miércoles, 11 de enero de 2012

“Mujer, mujer divina...” Una historia en el siglo XIX




Publicado en: Ritos y Retos del Centro Históricoaño V, no. 23, abr-may 2004.
 

Amas de casa preocupadas por la educación de sus hijos y la felicidad de sus maridos, mujeres escondidas tras un hábito y un escapulario, campesinas, obreras, cocineras, mujeres trabajadoras que mantienen una casa; señoritas casaderas, viudas olvidadas, prostitutas que venden su cuerpo a cambio de sustento, mujeres todas ellas, pertenecientes a una misma época. Todas invisibles, ajenas a los espacios donde los hombres pueden desenvolverse cotidianamente, sujetas a sus órdenes y prejuicios: unas, conformes con su situación, otras, llenas de valor y coraje luchando por un mejor lugar en la sociedad.
El siglo XIX, característico por sus concepciones ideológicas y científicas que enardecen el romanticismo humano, encontró en la figura femenina cualidades particulares de un género débil y carente de una inteligencia igual a la del hombre. No obstante que poco se les tomó en cuenta, las mujeres de los tiempos independientes debieron responder y adaptarse a los nuevos criterios del país. Las guerras, las luchas entre facciones, las crisis financieras, las intervenciones ideológicas y militares, entre otros muchos problemas,  desestabilizaban no sólo a la nación sino a la propia población que se sentía insegura hasta en su casa. La movilización de los hombres al campo de batalla y la necesidad de que las mujeres se hicieran cargo de sus familias, abriéndose paso en la vida productiva, propició que éstas buscaran y encontraran otro espacio en la vida pública. 
Sin embargo conforme pasaba el tiempo, los valores considerados eternos se adecuaron a las necesidades del momento: la delicadeza, la superioridad moral y espiritualidad, eran aspectos considerados básicos en la naturaleza femenina. Por tal motivo, aunque las opiniones del “bello sexo” no podían ser públicas, llegaron a defender sus intereses como esposas y madres al apoyar y, en ocasiones, aconsejar a los hombres de sus familias; porque el lugar que tenían en común todas ellas era la casa, manteniendo ese ambiente privado en paz y orden al momento en que, la educación religiosa de las niñas producía esposas devotas que mantenían un primor de hogar y estaban dispuestas a sacrificarlo todo por la familia.
Dicho hogar era el refugio para quienes participaban de la vida política y se constituyó como un territorio de estabilidad y decencia doméstica; la responsable de mantenerlo con vida era la propia mujer, quien brindaba amor y buen ejemplo a sus hijos.  Las que no entraban en este esquema eran mal vistas por la sociedad, la cual criticaba a las trabajadoras, a las mujeres que sabían un poco más de lo que les estaba permitido y a las madres que impulsaban a sus hijas a salir adelante. Por tal motivo, tenían que ser cuidadosas con su comportamiento: no debían evidenciar lo que pensaban o sentían, sobre todo cuando no coincidían con el estereotipo femenino de la época
Las mujeres, dadoras de vida, empezaron a abrirse paso en el mundo público, algunas escribiendo por intereses puramente literarios, otras guiadas por sus ideales morales o políticos, algunas más conspirando contra el gobierno en funciones y otras muchas defendiendo sus intereses a través de los puestos que los hombres de sus familias —esposos, padres o hermanos— pudieran ocupar en la política.
Durante las primeras décadas de vida independiente del país, la educación tradicional estuvo respaldada por grupos religiosos o seglares específicos. Fue hasta el triunfo liberal que se permitió el desarrollo de un nuevo modelo educativo, puesto que en 1867 se estableció la educación elemental gratuita y obligatoria, desapareciendo la enseñanza religiosa de la práctica cotidiana.
A pesar de ello, el principio de una educación en forma, más allá de las primeras letras para las mujeres, se dio con el establecimiento de la Escuela Secundaria para Personas del Sexo Femenino dos años después, la cual se convirtió, hacia 1890, en la Normal para Profesoras; así mismo la Escuela de Artes y Oficios (1871) y la Escuela Mercantil “Miguel Lerdo de Tejada” (1903) fueron bases importantes en la participación profesional de las mujeres a finales del siglo XIX.
Aunque algunos autores intenten mitificar la figura sumisa de la mujer del siglo XIX, muchas actoras femeninas anónimas y olvidadas por la historia, pudieron abrirse paso en el predominante mundo masculino. Ejemplos claros de mujeres destacadas fueron Gertrudis Bocanegra, Leona Vicario, Ignacia “La Güera” Rodríguez, Margarita Maza, Dolores Quesada de Almonte, Concepción Lombardo de Miramón, Carmen Romero Rubio y Matilde Montoya, quienes actuaron por convicción y lealtad. Pero ¿por qué no pensar que como ellas hubieron otras que intentaron manifestar sus ideas y colaborar con ello a la causa nacional? Partícipes de una época, las damas decimonónicas también forman parte de la historia, sólo nos resta brindarles cabida en nuestros estudios y nuestra memoria.

Referencias:
Julia Tuñón Pablos. Mujeres en México. Recordando una historia. México, CONACULTA, 1998

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