Publicado en: Ritos y Retos del Centro Histórico, año V, no. 23,
abr-may 2004 [En coautoría con Leopoldo Silberman].
EN EL MODO DE PARTIR EL PAN,
se conoce al que es tragón, dicen las buenas y las malas lenguas. Y es que el
pan se ha convertido no solo en un elemento indispensable en la dieta diaria de
los mexicanos, sino también se ha convertido en un punto de referencia para otros menesteres. El
carácter personal, la situación económica o el diario acontecer pueden verse
reflejados en frases como: “es bueno como el pan”, “no está el horno para
bollos”, “es pan comido” o “se vende como pan caliente”, por solo decir
algunas. Más la pregunta sería: ¿quién no guarda en su estómago un pan del día?
Empero, el tiempo y la modernidad han provocado la desaparición paulatina de
los nombres de estos manjares, antes necesarios para que el comprador pudiese
pedir las piezas de su elección detrás del mostrador. El ingenio del panadero y
—¿porqué no mencionarlo?— del consumidor, fueron dando las aguas bautismales a
estas suculentas harinas, basados en su vida diaria, hablándonos de la época en
que se inventaron. Basta mencionar algunos ejemplos: los títulos nobiliarios de
los afamados condes, duques, marqueses y reinas;
las referencias al “bello sexo” en panes como las adelaidas, conchas,
lupes, magdalenas y las deliciosas lolas. Los objetos de
uso diario como la cartera, el colchón, el estribo, el escudo,
el guante, la herradura o el huarache; los animales como
la lechuza, el pescadito, los cochinitos, el caracol,
el camarón y la almeja. O, ¿porqué no recordar aquello que vemos
al espejo?: los dedos, el brazo, la oreja, la trenza,
el bigote y el ojo. Todos ellos deliciosos recuerdos de antaño
que esperaban llegar a la mesa del pobre, del rico, de la señorita casadera, de
la viuda, del hombre de letras o del comerciante... todos miembros de la misma
sociedad, unida por el gusto del buen comer; porque ¿a quien le dan pan que
llore?

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