Publicado en: Ritos y Retos del Centro Histórico, año V, no. 24,
jul-ago 2004.
Un vestido ampón,
de color y con crinolina; diez o quince chambelanes debidamente entacuchados;
un maestro de baile con todo y grabadora; un padrino con discurso; una madre
con suficientes pañuelos desechables como para secar un mar de emotivas
lágrimas; un salón de fiesta, patio, terreno, jardín o cualquier superficie
semiplana que sirva de pista para el bailongo; decenas de invitados y no
invitados dispuestos a probar los manjares que varían dependiendo del gusto y
las posibilidades económicas del mecenas; un conjunto musical de nombre exótico
y rimbombante; una quinceañera chapeada y rozagante, en espera de pasar la
mejor noche de sus tres lustros de vida y, finalmente, un papá que esté
dispuesto a vender, como Dorian Gray o el doctor Fausto, su alma al diablo —o
su casa al Monte de Piedad— con tal de ver en su hija la sonrisa que delate la
infinita felicidad del momento.
Todo esto se ve en los Quinceaños mexicanos, celebración
tradicional y fluctuante que cambia según la época, la moda, la condición
social e incluso el entorno en que se vive. Es la fiesta de presentación ante
la sociedad que desde la década de los treinta se realiza en los hogares de
nuestro país. De aquellos suntuosos bailes británicos de presentación, donde
las damitas lucían sus espléndidos vestidos esperando conocer al noble
caballero que las llevaría al altar, a las coreografías modernas y los valses
austriacos llenos de hielo seco y luces estrambóticas han pasado casi dos
centurias.
Sin embargo, no todas las jovencitas
ambicionan que sus padres “echen la casa por la ventana” con tal de festejarlas
en compañía de la familia: los viajes a bordo de un crucero con decenas de
quinceañeras, las reuniones multitudinarias en discotecas o los regalos más
anhelados pueden hacer las veces de festejo para este sector de las jóvenes
debutantes.
Pero
nadie puede negar que los quinceaños resultan ser, en la mayoría de los casos,
una celebración mágica, divertida y en la cual todo puede suceder. Quien no recuerda al padrino apoderado del
micrófono por más de treinta interminables minutos en los cuales relata
pormenorizadamente las cualidades de la ahijada, reafirmando el cariño de sus
compadres e incrementando el pudor secreto de la avergonzada quinceañera. Que
decir del chambelán de cabello engomado y rostro cacarizo que lanza miradas
insistentes a la celebrada, y el resto de sus compañeros cuyos dos pies
izquierdos les impiden aprenderse la fantasiosa coreografía del maestro de
baile. Siempre habrá un error en la tan ensayada pirueta cirquera que la
quinceañera realiza para sus espectadores; siempre habrán un tío pasado de
copas, una prima que desea cantar con el grupo, un dedo en el pastel y por lo
menos diez niños corriendo alrededor de la pista.
Pero
afortunadamente, los quinceaños en México son muy coloridos… bueno, por lo
menos en sus vestidos: el tradicional rosa ha sido sustituido por el
desquiciante melón, el llamativo pistache y los no menos impresionantes colores
morado, lila, azul cielo y hasta dorado, todos ellos con flores y olanes al por
mayor.
Lo
cierto es que la mayoría de las jóvenes de catorce años o menos esperan con
ansiedad el tan citado día, que imaginan como el inicio del resto de sus días.
Los quinceaños y las bodas son, además de una fecha esencial en la vida de
muchas mujeres, un motivo de reunión, festejo y alegría que pocos, critiquemos
o alabemos, dejamos de disfrutar. O, ¿a usted no le gusta que lo inviten a unos
quinceaños? Yo creo que sí.
Lectura
recomendada:
Lydia Lavín y
Gisela Balassa. Museo del traje mexicano.
El siglo cosmopolita. México, Clío, 2002, vol. VI.

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