miércoles, 11 de enero de 2012

Entre damascos y corales ‘La reina de las flores’




Publicado en: Ritos y Retos del Centro Históricoaño VII, no. 32, mar-abr 2006.

¿Qué es una virreina? La pregunta, aunque parece fácil, es difícil de responder pues durante tres siglos estas mujeres desfilaron por los pasillos del Palacio Virreinal, rodeadas de damas y caballeros. Si bien no tuvieron funciones políticas, sí fueron determinantes para el desarrollo social novohispano.
Sabemos que el virrey era el representante del rey en las tierras americanas; cada uno de los virreinatos que se fundaron en el Nuevo Continente estaban presididos por uno de estos gobernantes y, a su lado, se encontraban sus esposas. Entonces, los cortesanos no sólo eran devotos al mandatario entrante sino también a su mujer. Las virreinas festejaban, al igual que sus maridos, sus santos con toda la pompa que un personaje de su alcurnia requería
Al igual que el virrey, ella tenía un séquito que, aunque pequeño —pues regularmente constaba de 10 ó 15 mujeres— “cumplía un importantísimo papel al funcionar como núcleo de la vida social de la corte”.[1] La virreina se veía obligada a entablar buenas relaciones “con las principales señoras de la sociedad local”[2] que se convertirían en parte de su comitiva. Gracias a ellas se crearon una serie de manifestaciones que hicieron agradable la vida cortesana, como fueron los bailes, las representaciones teatrales y los paseos. Durante el gobierno de Agustín de Ahumada, marqués de las Amarillas, su mujer, doña Luisa María del Rosario de Ahumada y Vera, instauró en la corte los saraos en palacio y las fiestas al aire libre, los paseos en canoa flotante a Ixtacalco y la Viga —de los cuales queda constancia en un óleo— y las serenatas en la plaza mayor.[3] Es por eso que en uno de sus versos Sor Juana Inés de la Cruz decía que ellas eran como las flores de los jardines más versátiles, o bien, que representaban “el aliento de la reina de las flores”,[4] es decir, de la virreina.
Con la aplicación de las reformas borbónicas desaparecieron gran parte de las connotaciones señoriales del virrey, pues su séquito se redujo a unos cuantos sirvientes. En el caso de la virreina y sus acompañantes, la última de quien se tiene noticia fue la esposa del duque de Alburquerque y, tras la partida de éste en 1710, el nombramiento dejo de existir, dado que los siguientes representantes reales que llegaron a la Nueva España lo hicieron en calidad de viudos o solteros.[5] Dicha maniobra fue intencional, pues la corte perdió su supremacía y refinamiento social para convertirse en una institución “que no mostraba ninguna consideración por los títulos y [las] tradiciones”[6] palaciegas que se habían impuesto por costumbre a lo largo del tiempo.


[1] Iván Escamilla González, “La corte de los virreyes”, en Antonio Rubial García, La ciudad barroca, en Pilar Gonzalbo Aizpuru. Historia de la vida cotidiana en México, México, El Colegio de México / Fondo de Cultura Económica, 2005, 6 v., v. 2, 610 pp., pp. 371-406, p. 381.
[2] Lewis Hanke [ed.], Los virreyes españoles en América durante el gobierno de la Casa de Austria, México, Atlas, 1976, 5 v., v. 2, pp. 269-270.
[3] Juana Inés de la Cruz, sor, “Loa en las huertas donde fue a divertirse la Excma. Sra. Condesa de Paredes, marquesa de la Laguna” en, Obras completas de … IV. Comedias, sainetes y prosa, edición, pról. y notas Alberto G. Salceda, México, Fondo de Cultura Económica, 1957, 739 pp., p. 707.
[4] Manuel Romero de Terreros y Vinent, Ex Antiquis: Boceto de la vida social en la Nueva España, Guadalaxara de la Nueva Galicia, Ediciones Jaimes, 1919, 244 pp., p. 43.
[5] Escamilla, op. cit., pp. 395-396.
[6] Ibidem, p. 396.

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