Publicado en: Revista Payaso Procaz. Cultura sin pudor. no. 2, 5 de noviembre
de 2012, http://www.payasoprocaz.com/pag.php?artId=68
Retrato de Carlota, Emperatriz de México por Franz Xaver Winterhalter.
por Cecilia Alfaro
Desde épocas inmemorables, los nobles fueron (y siguen siendo) parte indispensable de la farándula en el contexto mundial y quizás por ese motivo es que nos gusta escudriñar sus vidas. ¿Acaso estaríamos dispuestos a tomar su lugar? Es posible que todos hayamos soñado alguna vez en convertirnos en príncipes o princesas herederos, no importando el precio que tuviésemos que pagar para conseguirlo.
Desde épocas inmemorables, los nobles fueron (y siguen siendo) parte indispensable de la farándula en el contexto mundial y quizás por ese motivo es que nos gusta escudriñar sus vidas. ¿Acaso estaríamos dispuestos a tomar su lugar? Es posible que todos hayamos soñado alguna vez en convertirnos en príncipes o princesas herederos, no importando el precio que tuviésemos que pagar para conseguirlo.
Desgraciadamente la realidad no siempre es como los cuentos de hadas y es común que las vidas de los miembros de la realeza estén plagadas de tragedias que deben ser disimuladas para evitar el qué dirán. Carlota, la emperatriz loca, la reina consorte, la mujer de Maximiliano de Habsburgo, tuvo que guardar muchas veces silencio en sacrificio del imperio.
No todas las mujeres que han sido monarcas o han estado detrás del poderío real han tenido el beneficio de probar las mieles del poder. Tal vez la gran atracción que sienten los escritores hacia Carlota de Bélgica sea precisamente este juego femenino en torno al mando, más aún si pensamos que el siglo XIX no fue precisamente el mejor momento para trasgredir las reglas tradicionalmente establecidas por los hombres para sustentar el mando en sus manos. Es por eso que la llegada de los nuevos monarcas a tierras mexicanas, a mediados del siglo XIX, trajo consigo una serie de sentimientos encontrados. Nunca se dudó de quién era el que sustentaba el poder, sino de la capacidad que tenía para hacerlo. A su llegada, la princesa belga era vista como un accesorio más que bajaba del barco. Los imperialistas mexicanos nunca imaginaron que tendrían que lidiar tanto con las ideas liberales del monarca como con el poder político que representó, en cierto momento, su mujer.
Es evidente que la relación entre la emperatriz y sus súbditos no fue del todo fácil, puesto que como podemos imaginar, la formación de Carlota chocaba con las ideas tradicionales de su séquito. Sobre su elevado nivel educativo se ha escrito mucho, algunos autores afirman que era políglota y que su cultura era tan amplia que conocía hasta “el arte de la navegación”.1 Educada para gobernar por su padre Leopoldo I —quien también instruiría a su sobrina Victoria, reina de Inglaterra—, la emperatriz de México tenía conocimientos históricos, literarios, políticos y jurídicos, a la altura de los de cualquier hombre ilustrado de la época. El escritor José C. Valadés en su libro Maximiliano y Carlota en México describe que “tenía bien puesto el pensamiento de ser reina; se creía llamada a serlo. Había en ella rasgos característicos de mando que correspondían al abuelo Luis Felipe, mas hay que recordar que Carlota perdió a su madre en la tierna infancia, y aquel rey de rectitud y firmeza que fue su padre, la atrajo hacia sí, si no a fin de masculinizarla, sí para hacerla dulce y perseverante; y la perseverancia era la más fina de sus virtudes.”2
Sin embargo, la domesticidad reinante a lo largo del siglo XIX también entró a los palacios de los monarcas de todos los países, donde las princesas no dejaron de ser educadas como cualquier otra joven aristócrata, que aprendía en casa lenguas extranjeras, música y baile, además de algunos conocimientos de historia y geografía. La situación fue propia del periodo; a diferencia de la reina Isabel I de Inglaterra, quien en el siglo XVI gobernó de manera absoluta y jamás contrajo matrimonio; su homóloga Victoria I, a pesar de su política imperialista y la fortaleza de su régimen, se vio influida por su Primer Ministro, Lord Melbourne, y por su propio marido, el príncipe Alberto, para mantenerse dentro de los límites del poder real y dedicarse solamente al hogar. Ella, que —como hemos mencionado— recibió la misma educación que su prima Carlota de Bélgica, “comenzó a dedicar sus apabullantes energías a la vida doméstica, a la que llegó a venerar y a utilizar como símbolo de su autoridad”3. De ahí la aparición de la tan conocida Era Victoriana.
