La niñez, parte fundamental de
nuestra existencia, ha visto en el transcurso del tiempo cambios inimaginables;
de aquellos infantes que desde su nacimiento eran considerados “adultos a
escala”, a los niños actuales que conocen sus derechos ante la sociedad. Salvo
contadas excepciones, —como Mozart, Ana Frank, Luis XIV o la “Tucita”— pocos
niños han figurado en el mundo de los adultos.
Estos
seres invisibles, habitantes de todos los hemisferios, han nacido, crecido,
comido, jugado y hecho travesuras desde que el hombre pobló la tierra. Sin
embargo, las diferencias entre niños y niñas siempre han sido notorias, no solo
en su constitución fisiológica sino también en su sentir y actuar. En el México
Antiguo, las pequeñas debían diferenciarse de los varoncitos por medio del
papel que desempeñaban en la sociedad. Desde muy chicas estaban supeditadas a
los cuidados, enseñanzas y castigos de la madre, quien las instruía en las
labores domésticas, la obediencia, el cuidado de sus personas, la moral y la
sumisión al hombre.
El
paso del tiempo y la llegada de una cultura distinta no modificó del todo esta
situación; en la Nueva
España , las normas de conducta hicieron que las niñas
quedaran sujetas a los deseos familiares. Por tanto, el hogar fue el sitio en
el que realizaban todas sus actividades. Si acaso los padres estaban
interesados en que tuvieran un poco de cultura, eran enviadas a la escuela de
primeras letras, llamada “de amigas”, donde una mujer poco ilustrada les medio enseñaba a leer, escribir, contar,
a hacer labores manuales y el catecismo.
Las
diferencias de linaje y clase subsistentes en el mundo novohispano, hicieron
que la distancia entre los estratos fuera enorme, con lo cual las niñas criollas
tenían mayor acceso al conocimiento que las indias, mulatas y mestizas. No
obstante, la llegada de una nueva forma de pensamiento impuso, entre los
habitantes de las colonias, la veneración de la razón, que veía en el individuo
la base de la sociedad. Esta fue una época benéfica para los infantes, quienes
empezaron a tener importancia en el núcleo familiar, convirtiéndose en seres
humanos individuales: ya no serían adultos pequeños sino, por vez primera,
niños.
En
el siglo XIX la imaginación de las pequeñas fue invadida por Pulgarcito, El
gato con botas, La caperucita encantada o bien, leyendas como La llorona,
escuchadas de labios de sus nanas. Los patios de las casas eran testigos de
cantos, adivinanzas y juegos como las escondidas, el sopla vivo te lo doy —que disfrutaba en la infancia Antonio García
Cubas—, el mogote, pipis y gañas, el
panadero (que hablaba de aquellos maderos
de San Juan) y la procesión, donde se cantaba la conocida melodía de
nuestra infancia, que decía: “Mañana
domingo / de pico de gallo / se casa Benito / con un pajarito / ¿quién es la
madrina? / doña Catalina / ¿quién es el padrino? / don Juan Botijón / y dale
que dale con el bordón / antes que acabe la procesión...”

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