domingo, 23 de junio de 2013

Pánico

Tinta rosa sobre papel



Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa sobre papel en http://www.payasoprocaz.com



Debo confesar algo: ¡Le tengo pavor a las inyecciones!


Desde niña he sido sumamente enfermiza y mi papá, que siempre tuvo sus dotes de doctor, creía que la cura más rápida a todo mal eran un par de inyecciones. Así es que me llevaba al consultorio del doctor Barrera y le pedía que el tratamiento fuera en ampolletas. Mi padre creía que eso evitaría que yo tuviese que tomar demasiada medicina y que me curara más rápido. Y sí, efectivamente, las inyecciones tienen una reacción mucho más efectiva pero el susto nadie me lo quitó nunca.
Así es que pasábamos a la farmacia y, en aquel entonces, sólo se compraban las ampolletas porque resulta que cada familia tenía su propio kit de jeringas de cristal esterilizadas. Y entonces la monserga empezaba: después de haber pasado a la farmacia llegábamos a la casa; mi mamá ponía a esterilizar la cajita plateada de jeringas en una ollita y de ahí mi papá, que era el experto, preparaba el contenido.
¡Ay Dios! Me llamaban y yo ni lenta ni perezosa salía como bólido huyendo por toda la casa hasta mi escondite predilecto: la mesa del comedor. Mis padres y hermanos me perseguían, ofreciéndome miles de sobornos para que yo me dejase picar pero era tal mi miedo que después de correr y esconderme, empezaba a sentir un cúmulo de síntomas que albergaban mi ser cada vez que ocurría esta tragedia. Primero las palpitaciones de mi pecho parecían la patita de Tambor (el de Bambi); después empezaba la sudoración de las manos y finalmente la palidez de un fantasma. La espera, porque sabía que me iban a encontrar, era más terrorífica que el mismo piquete. Así es que me metía bajo la mesa pensando, en mi mente infantil, que era mi lugar secreto.
Como la mesa era muy grande, porque somos una familia muy numerosa, mientras que uno deseaba atraparme por un lado, yo gateaba hacia el otro. Hasta que desesperado mi papá con voz de mando me jalaba de un bracito y, acto seguido, me llevaba a la cama. ¡Ese era mi fin!
Evidentemente yo me retorcía y mi mamá, de forma cariñosa me decía al oído que si me seguía moviendo como chimicuil me dolería mucho. Así es que trataba de quedar como una estatua, dura y sin movimiento, cuando de pronto percibía el olor al alcohol y el sonido del vidrio rompiéndose de la ampolleta, entonces los síntomas que les conté volvían a mí pero a éstos se sumaba la contracción de los músculos de mis nalgas, cosa no recomendable en estos casos. Y aquí iba mi papá: ponía el frío y húmedo algodón en mi popita dura y me daba una nalgadita diciendo: ?Ponte flojita?. Si, como no, flojita ¡pamplinas! Era el peor momento de mi vida y él quería que me pusiese flojita. Eso era imposible así es que trataba de sincronizar mi cerebro con mis músculos pompiles, pidiéndoles que cediesen, pero nada la aguja se aproximaba a mis entrañas y yo seguía dura como una piedra. Por fin la mano firme de mi padre incrustaba su aguijón en mi blanda piel y el líquido penetraba hasta la médula, el dolor era tan intenso que inmediatamente empezaban a brotar lágrimas de mis ojos. Al terminar y sobando la zona mi papá siempre me decía: “Ya ves, no pasó nada”.
¿Nada? ¡¿Nada?! Se me estaba cayendo la nalga y él aseguraba que no pasaba nada… Desgraciadamente al día siguiente la cosa seguiría su curso: yo me escondería y mi papá me picaría sin remedio. Y en ese entonces no sabía que mi karma, las inyecciones, sería el único remedio a la terrible enfermedad que sufro hoy en día. Esa si que es una tragedia que algún día les contaré.

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