sábado, 14 de marzo de 2015

Vacío


Me despierto. La recámara se encuentra a oscuras, casi no puedo abrir los ojos, mis pupilas no pueden enfocar correctamente. Veo una pequeña hendidura: ventana, cortina, ventana. No entiendo, me cuesta trabajo entender de qué se trata… sigo desconcertada. Volteo hacia el techo y lo entiendo todo, mi cabeza gira hacia el reloj: 7:50. Es temprano. Es domingo. Tengo sueño. Bostezo, giro. Lo veo. Lo había olvidado.
Un bulto, un gran bulto a mi lado, inerte, sólo se percibe una respiración tranquila, casi pacífica. Lo había olvidado, había olvidado que se encontraba a mi lado, que vivía conmigo, los años… Me levanto, no encuentro mis zapatos. Pretendo desprenderme de todo, creo que un baño caliente sería la solución, pero tengo hambre, mucha hambre. Veo sobre la mesa sus papeles, su pluma, la computadora aún prendida, casi acaba de recostarse. Cierro la puerta de la recámara, me ciento a leer, las lágrimas comienzan a correr por mis mejillas, caen sobre la hoja, sobre el vacío blanco, sobre la tinta, que se esparce sobre la superficie. Estoy sola, más sola que nunca, más sola que antes y él sigue dormido, inmóvil, sin percatarse…


lunes, 2 de febrero de 2015

Introducción a De hangover a lo prohibido. Los códigos culturales en el mundo de la publicidad y la comunicación. Memoria electrónica 2014

INTRODUCCIÓN
* Publicado en De hangover a lo prohibido. Los códigos culturales en el mundo de la publicidad y la comunicación. Memoria electrónica 2014, México, CECC, 2015.

