Publicado en: Ritos y Retos del Centro Histórico, año VII, no. 35, sep-oct 2006
Hasta el momento nos hemos dedicado a
dilucidar sobre el quehacer de las mexicanas, a la par, en otros países. la
vida de cientos de mujeres se fueron desenvolviendo, para lo cual queremos
retratar la situación de las norteamericanas; vecinas que, aunque con mayores
oportunidades, no se diferenciaron por completo de nuestras conacionales.
A principios
del siglo XIX la estadounidense había perdido la posición que sustentaba a
finales del siglo XVIII. La nueva sociedad no tenía para ella actividades donde
pudiera desarrollar su intelecto, por tanto sólo podía limitarse a estudiar
música, bordado, otros idiomas y un sinnúmero de modales refinados. Formas
similares de comportamiento se daban en el México independiente donde las
señoritas de “postín” actuaban según las normas previstas por la sociedad.
Se
dejó atrás la vida campestre y despreocupada de la época dieciochesca; ahora
las damas debían ser morales y espirituales, “esto formó la base para un nuevo
culto a la feminidad y la ética en la era victoriana.”[1]
Separando así
el trabajo del hogar, el matrimonio, que para unas representaba un vínculo
económico, para otras debía ser por amor. Las diferencias recalcitrantes entre
las clases sociales, se vieron acentuadas durante esta época. La familia de
clase media se centró en el cuidado y educación de los hijos. La mujer,
representante de este entorno dependía por completo del marido. Él llevaba el
pan a la mesa, mientras ella se encargaba de organizar la vida privada, velando
por la felicidad de los hijos y del esposo. “Lo cotidiano [...] adquiere un
valor positivo si las insignificancias de que está formado se transforman en
ritos a los que se dota de una significación sentimental. Así es como se
designa privilegiado agente de la felicidad al ama de casa que reúne a horas
fijas a su familia en torno a la mesa: es ella la que rige el rito del tiempo
privado”.[2]
Las mujeres comenzaron a ser ejemplo de cooperación,
emotividad e irracionalidad; piadosas, morales, sumisas frente a los demás, su
reino tan sólo se encontraba en el hogar, su lugar privado, su “prisión”. Sara
Evans comenta que la mujer decimonónica norteamericana, debía ser “devota,
pura, doméstica y sometida, era la “verdadera mujer” que retrataba las novelas
sentimentales [...]”,[3] dicho
modelo se perfila no sólo en los Estados Unidos, sino en toda América Latina, y
probablemente en el mundo entero, resultado de la época o de las enseñanzas
religiosas que impedían su emancipación.
[1]
Angela Moyano Pahissa, et al. EUA 8.
Síntesis histórica I. México, Instituto Mora / Alianza, 1988, v. 11, v. 8,
498 pp., p. 299.
[2]
Philippe Aries, et al. Historia de la vida privada. Trad.
Francisco Pérez Gutiérrez. Madrid, Taurus, 1990, v. 4, v. 4, 642 pp., p. 200.
[3] Sara
M Evans. Nacidas para la libertad. Una
historia de las mujeres en los Estados Unidos. Trad. María José Rodríguez
Murquiondo. Buenos Aires, Sudamericana, 1993, 347 pp., p. 74.

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