Tinta rosa sobre papel
Tinta rosa sobre papel
2012-10-22
2012-10-22
Publicado
en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa
sobre papel en http://www.payasoprocaz.com
Foto: La ciudad de México en el tiempo
Siempre fui sumamente consentida. Me crie en una familia de seis adultos y, como podrán imaginar, eso de ser la más pequeña siempre trajo sus ventajas. Mis hermanos son mucho más grandes que yo, lo que a la larga deja de notarse pero que, cuando uno es pequeño genera una diferencia de edades siempre significativa y conveniente.
Como era la más pequeña de la casa todos tenían la obligación de cuidarme; por ello llegué a conocer bien a mis queridos familiares pues tuve etapas en que crecí con uno o con otro. Mis padres trabajaban hasta tarde, así es que primero me pasaba los días con Lita, la más grande, y después con Pami, la más chica. Yo las acompañaba a todos lados. Pensándolo ahora, debió ser un fastidio cargar con la escuincla para todos lados pero yo ya estaba ahí y ni modo de deshacerse de mi. Así es que conocí a los novios, amigos y lugares que mis hermanas frecuentaban regularmente.
Así es que con ellas recorrí la UNAM (a la cual yo asistiría años más tarde), la Cineteca, la cafetería Gino’s, que ahora es un restaurante pero que en sus aciagos días confeccionaba los mejores pasteles que jamás pude probar y unas pizzas de horno para chuparse los dedos; y por supuesto, los hot fudge de la heladería Chiandoni en la Nápoles. ¡Ah claro! No puedo dejar pasar las tortas y los churros de El Convento sobre avenida Revolución. Es evidente que mis recuerdos más significativos siempre están y estarán relacionados a los sabores. No hay nada más importante para mí que la comida, es algo que me hace sentir feliz y dichosa, sobre todo cuando tengo un buen plato frente a mis ojos.
Nunca voy a olvidar los viejos gaznates de los Multicinemas de Plaza Universidad, ni los chiclosos de uva del parque Ramón López Velarde, ubicado frente al Centro Médico y mucho menos los helados de la Danesa 33, servidos en un casco de la NFL (coleccionables, por cierto). Sí, esos eran tiempos mozos cuando uno era indocumentado y no pagaba absolutamente nada pero pedía de todo.
Recuerdo que los fines de semana, mi mamá trabajaba hasta medio día. Era jefa de departamento en el Hospital Infantil de México Federico Gómez. Por ese motivo el domingo solía pasar toda la mañana con mi papá, quien se inventaba una infinidad de actividades para entretenerme. Lo que más nos gustaba era recorrer las calles del centro. Con él conocí La Lagunilla y Tepito (pero no se lo digan a mi mamá, porque se pondría furiosa de saber en donde andábamos) donde me compraba todos los accesorias para vestir a las barbies. Era feliz parándome frente a los puestos ambulantes escogiendo zapatillas, medias y vestidos para mis muñecas. Siempre salía con una gran bolsa de chucherías que luego acomodaba en los closets de mis queridas amiguitas de 20 cm. En esos lugares vendían unas deliciosas aguas de alfalfa, verdes como moco de troll pero buenísimas para quitar el calor. Su sabor acidito todavía me viene a la mente y refresca mis recuerdos. Era bonito andar en los hombros de mi padre, caminar de su mano, reír como loca con sus chistes, abrazarlo y pensar que era el mejor papá del mundo. Y en verdad lo es. Mi infancia fue disfrutada entre adultos, con gustos de adultos, con frases de adultos y con un piojo que siempre se les pegaba. Ese piojo era yo.
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