Me despierto. La recámara se encuentra a
oscuras, casi no puedo abrir los ojos, mis pupilas no pueden enfocar
correctamente. Veo una pequeña hendidura: ventana, cortina, ventana. No
entiendo, me cuesta trabajo entender de qué se trata… sigo desconcertada.
Volteo hacia el techo y lo entiendo todo, mi cabeza gira hacia el reloj: 7:50.
Es temprano. Es domingo. Tengo sueño. Bostezo, giro. Lo veo. Lo había olvidado.
Un bulto, un gran bulto a mi lado, inerte,
sólo se percibe una respiración tranquila, casi pacífica. Lo había olvidado,
había olvidado que se encontraba a mi lado, que vivía conmigo, los años… Me
levanto, no encuentro mis zapatos. Pretendo desprenderme de todo, creo que un
baño caliente sería la solución, pero tengo hambre, mucha hambre. Veo sobre la
mesa sus papeles, su pluma, la computadora aún prendida, casi acaba de
recostarse. Cierro la puerta de la recámara, me ciento a leer, las lágrimas
comienzan a correr por mis mejillas, caen sobre la hoja, sobre el vacío blanco,
sobre la tinta, que se esparce sobre la superficie. Estoy sola, más sola que
nunca, más sola que antes y él sigue dormido, inmóvil, sin percatarse…
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