Publicado en: Ritos y Retos del Centro Histórico, año V, no. 26, nov-
dic 2004
De niña,
mis padres solían llevarme junto con mis hermanos al Zócalo a disfrutar la
majestuosa iluminación que año con año adornaba los edificios principales.
Caminábamos por aquellas calles viendo los aparadores de los centros
comerciales y disfrutando el cálido ambiente navideño. Recuerdo bien que nos
gustaba pararnos afuera del Liverpool de la calle del 20 de noviembre a
contemplar como los gnomos de Santa Clós subían de una escalera a otra los
regalos que se repartirían a los niños. La Navidad para nosotros significaba la llegada de
los Reyes Magos, del “gordito rojo” y en algunas casas del Niño Dios; ahora que
ha pasado el tiempo veo como mis sobrinos disfrutan y se emocionan con las
mismas cosas con que mis hermanos y yo nos entusiasmábamos tan solo unas
décadas atrás.
Pero la celebración no era la misma
hacía algunos siglos. La primera Navidad se celebró en 1528; durante toda la
época colonial la ciudad se iluminaba con las velas y figuras que adornaban los
balcones de las casas. Las iglesias se abarrotaban de fieles que rezaban el
rosario a lo largo del día. Sin embargo, aunque pueda pensarse que la Navidad era la fiesta
religiosa más importante del año, ésta distaba mucho de serlo.
La alegría de las fiestas decembrinas
que conocemos, es en realidad una herencia del siglo diecinueve: la verbena
navideña se repetía noche a noche y la muchedumbre abarrotaba los portales y la Plaza de la Constitución. Ramas
de pino, flores, juguetes para la colación, esculturas de santos y vírgenes,
canelones, pastillas y dulces cubiertos, papeles de colores, piñatas, naranjas,
perones, tejocotes, plátanos, jícamas, cacahuates, granaditas de china y
faroles de papel eran solo algunas de las cosas que se podían encontrar en las
calles, en puestos improvisados y locales de la Ciudad de México.
Nueve días antes de la Nochebuena dan inicio
las Posadas. En esos días los mercados se llenan de olores y colores; los
capitalinos recorren sus pasillos en busca de los ingredientes necesarios para
organizar la celebración de la noche. Cañas, guayabas, tejocotes, manzanas,
ciruelas pasas, pasitas, canela y piloncillo para el ponche; cacahuates,
dulces, confeti, colación y frutas varias para rellenar la piñata. Figuras de
nacimiento, heno, musgo, pesebres, velitas, luces de bengala y letanías ocupan
infinidad de puestos a las afueras de los mercados. Si la ocasión lo amerita,
se prepararán antojitos diversos que los anfitriones ofrecerán a sus
convidados. De todos los asistentes a estas celebraciones, los que mejor se la
pasan son los niños, a quienes toca romper la piñata, luego de haber pedido
posada y, en algunas casas, de haber rezado la jornada. A esto sigue el ponche
y la degustación de los suculentos guisos.
El contacto con otras culturas ha
hecho de la Navidad
una celebración cosmopolita con aportaciones de toda índole. La más
mexicanizada de éstas es el árbol de Navidad, que llegó a nuestro país junto
con el emperador Maximiliano, como parte de las costumbres que los diplomáticos
prusianos traían consigo. Pese a que no arraigó en esos años, la costumbre de
poner un “arbolito” tomó fuerza en el siglo veinte, tras la comercialización
que de ella hicieron los estadounidenses.
Ya sea por el anhelo de ver a los
seres queridos que están lejos, por los regalos que se han de dar o recibir,
por el descanso que conllevan las vacaciones o por el simple hecho de
divertirse, la Navidad
es y será la festividad más esperada a lo largo del año, donde se conjugan
tradiciones y costumbres que disfrutamos chicos y grandes.
Bibliografía:
Sonia
Iglesias y Cabrera. Navidades mexicanas.
CONACULTA, 2001
Sebastián
Verti. El libro clásico de la Navidad en México.
Costumbres y tradiciones de nuestro pueblo. Diana, 1988.
Antonio García
Cubas. El libro de mis recuerdos.
Porrúa, 1986.
Teresa E.
Rhode. Tiempo sagrado. Planeta, 1992.
Gustavo
Curiel y otros. Pintura y vida cotidiana
en México, 1650-1950. Fomento Cultural Banamex/ CONACULTA, 1999.

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