miércoles, 11 de enero de 2012

Rosquillas, “gorditas” y mazapanes: La glotonería del siglo XVIII





Publicado en: Ritos y Retos del Centro Histórico,  año VI, no. 28, jun-jul 2005.
 
Para la mayor parte de los seres humanos una de las grandes tentaciones es, sin duda alguna, la comida. En el siglo XXI los complementos dietéticos se anuncian en todos los medios de comunicación, prometiendo a sus compradores un sinnúmero de milagros que, por supuesto, nunca se observan en el espejo. La estética siempre ha estado a la moda, pues si las tendencias sugieren parecer un espagueti entonces inmediatamente padecemos por esos “kilitos” de más, y no nos queda más remedio que probar una de esas dietas infernales. Sin embargo, hace tres siglos las mujeres, sobretodo, no tenían la necesidad de preocuparse por eso, pues aquella gordura y robustez eran “bien vistas”. Y para muestra basta un glotón… perdón, un botón.
En el siglo XVIII, no tan alejado del “nuevo milenio”, las mujeres que se veían transitar por las calles no eran menos que una talla 34 de hoy; además de las crinolinas y un sinnúmero de faldones, ahí abajo había sobrepeso... ¡y mucho! Los caballeros siempre disfrutaban de ver a las dulces damiselas contonearse por las callejuelas de la ciudad con gran soltura; aunque “sin ligereza”.
Pero... ¿quiénes somos nosotros para criticar si los desayunos eran vigorizantes y las comidas aún más? Basta con asomarnos a aquellos muchos y muy seguidos alimentos que se consumían diariamente y, así, poder conocer los grandes manjares y suculentos platillos que podían disfrutar, sin culpa ni preocupación, las mujeres y hombres del Virreinato.
Para empezar, las amas de casa preparaban un chocolatito “bien caliente y batidito” por las mañanas, acompañado, claro está, de un suculento pan: rosquillas, puchas o algún otro manjar. A eso de las doce (pues... ¡como que ya hacía hambre!), en las casas de las familias de clase acomodada, como la de don Guillermo Prieto, se servía la comida. El menú consistía de caldo de pollo, sopa de tortilla, de arroz o alguna pasta de harina; un pucherito bien servido con sus verduritas; carne asada, algunas legumbres y frijolitos. De postre se tenía una gran gama de manjares suculentos que iban desde el arroz con leche, las cocadas, los mazapanes, los conflonfios o huevos reales, el ante de mamey u otras frutas; natillas, flanes y jericallas y otros dulces de origen más mexicano, como el zapote con naranja regado de un buen vino y algunos sorbos de catalán (nada de acabarse la botella, porque los comensales solían ponerse muy impertinentes y eso no era recomendable para las buenas costumbres).
Pero todavía no acabamos. Como a las tres o cuatro de la tarde, cuando la digestión apenas había terminado, se volvía a servir un chocolatito (esta vez para despertar por completo a los señores que acaban de hacer la siesta) acompañado de almendras, canela o vainilla. Así terminaba el día, y, como mi abuela siempre dijo: “Hay que comer poquito, pero muy seguidito, para vernos rozagantes y bonitos”, aumentando en grandes proporciones los “kilitos”.
Las mujeres y los hombres del Virreinato debían consumir platillos considerados “nutritivos”, muy, pero muy ricos en grasas y azúcares, prefiriendo los alimentos dulces como la miel, ya que siempre se pensó que éstos formaban “la linfa nutritiva” en el organismo, la cual tenía la propiedad de llenar los estómagos hambrientos y engordar hasta al más “corrioso”. Para los estándares de la época, la robustez, es decir, la gordura, era un indicio de belleza y salud que ya en nuestra época muchas “flacuchas” desearían.
En la actualidad, las modas, las dietas, el ejercicio incansable y exagerado son los enemigos públicos de los ciudadanos universales. Comida a deshoras, tráfico estresante, tiendas de autoservicio y enfermedades nerviosas, son sólo una muestra de los días que se viven en las grandes urbes. Lo único que queda es alimentarse poco, revisar siempre la “Información Nutricional” de cada paquete o lata antes de consumir su contenido, disfrutar de productos bajos en calorías y dejar atrás el suculento “molito”, acompañado de sus buenas tortillas y un sinnúmero de ingredientes más... “que los huevos producen colesterol, que los pasteles contienen demasiados carbohidratos...”, en fin, cada vez disfrutamos con menos frecuencia las delicias que nuestras abuelas preparaban con tanto gusto, en las antiguas cocinas de la Ciudad de México.

Sugerencias de lectura:
“Los Espacios de las cocinas” en Artes de México. Dir. Alberto Ruy Sánchez Lacy, México, núm. 36, 1997.
Sonia Corcuera. Entre la gula y la templanza. Un aspecto de la historia mexicana. México, UNAM, 1981.

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