Muchas
mujeres somos consumidoras de cosas inservibles. Lo confieso, yo tengo cientos
de pares de zapatos y bolsos… La pregunta sería ¿antes también se coleccionaban
esta clase de objetos? Como todos sabemos, en el principio de los tiempos los
hombres iban desnudos por la vida: cubrir sus partes pudendas se convirtió en
una necesidad a causa de la gran cantidad de insectos a los que les gustaba
resguardarse en esas zonas; de este modo fue que se inventaron una serie de
prendas que debían ser útiles a los seres que habitaban la tierra. Dos de ellas,
el zapato y el bolso, fueron modificando su uso práctico para convertirse en
artículos de adorno personal.
El gusto por este tipo de objetos
empezó con la llegada de los españoles a nuestras tierras; aunque los nahuas usaban los llamados cactlis —sandalias con suelas hechas de
fibra de agave— los peninsulares trajeron consigo los zapatos cerrados de cuero
con lazos de tela y los pequeños bolsos de chinitas (chaquira filipina) que
combinaban muy bien con aquellos suntuosos vestidos de las novohispanas. Así
fue como estos accesorios se hicieron parte indispensable de los roperos en
aquellas centurias.
Fue el siglo XIX el que revolucionó la
confección de todo tipo de accesorios y aunque gran cantidad de ellos se
importaban de Europa y Estados Unidos, también existían las curiosas que
fabricaban sus propios bolsos. Junto con los zapatos, las carteras de mano
debían ir acompañadas de abanicos, parasoles, guantes, sombreros, joyería —como
broches, anillos, collares y aretes—, adornos para el cabello y capas que hacían,
junto con el vestido, un hermoso conjunto visual que hoy podemos seguir apreciando
en los museos. La publicidad, madre de todos los vicios, llamaba a las señoras
y señoritas a consumir estos productos en almacenes de prestigio como Al Puerto
de Liverpool o El Palacio de Hierro.
Como parte de su guardarropa, la mujer
decimonónica conoció las —hasta hoy en día— tan afamadas botas, que
complementaban sus entallados vestidos porfirianos. Y aunque fue un suplicio
calzarse esos botines, pues una señorita decente debía tener los pies pequeños,
seguir los lineamientos de la moda era más importante que una simple
deformación ósea. Sin embargo, el siglo XX llegó pleno de innovaciones que
permitieron descansar los pies de las pobres mujeres. Inventos tales como los
zapatos anatómicos y los tenis hacen descansar las columnas de aquellas que
gustan ir por las calles montadas en tacones de 15 cm .
Nunca es tarde para evitar comprar
toda esa cantidad de pares que vemos en las tiendas departamentales, pero…
recuerden que en esta primavera predominan las alpargatas de telas tornasoladas
y las zapatillas escotadas que dejan ver nuestros delicados pies, ¿en verdad
valdrá la pena tener un par de esas en nuestros armarios?
Sugerencia de lectura:
Lydia Lavín y Gisela Balassa. Museo del traje mexicano. México,
Clío, 2001, 6 tomos.

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