sábado, 22 de junio de 2013

La imputabilidad del Goyo Cárdenas

El Hombre Bala
2013-04-08

Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor. no 5, 8 de abril de 2013, http://www.payasoprocaz.com/pag.php?artId=182

por Cecilia Alfaro Gómez 

Los años treinta significaron un cambio importante en la vida política del país tras la implantación de una nueva ideología que se venía definiendo desde tiempos revolucionarios, pero que los nuevos gobiernos tomaron como bandera para organizar y controlar a la ciudadanía: la eugenesia. Justamente es esta rama del pensamiento higiénico la que trajo consigo cambios inimaginables en las sociedades del mundo entero, que iban desde los cuidados materno-infantiles hasta el exterminio judío por parte de los alemanes. Esta fue una época en la cual se crearon una serie de lineamientos y códigos enfocados en la búsqueda de la supremacía y mejoramiento racial.

Este tipo de políticas estuvieron, en su mayoría, claramente enfocadas a los grupos marginados de la población, que debían ser vigilados, reformados y hasta exterminados. A lo largo de toda América Latina las teorías europeas (y en principio italianas) fueron retomadas por científicos y autoridades que le dieron su propia interpretación y uso. El derecho de la sociedad a protegerse de aquellos individuos que atentaran en contra de ella, fue conocida como la Teoría de la Defensa Social, que pudimos ver inserta en el Código Penal de 1931 (modificación del expedido en 1929) y en el cual se vinieron transformando las condenas criminales antes dispuestas para los denominados alienados, locos o dementes.
Es curioso cómo en el código de 1929 se le imputaba responsabilidad a los enfermos mentales de las faltas cometidas, ya que se les creía conscientes de sus acciones. Dos años más tarde, gracias a la Teoría de la Defensa Social, se incrementaron los estudios que tenían que ver con la sociología criminal en cuanto a los rasgos físicos y psicológicos de la personalidad de los delincuentes, creando una nueva percepción acerca de lo que significaba para el Estado el sistema penitenciario.
A partir de ese momento, se pensó en el acto criminal como algo natural, inherente al individuo, porque los hombres que cometían delitos se encontraban en un estado salvaje del cual no podían escapar, debido a que esa clase de comportamiento podía predominar en ciertos grupos sociales. Pero cuando el criminal no entra en estos parámetros de medición y desorienta la idea preconcebida que se tiene sobre su naturaleza salvaje, entonces ¿qué hacer? ¿Cómo podemos interpretarlo?
Gregorio Cárdenas Hernández, al parecer, era el típico miembro de la clase universitaria: un estudiante aplicado, becado y con un futuro prometedor. Sin embargo, el año de 1942 lo colocó en el ojo del huracán tras haber cometido múltiples homicidios. Cuatro fueron las mujeres asesinadas: tres prostitutas y una estudiante de la Preparatoria Nacional. Todas ellas ultrajadas, ahorcadas y enterradas en el patio trasero de su casa. El caso de Cárdenas fue uno de los más mediáticos de su época, pues se dice que con él iniciaron los denominados asesinos seriales en México. La realidad es que ya a finales del siglo XIX, Francisco Guerrero “El Chalequero” había matado a diez prostitutas, pero las pesquisas de la época hicieron imposible comprobarle todos los crímenes, por lo que fue indultado en 1892 por el mismísimo presidente. Es por eso que se considera al Goyo el primer asesino sexual multihomicida de la primera mitad del siglo XX. ¿Pura coincidencia o producto de la amplia difusión de la nota roja?
No sólo los periodistas lo hicieron famoso, sino también las condiciones ideológicas y culturales de la época, pues gracias al estudio de la sociología criminal se plantearon una serie de teorías que reforzaron la fama de este asesino. Por un lado, como bien lo dice el psicólogo Juan Soto Ramírez, este tipo de perpetradores suele ser presentado socialmente como “una extraña suerte de héroe despiadado”, (Soto, 2005, p. 21) cuyo comportamiento es comprensible gracias a su historia de vida. Este fenómeno es común en varios casos, en los que existen seguidores, enamoradas y hasta personas que se compadecen del sujeto. Un caso similar es presentado recientemente en la serie The Following (2013), protagonizada por Kevin Bacon y James Purefoy, en la cual un asesino serial, intelectual y carismático, genera un amplio círculo de seguidores que pone en práctica sus enseñanzas. Esa psicosis colectiva la pudimos percibir en la época de los crímenes de Cárdenas, cuando la gente, por simple morbo, solía visitar la escena del crimen, mandarle correspondencia a su celda o comprar recuerdos pertenecientes al Goyo y sus víctimas. Carlos Monsiváis asegura que cada mes o cada semana le realizaban reportajes exclusivos, en los cuales Cárdenas hablaba de su arrepentimiento y de sus esfuerzos de rehabilitación, además de reconstruir sus crímenes con lujo de detalle. Fue así como los reporteros lo trataban como una celebridad y el público esperaba ansiosamente las siguientes noticias sobre el caso.
