Hoy en día existe una gama de temáticas
que deben ser discutidas ampliamente; la modernidad nos ha permitido vislumbrar
lo que serán en un futuro las prácticas humanas. Aquí no está en debate si
ustedes, o la autora, estamos a favor o e contra de las nuevas propuestas
legislativas, pues eso es algo que sólo concierne a cada uno de nosotros. Gracias
a dicha controversia, he decidido desviar un poco la línea de mis
investigaciones y abordar un tema que ha estado poco en el pensamiento
histórico. Este es: la homosexualidad masculina.
No deseamos
remontarnos hasta la antigüedad griega para referirnos a ella, pues en nuestra
nación tenemos buenos ejemplos. Tal vez no es muy conocido el caso de los
mexicas, que a pesar de su estricta educación, no podían evitar que los
jovencitos del mismo sexo se enamoraran o tuvieran relaciones sexuales, aun
sabiendo que los castigos eran sumamente crueles. En realidad poco ha sido
estudiada la homosexualidad entre nuestros historiadores, tal vez por ser una
actividad que es todavía cuestionada por las ciencias y las humanidades. Tan
moderna y tan antigua que no sabemos donde colocarla.
A finales del
siglo XIX, entre los mexicanos se pensaba que las mujeres y los hombres debían
convivir en pareja. En ninguna familia porfiriana se permitían prácticas
sexuales que no fueran las autorizadas para la procreación. Cada cual tenía sus
roles bien establecidos: ellas debían encargarse del orden, la tranquilidad y
el bienestar de los suyos y ellos del sustento, la participación pública y la
honorabilidad de los hogares. Por ello, las señoritas de alcurnia debían
casarse con caballeros que llenaran la mayoría de las expectativas sociales y
familiares de la época.
El ejemplo
más claro lo representó Amada, hija del presidente de la República Porfirio
Díaz. La cual contrajo nupcias con Ignacio de la Torre y Mier, prominente
hacendado azucarero y político que gustaba de prácticas amatorias no comunes
para su época. Ignacio formó parte de los Famosos
41, un grupo de homosexuales de alta cuna que solía reunirse en clubes o
casas particulares hasta altas horas de la madrugada. El gobierno moralista de
Díaz, luchó en contra de estos “festines” y organizó consecutivamente redadas
que ponían en evidencia la identidad de aquellos hombres. En una ocasión
aprendieron a 41 varones vestidos de mujer y, entre ellos, se encontraba el
yerno del presidente. La policía notificó inmediatamente a don Porfirio, pero la
prensa amarillista desplegó grandes encabezados implicando a muchos jóvenes de
las mejores familias porfirianas. Sin embargo, y para fortuna de su mujer, Ignacio
desapareció, como arte de magia, de las listas publicadas. Privilegios de los
hombres en el poder.
Dicho
escándalo involucró a toda la familia Díaz. Después de haber aparentado un
noviazgo perfecto, donde de la
Torre se representaba como el candidato ideal para cualquier
jovencita casamentera, terminó engañando a Amada y llevando una doble vida: por
un lado, era un exitoso hombre de negocios y, por otro, gustaba de disfrazarse
de manola para conquistar a algún
jovenzuelo.
Ante la
sociedad, la pareja cubría todas las cualidades de la época: él era un hombre
joven, atractivo, rico y de buena educación; el cual pretendía a la hija del
“señor presidente”, una chica casta y pura, es decir, la mujer perfecta. En
conjunto simbolizaban más allá que unos simples contrayentes, pues se unían dos
grandes familias y el gran amor que se profesaban en público, hacía suponer que
Amada e Ignacio estaban hechos el uno para el otro. Pero, como siempre hay un
negrito en el arroz, el candidato transgredió las normas establecidas y Amada,
como buena esposa porfiriana, tuvo que resignarse a soportar la vergüenza en la
intimidad, pues su propio padre, el general Díaz decía que “la familia del
presidente de la República
debía se intachable”, y así fue, pocos se enteraron abiertamente sobre las
excentricidades del joven esposo y mucho menos del pesar de la pobre Amada.
Como ven no todos los cuentos son de hadas, ni todos los sapos son príncipes,
algunos de ellos suelen ser homosexuales.
Sugerencia de lectura:
Robert Mckee-Irwin, Edgard J. Mc Caughan y
Michelle Rocío Nasser (coords.). The Famous 41:
Sexuality and social control in Mexico, 1901, Nueva York, Palgrave
Press, 2003.

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