Publicado en: Ritos y Retos del Centro Histórico, año VII, no. 32,
mar-abr 2006.
¿Qué es una
virreina? La pregunta, aunque parece fácil, es difícil de responder pues
durante tres siglos estas mujeres desfilaron por los pasillos del Palacio
Virreinal, rodeadas de damas y caballeros. Si bien no tuvieron funciones
políticas, sí fueron determinantes para el desarrollo social novohispano.
Sabemos que el virrey era el
representante del rey en las tierras americanas; cada uno de los virreinatos
que se fundaron en el Nuevo Continente estaban presididos por uno de estos
gobernantes y, a su lado, se encontraban sus esposas. Entonces, los cortesanos
no sólo eran devotos al mandatario entrante sino también a su mujer. Las
virreinas festejaban, al igual que sus maridos, sus santos con toda la pompa
que un personaje de su alcurnia requería
Al igual que el virrey, ella tenía un
séquito que, aunque pequeño —pues regularmente constaba de 10 ó 15 mujeres—
“cumplía un importantísimo papel al funcionar como núcleo de la vida social de
la corte”.[1] La
virreina se veía obligada a entablar buenas relaciones “con las principales
señoras de la sociedad local”[2] que
se convertirían en parte de su comitiva. Gracias a ellas se crearon una serie
de manifestaciones que hicieron agradable la vida cortesana, como fueron los
bailes, las representaciones teatrales y los paseos. Durante el gobierno de
Agustín de Ahumada, marqués de las Amarillas, su mujer, doña Luisa María del
Rosario de Ahumada y Vera, instauró en la corte los saraos en palacio y las
fiestas al aire libre, los paseos en canoa flotante a Ixtacalco y la Viga —de los cuales queda
constancia en un óleo— y las serenatas en la plaza mayor.[3] Es
por eso que en uno de sus versos Sor Juana Inés de la Cruz decía que ellas eran
como las flores de los jardines más versátiles, o bien, que representaban “el
aliento de la reina de las flores”,[4] es
decir, de la virreina.
Con la aplicación de las reformas
borbónicas desaparecieron gran parte de las connotaciones señoriales del
virrey, pues su séquito se redujo a unos cuantos sirvientes. En el caso de la
virreina y sus acompañantes, la última de quien se tiene noticia fue la esposa
del duque de Alburquerque y, tras la partida de éste en 1710, el nombramiento
dejo de existir, dado que los siguientes representantes reales que llegaron a la Nueva España lo
hicieron en calidad de viudos o solteros.[5] Dicha
maniobra fue intencional, pues la corte perdió su supremacía y refinamiento
social para convertirse en una institución “que no mostraba ninguna consideración
por los títulos y [las] tradiciones”[6]
palaciegas que se habían impuesto por costumbre a lo largo del tiempo.
[1] Iván Escamilla González, “La corte de los virreyes”, en Antonio Rubial
García, La ciudad barroca, en Pilar
Gonzalbo Aizpuru. Historia de la vida
cotidiana en México, México, El Colegio de México / Fondo de Cultura
Económica, 2005, 6 v., v. 2, 610 pp., pp. 371-406, p. 381.
[2] Lewis Hanke [ed.], Los virreyes
españoles en América durante el gobierno de la Casa de Austria, México, Atlas, 1976, 5 v., v.
2, pp. 269-270.
[3] Juana Inés de la Cruz ,
sor, “Loa en las huertas donde fue a divertirse la Excma. Sra. Condesa de Paredes,
marquesa de la Laguna ”
en, Obras completas de … IV. Comedias,
sainetes y prosa, edición,
pról. y notas Alberto G. Salceda, México, Fondo de Cultura Económica, 1957, 739
pp., p. 707.
[4] Manuel Romero de Terreros y Vinent, Ex Antiquis: Boceto de la vida social en la Nueva España ,
Guadalaxara de la Nueva
Galicia , Ediciones
Jaimes, 1919, 244 pp., p. 43.
[6] Ibidem, p. 396.

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