jueves, 18 de agosto de 2016

Penumbras

Ciudad de México a 30 de junio de Dios sabe cuándo...


Cierras los ojos, las sensaciones se encuentran a flor de piel, se percibe. Es algo que hace tiempo no notabas y que en este momento no quieres dejar de sentir. Su piel, el calor que emana de ella, la calidez, no hay vacío, más bien todo lo contrario: tranquilidad. Y aun así es inquietante, excitante, satisfactorio. Ni siquiera sabes cómo describirlo del todo.
            Placentero, no quieres dejar de sentirlo, de experimentar esa sensación. Abres los ojos, el momento es casi perfecto. Su mirada penetrante, sincera, amorosa. Sabes que siente lo mismo que tú. No necesitan hablar, entre ustedes eso es lo de menos, se intuyen, se complementan, se entienden. Las fuerzas cósmicas, el universo, Dios, los diablillos o ¡qué se yo! han tirado los dados para que se lleve a cabo su encuentro. Las palabras son innecesarias, la tinta no necesita derramarse, la voz se acalla… tan sólo una mirada se necesita para que el convulsivo “te quiero” salga de la boca de ambos. Se enrede entre sus lenguas, emane de sus labios y penetre en el otro causando esa sensación de gozo. No necesitas meditar, con una mirada suya es más que suficiente para trasladarte al cielo y hacerte caer de nuevo en la tierra, así como se piensa en la compatibilidad de sus signos.
            Y de ahí la caricia, que complementa a la mirada, que se vuelve su cómplice, una alcahueta que sabe cuándo aparecer, cuándo hacerse presente rozando tu piel suavemente. Posesionándose de tu cuerpo, aprisionando tus recovecos, penetrando en cada uno de tus rincones, humedeciendo tu oscuridad. Sus manos son tu perdición, quisieras que nunca te dejasen de tocar, de decirte lo que empiezan a percibir cerca de ti, de amarte.
            Y se unen, como en una hermosa melodía, con todos sus acordes: unas veces las miradas, otras tantas las caricias y unas cuantas palabras aisladas, que estremecen tu piel, al grado de erizarla, de contenerla, de hacerla gemir de placer. En eso se ha convertido, en eso te estás convirtiendo y esperas que siga, que no se detenga, que no se aleje. Quieres tenerlo cerca, sentir su calor, su aliento, su piel, su olor, su saliva en tu cuerpo todo el tiempo.
            Así la vida es fácil, no te agobia, te sorprende. La aprecias a través de sus ojos, la percibes de nuevo distinta. Te gusta, te puedes volver adicta a él, a su olor, a su sabor, a sus sentidos, a su corazón, a sus palabras, a sus gestos, a su inteligencia. Ya no importa, te dejas ir hasta dónde llegue, hasta dónde alcance, hasta dónde los silencios los decidan depositar.

            Sus cuerpos se complementan, sus manos se ajustan, sus bocas se entrelazan, sus almas se observan, se coquetean, se gustan, se sienten cómodas, se arropan, se empiezan a querer. Se vuelven indispensables, se extrañan, se desean. Lo más curioso es que no te conformas con eso, es casi imposible porque muy en el fondo sabes que puede haber más, mucho más, que están dispuestos a entregarlo todo, que no hay nada que perder y, en cambio, mucho que ganar. Y pensar que todo comenzó cerrando los ojos.

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