En el caso de Carlota, el contraste con las mexicanas era grande, debido principalmente a que la princesa belga era un caso fuera de lo común en cuanto a su carácter y formación. Empero, ha sido más el afán de minimizar a Maximiliano lo que ha hecho que se adjudique cierta masculinidad y gran influencia política a la emperatriz, al punto que habrían de anularse las acciones del propio monarca. Martín Quirarte, uno de los grandes estudiosos del Imperio señala que “se ha formado una leyenda en torno a la influencia que ejerció Carlota en Maximiliano. La influencia es indudable, pero no en el grado que se ha supuesto. Nunca hay que olvidar tampoco que Carlota ejercía una acción esterilizadora de su propia capacidad política. Tenía tal respeto a su marido, tal devoción, tal poder de abnegación que acababa por someterse a él. Sus cualidades no podía desplegarlas mientras él viviera o estuviera presente”4.
Coincido con el juicio de Quirarte, como lo hace el biógrafo de Maximiliano, Konrad Ratz, quien pensaba que los escritos de Carlota revelaban el papel subordinado de la mujer en el siglo XIX, “que asume la diferenciación de características intelectuales y afectivas atribuidas, en esa época, al hombre y a la mujer. Y si bien Carlota rompió con algunos esquemas al participar activamente en la política del Imperio, las cartas quedan como constancia de su sometimiento a Maximiliano”.5
Había, por tanto, una gran distancia entre su formación y la de la mayoría de las mujeres mexicanas de alcurnia, que estaban educadas para el buen funcionamiento del hogar. Empero, a pesar de su inteligencia y preocupación por gobernar dignamente, al igual que ellas, la emperatriz tuvo que reprimir sus deseos e inquietudes y acatar las disposiciones de su marido.
El interés de Carlota por saber y descubrir la historia mexicana le dificultaba la conversación con sus damas, que poco sabían de su propio país; a este problema se aunaba su desmedido orgullo, propio de una princesa, que le ganó la antipatía de sus colaboradoras. Concepción Lombardo, esposa del general Miguel Miramón, hacía eco de los prejuicios de la época cuando, años después, rememoraba la personalidad de la emperatriz en sus Memoriasnarrando: “Probablemente los grandes estudios que había hecho aquella señora, y que son superiores a la capacidad de la mujer, lastimaron su cerebro”.6 En cambio, añadía, el emperador era “jovial y amante de la broma, que sabía manejar con gracia”.7 Una opinión similar tuvo la estadounidense Sara Yorke Stevenson, quien en esos años estuvo en México y pensaba que Maximiliano tenía la facultad de hacer sentir a sus interlocutores “en calma”; por el contrario, de la soberana expresaba: “ella, sin embargo, era reservada, algo carente de tacto y adaptabilidad; y una notoria altivez de comportamiento, una dignidad demasiado consciente de sí misma, al principio repelía a cuantos estuviesen dispuestos a sentir simpatía por ella. Es más que plausible que bajo esta orgullosa apariencia, escondiese un espíritu en sufrimiento, o, al menos, la conciencia de una superioridad que debía desvanecerse por sí misma”.8
Ahora bien, aunque no logre imaginarse a una Carlota como cabeza del Imperio, papel que le correspondía al emperador, sí se puede resaltar que tuvo mayor poder de lo que le estaba permitido en la época a una emperatriz consorte, pues su marido confiaba en sus habilidades para ayudarlo a dirigir los asuntos políticos. Ella, además de supervisar las tareas educativas y benéficas que correspondían a su cargo, lo sustituyó varias veces como regenta, realizó algunos viajes en su representación, propuso leyes y decretos y participó en las reuniones del Consejo de Ministros.
