miércoles, 11 de enero de 2012

Quince años tenía Martina...




Publicado en: Ritos y Retos del Centro Históricoaño V, no. 24, jul-ago 2004.
 
Un vestido ampón, de color y con crinolina; diez o quince chambelanes debidamente entacuchados; un maestro de baile con todo y grabadora; un padrino con discurso; una madre con suficientes pañuelos desechables como para secar un mar de emotivas lágrimas; un salón de fiesta, patio, terreno, jardín o cualquier superficie semiplana que sirva de pista para el bailongo; decenas de invitados y no invitados dispuestos a probar los manjares que varían dependiendo del gusto y las posibilidades económicas del mecenas; un conjunto musical de nombre exótico y rimbombante; una quinceañera chapeada y rozagante, en espera de pasar la mejor noche de sus tres lustros de vida y, finalmente, un papá que esté dispuesto a vender, como Dorian Gray o el doctor Fausto, su alma al diablo —o su casa al Monte de Piedad— con tal de ver en su hija la sonrisa que delate la infinita felicidad del momento.
Todo esto se ve en los Quinceaños mexicanos, celebración tradicional y fluctuante que cambia según la época, la moda, la condición social e incluso el entorno en que se vive. Es la fiesta de presentación ante la sociedad que desde la década de los treinta se realiza en los hogares de nuestro país. De aquellos suntuosos bailes británicos de presentación, donde las damitas lucían sus espléndidos vestidos esperando conocer al noble caballero que las llevaría al altar, a las coreografías modernas y los valses austriacos llenos de hielo seco y luces estrambóticas han pasado casi dos centurias.
Sin embargo, no todas las jovencitas ambicionan que sus padres “echen la casa por la ventana” con tal de festejarlas en compañía de la familia: los viajes a bordo de un crucero con decenas de quinceañeras, las reuniones multitudinarias en discotecas o los regalos más anhelados pueden hacer las veces de festejo para este sector de las jóvenes debutantes.
Pero nadie puede negar que los quinceaños resultan ser, en la mayoría de los casos, una celebración mágica, divertida y en la cual todo puede suceder. Quien no recuerda al padrino apoderado del micrófono por más de treinta interminables minutos en los cuales relata pormenorizadamente las cualidades de la ahijada, reafirmando el cariño de sus compadres e incrementando el pudor secreto de la avergonzada quinceañera. Que decir del chambelán de cabello engomado y rostro cacarizo que lanza miradas insistentes a la celebrada, y el resto de sus compañeros cuyos dos pies izquierdos les impiden aprenderse la fantasiosa coreografía del maestro de baile. Siempre habrá un error en la tan ensayada pirueta cirquera que la quinceañera realiza para sus espectadores; siempre habrán un tío pasado de copas, una prima que desea cantar con el grupo, un dedo en el pastel y por lo menos diez niños corriendo alrededor de la pista.
Pero afortunadamente, los quinceaños en México son muy coloridos… bueno, por lo menos en sus vestidos: el tradicional rosa ha sido sustituido por el desquiciante melón, el llamativo pistache y los no menos impresionantes colores morado, lila, azul cielo y hasta dorado, todos ellos con flores y olanes al por mayor.
Lo cierto es que la mayoría de las jóvenes de catorce años o menos esperan con ansiedad el tan citado día, que imaginan como el inicio del resto de sus días. Los quinceaños y las bodas son, además de una fecha esencial en la vida de muchas mujeres, un motivo de reunión, festejo y alegría que pocos, critiquemos o alabemos, dejamos de disfrutar. O, ¿a usted no le gusta que lo inviten a unos quinceaños? Yo creo que sí.

Lectura recomendada:
Lydia Lavín y Gisela Balassa. Museo del traje mexicano. El siglo cosmopolita. México, Clío, 2002, vol. VI.

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