con flores y olanes al por mayor.
Lo cierto es que la mayoría de las jóvenes de catorce años o menos esperan con ansiedad el tan citado día, que imaginan como el inicio del resto de sus días. Los quinceaños y las bodas son, además de una fecha esencial en la vida de muchas mujeres, un motivo de reunión, festejo y alegría que pocos, critiquemos o alabemos, dejamos de disfrutar. O, ¿a usted no le gusta que lo inviten a unos quinceaños? Yo creo que sí.

Lectura recomendada:
Lydia Lavín y Gisela Balassa. Museo del traje mexicano. El siglo cosmopolita. México, Clío, 2002, vol. VI.