domingo, 23 de junio de 2013

Vamos por partes

Tinta rosa sobre papel

Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa sobre papel en http://www.payasoprocaz.com


Portada de From Hell de Alan Moore y Eddie Campbell


Uno puede tener ciertos gustos que, a los ojos de los demás, podrían resultar extraños (por no decir otro adjetivo). Es posible que todos guardemos un secreto culposo que no dejamos salir de nuestro interior por más que esté en la punta de la lengua y cuando lo hace te exponga a la crítica mordaz de tus camaradas… En fin, a mí en realidad no me importa que la gente se entere sobre mi mayor afición pues, en este caso en específico, yo sé que puede atemorizar a los que me rodean: el estudio de los asesinos seriales.
Cuando me presento al inicio de los semestres, tiendo a contar algunas cosas personales para generar mayor confianza en mis alumnos. Entre esas cosas suelo comentarles sobre mi peculiar gusto. Sí, sé que es un poco excéntrico pero… ¿qué le vamos a hacer? A algunos de mis estudiantes, cuando lo comento, les causa tal gracia que de broma me ha llegado a decir que a partir de ese día me dirían: “Cecilia la carnicera”. La broma puede parecer un poco tétrica, pero a mí me causa mucha gracia pues de pequeña (a diferencia de otras niñas “normales”) estaba convencida que de adulto tendría mi propia carnicería, debido a mi enorme afición a la textura que tiene la carne.
Nunca cumplí ese sueño; ni siquiera estudié cocina (sino historia) pero sigo teniendo un gusto culposo por las texturas suaves al momento de preparar los alimentos. Mi interés por los asesinos seriales surgió mucho tiempo después, cuando empecé a especializarme en historia de género y tuve que empaparme en el estudio de la psiquis. Ahí fue cuando me di cuenta que algunos seres humanos se vuelven interesantes, no sólo por sus actos, sino también por la historia de sus vidas y descubrí que los defectos pueden llegar a ser tan mal intencionados que llevan a las personas a cometer actos deplorables.
Evidentemente después de haber leído, visto y escuchado sobre Jack “el Destripador” y su gusto enfermizo por las prostitutas, mi pasión no pudo detenerse. En lo particular encuentro atractivo al personaje y más allá de la ficción que lo rodea, pensar en un caso de esa naturaleza en la Inglaterra victoriana, plagada de preceptos morales muy estrictos, coloca a Jack en una situación muy ventajosa, pues su transgresión al orden establecido hizo que la sociedad entera se planteara una serie de cuestionamientos respecto a la actuación policiaca en áreas marginales y criticara el papel que jugaba la nobleza (a la cual al parecer pertenecía el perpetrador) en materia de prerrogativas.
Como ven, mi gusto va más allá del morbo sangriento. Los asesinos seriales se prestan a una serie de interpretaciones sobre la sociedad en la que crecemos y la cual contribuye ampliamente a que se convirtieran en esos monstruos. Como el caso de Gregorio Cárdenas, mejor conocido como “el Goyo”, el primer asesino en serie “Hecho en México” (para que vean que nosotros no nos quedamos atrás, y que la noticia sobre “la mata viejitas” no es algo nuevo). El caso llegó a los titulares de la prensa en los años cuarenta y fue muy comentado porque era la primera vez que el pueblo mexicano se enfrentaba a la maldad misma. El Goyo estranguló, mató y enterró a cuatro jovencitas; una de ellas era su novia. Y lo más terrorífico del caso es que estuvo solamente 35 años en prisión, salió en libertad y se convirtió en un popular abogado. Eso sí que da miedo.
Este tipo de historia no la vemos con regularidad en los Estados Unidos, donde no se tientan el corazón y condenan a muerte a estos individuos. Si México los rehabilita, los gringos se deshacen del problema. ¿Por qué no? Ahí esta el caso del conocido Jeffrey Dahmer, un homosexual que llegó hasta querer convertir en zombies a sus amantes. El hombre les inyectaba ácido en el cerebro para que se quedaran medio lelos y no pudiesen abandonarlo (¡qué ternura!). En el peor de los casos, Dahmer tuvo las mismas aficiones que nuestro “Caníbal de la Guerrero”, pues gustaba de saborear (literalmente) a sus víctimas. No cuento más porque sé que alguno de ustedes es muy imaginativo y podría manchar de vómito la pantalla de su computadora. El punto es que la maldad, la locura, la rabia o cómo se le quiera llamar a esta clase de comportamientos psicóticos, es producto del ambiente en el que fueron criados estos personajes. Tal vez sin pensarlo, ahora mismo, algunos padres de familia están contribuyendo a que su semilla se una al grupo…

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