Publicado en: Ritos y Retos del Centro Histórico, año VII, no. 36, nov-dic 2006.
De entre los
grupos de poder que dominaron el panorama comercial en la época colonial,
encontramos a los libreros e impresores; sus trabajos aportaron nuevos
conocimientos al saber científico, literario y, principalmente, eclesiástico.
Durante el siglo XVII se produjeron
dos mil ejemplares de libros que fueron distribuidos a lo largo y ancho de la Nueva España. Tan sólo en la Ciudad de México existieron
35 talleres de impresión que tenían a su cargo pequeñas librerías productoras y
distribuidoras de ejemplares para el público solicitante. Generalmente estos
obrajes fueron atendidos por los miembros de la familia, dentro de la cual las
mujeres pudieron ser partícipes de la profesión.
Uno de los ejemplos más claros que
existieron al respecto, fue el de la viuda de Bernardo Calderón, quien fuera el
más importante de los impresores de la época. Doña Paula de Benavides era madre
de seis hijos y a la muerte de su marido se hizo cargo del negocio, claro está,
con la ayuda de sus hijos varones, sin embargo eso no evitó que los libros llevaban
su nombre. Bajo su mando la imprenta produjo 332 escritos, entre los que
encontramos gacetas, sermones, cartillas, doctrinas, entre otros; además de los
Villancicos de sor Juana Inés de la Cruz.
A
su muerte, la viuda de Calderón dejó a sus hijos Diego y María encargado el
negocio. María —que ya estaba casa para ese entonces con Juan Ribera,
prominente librero—, ayudó a expandir el poderío familiar, al unir la empresa
de sus padres a la de su marido. Cuando María se quedó al frente del negocio
imprimió 80 impresos con su firma. A su muerte el oficio se dividió entre sus
vástagos. El taller que se encontraba en la calle de San Agustín, quedó a cargo
de Francisco quien al morir lo dejó en manos de su mujer Juana de León y Messa.
Su hermano Miguel también delegó la responsabilidad del suyo, ubicado en la
calle del Empedradillo, a su señora Gertrudis de Escobar y Vera que a su vez lo
dejaría a cargo de María de Ribera, una de sus hijas menores. María se haría
cargo del mismo por 22 años más.
Así
como las mujeres de la familia Calderón, existieron otras que tuvieron en sus
manos la responsabilidad de dirigir las imprentas y las librerías de sus
finados maridos. Encontramos el caso de doña Gerónima Delgado, esposa de
Francisco Rodríguez Lupercio, quien tenía su taller en la calle del Puente de
Palacio. Hacia 1683 Gerónima se ocupó del negocio durante trece años, en los
cuales elaboró 80 trabajos.
Estos son algunos ejemplos de mujeres
impresoras. Sabemos que eran esposas de prominente empresarios de libros y
herederas de un establecimiento ya posesionado, pero gracias a ellas los
talleres siguieron produciendo libros y sus hijos pudieron continuar con la
tradición. La participación, aunque mínima, de las mujeres en las imprentas
permitió la apertura de nuevos oficios para el sexo femenino a lo largo de la
época colonial. Entonces, ¿por qué limitarse ahora?
Bibliografía:
Emma Rivas Mata. “Después del autor… Impresores y libreros en la Nueva España del siglo XVII”,
en Rosa María Meyer Cosío (coord.). Identidad
y práctica de los grupos de poder en México, siglos XVII-XIX. Seminario de
formación de grupos y clases sociales. México, INAH, 1999, (Serie Historia
/ Colección Científica).

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