Publicado en: Ritos y Retos del Centro Histórico, año VII, no. 31, ene-feb 2006.
Cuando oímos
hablar de la emperatriz Carlota, pensamos en aquel personaje de novela que por
ambición se volvió loca. En realidad, su vida y pensamiento fueron tan
complejos que especialistas en toda clase de disciplinas han dedicado parte de
su tiempo a su estudio. Ahora bien, que si estuvo casada con un polichinela, que si tuvo un hijo
ilegítimo, que si fue amante de un oficial belga… éstas y más incógnitas han
sido recurrentes entre los que piensan que sólo así pueden vender libros.
En realidad, fue una chica de su
tiempo que, educada para ser reina, esperó gran parte de su vida el momento apropiado. Sí, el momento
apropiado para casarse, para tener hijos, para gobernar, para pasar a la historia.
El matrimonio le llegó, los hijos nunca los pudo tener y el reinar se le fue
poco a poco de las manos. Si ustedes son de esos que piensan en todas aquellas
leyendas que se han ido forjando con el tiempo, esta es la hora de desempolvar
nuestros cerebros y escuchar, más bien leer, lo que les voy a contar.
Carlota es hija de la segunda esposa
del rey Leopoldo I de Bélgica; María Luisa, su madre, muere cuando ella tenía
diez años de edad. Su padre decide que quede al cuidado de una amiga de la
familia y le da la misma instrucción que a sus dos hermanos. En 1856 conoce al
que será su futuro marido, Maximiliano, hermano del emperador de Austria,
Francisco José. Un año después se casan.
La pareja vive en diferentes sitios de
Italia hasta que, en 1863, un grupo de mexicanos ofrecen la corona a
Maximiliano. Carlota, como emperatriz consorte, (es decir, acompañante) sigue a
su esposo hacia una nueva aventura. Durante su estancia en nuestro país puso en
práctica los conocimientos adquiridos en su infancia. La emperatriz hablaba
perfectamente varios idiomas; sabía de política, teología, historia y ciencias.
Era además amante de la equitación y la natación: una mujer atlética,
inteligente y con buenos modales se convirtió en blanco de críticas y elogios.
Mientras que sus damas la apreciaban,
el Consejo de Ministros la repudiaba porque pensaban que una mujer no podía
gobernar una nación. Y es que ella actuó como Regente del Imperio cada vez que
Maximiliano salía de viaje; de hecho, una de las leyes indígenas que se
expidieron durante el régimen fue idea suya. Con el paso del tiempo, los
hombres más allegados al emperador lograron apartarla del poder y hacia el año
de 1865 Carlota desempeña solamente las funciones de una “primera dama”. Sin
embargo, realiza un último acto de valentía al embarcarse rumbo a Europa para
poder salvar lo poco que quedaba del Imperio Mexicano. Tras varios intentos
fallidos por recuperar lo que les habían prometido, pierde la razón e inician
las historias acerca de su padecimiento.
Su relación con Maximiliano era, al menos
en las cartas, amorosa; ella nunca pudo darle un heredero y tal vez buena parte
de su sufrimiento estuvo relacionado con este tema, pues el emperador decidió
adoptar al nieto de Agustín de Iturbide como su sucesor. Por tal motivo,
dudamos que haya quedado embarazada de otro hombre. Es posible que la derrota
de las fuerzas imperialistas a manos de los republicanos, el fusilamiento de su
marido (de lo cual se enteró un año después), sus incapacidad para resolver los
conflictos políticos en Europa, su posible esterilidad y el rechazo de su
familia política al creerle culpable de la muerte de Maximiliano, fueran los
detonantes de su incapacidad mental. Carlota fue victima de las circunstancias
y por ello debemos reconocer que, como ella misma escribió alguna vez a su
abuela, todo lo que hizo fue para ayudar a su esposo, añadiendo finalmente: “lo hago porque él lo quiso. Lo hago por el
gusto de tener una ocupación útil, lo cual anhelo, no lo hago por una pizca de
ambición”.
Sugerencia de lectura:
Susanne Igler. Carlota de México.
México, Planeta, 2005.

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