Por Cecilia Alfaro Gómez
Catedrática CECC

Hace unas semanas descubrí una noticia en Facebook publicada en el periódico Informador.mx de Guadalajara, en la cual se narraba cómo un político oaxaqueño había regalado un Porsche Cayman amarillo a uno de sus hijos. En la fotografía de portada aparece el chamaquito muy orgulloso luciendo su flamante automóvil nuevo y a su lado el comentario del padre en su perfil, evidenciando lo feliz que se sentía por el regalo: "Que bien que Santa Claus te llevó mi regalo mijo. Cuídalo eh!". (Informador, 2014) Con sus claras faltas de ortografía que han sido corregidas en este texto por evidentes razones.
            Heliodoro Carlos Díaz Escárraga, coordinador de la Región Sur del INFONAVIT en Oaxaca y Heliodoro Carlos Antonio Díaz Aguirre, su hijo, también funcionario de LICONSA, nunca imaginaron que se volverían famosos en las redes sociales por un pequeño detallito: la adquisición de un carro último modelo no apto para todo tipo de público. En cuanto mis ojos vieron la noticia, recordé uno de los textos que había estado corrigiendo por esos días y de inmediato me comuniqué con su autor para mostrarle mi descubrimiento: “Mira nada más Chant P.a. casi lo predices”. Y en efecto, Santiago Padilla, mejor conocido como Chant entre los que nos preciamos de su amistad, había realizado un cuantioso análisis sobre la marca Ferrari en México y señalado que eran automóviles adquiridos por una minoría que los hacía sentirse poderosos. Y para muestra basta este botonazo. Así es como Chant llega al Código Cultural del producto en México, explorando la cultura de su país, para luego desarrollar una ingeniosa campaña publicitaria que atraería a esos funcionarios públicos en ciernes a adquirir prestigio social a partir de un motor turbo.
            Hace algunos ayeres que vengo trabajando con mis alumnos de Antropología Cultural el análisis de los códigos culturales en el mundo. Al principio tan sólo abordando el tema, y ahora convirtiéndolo en un ejercicio práctico de investigación que involucra dos partes: el conocimiento y la creatividad de los alumnos en cuestión. En esta ocasión decidimos convertir este ejercicio en una realidad tangible; ya publicados en la plataforma de nuestra institución los artículos de los chicos del semestre pasado, quisimos, el maestro Arturo Mora y una servidora, aventarnos como “El Borras” a recopilar los mejores trabajos cada año en una serie de memorias.
            De hangover a lo prohibido. Los códigos culturales en el mundo de la publicidad y la comunicación, es la primera memoria electrónica que sale a la luz pública y en dónde escriben doce brillantes estudiantes de las carreras de Publicidad, Comunicación  y Diseño Gráfico del CECC. La labor ha sido titánica, pues por seis meses estos jóvenes han estado trabajando, sobre prueba y error, en una serie de análisis que toman como base la teoría del Código Cultural, propuesta por el antropólogo y psiquiatra Clotaire Rapaille, en diversos países, marcas, productos y hasta emociones; adjetivando las características culturales y sociales de los individuos que consumen tal o cual cosa.
            La obra pone en práctica una serie de conocimientos complejos, desde los arquetipos de Carl Gustav Jung, pasando por el Evolucionismo hasta llegar a las últimas teorías neurológicas utilizadas en la Mercadotecnia actual. Los chicos entendieron y se divirtieron construyendo códigos culturales muy diversos. Por eso De hangover a lo prohibido es un recorrido por el intrincado mundo de los públicos objetivos, que no puede explicarse sin antes aclarar sobre qué estamos hablando y cuáles pueden llegar a ser sus resultados.
            Hoy en día, una de las características esenciales de las disciplinas académicas es su multidisciplinariedad. Nos hemos dado cuenta, con el paso del tiempo, que unas necesitan de otras para su desarrollo y avance. La Publicidad y la Comunicación, hermanas ya desde un inicio, se valen de otras tantas ciencias que contribuyen a su enriquecimiento teórico-práctico. Es por eso que la parte cultural de ambas, no puede quedar fuera de la jugada, pues hoy en día el debate al respecto nos lleva a una serie de cuestionamientos tocantes a lo que es Cultura, como mayúscula, y que en palabras del filósofo Bolívar Echeverría actualmente se encuentra en plena revolución.
            En su obra Definición de la Cultura (2010), el autor refiere que para seguir construyéndola se deben de tomar en cuenta las “formas culturales” propuestas por la antropóloga Márgaret Mead (1971), en sus estudios sobre los rompimientos generacionales de la década de los setenta, cuando la autora aseguraba que la Cultura se transmite de generación en generación mediante una serie de sistemas simbólicos, mejor conocido como endoculturación. Y por otro lado, la teoría que indica que una sociedad moderna que se aferra a las formas arcaizantes de organización social, evitando su transformación. Para Echeverría ambas propuestas han sido superadas en el momento mismo en el que la Cultura tiende a modificarse día con día y, de esta forma, reproducir todo tipo de identidades. Es ahí, justamente, donde entran los Códigos Culturales, en el momento en el que nos damos cuenta que existe un sin fin de posibilidades culturales que pueden contribuir a satisfacer las necesidades de las sociedades.
            En parte de esto y en parte de otras tantas ideas se aferra Rapaille para construir su hipótesis. Este francés, avecinado en los Estados Unidos, inventó un nuevo método de posicionamiento de las marcas, los productos y los servicios en el mercado a través de una fórmula. Así como en 1943, Abraham Maslow crea su Theory of Human Motivation (2010) sobre la jerarquía de las necesidades humanas, Rapaille la construye a partir de improntas culturales treinta años más tarde.
            Dos son los puntos clave de su trabajo: las emociones y los instintos. Las primeras, analizadas por Jung en sus estudios sobre la construcción de arquetipos culturales inherentes al inconsciente colectivo, son adaptadas por Rapaille al caso de los consumidores en los diversos países del mundo. Y los segundo, basados en la teoría formulada por el neurocientífico estadounidense Paul McLean (1990), creador de la teoría evolutiva del cerebro triple, que lo divide en límbico, cortezano y reptiliano, los cuales fungen como catalizadores en la decisión de compra en el trabajo del francés.
Según la propuesta de Rapaille, cada código se construye para encajar como anillo al dedo del público al que representa. Este fenómeno se logra gracias a una serie de análisis psicoanalíticos y antropológicos, que se suman a los de corte mercadológico y publicitario, para dar al consumidor lo que realmente quiere, ya sea a nivel personal o colectivo. Sin embargo, no he llegado a responder la pregunta principal: ¿qué demonios es un código cultural? y ¿quién diablos es su creador? Clotaire Rapaille inicia su libro El Código Cultural (2007) contándonos cómo es que convenció a los japoneses de tomar café. En efecto, imaginarán que esa bebida, reconocida a nivel mundial, no era del gusto de los nipones, quienes tenían por costumbre añeja la ingesta de té. Rapaille logró que en pocas generaciones los japoneses se hicieran aficionados al consumo de esa bebida y que la marca Nestle pudiese introducir sus productos en el mercado asiático. Así de grandioso es el Código Cultural, y así de grande su influencia a nivel mundial.
El significado que las personas dan inconscientemente a un producto, un proyecto, un servicio o una relación son denominados, en el mundo de Rapaille, Códigos Culturales. Y suelen construirse a partir de un estudio detallado de la cultura sobre la cual se desea conocer. En el momento en el que se lee su obra queda completamente clara su técnica de investigación de mercado, pues en ésta se conjunta la psicología social, el psicoanálisis y la antropología cultural.
El trabajo de Rapaille, lo llevó a desarrollar un nuevo proceso para comprender cómo es que el consumidor imprime por primera vez, “lo que él llama, la lógica de la emoción, que es el código de cada arquetipo cultural en el inconsciente colectivo de una cultura determinada”. (http://www.ciudaddelasideas, 2014) De esta manera, el autor localiza los códigos reconocidos por los consumidores y, en la actualidad, hasta los que representan a un país en su totalidad. Cada producto, cada marca, cada servicio tiene un Código Cultural en una sociedad determinada. Los japoneses no compran refrescos del mismo modo que lo hacen los estadounidenses, al menos eso nos dicen Paola Tarragó y Regina Morin en este trabajo. Porque cada cultura tiene sus propios arquetipos, genera sus propias improntas, vive realidades culturales muy particulares, que influyen tanto de forma racional como emotiva en sus decisiones de consumo.
Ahora ya sólo nos resta ver las propuestas realizadas por este grupo de estudiantes y entender, que cada cultura es un mundo y que dentro de la Cultura nada está escrito, todo se encuentra en constante movimiento.