No obstante, hacia finales de 1865, la princesa belga se retiró poco a poco de la vida política al dejar de participar en el Consejo y fue obligada, inclusive, a pedir audiencia para ver a su marido. Estos sucesos debieron ser duros para la emperatriz, quien estaba acostumbrada a compartir cierto poder; de modo que sus obligaciones femeninas se incrementaron hasta la partida a Europa en 1866. Su alejamiento del mundo público fue comentado tanto por hombres como por mujeres, más aun a raíz de su deteriorado estado mental. Al respecto, su biógrafa Susanne Igler narra que “llama la atención el hecho de que en la segunda etapa del Imperio, Carlota parece haber perdido el interés en los asuntos políticos que antes la preocupaban tanto. No sabemos si la causa fue alguna disputa matrimonial con Maximiliano, como lo sugiere [el historiador] Iturriaga de la Fuente, o si se trata de la primera señal de su trastorno mental, el cual se había manifestado a finales de 1865 en su cambio de actitud y en el paulatino aislamiento hasta llegar a ‘una especie de autismo patológico’. […] Fuera como fuese, en esa época ‘[…] Maximiliano llegó a pedir a Carlota, con una mirada, que se retirara de la reunión [de ministros]. En una actitud parecida, no le permitía entrar en su despacho privado sin ser invitada expresamente por él’. Así que la Emperatriz se retiró de su expuesta posición en la vida política, se dedicó todavía más que antes a la caridad y la visita de escuelas”9.
Pese a esta posición subordinada, el papel que jugó Carlota a lo largo del Segundo Imperio amplió sus espacios de expresión y su presencia en el escenario público. Esto no significa que el rol por ella desempeñado se hubiera transformado totalmente, pues seguía representando el estereotipo tradicional de la época. Sin embargo, sus funciones como mandataria le permitieron una significativa colaboración en los asuntos de Estado. Aunque esto les haya pesado tanto a los hombres que la rodearon.
1 Concepción Lombardo de Miramón, Memorias, Preliminar y algunas notas de Felipe Tixidor, 2ª edición, México, Porrúa, 1989, (Biblioteca Porrúa, 74), p. 485.
2 José C. Valadés, Maximiliano y Carlota en México. Historia del Segundo Imperio, 3ª reimpresión, México, Diana, 1993, p. 354.
3 Bonnie S. Anderson y Judith P. Zinsser, Historia de las mujeres: una historia propia, Trad. Beatriz Villacañas, 2ª edición, Barcelona, Crítica, 1992, v. 2, p. 192.
4 Martín Quirarte, Historiografía sobre el Imperio de Maximiliano, 2a edición, México, Universidad Nacional Autónoma de México / Instituto de Investigaciones Históricas, 1993, p. 170.
5 Konrad Ratz, Correspondencia inédita entre Maximiliano y Carlota., Trad. Elsa Cecilia Frost, México, Fondo de Cultura Económica, 2003, p. 8.
8 Sara Yorke Stevenson, Maximiliam in Mexico. A woman’s reminiscences of the French intervention, 1862-1867, New York, The Century Co., 1899, p. 224. (La versión original del texto citado es: <<She, however, was reserved, somewhat lacking in tact and adaptability; and a certain haughtiness of manner, a dignity too conscious of itself, at first repelled many who were disposed to feel kindly toward her. It is more than likely that under this proud mien she concealed a suffering spirit, or, at least, the consciousness of a superiority that must efface itself>>).
9 Susanne Igler, “La vocación política de la Emperatriz reflejada en la literatura”, en Patricia Galeana (comp.), La definición del Estado mexicano 1857-1867, México, Archivo General de la Nación, 1999, pp. 83-84.
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