“Y te extraño…”, fue la ultima frase leída en el mensaje. Las
emociones brotaron a flor de piel tras posar los ojos sobre ellas. Emoción
contenida tras su partida. Una larga rabieta, pensamientos constantes de
abandono, de soledad, de desesperanza, tras un adiós programado, imaginado,
consensuado. Y nada, no hay mucho que explicarse, no hay mucho que entender, porque
no se quiere querer, no se quiere esperar, no se quiere entender; porque se es
egoísta, porque se quiere apresar, porque se quiere retener, porque se quiere
robar y no dejar escapar, cual ave en un corral. Maniatar…
Y volvemos al te extraño y volvemos a la esperanza, a la
espera y al romance y al miedo y a la inseguridad y al momento en que tu boca
calla ese te amo que desea soltar desde hace semanas y la incertidumbre de que
esa, esa palabra sea falsa, que esté ligada al entusiasmo del momento, que se mezcle
con el dolor, la desazón y la incertidumbre. Con el hambre por devorar
cualquier sentimiento recíproco, que hace tiempo nadie a profesado hacia ti. Y
te asusta pensar que es simple aire, una pequeña, insignificante brisa marina
que se perderá entre las olas, que no fue de importancia para el otro, que no
tiene futuro alguno.
Y vuelves al punto en el cual dejaron de amarte por primera
vez, y supones que ésta será la siguiente y empiezas a planear cómo superarlo
antes de tiempo, antes de que te abandonen, antes de que se vaya, antes de que
te percates cuánto lo amas. Así tan rápido, como nunca te había pasado antes,
cómo nunca deseaste sentirte porque estás así, vulnerable y sabes que te pueden
romper nuevamente el corazón; como antes, como aquella vez en la que amar era
el único alimento que te mantenía con vida.
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