Publicado en: Ritos y Retos del Centro Histórico, año V, no. 23,
abr-may 2004.
Amas de
casa preocupadas por la educación de sus hijos y la felicidad de sus maridos,
mujeres escondidas tras un hábito y un escapulario, campesinas, obreras,
cocineras, mujeres trabajadoras que mantienen una casa; señoritas casaderas,
viudas olvidadas, prostitutas que venden su cuerpo a cambio de sustento,
mujeres todas ellas, pertenecientes a una misma época. Todas invisibles, ajenas
a los espacios donde los hombres pueden desenvolverse cotidianamente, sujetas a
sus órdenes y prejuicios: unas, conformes con su situación, otras, llenas de
valor y coraje luchando por un mejor lugar en la sociedad.
El siglo
XIX, característico por sus concepciones ideológicas y científicas que
enardecen el romanticismo humano, encontró en la figura femenina cualidades
particulares de un género débil y carente de una inteligencia igual a la del
hombre. No obstante que poco se les tomó en cuenta, las mujeres de los tiempos
independientes debieron responder y adaptarse a los nuevos criterios del país.
Las guerras, las luchas entre facciones, las crisis financieras, las
intervenciones ideológicas y militares, entre otros muchos problemas, desestabilizaban no sólo a la nación sino a
la propia población que se sentía insegura hasta en su casa. La movilización de
los hombres al campo de batalla y la necesidad de que las mujeres se hicieran
cargo de sus familias, abriéndose paso en la vida productiva, propició que
éstas buscaran y encontraran otro espacio en la vida pública.
Sin embargo conforme pasaba el tiempo,
los valores considerados eternos se adecuaron a las necesidades del momento: la
delicadeza, la superioridad moral y espiritualidad, eran aspectos considerados
básicos en la naturaleza femenina. Por tal motivo, aunque las opiniones del
“bello sexo” no podían ser públicas, llegaron a defender sus intereses como
esposas y madres al apoyar y, en ocasiones, aconsejar a los hombres de sus
familias; porque el lugar que tenían en común todas ellas era la casa,
manteniendo ese ambiente privado en paz y orden al momento en que, la educación religiosa de las niñas
producía esposas devotas que mantenían un primor de hogar y estaban dispuestas
a sacrificarlo todo por la familia.
Dicho hogar era el refugio para
quienes participaban de la vida política y se constituyó como un territorio de
estabilidad y decencia doméstica; la responsable de mantenerlo con vida era la
propia mujer, quien brindaba amor y buen ejemplo a sus hijos. Las que no entraban en este esquema eran mal
vistas por la sociedad, la cual criticaba a las trabajadoras, a las mujeres que
sabían un poco más de lo que les estaba permitido y a las madres que impulsaban
a sus hijas a salir adelante. Por tal motivo, tenían que ser cuidadosas con su
comportamiento: no debían evidenciar lo que pensaban o sentían, sobre todo
cuando no coincidían con el estereotipo femenino de la época
Las mujeres, dadoras de vida,
empezaron a abrirse paso en el mundo público, algunas escribiendo por intereses
puramente literarios, otras guiadas por sus ideales morales o políticos,
algunas más conspirando contra el gobierno en funciones y otras muchas
defendiendo sus intereses a través de los puestos que los hombres de sus
familias —esposos, padres o hermanos— pudieran ocupar en la política.
Durante las primeras décadas de vida
independiente del país, la educación tradicional estuvo respaldada por grupos
religiosos o seglares específicos. Fue hasta el triunfo liberal que se permitió
el desarrollo de un nuevo modelo educativo, puesto que en 1867 se estableció la
educación elemental gratuita y obligatoria, desapareciendo la enseñanza
religiosa de la práctica cotidiana.
A pesar de ello, el principio de una
educación en forma, más allá de las primeras letras para las mujeres, se dio
con el establecimiento de la Escuela Secundaria para Personas del Sexo Femenino
dos años después, la cual se convirtió, hacia 1890, en la Normal para
Profesoras; así mismo la Escuela de Artes y Oficios (1871) y la Escuela
Mercantil “Miguel Lerdo de Tejada” (1903) fueron bases importantes en la
participación profesional de las mujeres a finales del siglo XIX.
Aunque algunos autores intenten
mitificar la figura sumisa de la mujer del siglo XIX, muchas actoras femeninas
anónimas y olvidadas por la historia, pudieron abrirse paso en el predominante
mundo masculino. Ejemplos claros de mujeres destacadas fueron Gertrudis
Bocanegra, Leona Vicario, Ignacia “La Güera” Rodríguez, Margarita Maza, Dolores
Quesada de Almonte, Concepción Lombardo de Miramón, Carmen Romero Rubio y
Matilde Montoya, quienes actuaron por convicción y lealtad. Pero ¿por qué no
pensar que como ellas hubieron otras que intentaron manifestar sus ideas y
colaborar con ello a la causa nacional? Partícipes de una época, las damas
decimonónicas también forman parte de la historia, sólo nos resta brindarles
cabida en nuestros estudios y nuestra memoria.
Referencias:
Julia Tuñón Pablos. Mujeres en México. Recordando una historia. México, CONACULTA, 1998

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