Publicado en: Ritos y Retos del Centro Histórico, año V, no. 25,
sept-oct 2004
¡No tengo
nada qué ponerme!, frase recurrente en las habitaciones de gran parte de la
población femenina de esta gran ciudad… y es que, la ropa, además de ser
necesaria para cubrir las impúdicas desnudeces del ser humano, se ha convertido
en símbolo de la condición social, económica y hasta intelectual: “dime como te
vistes y te diré quien eres”.
En
la actualidad, una prenda que llega a manos del cliente requiere, por lo menos,
del trabajo de trece personas con oficios que van desde el recolector del
algodón hasta el vendedor, pasando por aquellas que tejen, tiñen, cortan,
diseñan, bordan y cosen las telas que cuelgan en ganchos al interior de
nuestros roperos.
La
costura es el eslabón más importante en la cadena de la confección; pese a que
en la actualidad la identificamos con las mujeres, ésta era una labor
predominantemente masculina, puesto que fue hasta finales del siglo XVIII que las
señoritas fueron aceptadas en los talleres de sastrería, donde aprendieron a
trazar y cortar las prendas. A partir de ese momento, la costura se convirtió
en una de las formas de manutención más frecuentes entre el sector femenino.
Empero,
la industria casera de fabricación de ropa para la familia, si podemos llamarla
de este modo, fue parte de la tradición educativa de las mujeres del México
colonial, tradición que pervivió hasta bien entrado el siglo XX. Ellas debían
saber bordar, coser, tejer e hilar antes de contraer matrimonio; estas
actividades eran de tal importancia que en cada casa había un lugar asignado
para la reunión de las mujeres, donde además de llevarlas a cabo, servía para
reforzar la convivencia familiar y con las amigas: el tan conocido Cuarto de
costura o costurero, que aún encontramos en casas de principios del siglo
veinte.
Un
siglo más tarde, la situación económica se agudizó, provocando que gran número
de productos extranjeros llegaran a nuestros puertos; la excentricidad llegó a
las casas de ricos y pobres. Gran número de telas, encajes y adornos coronaban
la moda entrante: cientos de tiendas y cajones abrían día con día sus puertas
en las calles de la ciudad.
Un
número significativo de estos negocios fueron propiedad femenina: 22 de los 24
cajones de modistas; 35 de las 38 sederías y 6 de las 55 rebocerías. Sin
embargo, el apego a las costumbres europeas hizo que muchos de estos expendios
fracasaran y fueran sustituidos por otros con nombres franceses que contrataban
costureras de origen español y, de preferencia, viudas.
Pocas
fueron las mexicanas que sobresalieron en el mundo de la moda en la Ciudad de
México; regularmente, el prejuicio hizo que las señoras y señoritas citadinas
visitaran las casa francesas cercanas a la Plaza Mayor. Una de las modistas más
reconocidas del México decimonónico sin lugar a dudas fue Eugenia Segault,
quien prosperó con su elegante boutique
ubicada en la antigua calle de Plateros, hoy Madero, o bien, aquella mujer de
la calle de San Francisco, que impactó tanto a Manuel Payno al grado que el
escritor decidió incluirla en su novela de costumbres El
fistol del diablo.
Sin
contar a las distinguidas francesas, las mujeres mexicanas no tuvieron un
avance significativo en la confección, pues las últimas décadas del siglo
trajeron consigo la producción en serie, que aún hoy en día sigue existiendo.
La culpable de tal innovación tecnológica fue la máquina de coser, instrumento
alemán que llegó a México revolucionando los talleres artesanales de costura y
que formó parte del ajuar femenino de gran parte de la población mexicana.
Lecturas
recomendadas:
Silvia Marina
Arrom. Las mujeres de la ciudad de
México, 1790-1857. México, Siglo veintiuno, 1988.
Lydia Lavín y
Gisela Balassa. Museo del traje mexicano.
El siglo del Imperio y la República. México, Clío, 2002, vol. V.

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