La Mala Leche
2013-02-11
2013-02-11
Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor, en el Blog La Mala Leche, 11 de febrero de 2013, http://www.payasoprocaz.com/pag.php?artId=136
Ilustración: Ramz
¡Juro por Dios que el Payaso (su servilleta) paga puntualmente todos sus impuestos como buen ciudadano! Pero ahora estoy pensando en ponerme en huelga de pagos debido a lo que me ha pasado.
Resulta que hace unas semanas bajaba felizmente las escaleras cuando mis ojos se posaron en un sobre blanco con amarillo; al husmear entre la correspondencia en la mesita del vestíbulo, vi de pronto aparecer mi nombre entre los papeles. Aquel sobre que llamó mi atención desde lo alto de las escaleras, llevaba impreso en letras bien negras: Payaso Procaz. Era el pago predial.
En efecto, había llegado el predial como cada año. Tomé el sobre y entré al estacionamiento. Subí a mi carro. Coloqué el sobre en la visera y me dispuse a salir en chinga hacia el trabajo. Y ahí se quedó todo el día el papelito, sin ser revisado.
De regreso a casa recordé que lo traía en la visera, así es que lo saqué y lo coloqué dentro de mi mochila roja. Ya lo vería arriba. Subí las escaleras, abrí la puerta, coloqué mis cosas en el mismo lugar de siempre, entré a la cocina por un vaso de agua y me dispuse a quitarme los zapatos. Ya cómodo, sin zapatos ni nariz, me acordé de la existencia del mentado sobre; entonces me dirigí a la mochila roja donde lo había guardado. De camino al comedor pensé pagar el predial ese mismo sábado en el supermercado, junto con las cebollas y los ajos.
Al llegar a la mochila, cogí el sobre y me dispuse a abrirlo: ¡No lo podía creer! ¡Esto era un robo! Seguramente había una equivocación. Con los ojos desorbitados observé varias veces la cantidad, que sumaba ocho veces más que el año pasado. De inmediato decidí buscar entre los recibos anteriores, para ver el pago del 2012. Escarbé en el portafolio donde guardo todas las cosas de la casa hasta que lo encontré. Ahí estaba, el pago del año pasado no excedía los 350 pesos. Así es que regresé a la mesa del comedor dónde había dejado el nuevo recibo para comprobar la equivocación. No había equivocación alguna, claramente el sobre indicaba 2,500 pesos. ¡No podía creerlo! ¡¿Cómo era posible?! En definitiva esto debía ser una equivocación. ¿Qué hacer?
Al día siguiente me dirigí directamente a las oficinas de la Tesorería. Allí aclararían la situación y hasta una disculpa me darían. En la puerta se encontraba un gordito preguntando a las personas qué trámite iban a realizar. Le indiqué que quería aclarar un cobro.
-Dígame, ¿qué desea? - me dijo.
Le expliqué mi situación, mostrando el recibo anterior muy afligido.
-No señor, el cobro es correcto. Si observa- respondió señalando el documento- el gobierno del DF decidió reducirle el subsidio, es por eso que se le está cobrando ésta cantidad.
Pero como mi labia es más grande que mis zapatos, lo abarroté con preguntas sobre el cobro y rematé diciéndole que Tin Ton y Lagrimita (que viven en la misma colonia) habían pagado tan sólo 300 pesos anuales.
-En ese caso le recomiendo dirigirse a nuestras oficinas en Dr. Lavista, en la colonia Doctores- contestó mientras me entregaba un papelito con la dirección. Indignado, me subí al carro y decidí dirigirme a Dr. Lavista al día siguiente a resolver el agravio.
