miércoles, 11 de enero de 2012

Las apariencias engañan…




 Publicado en: Suplemento Especial de Milenio Diario, 10 de febrero de 2007.

Por MUA

A finales del siglo XIX, los mexicanos pensaban que las mujeres eran el soporte del matrimonio. Ellas debían encargarse del orden, la tranquilidad y el bienestar de los hogares porfirianos, y ser formadoras del alma y del espíritu de los niños. Por ello, las señoritas de alcurnia debían casarse con caballeros que llenaran las expectativas sociales y familiares. Tal fue el caso de Carmen Romero Rubio, esposa del general Díaz. Durante el primer gobierno de don Porfirio, la madre de Carmelita, Agustina Castelló, pretendía emparentar a alguna de sus herederas con “El Presidente” e hizo lo posible porque sus tres hijas coincidieran con él en tertulias y bailes. Como todos sabemos la elegida fue Carmelita. Sin embargo, la escritora Alicia Aguilar en su libro Primeras damas, las ausentes presentes. Historias de mujeres mexicanas, comenta que, en cierta medida, sus padres se oponían a la relación, pues su madre, “decía que sentía pavor de que su hijita se casara con un general que, en la época de la Reforma, mandaba sacar a las monjas de sus conventos”. Al casarse con el general, la señora Romero Rubio se convirtió en el prototipo porfiriano femenino, es decir, en la llamada Reina del Hogar. De esa misma manera educó a su hijastra Amada Díaz, la cual debió soportar las infidelidades y homosexualidad de su marido, Ignacio de la Torre, prominente hacendado de la época.
Dicho escándalo involucró a toda la familia Díaz. Después de haber aparentado un noviazgo perfecto, donde Ignacio se representaba como el candidato ideal para cualquier jovencita casamentera, terminó engañándola y llevando una doble vida: por un lado, era un exitoso hombre de negocios y, por otro, gustaba de disfrazarse de manola para conquistar a algún jovenzuelo.
Ante la sociedad, la pareja cubría todas las cualidades de la época: él era un hombre joven, atractivo, rico y de buena educación; el cual pretendía a la hija del “señor presidente”, una chica casta y pura, además de “modesta, humilde, caritativa, virtuosa, la hija que ama, honra y venera a sus padres”. Es decir, la mujer perfecta. En conjunto simbolizaban más allá que unos simples contrayentes, pues se unían dos grandes familias y el gran amor que se profesaban en público, hacía suponer que Amada e Ignacio estaban hechos el uno para el otro. Pero, como siempre hay un negrito en el arroz, el candidato transgredió las normas establecidas y Amada, como buena esposa porfiriana, tuvo que resignarse a soportar la vergüenza en la intimidad, pues su propio padre, el general Díaz decía que “la familia del presidente de la República debía se intachable”, y así fue, pocos se enteraron abiertamente sobre las excentricidades del joven esposo y mucho menos del pesar de la pobre Amada. Como ven no todos los cuentos son de hadas, ni todos los sapos son príncipes.

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