sábado, 22 de junio de 2013

El que a este mundo vino y no bebe vino… ¿a qué vino?


El Hombre Bala
2012-12-09

Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudorno. 3, 9 de diciembre de 2012, http://www.payasoprocaz.com/pag.php?artId=91


por Cecilia Alfaro Gómez

La guerra contra los Estados Unidos fue un parteaguas para la ideología política de los grupos en el poder: su desarrollo trajo grandes males, incluso incontables pérdidas para México. En la capital, la llegada de las tropas invasoras en septiembre de 1847 trajo confusión, odio, miedo y hasta deseos de venganza por parte de la población, la cual nunca había sufrido una irrupción armada del extranjero.

Los habitantes de la ciudad tuvieron que adaptarse a las circunstancias que se vivían en las calles en esos momentos y tolerar al enemigo hasta en sus propias casas, por lo que algunos de ellos decidieron aprovechar la coyuntura y sacar provecho de lo sucedido a través de la venta de productos solicitados por el invasor. ¿De qué otra manera sobrevivirían los comerciantes en esos momentos de crisis? Si no podían con el enemigo, debían unirse a él. Muchos capitalinos tomaron esta frase al pie de la letra e intentaron atraer a los nuevos compradores, es decir, a la milicia estadounidense.
Los soldados de la intervención tenían muchas necesidades: la casa, el alimento y la medicina eran las principales, pero también las diversiones eran una prioridad, sobre todo después de presenciar tanto derramamiento de sangre. Por esa causa, se instalaron o adaptaron los lugares públicos para que los invasores pudiesen beber, comer, jugar y bailar por módicos o no tan módicos precios.
Ante la abrupta entrada de las tropas norteamericanas a la capital, el Ayuntamiento decidió tomar medidas para el resguardo de sus habitantes, siendo la primera de dichas medidas el fortalecer las calles y los barrios. El general José María Tornel, gobernador del Distrito Federal, pidió a sus regidores controlar las reuniones de la gente en vinaterías, pulquerías y otros lugares de común escándalo; días más tarde, ordenó que después del toque de alarma cerraran sus puertas todas las vinaterías y se cuidase que en las pulquerías se mantuviera la compostura de sus consumidores, quienes no debían dar lugar a la embriaguez para evitar cualquier desorden.
Poco después, el ejército de los Estados Unidos entró a la metrópoli. Tras una serie de actos violentos, varios locatarios decidieron cerrar sus comercios; sin embargo, el estado de cosas no evitó que muchos de estos propietarios reabrieran paulatinamente sus puertas al público y reanudaran sus actividades económicas y sociales. Poco tiempo después, el periódico The American Star publicó entre sus columnas varios anuncios que confirmaban que los habitantes de la capital empezaban a reanudar sus labores cotidianas. Hacia el 20 de septiembre de 1847 se leía que el Eagle Coffee House había abierto sus puertas para hospedar a los oficiales americanos en la calle del Coliseo Viejo (hoy Simón Bolívar), donde se vendían vinos y cigarros de buenas marcas. Asimismo el Hotel de la Sociedad del Progreso anunciaba su servicio de comida tipo americano a precios razonables. (Gayón, 1997, p. 332)
Curiosamente, el mismo día en que se inauguraba el Eagle Coffee, se prohibía tener abiertos hasta altas horas de la noche los lugares donde se vendían licores. La noticia era muy clara: todos estaban incluidos aunque, renglones más abajo, se decía que se exceptuaría a las fondas “decentes”. Por otro lado, se evidenciaba hacia quién estaban enfocadas las promociones de los locales, interesados éstos en hacerse de clientela norteamericana.
Dos días después en la misma publicación, Tomás Laurent daba a conocer la reapertura de su local, en el cual se podría encontrar un gran surtido de vinos y licores unidos a almuerzos, meriendas y cenas frías, tanto de día como de noche. (Gayón, 1997, p. 333) Casualmente, este establecimiento podía estar abierto hasta tarde aunque vendiera bebidas alcohólicas pues, de seguro, era clasificado entre las denominadas “fondas decentes”.
Por su parte, algunos de los calendarios y almanaques editados en esos años narran los atropellos cometidos por los soldados invasores. En 1849, el impresor Antonio Rodríguez describe los desórdenes provocados por el ejército norteamericana y las alteraciones de la vida social gracias a la proliferación de cantinas, prostíbulos y casas de juego, usufructuados por el gobierno civil. Indignado, Rodríguez manifiesta que la milicia se entregaba a los excesos que no se habían visto antes en esta ciudad, ni siquiera entre las clases bajas. (Rodríguez, 1848)
La irritación del impresor se sumó a lo descrito por los escritores. Guillermo Prieto relata en dos de sus obras los abusos cometidos en esos días. En Memorias de mis tiempos, el autor narra que recibió una carta, fechada en septiembre de 1847, donde su interlocutor se escandalizaba por la conducta desmedida de los estadounidenses, pues su comportamiento desmedido “había podido servir para sonrojo del salvaje y de la bestia”. (Prieto, 1985, p. 277) Años más tarde, en 1875, un tal Santos, aún recordaba las inmoralidades yanquis en una epístola dirigida al mismo Fidel, donde describe la embriaguez, el gusto por el juego y la afición por las denominadas margaritas, carismáticas prostitutas que por unos cuantos dólares amenizaban sus noches. (Prieto, 1997, pp. 172-173)
El prosista Antonio García Cubas confirma las anécdotas contadas por Prieto. En su libro comenta que la amistad de los soldados yanquis con las meretrices fue perjudicial, pues en las reuniones “dábase lugar a la comisión de escenas soeces e inmorales que, a veces, tenían por escenario los balcones del hotel de la Bella Unión (hoy en día esquina de 16 de Septiembre y La Palma) y por espectadora a la gentualla que, como burla, las aplaudía…”. (García, 1986, p. 439) Estos bacanales se podían ver por toda la ciudad: el historiador Niceto de Zamacois contribuye informando que no sólo en la Bella Unión podían verse esos desmanes sino también en otro edificio de la calle del Coliseo, frente al Teatro Principal (hoy esquina de Bolívar y 16 de Septiembre), en el callejón de Betlemitas (hoy Filomeno Mata) y en varios de los puntos más céntricos de la ciudad. (Zamacois, 1880, pp. 40-41)
Todos ellos coinciden en afirmar que no había ningún control sobre los soldados invasores: don Santos y García Cubas señalan que los propios oficiales llegaron a poner el mal ejemplo, pues se comportaban igual que sus tropas. Coinciden en denunciar los atropellos, las malas conductas y la inmoralidad que se llevaban a cabo en las fiestas celebradas, principalmente, en el Hotel de la Bella Unión; aunque Zamacois nos indica que estos actos no fueron exclusivos de este local, puesto que existieron otros tantos lugares donde se desarrollaron. Es importante destacar que los escritores hacen énfasis en el constante estado de embriaguez en que se encontraba la milicia norteamericana, a pesar de los castigos a los que estaba expuesta.

