miércoles, 11 de enero de 2012

La Torre de los 41




 Publicado en: Ritos y Retos del Centro Históricoaño VIII, no. 38, may-jun 2007

Hoy en día existe una gama de temáticas que deben ser discutidas ampliamente; la modernidad nos ha permitido vislumbrar lo que serán en un futuro las prácticas humanas. Aquí no está en debate si ustedes, o la autora, estamos a favor o e contra de las nuevas propuestas legislativas, pues eso es algo que sólo concierne a cada uno de nosotros. Gracias a dicha controversia, he decidido desviar un poco la línea de mis investigaciones y abordar un tema que ha estado poco en el pensamiento histórico. Este es: la homosexualidad masculina.
No deseamos remontarnos hasta la antigüedad griega para referirnos a ella, pues en nuestra nación tenemos buenos ejemplos. Tal vez no es muy conocido el caso de los mexicas, que a pesar de su estricta educación, no podían evitar que los jovencitos del mismo sexo se enamoraran o tuvieran relaciones sexuales, aun sabiendo que los castigos eran sumamente crueles. En realidad poco ha sido estudiada la homosexualidad entre nuestros historiadores, tal vez por ser una actividad que es todavía cuestionada por las ciencias y las humanidades. Tan moderna y tan antigua que no sabemos donde colocarla.
A finales del siglo XIX, entre los mexicanos se pensaba que las mujeres y los hombres debían convivir en pareja. En ninguna familia porfiriana se permitían prácticas sexuales que no fueran las autorizadas para la procreación. Cada cual tenía sus roles bien establecidos: ellas debían encargarse del orden, la tranquilidad y el bienestar de los suyos y ellos del sustento, la participación pública y la honorabilidad de los hogares. Por ello, las señoritas de alcurnia debían casarse con caballeros que llenaran la mayoría de las expectativas sociales y familiares de la época.
El ejemplo más claro lo representó Amada, hija del presidente de la República Porfirio Díaz. La cual contrajo nupcias con Ignacio de la Torre y Mier, prominente hacendado azucarero y político que gustaba de prácticas amatorias no comunes para su época. Ignacio formó parte de los Famosos 41, un grupo de homosexuales de alta cuna que solía reunirse en clubes o casas particulares hasta altas horas de la madrugada. El gobierno moralista de Díaz, luchó en contra de estos “festines” y organizó consecutivamente redadas que ponían en evidencia la identidad de aquellos hombres. En una ocasión aprendieron a 41 varones vestidos de mujer y, entre ellos, se encontraba el yerno del presidente. La policía notificó inmediatamente a don Porfirio, pero la prensa amarillista desplegó grandes encabezados implicando a muchos jóvenes de las mejores familias porfirianas. Sin embargo, y para fortuna de su mujer, Ignacio desapareció, como arte de magia, de las listas publicadas. Privilegios de los hombres en el poder.
Dicho escándalo involucró a toda la familia Díaz. Después de haber aparentado un noviazgo perfecto, donde de la Torre se representaba como el candidato ideal para cualquier jovencita casamentera, terminó engañando a Amada y llevando una doble vida: por un lado, era un exitoso hombre de negocios y, por otro, gustaba de disfrazarse de manola para conquistar a algún jovenzuelo.
Ante la sociedad, la pareja cubría todas las cualidades de la época: él era un hombre joven, atractivo, rico y de buena educación; el cual pretendía a la hija del “señor presidente”, una chica casta y pura, es decir, la mujer perfecta. En conjunto simbolizaban más allá que unos simples contrayentes, pues se unían dos grandes familias y el gran amor que se profesaban en público, hacía suponer que Amada e Ignacio estaban hechos el uno para el otro. Pero, como siempre hay un negrito en el arroz, el candidato transgredió las normas establecidas y Amada, como buena esposa porfiriana, tuvo que resignarse a soportar la vergüenza en la intimidad, pues su propio padre, el general Díaz decía que “la familia del presidente de la República debía se intachable”, y así fue, pocos se enteraron abiertamente sobre las excentricidades del joven esposo y mucho menos del pesar de la pobre Amada. Como ven no todos los cuentos son de hadas, ni todos los sapos son príncipes, algunos de ellos suelen ser homosexuales.

Sugerencia de lectura:
Robert Mckee-Irwin, Edgard J. Mc Caughan y Michelle Rocío Nasser (coords.). The Famous 41: Sexuality and social control in Mexico, 1901, Nueva York, Palgrave Press, 2003.

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