Bibliografía
S/A. (8 de julio de 2014). Recuperado de: http://www.ciudaddelasideas.com/perfil-ponente/clotaire-rapaille.
Echeverría, Bolívar. (2ª edición). (2010). Definición de la Cultura. México: Fondo de Cultura Eonómica.
S/A. (13 de enero de 2015). “Funcionario de Oaxaca regala porsche a su hijo” en, Informador.mx. Recuperado de: http://www.informador.com.mx/mexico/2014/567369/6/funcionario-de-oaxaca-regala-porsche-a-su-hijo.htm
Jun, Carl Gustave. (1995). El hombre y sus símbolos. Barcelona: Paidós.
Jung, Carl Gustave. (2003). Los arquetipos y lo inconsciente colectivo. Madrid: Trotta.
Maslow, Abraham. (2010). A theory of human motivation. EE. UU.: Start Publishing LLC.
McLean, Paul D. (1990). The triune brain in evolution: Role in paleocerebral functions. Nueva York: Plenum Press.
Mead, Margaret. (2ª edición). (1971). Cultura y compromiso: estudio sobre la ruptura generacional. España: Granica.
Rapaille, Clotaire. (2007). El Código Cultural. Una manera ingeniosa para entender por qué la gente alrededor del mundo vive y compra como lo hace. México: Norma.

