miércoles, 11 de enero de 2012

Mañana domingo, de pico de gallo...




Publicado en: Ritos y Retos del Centro Histórico, año V, no. 22, oct-nov 2003.

La niñez, parte fundamental de nuestra existencia, ha visto en el transcurso del tiempo cambios inimaginables; de aquellos infantes que desde su nacimiento eran considerados “adultos a escala”, a los niños actuales que conocen sus derechos ante la sociedad. Salvo contadas excepciones, —como Mozart, Ana Frank, Luis XIV o la “Tucita”— pocos niños han figurado en el mundo de los adultos.
Estos seres invisibles, habitantes de todos los hemisferios, han nacido, crecido, comido, jugado y hecho travesuras desde que el hombre pobló la tierra. Sin embargo, las diferencias entre niños y niñas siempre han sido notorias, no solo en su constitución fisiológica sino también en su sentir y actuar. En el México Antiguo, las pequeñas debían diferenciarse de los varoncitos por medio del papel que desempeñaban en la sociedad. Desde muy chicas estaban supeditadas a los cuidados, enseñanzas y castigos de la madre, quien las instruía en las labores domésticas, la obediencia, el cuidado de sus personas, la moral y la sumisión al hombre.
El paso del tiempo y la llegada de una cultura distinta no modificó del todo esta situación; en la Nueva España, las normas de conducta hicieron que las niñas quedaran sujetas a los deseos familiares. Por tanto, el hogar fue el sitio en el que realizaban todas sus actividades. Si acaso los padres estaban interesados en que tuvieran un poco de cultura, eran enviadas a la escuela de primeras letras, llamada “de amigas”, donde una mujer poco ilustrada les medio enseñaba a leer, escribir, contar, a hacer labores manuales y el catecismo.
Las diferencias de linaje y clase subsistentes en el mundo novohispano, hicieron que la distancia entre los estratos fuera enorme, con lo cual las niñas criollas tenían mayor acceso al conocimiento que las indias, mulatas y mestizas. No obstante, la llegada de una nueva forma de pensamiento impuso, entre los habitantes de las colonias, la veneración de la razón, que veía en el individuo la base de la sociedad. Esta fue una época benéfica para los infantes, quienes empezaron a tener importancia en el núcleo familiar, convirtiéndose en seres humanos individuales: ya no serían adultos pequeños sino, por vez primera, niños. 
En el siglo XIX la imaginación de las pequeñas fue invadida por Pulgarcito, El gato con botas, La caperucita encantada o bien, leyendas como La llorona, escuchadas de labios de sus nanas. Los patios de las casas eran testigos de cantos, adivinanzas y juegos como las escondidas, el sopla vivo te lo doy —que disfrutaba en la infancia Antonio García Cubas—, el mogote, pipis y gañas, el panadero (que hablaba de aquellos maderos de San Juan) y la procesión, donde se cantaba la conocida melodía de nuestra infancia, que decía: “Mañana domingo / de pico de gallo / se casa Benito / con un pajarito / ¿quién es la madrina? / doña Catalina / ¿quién es el padrino? / don Juan Botijón / y dale que dale con el bordón / antes que acabe la procesión...

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