Publicado en: Ritos y Retos del Centro Histórico, año VI, no. 29, ago-sept 2005.
De entre las
monarquías que existieron y existen en el mundo, las menos conocidas, al menos
entre los mexicanos, han sido las nuestras. A lo largo de la historia cuatro
veces hemos sido imperio: en la época precolombina, durante el virreinato y dos
veces más en el siglo XIX. Estas formas de gobierno estuvieron estrechamente
vinculadas a suntuosas cortes que, a través de la vida áulica, incorporaron a
cientos de hombres y mujeres a las actividades intramuros de los palacios.
Para
poder formar parte de una de aquellas cortes una persona debía tener un gran
caudal o bien un título nobiliario que acreditara el rancio abolengo. Entre los
mayas, los ajaws o nobles, los
guerreros y los señores sagrados (k’uhul
ajaws) conformaban, junto con enanos y lisiados, los puestos principales
entre los cortesanos. Por su parte, don Agustín de Iturbide y Maximiliano de
Habsburgo decidieron emplear las jerarquías que estaban de moda en su época
pues, mientras que Agustín I nombró a los gentiles-hombres de cámara a la
usanza española, Maximiliano I los denominó chambelanes de la corte como se
hacían llamar en su natal Austria.
Pero
¿a qué se dedicaban todas estas personas? Entre las culturas mesoamericanas
sabemos que los cortesanos hacían, entre otros tantos servicios, transacciones
comerciales con el gobernante, dirimían querellas, asistían a fiestas y
banquetes. Centurias después, las cosas no cambiaron del todo; durante la época
de Maximiliano estos funcionarios seguían teniendo labores similares a las de los
antiguos mayas. Para ello, el archiduque escribió de su puño y letra el Reglamento para los servicios de
honor y ceremonial de la Corte donde
explica las funciones y los puestos de cada uno de los miembros de su séquito.
El documento llega a ser tan específico que, en un apartado, indica la ropa que
debe llevarse a cada uno de los eventos sociales de palacio y fuera de él.
Otro de los grupos predominantes
estaba constituido por las mujeres, quienes ocuparon diversos cargos y en su
mayoría estuvieron más cerca de los gobernantes que los mismos hombres. En
Europa, muchas de estas damas, educadas para convertirse en parte de la corte, llegaron
a compartir con el monarca incluso la alcoba; a diferencia de éstas, las mexicanas
que formaron parte de la vida palaciega aprendieron en la práctica las
costumbres y protocolos propios del régimen imperial o virreinal, según haya
sido el caso. Es por ello que mujeres como Josefa Ortiz, la famosa “Corregidora
de Querétaro”, hayan rechazado la dignidad
de convertirse en damas de la corte.
Aunque aquellos tiempos mozos hayan
quedado atrás, todavía subsisten reminiscencias del esplendor monárquico que
alguna vez tuvo México. ¿Cuántas personas hoy en día siguen ufanándose de que
alguno de sus antepasados formó parte del séquito del emperador Maximiliano, o
de Agustín I o incluso se vanaglorian de su sangre noble de tiempos de la colonia? En realidad, el estudio de la vida
áulica no busca analizar linajes ni parentescos, sino que a través de éste
podemos conocer el funcionamiento interno y las relaciones de poder en las
habitaciones y cámaras de los palacios imperiales.
Obras
consultadas:
Pablo Escalante Gonzalbo. Mesoamérica y los ámbitos indígenas de la Nueva España , en Pilar
Gonzalbo Aizpuru. Historia de la vida
cotidiana en México. México, El Colegio de México / Fondo de Cultura
Económica, 2005, 6 vols., tomo 1, pp. 99-136, 279-300.
Iván Escamilla González. “La
corte de los virreyes”, en Antonio Rubial García. La ciudad barroca, en Pilar Gonzalbo Aizpuru. Historia de la vida cotidiana en México. México, El Colegio de
México / Fondo de Cultura Económica, 2005, 6 vols., tomo 2, 610 pp., pp.
371-406.
Maximiliano de Habsburgo. Reglamento para los servicios de honor y
ceremonial de la Corte. México , Imprenta de J. M. Lara, 1866, VI-547 pp.

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