Rapaille, Clotaire y Andrés Roemer. (2013). Move Up ¿Por qué algunas culturas avanzan y otras no? México: Taurus / CONACULTA / Santillana.

jueves, 21 de agosto de 2014

El nacimiento de un código

Publicado en http://cecc.edu.mx/promocional/comunicacion/2014/08/05/el-nacimiento-de-un-codigo/

Cecilia Alfaro Gómez
Catedrático CECC

Hace cuatro años un colega me recomendó un libro sobre mercadotecnia que me hizo ver el consumo desde otra perspectiva. Al hojearlo pude percatarme que sería de utilidad para la materia que solía impartir, y me di a la tarea de adaptar su contenido al programa de estudios que seguía en aquel semestre. Imaginarán que la aplicación de la Antropología Cultural a las ventas y los servicios era algo completamente aburrido para los alumnos, pues los pobres no encontraban la conexión entre la Publicidad y la Comunicación con la disciplina.
El día de la presentación del ciclo les comenté cómo es que se utilizaba la Antropología en el consumo y de qué forma podía servir el código cultural para las ventas. En un principio se portaron escépticos al respecto, podían visualizar a antropólogos trabajando en las empresas como mediadores o dirigiendo grupos focales, pero ¿posicionando marcas y productos? Eso sí que era inverosímil.
Les hablé entonces sobre Clotaire Rapaille, un francés avecinado en los Estados Unidos que había inventado una nueva fórmula de posicionamiento. La construcción de arquetipos culturales que se adaptaban a los consumidores en los diversos países del mundo. Cada código se construía para encajar como anillo al dedo del público en cuestión, a través de una serie de teorías de corte psicoanalítico y antropológico, que se sumaran a las de corte mercadológico y publicitario.
El plato estaba servido, ahora sólo había que probarlo para comprobar que sabor tenía. Y así lo hicieron: las primeras generaciones lo olisquearon, distinguieron su aroma, lo conocieron y se familiarizaron con él; las siguientes lo entendieron a cabalidad y, algunos, decidieron aplicarlo por su cuenta y la octava lo puso en práctica a lo largo del semestre, construyó códigos culturales propios que se irán presentando a lo largo de una serie de publicaciones de corte internacional, y emanadas de la mente de cinco destacados estudiantes de los primeros semestres de las carreras de Publicidad y Comunicación.
Pero a todo esto, ¿qué demonios es un código cultural? y ¿quién diablos es su creador? Clotaire Rapaille inicia su libro El Código Cultural[1] contándonos cómo es que convenció a los japoneses de tomar café. En efecto, imaginarán que esa bebida, reconocida a nivel mundial, no era del gusto de los nipones, quienes tenían por costumbre añeja la ingesta de té. Rapaille logró que en pocas generaciones los japoneses se hicieran aficionados al consumo de esa bebida y que la marca Nestle pudiese introducir sus productos en el mercado asiático. Así de grandioso es el Código Cultural, y así de grande su influencia a nivel mundial.
El significado que las personas dan inconscientemente a un producto, un proyecto, un servicio o una relación son denominados, en el mundo de Rapaille, Códigos Culturales. Y suelen construirse a partir de un estudio detallado de la cultura sobre la cual se desea conocer. En el momento en el que se lee su obra queda completamente clara su técnica de investigación de mercado, pues en ésta se conjunta la psicología social, el psicoanálisis y la antropología cultural.
El trabajo de Rapaille lo llevó a desarrollar un nuevo proceso para comprender cómo es que el consumidor imprime por primera vez, “lo que él llama, la lógica de la emoción, que es el código de cada arquetipo cultural en el inconsciente colectivo de una cultura determinada”[2]. Así es como trataron de trabajar nuestros estudiantes, así es como trataron de construir códigos desde los Estados Unidos hasta Francia, pasando, claro está, por México. Los invitamos a leer estos artículos y entender por qué la gente compra lo que compra y no compra otra cosa.