Al otro día me levanté más temprano que de costumbre, me pinté la cara, me puse mi peluca naranja y salí apresuradamente hacia el metro; por fortuna la estación más cercana se encuentra a unas cuantas cuadras de mi casa, así que caminé con paso firme rumbo a la misma. Me subí a la nueva línea (que, por cierto, está muy chida) y transbordé en Zapata. De ahí tomé la línea verde hasta Niños Héroes y, al salir de la estación, una señora muy amable me indicó hacía dónde debía caminar para llegar a las oficinas del catastro. Así es que emprendí mi camino bobeando por los alrededores. Pasé el Tribunal de Justicia del DF, el SEMEFO y unas oficinas de la Procuraduría. Justo en frente se encontraba mi destino: la Secretaría de Finanzas de la ciudad. Crucé la calle y a lo lejos pude percibir una cola considerable en la puerta. Rápidamente me formé y en ese instante, un hombre con chaleco blanco comenzó a gritar: “¡Los que quieran hacer aclaraciones del predial, de este lado...!” Fue una bendición: había llegado en el momento preciso. Me formé atrás de una rubia cuarentona y que me había ganado el lugar en la fila anterior. Debimos haber sido unas diez personas y nos llevaron cual boy scouts formaditos y casi de la mano por una serie de pasillos hasta atravesar al siguiente edificio. Luego subimos unas escaleras y seguimos serpenteando hasta llegar a la oficina del catastro. Allí nos dejó el guía y nos pidió que nos sentáramos.
Mis vecinos de asiento comentaban unos a otros la injusticia que habían cometido con ellos y la rubia cuarentona me comentó que sólo deseaba que le dijesen por qué habían excedido hasta ese punto el cobro.
-¡Yo no tengo inconveniente en pagar, pero que me digan por qué!- dijo. Asenté y le comenté que pensaba lo mismo. Mientras tanto la cola avanzaba rápidamente, así es que como juego de sillas, me fui cambiando de asiento hasta que me encontré a un lado de la puerta.
En seguida salió una gordita simpática que me invitó a pasar. La oficina era grande y desordenada. Había escritorios divididos en módulos o filas… ¡qué sé yo!: la cosa es que el suyo se encontraba al fondo a mano derecha. Me invitó a tomar asiento mientras me preguntaba cuáles eran mis dudas. Le expliqué lo mismo que al fulano del otro día y ella, ni rauda ni perezosa arrebató de mis manos los papeles y se puso a revisarlos. Primero me explico que el subsidio había disminuido, luego que el incremento era proporcional al monto a pagar y, finalmente, que al parecer no había error.
Aturdido con tanto término topográfico le comenté que eso lo entendía pero que me parecía un abuso el incremento. Con una sonrisa la gordita se acercó a mí y bajando la voz me dijo:
-Yo también creo que es un abuso.
¡¡¿Qué?? ¿Cómo era posible? ¡¿Pensaría que con esa respuesta me quedaría conforme?!
Entonces empezó a meter números en la computadora.
-Deje veo si podemos encontrar algún error… Mhh…nada, al parecer todo está en orden.
Mire yo que usted me esperaba hasta ver que resuelven los panistas. Yo por ejemplo no lo he pagado, es un robo y pienso esperarme.
-Pues… sí ¿verdad?- le contesté desangelado.
-Mire, lo que pasa es que contrataron una compañía privada para reorganizar el catastro y ya ve: no funcionó. Nomás nos trajo problemas. Ahora resulta que unos van a pagar mucho y otros casi nada…
-Pero, ¿alguna razón ha de existir?-
-¡De seguro! Pero nosotros no la sabemos. Ni los directores la saben. Cuando les preguntamos dicen no saber nada.
-Ahh… mire nomás. Entonces, ¿qué hago?
-Pues… pagar. No hay de otra. Lo siento joven…
-No se crea: yo más. Muchas gracias y mucho gusto.
-N´hombre, ¡el gusto es mío…!
Salí agüitado del catastro, haciendo cuentas para ver cómo iba a terminar pagando el predial dado que en el circo no me han pagado aún. No quise voltear atrás: de seguro la gordita iba a estar ahí con su sonrisa diciéndome adiós. Tomé mi camino de regreso a casa pensando que debía pasar al banco primero para deshacerme de la carga. Aunque, pensándolo bien, mejor voy a esperar la resolución de la Asamblea. Chicle y pega…
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