domingo, 23 de junio de 2013

Dolor

Tinta rosa sobre papel

Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog Tinta rosa sobre papel en http://www.payasoprocaz.com


foto: Tom Morrison

Creo que pocas son las cosas que realmente me han dolido en la vida. Uno nunca imagina que llegará el momento en que se enfrentará a la experiencia que cambiará su futuro por completo en milésimas de segundo. Yo siempre creí que moriría de algo sumamente trágico: es mi naturaleza un poco dramática e imaginativa, por lo que me veía tendida en el chaise longue de mi habitación muriendo como Madame Bovary. Es preferible una visión en extremo poética sobre el término de tu vida, a un final en el que te atropelle un camión de la basura o te tropieces con una cáscara de plátano.
La vida es tan larga como lo quiera el destino y ciertos sucesos la rasgan de tajo…
Una mañana de julio de hace dos años me desperté con un dolor de cabeza insoportable; pensé que con una pastilla la pesadilla terminaría en poco tiempo pero no fue así y conforme fueron pasando los días, el dolor se intensificó, acompañado de nauseas y una visión borrosa. Inicialmente traté de atribuirle mis males al estrés, pero como empecé a observar un punto negro en el ojo derecho, decidí visitar al oculista para mi revisión anual de la vista. El doctor me dijo que no tenía nada; es más, que mis dioptrías no habían aumentado. En definitiva, si de los ojos no era… ¿qué sería lo que me aquejaba?
Imaginarán que con mi profunda vida melodramática, llegué a pensar lo peor… Además, los programas de Discovery Channel no son buenos consejeros en esos momentos porque puedes pasar de sentirte un enigma médico a tener una especie de emergencia bizarra en un santiamén. El caso es que yo me imaginaba portadora de uno de esos síndromes que le dan a un 0.01 % de la población y para los cuales no existe cura alguna.
Y mientras mi imaginación volaba, el mal se agravaba. Ahora no sólo el dolor me taladraba la cabeza todo el día, sino que además estaba perdiendo la visión del ojo. El punto se estaba convierto en una mosca. Si… ¡Me iba a quedar ciega!
Ya me imaginaba cantando en el metro… Lo bueno fue que el amplio catálogo de doctores que tengo en la familia me envió al oftalmólogo. El doctor Ordoñez me sentó en el sillón y empezó a manipular mi ojito. El dolor por los instrumentos de revisión y las gotas era peor que mi permanente dolor de cabeza, pero el remedio suele ser a menudo peor que la enfermedad y en vista de que podía terminar como Crystal (la cantante) era mejor dejarme hacer lo que fuera. En fin, para no hacerles el cuento largo, resulta que tenía inflamado el nervio óptico y que había que atenderlo inmediatamente antes de que lo perdiera… ¡Eso sí que me asustó!
El tratamiento era sencillo: había que introducir una inyección de cortisona en el ojo y tomar más cortisona para desinflamarlo. ¡¿Sencillo?! ¡No! ¡Más bien salvaje! Y así fue: el viernes de esa semana me citó en su clínica para realizar el tratamiento.
Ahí me tienen: en medio de la sala de espera, a punto de perder el ojo (mismo que llevaba cubierto como el pirata Morgan), viendo pasar a los pacientes recién operados de cataratas y otros padecimientos oculares… ¡Terrible! ¡Espantoso! Cuando oí mi nombre, las piernas me temblaron; pasé a la sala de intervención donde tenían preparada una camilla en la cual me recosté. ¿Qué es lo que ve uno en los hospitales? Los techos blancos y las luces brillantes de los focos… en ese lugar eso no era posible pues estaba a media luz en ese momento. De pronto apareció el matasanos con traje de quirófano e instrumentos en la mano. Trató de tranquilizarme, me indicó cómo se realizaría el tratamiento y me mostró el arma homicida: una jeringa para elefante… ¡Literal! Era la aguja más grande que he visto en mi vida (y miren que tengo amplia experiencia en eso).
¡Fue horrible! Casi me desmayo, sin embargo el dolor de cabeza era tan fuerte y el punto en mi ojo había pasado “de parecer una mosca” a “parecer las nalgas de un hipopótamo” que, o era eso o era pedir “una monedita por el amor de Dios” en alguna esquina. Me envalentoné y le dije: “cuando quiera doctor…” ¡Y quiso! No puedo explicar con palabras el dolor que sentí al ver cómo se acercaba a mi rostro la aguja para después penetrar en mi ojito. Primero un ardor tremendo, luego un dolor espantoso y finalmente la mismísima muerte. Después de asegurarme que al día siguiente empezaría a recuperar la vista, pensé que la tortura había valido la pena, pero que el miedo nadie me lo quita.

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