domingo, 23 de junio de 2013

Velocidad

Tinta rosa sobre papel

Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa sobre papel en http://www.payasoprocaz.com

No soy amante de los automóviles ni de manejar todos los días y a todas horas, pero la velocidad, esa sensación de volverme Rita Hayworth con el viento en el rostro (sin despeinarme un solo cabello, como ella) montada en un hermoso convertible, es algo que intento experimentar cada vez que me subo al auto y trato de llegar a mi destino.
Insisto: si de manejar se trata, en verdad podría (y lo hago seguido) dejar en manos de cualquier otra persona mi automóvil. No tengo ningún reparo en soltar el volante a cualquiera que sepa manejar correctamente. También puedo subirme al carro de cualquiera con tal de evitarme la pereza de ser yo quien maneje.
Pero en casos extremos, soy capaz de conducir hasta China si es necesario: cuando mi hermana maneja, ella va feliz platicándonos sus chocoaventuras, lo que me pone muy nerviosa porque la muy ingrata voltea sonriente a chismorrear ¡mientras el coche anda solo! ¡Sin dueño ni ojos que lo guíen…! A cada segundo, mi corazón palpita rápidamente al ver lo cerca que estamos de chocar con el vehículo de enfrente…
Sí: en definitiva, la experiencia es sui géneris, a tal grado que cuando uno se baja, quiere como el Papa besar el suelo que está pisando.
Lo que me lleva a corregir lo escrito anteriormente: dejo que casi cualquiera me lleve a mi destino.
Siempre he pensado que, de matar a alguien a morir yo sola, prefiero lo segundo; al menos así no me llevo culpas a la tumba. Por eso es que al momento de manejar, trato de dejar de lado cualquier cosa que me pueda distraer… ya saben: esas cosas como el maquillaje o el celular. El otro día, conduciendo hacia el trabajo sobre el segundo piso del Periférico, un carro rojo zigzagueaba a mi lado, lo que evidentemente llamó mi atención. Lo primero que pensé fue alejarme y tratar de dejar atrás al borracho, pero cuando crucé a su lado, resulta que era una dama depilándose el bigote al volante… ¡Eso fue más aterrador que ver a un beodo en el asiento de enfrente!
Manejando, uno puede encontrarse con conductores que se sacan el moco o van vistiéndose; que van fumando, hablando por teléfono, comiendo, regañando a los niños del asiento trasero o besando apasionadamente a la novia… cosas ¡comunes pues! (o “relativamente” comunes) pero lo que sí es insólito (no me dejarán mentir) es ver a una mujer sobre un hombre en el asiento del piloto en una callecilla del Pedregal. Aclaro: uno ve bebes, perros y hasta niños más grandecitos sobre el regazo de sus padres… Pero… ¡¿dos adultos?! ¡¿Uno sobre el otro?! Eso sí que es lo más curioso que he presenciado sobre cuatro ruedes y espero, por mi propia seguridad y la de ustedes, nunca volverlo a ver.

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