miércoles, 11 de enero de 2012

“No lo hago por una pizca de ambición…”





Publicado en: Ritos y Retos del Centro Histórico, año VII, no. 31, ene-feb 2006.

Cuando oímos hablar de la emperatriz Carlota, pensamos en aquel personaje de novela que por ambición se volvió loca. En realidad, su vida y pensamiento fueron tan complejos que especialistas en toda clase de disciplinas han dedicado parte de su tiempo a su estudio. Ahora bien, que si estuvo casada con un polichinela, que si tuvo un hijo ilegítimo, que si fue amante de un oficial belga… éstas y más incógnitas han sido recurrentes entre los que piensan que sólo así pueden vender libros.
En realidad, fue una chica de su tiempo que, educada para ser reina, esperó gran parte de su vida el momento apropiado. Sí, el momento apropiado para casarse, para tener hijos, para gobernar, para pasar a la historia. El matrimonio le llegó, los hijos nunca los pudo tener y el reinar se le fue poco a poco de las manos. Si ustedes son de esos que piensan en todas aquellas leyendas que se han ido forjando con el tiempo, esta es la hora de desempolvar nuestros cerebros y escuchar, más bien leer, lo que les voy a contar.
Carlota es hija de la segunda esposa del rey Leopoldo I de Bélgica; María Luisa, su madre, muere cuando ella tenía diez años de edad. Su padre decide que quede al cuidado de una amiga de la familia y le da la misma instrucción que a sus dos hermanos. En 1856 conoce al que será su futuro marido, Maximiliano, hermano del emperador de Austria, Francisco José. Un año después se casan.
La pareja vive en diferentes sitios de Italia hasta que, en 1863, un grupo de mexicanos ofrecen la corona a Maximiliano. Carlota, como emperatriz consorte, (es decir, acompañante) sigue a su esposo hacia una nueva aventura. Durante su estancia en nuestro país puso en práctica los conocimientos adquiridos en su infancia. La emperatriz hablaba perfectamente varios idiomas; sabía de política, teología, historia y ciencias. Era además amante de la equitación y la natación: una mujer atlética, inteligente y con buenos modales se convirtió en blanco de críticas y elogios.
Mientras que sus damas la apreciaban, el Consejo de Ministros la repudiaba porque pensaban que una mujer no podía gobernar una nación. Y es que ella actuó como Regente del Imperio cada vez que Maximiliano salía de viaje; de hecho, una de las leyes indígenas que se expidieron durante el régimen fue idea suya. Con el paso del tiempo, los hombres más allegados al emperador lograron apartarla del poder y hacia el año de 1865 Carlota desempeña solamente las funciones de una “primera dama”. Sin embargo, realiza un último acto de valentía al embarcarse rumbo a Europa para poder salvar lo poco que quedaba del Imperio Mexicano. Tras varios intentos fallidos por recuperar lo que les habían prometido, pierde la razón e inician las historias acerca de su padecimiento.
Su relación con Maximiliano era, al menos en las cartas, amorosa; ella nunca pudo darle un heredero y tal vez buena parte de su sufrimiento estuvo relacionado con este tema, pues el emperador decidió adoptar al nieto de Agustín de Iturbide como su sucesor. Por tal motivo, dudamos que haya quedado embarazada de otro hombre. Es posible que la derrota de las fuerzas imperialistas a manos de los republicanos, el fusilamiento de su marido (de lo cual se enteró un año después), sus incapacidad para resolver los conflictos políticos en Europa, su posible esterilidad y el rechazo de su familia política al creerle culpable de la muerte de Maximiliano, fueran los detonantes de su incapacidad mental. Carlota fue victima de las circunstancias y por ello debemos reconocer que, como ella misma escribió alguna vez a su abuela, todo lo que hizo fue para ayudar a su esposo, añadiendo finalmente: “lo hago porque él lo quiso. Lo hago por el gusto de tener una ocupación útil, lo cual anhelo, no lo hago por una pizca de ambición”.

Sugerencia de lectura:
Susanne Igler. Carlota de México. México, Planeta, 2005.

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