De hecho, las autoridades militares norteamericanas habían prohibido el juego y el licor entre sus tropas, pero la apertura de garitos y establecimientos de bebidas alcohólicas puso fin al control, introduciendo el líquido embriagante hasta en los propios campamentos. George Ballentine, oficial del ejército norteamericano, creía que resultaba más contraproducente prohibir a los soldados beber alcohol, que dejarlos hacerlo, pues la libertad era la mejor prevención al crimen. (Ballentine, 1986, pp. 219-220)
Con permiso o sin él, las tropas estadounidenses siguieron embriagándose en la ciudad de México, lo que desgraciadamente provocó que se cometieran varios delitos graves. Era común que salieran de las cantinas sin pagar y cuando los dependientes de los expendios les reclamaban el cobro, solían agredirlos o amenazarlos. También acostumbraban atracar las tiendas de comestibles y las vinaterías. Juan de la Granja, testigo de los hechos, cuenta haberlos visto forzar las tiendas a tiros, barretas y hachas para así saquear cuanto había en ellas. Después asegura haberlos visto embriagarse con el contenido del local hasta caer. (Granja, 1937, p. 188) La anarquía había invadido la ciudad entera, imposibilitando frenar la violencia y resolver el maremagno de denuncias presentadas por parte de los ciudadanos.

