Para la mayor
parte de los seres humanos una de las grandes tentaciones es, sin duda alguna,
la comida. En el siglo XXI los complementos dietéticos se anuncian en todos los
medios de comunicación, prometiendo a sus compradores un sinnúmero de milagros
que, por supuesto, nunca se observan en el espejo. La estética siempre ha
estado a la moda, pues si las tendencias sugieren parecer un espagueti entonces
inmediatamente padecemos por esos “kilitos” de más, y no nos queda más remedio
que probar una de esas dietas infernales. Sin embargo, hace tres siglos las
mujeres, sobretodo, no tenían la necesidad de preocuparse por eso, pues aquella
gordura y robustez eran “bien vistas”. Y para muestra basta un glotón… perdón, un
botón.
En
el siglo XVIII, no tan alejado del “nuevo milenio”, las mujeres que se veían
transitar por las calles no eran menos que una talla 34 de hoy; además de las
crinolinas y un sinnúmero de faldones, ahí abajo había sobrepeso... ¡y mucho!
Los caballeros siempre disfrutaban de ver a las dulces damiselas contonearse
por las callejuelas de la ciudad con gran soltura; aunque “sin ligereza”.
Pero...
¿quiénes somos nosotros para criticar si los desayunos eran vigorizantes y las
comidas aún más? Basta con asomarnos a aquellos muchos y muy seguidos alimentos
que se consumían diariamente y, así, poder conocer los grandes manjares y
suculentos platillos que podían disfrutar, sin culpa ni preocupación, las
mujeres y hombres del Virreinato.
Para
empezar, las amas de casa preparaban un chocolatito “bien caliente y batidito”
por las mañanas, acompañado, claro está, de un suculento pan: rosquillas,
puchas o algún otro manjar. A eso de las doce (pues... ¡como que ya hacía hambre!),
en las casas de las familias de clase acomodada, como la de don Guillermo
Prieto, se servía la comida. El menú consistía de caldo de pollo, sopa de
tortilla, de arroz o alguna pasta de harina; un pucherito bien servido con sus
verduritas; carne asada, algunas legumbres y frijolitos. De postre se tenía una
gran gama de manjares suculentos que iban desde el arroz con leche, las
cocadas, los mazapanes, los conflonfios
o huevos reales, el ante de mamey u
otras frutas; natillas, flanes y jericallas
y otros dulces de origen más mexicano, como el zapote con naranja regado de un
buen vino y algunos sorbos de catalán (nada de acabarse la botella, porque los
comensales solían ponerse muy impertinentes y eso no era recomendable para las
buenas costumbres).
Pero
todavía no acabamos. Como a las tres o cuatro de la tarde, cuando la digestión
apenas había terminado, se volvía a servir un chocolatito (esta vez para
despertar por completo a los señores que acaban de hacer la siesta) acompañado
de almendras, canela o vainilla. Así terminaba el día, y, como mi abuela
siempre dijo: “Hay que comer poquito, pero muy seguidito, para vernos
rozagantes y bonitos”, aumentando en grandes proporciones los “kilitos”.
Las
mujeres y los hombres del Virreinato debían consumir platillos considerados
“nutritivos”, muy, pero muy ricos en grasas y azúcares, prefiriendo los
alimentos dulces como la miel, ya que siempre se pensó que éstos formaban “la
linfa nutritiva” en el organismo, la cual tenía la propiedad de llenar los
estómagos hambrientos y engordar hasta al más “corrioso”. Para los estándares
de la época, la robustez, es decir, la gordura, era un indicio de belleza y
salud que ya en nuestra época muchas “flacuchas” desearían.
En
la actualidad, las modas, las dietas, el ejercicio incansable y exagerado son
los enemigos públicos de los ciudadanos universales. Comida a deshoras, tráfico
estresante, tiendas de autoservicio y enfermedades nerviosas, son sólo una
muestra de los días que se viven en las grandes urbes. Lo único que queda es alimentarse
poco, revisar siempre la “Información Nutricional” de cada paquete o lata antes
de consumir su contenido, disfrutar de productos bajos en calorías y dejar
atrás el suculento “molito”, acompañado de sus buenas tortillas y un sinnúmero
de ingredientes más... “que los huevos producen colesterol, que los pasteles
contienen demasiados carbohidratos...”, en fin, cada vez disfrutamos con menos
frecuencia las delicias que nuestras abuelas preparaban con tanto gusto, en las
antiguas cocinas de la Ciudad
de México.
Sugerencias de lectura:
“Los
Espacios de las cocinas” en Artes de
México. Dir. Alberto Ruy Sánchez Lacy, México, núm. 36, 1997.
Sonia
Corcuera. Entre la gula y la templanza.
Un aspecto de la historia mexicana. México, UNAM, 1981.

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