Tinta rosa sobre papel
Tinta rosa sobre papel
2012-10-29
2012-10-29
Publicado
en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa
sobre papel en http://www.payasoprocaz.com
Ilustración: Ramz
Hace bastante tiempo conocí al que, según yo, era el hombre con el que pasaría el resto de mi vida. Lo recuerdo bien: se encontraba parado sobre una pierna y con la otra recargada en la pared trasera. Lo vi sin parpadear, segura de que había conocido a mi príncipe azul. Siempre me gustaron los mozuelos guapetones y éste no era la excepción: era el hombre más guapo sobre la faz de la tierra. Tenía que conocerlo, saber quién era, cómo se llamaba, qué estudiaba, cuántos años tenía…
Estaba en un cuento de hadas, rodeada de elfos, dragones, enanos y toda la cosa. Era una princesa medieval en espera de su caballero, mismo que había llegado montado en un brioso corcel. Y de pronto la película se esfumó y me encontraba en medio de la Facultad de Filosofía y Letras, babeando por un mozalbete anónimo. Si mi timidez me impedía acercarme, mucho menos llegaría a hablarle. Quizás debía esperar hasta que el destino volviera a juntarnos. Mientras tanto, todas las noches soñaba con su rostro y platicaba con mis padres sobre el fortuito encuentro. Claro está, desde un punto de vista muy romántico porque no había pasado nada. Nada. Ni siquiera una mirada.
Era mi primera semana en la facultad y con dificultad sabía cómo llegar a mi salón de clases, pero ya me consideraba totalmente enamorada (hasta las cachas, diría yo) de alguien a quien había conocido en aquel pasillo al que todos apodábamos “aeropuerto”. Semanas más tarde lo vi nuevamente, esta vez en la biblioteca. Se hallaba leyendo plácidamente un libro en medio de los estantes. A mí se me aflojaron las piernas. Pensé en pasar por ahí, cruzarme casualmente en su camino y escurrirme como una sabandija colorada y sonriente. Pero eso no era algo propio de una universitaria: debía ser algo más sutil. Sí. Debía esperar a que él me viera primero, que él se enamorara locamente de mí… Habría que dar tiempo al tiempo.
Así fue que las semanas pasaron… él pasaba de largo, sin siquiera notarme. Era sin duda una mala jugada del destino. Y finalmente un día, sin quererlo ni planearlo, al volverme en la fila de la cafetería, él estaba detrás de mi. ¡Por Dios, qué iba a hacer! Me comporté, en efecto, como una sabandija colorada y, tras un “Hola, ¿me pasas el azúcar?”, me derretí… ¡Me había hablado…! Ya sé que no era una conversación en el estricto sentido de la palabra, pero estaba feliz porque por fin había notado mi presencia. Hoy en día puedo darme cuenta de que eran puras alucinaciones mías, debido a que en realidad aquel había sido apenas un encuentro casual. Pero así pasaron los días, las semanas y los meses hasta que un día, una amiga que lo conocía, me lo presentó.
En esa ocasión, debido a mi timidez lo único que salió expulsado de mi boca fue un “hola” desafinado y casi eterno, al tiempo en que él me tomaba del brazo y acercaba su mejilla a la mía para darme un beso. Por estar babeando de amor no escuché la plática, sólo me percaté que nos preguntaba qué carrera estudiábamos y en qué semestre íbamos. Yo dije “Historia” y “primero”. Nada más salió de mi boca porque sus ojos miel y su barba decimonónica me tenían cautivada. Mi amiga comenzó a hacerle preguntas: estaba en quinto semestre y era aspirante a filósofo. Eso era todo: mi destino debía estar inevitablemente ligado a tan hermoso espécimen. Ya me veía recogiendo flores en el jardín y escuchándolo leer a Schopenhauer, cual si estuviésemos en una novela del siglo XIX (a él ya sólo le faltaba una casaca militar; a mi, la crinolina). Pero como en toda novela romántica, la tragedia siempre acecha a los protagonistas de la forma más cruel y despiadada… ¡Éste parecía ser el final de mi cuento de hadas! El joven filósofo (mi filósofo) ¡tenía novia!
¡Oh tragedia griega la que me tocó vivir! Caí en un pozo sin fondo y perdí, así sin más, al hombre de mi vida.
Pero… así es el amor: poco después me enamoré de un literato, luego de un teatrero, más tarde de un historiador y en otra ocasión de un catedrático, así como de todos aquellos hombres guapos que cruzaban frente a mis ojos (sin que éstos se dieran cuenta, claro está). La cuestión era protagonizar una novela rosa, lo que por desgracia, nunca pasó. No obstante, un día conocería al hombre que el destino me tenía deparado: en medio de un pasillo, leyendo un libro, lo vi. Irónicamente, él no se percato de mi existencia sino hasta varios meses después…
Es así como nos juega trastadas el destino.
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