Por otro lado, hacia la década de los treinta, los juristas y especialistas en la salud sustentaron la teoría del Estado Peligroso, la cual afirmaba que ciertos individuos solían tener una clara inclinación natural hacia la criminalidad. Dentro de estas ideas se encontraban insertos los enfermos mentales que eran internados en el manicomio tras haber cometido algún delito para ser curados y sometidos a un estricto régimen de trabajo, ya que se pensaba que el trabajo tenía la capacidad de dignificar y rehabilitar a los hombres. Así fue como Gregorio Cárdenas estuvo internado cinco años en el Manicomio General de La Castañeda pero después de su fuga, fue trasladado a la penitenciaría estatal.
Si pensamos en el diagnóstico enunciado por el criminólogo Alfonso Quiroz Cuarón, no podemos imaginar por qué Cárdenas fue internado en el manicomio, ya que según el especialista, durante la infancia del criminal se suscitó una epidemia de encefalitis en su tierra natal y como consecuencia las secuelas postencefalíticas lo llevaron a cometer los crímenes. Quiroz Cuarón asegura que Cárdenas no estaba enfermo de la mente sino del cuerpo, pero eso no fue suficiente para que las autoridades lo juzgaran como a cualquier otro criminal, pues no lo encontraron imputable de sus delitos. Sin embargo, no podemos culpar completamente al sistema de todos estos errores, pues para la época (recordemos que estamos en los años cuarenta) el estudio de este tipo de delincuentes estaba en pañales y sus trastornos psíquicos eran atribuidos a orígenes raciales y hereditarios.
Ya a finales de los años treinta hubo un debate médico y jurídico entorno a la responsabilidad del criminal alienado. El director de La Castañeda, Alfonso Millán, afirmaba que era un error que las autoridades judiciales se negaran a que los alienados recibieran atención psiquiátrica cuando eran hechos presos. El doctor Millán proponía que se les suspendiera toda clase de pena y que mejor fuesen internados en hospitales mentales donde fuesen vigilados y no pudieran atentar en contra de la sociedad. En teoría, esta idea sería factible si el sistema hospitalario mental mexicano hubiese sido eficiente, pero como bien lo señala Cristina Rivera Garza, especialista en el estudio de la locura, en La Castañeda no había un verdadero control sobre los enfermos. Incluso muchos de ellos tenían permiso de salir de la institución sin vigilancia. En su libro refiere el caso de una paciente que después de meses de ausencia, las autoridades decidieron dar carpetazo a ese expediente. Si ésta era la forma de cuidar a los enfermos mentales que eran considerados peligrosos, podemos entender entonces por qué Cárdenas pudo escaparse con tal facilidad y regresar diciendo que tan sólo se había tomado unas vacaciones en Oaxaca.
Al mismo tiempo, existía otro grupo de especialistas que creían que los locos eran responsables de sus actos y que la ausencia de conciencia no debía ser un pretexto para no asumir sus faltas, por lo que responsabilizaban a las autoridades de los delincuentes y no a las instituciones mentales. Ese fue finalmente el caso del Goyo Cárdenas, quien pasó más tiempo encarcelado en Lecumberri que en La Castañeda y, supuestamente, pudo lograr reformarse y ser ovacionado por la bancada priísta en la Cámara de Diputados debido triunfo que significaba su rehabilitación para el Estado.
Pero ¿en verdad Cárdenas se reformó o fue la simple manipulación de un psicópata lo que cautivó a las autoridades? Desde mi particular punto de vista y basada en los estudios que se han escrito sobre el caso, Gregorio Cárdenas representa al típico enfermo mental carismático y comodino, que utilizó su fama para reconstruirse frente a la sociedad, que era la que lo estaba juzgando a través del poder judicial. Pero ¿de qué manera lo logró? Creo que el entorno en el que se desarrollaron sus crímenes fue propicio poder poner en práctica sus propios argumentos. Esto no fue fácil porque a final de cuentas pudo llegar a ser indultado hasta los años sesenta, mientras que por el tipo de delito que se imputaba nunca se le dictó pena alguna. Así es que legalmente era viable su defensa, pues había sido juzgado como loco y no como delincuente. Este fue un grave error de su parte, pues en el Código Penal de 1942 se indica que los enfermos mentales declarados culpables eran recluidos de por vida en el pabellón de locos de Lecumberri, mientras que los delincuentes comunes no podían tener una pena mayor a veinte años. Cárdenas le quiso ganar al sistema pero el sistema terminó jugándole una mala pasada.
La arrogancia de Cárdenas impidió que armara correctamente su farsa: primero se hizo pasar por loco, después confesó sus crímenes con lujo de detalle, posteriormente apareció como un hombre nuevo gracias a las políticas penitenciarias, luego como una víctima del sistema y, finalmente, se asumió inocente de todo delito. El historiador Juan de Dios Vázquez dice que en realidad se inventó y reinventó cuantas veces le fue conveniente. Y para mi esa no es más que las características de un manipulador que se amolda a las circunstancias para obtener siempre un beneficio, que por la ideología de la época lo convirtieron primero en un conejillo de indias y después en el ejemplo mismo de un sistema que tiene todos los engranajes trabajando a la perfección. En realidad Gregorio Cárdenas fue víctima de su soberbia, pues en el imaginario colectivo pasó, de asesino, a justiciero social.

Bibliografía


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