miércoles, 11 de enero de 2012

De la moda lo que te acomoda




Publicado en: Ritos y Retos del Centro Históricoaño V, no. 25, sept-oct 2004

¡No tengo nada qué ponerme!, frase recurrente en las habitaciones de gran parte de la población femenina de esta gran ciudad… y es que, la ropa, además de ser necesaria para cubrir las impúdicas desnudeces del ser humano, se ha convertido en símbolo de la condición social, económica y hasta intelectual: “dime como te vistes y te diré quien eres”.
En la actualidad, una prenda que llega a manos del cliente requiere, por lo menos, del trabajo de trece personas con oficios que van desde el recolector del algodón hasta el vendedor, pasando por aquellas que tejen, tiñen, cortan, diseñan, bordan y cosen las telas que cuelgan en ganchos al interior de nuestros roperos.
La costura es el eslabón más importante en la cadena de la confección; pese a que en la actualidad la identificamos con las mujeres, ésta era una labor predominantemente masculina, puesto que fue hasta finales del siglo XVIII que las señoritas fueron aceptadas en los talleres de sastrería, donde aprendieron a trazar y cortar las prendas. A partir de ese momento, la costura se convirtió en una de las formas de manutención más frecuentes entre el sector femenino.
Empero, la industria casera de fabricación de ropa para la familia, si podemos llamarla de este modo, fue parte de la tradición educativa de las mujeres del México colonial, tradición que pervivió hasta bien entrado el siglo XX. Ellas debían saber bordar, coser, tejer e hilar antes de contraer matrimonio; estas actividades eran de tal importancia que en cada casa había un lugar asignado para la reunión de las mujeres, donde además de llevarlas a cabo, servía para reforzar la convivencia familiar y con las amigas: el tan conocido Cuarto de costura o costurero, que aún encontramos en casas de principios del siglo veinte. 
Un siglo más tarde, la situación económica se agudizó, provocando que gran número de productos extranjeros llegaran a nuestros puertos; la excentricidad llegó a las casas de ricos y pobres. Gran número de telas, encajes y adornos coronaban la moda entrante: cientos de tiendas y cajones abrían día con día sus puertas en las calles de la ciudad.
Un número significativo de estos negocios fueron propiedad femenina: 22 de los 24 cajones de modistas; 35 de las 38 sederías y 6 de las 55 rebocerías. Sin embargo, el apego a las costumbres europeas hizo que muchos de estos expendios fracasaran y fueran sustituidos por otros con nombres franceses que contrataban costureras de origen español y, de preferencia, viudas.
Pocas fueron las mexicanas que sobresalieron en el mundo de la moda en la Ciudad de México; regularmente, el prejuicio hizo que las señoras y señoritas citadinas visitaran las casa francesas cercanas a la Plaza Mayor. Una de las modistas más reconocidas del México decimonónico sin lugar a dudas fue Eugenia Segault, quien prosperó con su elegante boutique ubicada en la antigua calle de Plateros, hoy Madero, o bien, aquella mujer de la calle de San Francisco, que impactó tanto a Manuel Payno al grado que el escritor decidió incluirla en su novela de costumbres  El fistol del diablo.
Sin contar a las distinguidas francesas, las mujeres mexicanas no tuvieron un avance significativo en la confección, pues las últimas décadas del siglo trajeron consigo la producción en serie, que aún hoy en día sigue existiendo. La culpable de tal innovación tecnológica fue la máquina de coser, instrumento alemán que llegó a México revolucionando los talleres artesanales de costura y que formó parte del ajuar femenino de gran parte de la población mexicana.
          
Lecturas recomendadas:
Silvia Marina Arrom. Las mujeres de la ciudad de México, 1790-1857. México, Siglo veintiuno, 1988.
Lydia Lavín y Gisela Balassa. Museo del traje mexicano. El siglo del Imperio y la República. México, Clío, 2002, vol. V.

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