[1] Clotaire Rapaille, El Código Cultural. Una manera ingeniosa para entender por qué la gente alrededor del mundo vive y compra como lo hace, México, Norma, 2007.

miércoles, 2 de abril de 2014

Entrevista en el programa Historia de las Mujeres en México

Entrevistada en el programa de radio Historia de las Mujeres en México, con el tema “Defensa del derecho a la educación femenina en la revista “La Mujer Mexicana (1904-1907)” en el Instituto Mexicano de la Radio (IMER)
20 y 21 de febrero de 2014

Sólo dale un click

martes, 25 de junio de 2013

El espejo

Tinta rosa sobre papel

Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa sobre papel en http://www.payasoprocaz.com

Tinta rosa sobre papel

2013-05-13


Foto: Jill Ferry

Me detengo diariamente frente al espejo viendo mi imagen, siempre la misma, siempre el mismo reflejo. Intento cambiarla, modificarla, pero a veces no es posible; unas porque no se puede, otras porque no se quiere… y sigo viéndola a diario. Hago de cuenta que no has partido, que sigues tras de mí, que te mantengo vivo tras el reflejo.
Intento ahuyentarlo, ahora más que nunca, para no verlo más, para evitar el dolor que me causa y cierro los ojos evitando ver la verdad, verte ahí y luego verte desaparecer. Es terriblemente complejo, antes eras tú, ahora sólo es un reflejo. Escribo con un labial rojo cuanto te amo, lo quito y en su lugar pongo cuanto te odio después de enterarme y vuelvo a borrarlo. No puedo odiarte, por más que quiera no puedo hacerlo, es irremediable me coloco de nuevo frente al espejo. Observo.
Me detengo, veo cuanto he cambiado y me aterro, puedo ver mis errores a través de mis ojos. Te veo reflejado en ellos, los cierro, se humedecen. No quiero abrirlos, no puedo ver la realidad, me duele. Te veo en la calle a través del reflejo, volteo y lo descubro, me hierve la sangre, pasa tiempo, ahora siento un cosquilleo en las entrañas que me inquieta. Cierro los ojos y lloro, pero ya no salen las lágrimas. Me observo y veo que tras de mi sólo queda un gran vacío, interminable, distante, ya no es mío. Ya nada es mío, todo se ha convertido en una simple imagen, me analizo. Me odio, me compadezco y vuelvo. Yo fui la culpable, yo lo provoqué. Me duermo.
El espejo es blanco, tan blanco como la nieve, veo mi cabello castaño y pienso en el suyo, miro mi cuerpo y lo comparo, me gusto. Te recuerdo tocando mi cabello, cierro los ojos y cuando los abro estoy sola, más sola que nunca, me muero. He muerto, si no fuera por el corazón que aún palpita, pensaría que estoy sin aliento. Te amo escribo en el espejo, lo beso y salgo. Regreso, está obscuro, me culpo, te culpo, la culpo, me odio. Me paro frente al espejo, ya no me veo. Me dejo ir tan lejos que nadie pueda encontrame, mi reflejo se aleja hasta desaparecer…
Agradezco a los valientes que me acompañaron en esta tinta rosa sobre papel, emprendo un vuelo para no volver a encontrarme con el Payaso, pero un vuelo necesario. Los dejo queridos lectores con un mal sabor de boca, como es la locura, como fui yo, como somos las mujeres que morimos por amor.

2. Encierro

Tinta rosa sobre papel

Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa sobre papel en http://www.payasoprocaz.com