Había tantas cosas por hacer que las autoridades no se daban abasto. Manuel Blenna, Jefe de la Manzana 66, informaba a sus superiores que el 15 de septiembre de 1847 se había forzado la entrada de una tienda en la esquina de la calle de Peredo y la vinatería de don Seferino Uria en el Pabellón Español, a quien con lujo de violencia, cuatro soldados norteamericanos le sacaron el dinero de la venta y su reloj. Dos días más tarde, Rafael Espinoza, Auxiliar del Cuartel 14, comunicaba que el mismo 15 se había dañado la tienda de don Luis Romero, situada en la esquina de la calle de la Cerbatana y 3ª del Relox (actuales Venezuela y Argentina) en donde los yanquis habían matado a un cliente cuyo cadáver arrastraron hasta la calle para romper sobre él una serie de botellas. En el documento no se asegura que los hombres estuviesen ebrios, pero sí se da cuenta del peligro que corrían los comerciantes que mantenían abiertos sus locales. Por último, Manuel Caraves, Auxiliar del Cuartel 13, narra que un soldado estadounidense robó varios botellones de licor de un tendajón ubicado en la calle de las Escalerillas (hoy República de Guatemala); por fortuna iba pasando por el lugar otro oficial del cuartel, quien logró quitarle uno de los botellones. Sin embargo, el ladrón terminó huyendo. (AHDF, 1847, ff. 15, 18 y 35)
Tanto oficiales como soldados –los unos con mayor poder adquisitivo que los otros- frecuentaban los diversos locales, pero todos convivieron con las clases bajas mexicanas, fomentando amistades non gratas. Las margaritas y los léperos fueron sus fieles compañeros: ellas buscaban enriquecerse ofreciéndoles sus servicios y los otros, llegaron a cometer delitos graves a costa o con la ayuda de sus camaradas yanquis. Fueron muchos los excesos cometidos por este vicio: los robos, los asesinatos y los desmanes públicos, se debieron a que las autoridades solaparon la distribución y venta de licor, seguramente para contener a los enemigos que se encontraban en nuestra propia casa.
Siglas y referencias

Archivo Histórico del Distrito Federal, Ayuntamiento, Gobierno del Distrito Federal, Historia, Guerra con los Estados Unidos, vol. 2268, exp. s. n., 15 de septiembre de 1847, 46 fs.
Ballentine, George. (1986). Autobiography of an english soldier in the United Status Army. Chicago: R. R. Donelley and Sons Company.
García Cubas, Antonio. (1986). El libro de mis recuerdos. Naciones históricas, anécdotas y de costumbres mexicanas anteriores al actual estado social. (Edición Facsimilar) México: Porrúa.
Gayón Córdova, María. (Comp.). (1997). La ocupación yanqui de la ciudad de México, 1847-1848. México: CONACULTA / INAH-DGP.
Granjas Juan de la. (1937). Epistolario. México: Talleres Gráficos del Museo Nacional de Arqueología, Historia y Etnografía / SEP-DM.
Prieto Guillermo. (1985). Memorias de mis tiempos. México: Porrúa.
Prieto Guillermo. (1997). Mi guerra del 47. México: UNAM-CH.
Rodríguez, Antonio. (1848). Calendario de Antonio Rodríguez, para el año de 1849, arreglado al meridiano de México. México: Tipografía de J. R. Navarro.
Zamacois Niceto de. (1880). Historia de Méjico, desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, escrita en todo lo que irrecusable ha dado a luz los más caracterizados historiadores y en virtud de documentos auténticos, no publicados todavía, tomados del Archivo Nacional de Méjico, de las Bibliotecas Públicas, y de los precisos manuscritos que, hasta hace poco, existían en los conventos de aquel país. Barcelona-México: J. F. Parres y comp. editores.


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