Foto: Andrea Zanchi

Una de las cosas que más me ha impactado en esta vida fue ver una serie de fotografías sobre dementes que se encontraban recluidos en La Castañeda. Imaginar lo que fue la vida de esa gente y por qué llegaron a ese lugar es algo que (como buena morbosa que soy) me ha llamado siempre la atención. Pero conocer sus rostros es otra cosa.
Hace unos años en un seminario de la maestría, Maricarmen, una compañera, nos habló sobre un caso en el que una maestra que impartía clases en aquella institución se había vuelto loca y había terminado sus días recluida. Lo más impactante es que su madre, quien también trabajaba en el sitio, se había quedado de por vida en el psiquiátrico tan sólo para cuidarla. ¿Triste? Sí. Y mucho. Y así es como me vino a la mente el cartón piedra de Juan Manuel Serrat, en el que un hombre se había enamorado de un maniquí. Esa si es una locura de amor y no tonterías. Tal vez esa canción me ha impactado ampliamente por una sencilla razón, la frase con la cual termina: Entonces llegaron ellos, me sacaron a empujones de mi casa y me encerraron entre estas cuatro paredes blancas. Dónde vienen a verme mis amigos de mes en mes, de dos en dos y de seis a siete…
¿Acaso ese sentimiento puede provocar realmente locura? Antonieta Rivas Mercado podría confirmarlo, aunque estoy casi segura que muchos factores pudieron haberla llevado al desenlace fatal. En realidad lo que más me impacta de Cartón piedra es la forma cómo aquel hombre se expresa sobre el maniquí, el amor que le profesa a diario frente al aparador, justamente esa obsesión lo llevará a cometer el delito que lo llevará finalmente a una celda blanca.

1. Suicidio

Tinta rosa sobre papel

Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa sobre papel en http://www.payasoprocaz.com


Tal vez no estás en ánimo de escuchar esto. Y yo tampoco de decirlo, pero hay ocasiones en las cuales no puedo contarle a nadie cómo me siento, porque no lo entienden y… mucho menos él. Estos días han sido una locura, creo que el año completo. Pasamos de estar bien a mal y de mal a bien y de nuevo lo mismo hasta que ardió Troya y, ya vez, ahora me encuentro más sola que un perro y con una gran desazón en el pecho.
Creo que tú lo entenderás porque te has encontrado en la misma situación y nuestros temperamentos son tan parecidos que supondrás a qué grado llegan las peleas y el amor que siento. Primero pensé que era insatisfacción, esa que sientes cuando quieres ser más de lo que puedes ser, pero que no alcanzas. Otras veces imagino que es dolor, un dolor interminable, que cala los huesos, que te rompe. Ahora es ansiedad, frustración, tristeza y desesperación combinadas. Todas, todas juntas, y lo peor son los rayos de esperanza que se rompen cada vez que lo veo y las acciones o las inacciones, qué sé yo. Todo, ahora todo es negro.
Te escribo porque estoy a punto de explotar, porque ya no sé cómo contener mi sentir, porque es difícil vivir tanto tiempo con alguien y darte cuenta que la vida diaria los ha alejado. Porque te das cuenta que sin él no puedes siquiera respirar, porque tu vida no es nada sin su presencia, porque lo único que queda es el vacío.
Ahora él está enojado, distante o no sé qué conmigo. Claro está que yo he tenido mucha de la culpa de esto, pero cada día su indiferencia me hace más daño, me duele más y me da rabia, porque yo estoy muriendo por su ausencia y él ni siquiera se percata de ello.
Lo peor es la incertidumbre de no saber qué será de mí sin su presencia. A veces (casi siempre) creo que es irremediable, que lo he perdido para siempre, que no va a volver y es en esos momentos (éstos) que no veo el para qué vivir. ¿Por qué me estoy desvaneciendo ante esto? Me culpo y me enojo conmigo por no saber parar las peleas pero también por no saber terminar de una vez por todas con la relación y sepultarla. No puedo y ahora siento que la vida se me va de las manos a pasos agigantados.
He dejado de pelear, de respirar, pero no puedo dejar de pensar en él, porque no sé cómo hacerlo. Tal vez es una forma de martirizarme, qué sé yo… la cuestión es que ahora no tengo ganas de continuar. La verdad amiga deseo que acabe de una vez, si el destino me está poniendo a prueba puede quedarse con el premio porque yo ya no lo quiero.
Me despido, espero que te encuentres bien, que por aquí gana la tristeza.
Besos