El
mundo de la publicidad es tan atractivo para el público que ha logrado
posesionarse en el gusto de las audiencias de televisión por tres temporadas
seguidas, arrasando con cuanto premio se le ponga enfrente. Ese es el caso de Mad Men, la serie que tiene a los
estadounidenses, y a los que tenemos el privilegio de seguirla por sistema de
cable, al filo del asiento.
La historia narra el diario acontecer de los
hombres y mujeres que trabajan en Sterling
Cooper, una famosas agencias publicitarias de Nueva York en la década de
los sesenta. La trama intenta adentrar al televidente a los rincones más
recónditos de las oficinas y de la vida privada de los personajes. La lucha
entre sexos, el consumo de alcohol, cigarros y otras sustencias psicotrópicas
para atraer a la musa de la creatividad, la infidelidad y los conflictos
familiares conviven con las prominentes cuentas publicitarias de marcas y
empresas que ven en el futuro de las ventas la clave de la felicidad.
Matthew Weiner, el creador de la serie, puso
el dedo en la llaga. Es posible que muchas otras producciones de HBO hayan
tenido un impacto similar al que Mad Med
ha logrado tener a la fecha; sin embargo, la crítica mordaz a la sociedad
estadounidense de los años sesenta es incomparable. Nada que ver con The wonder years, donde con nostalgia
noventera se recordaban los tiempos perdidos. Mad Men, en cambio, reconoce a un país en pleno crecimiento
económico y con una crisis de valores que le permite pasar por encima de
cualquier cosa.
Ese será el caso de Donald Drape (Jon Hamm),
un exitoso gerente creativo que juega una doble vida: por un lado es un hombre
de negocios, exitoso, atractivo y por otro, un padre y marido ausente. Al
parecer Drape se transforma al llegar al trabajo. Las distancias entre los
suburbios y las grandes ciudades provocaban que los hombres tuviesen que vivir
alejados de sus familias casi toda la semana; eso les permitía darse una vida
de solteros. En cambio Betty Drape (January Jon) representa con exactitud al
estereotipo de las mujeres de la época, donde el matrimonio las convertía en
amas de casa y… nada más. Betty vive una vida de aburrimiento en un suburbio
donde los dimes y diretes son su única distracción. Es posible que esa soledad
la lleve a conocer otros caminos.
En cambio Peggy Olson (Elizabeth Moss) es la
representante de la chica moderna estadounidense. Una joven secretaria que vive
sola y trabaja para mantenerse. Esta podría ser la única característica de esta
joven pueblerina; no obstante, sus grandes ambiciones la llevarán a convertirse
en la primera ejecutiva creativa de la compañía, así como lo fue en la vida
real Mary Wells, en la firma Wells Rich
and Greene.
La serie no sólo se distingue por sus
impecables actuaciones sino también por todo lo que la rodea. Conocer la ciudad
de Nueva York a través de sus empresas, ver cómo interactúan las agencias
publicitarias, saber cuál era la dinámica familiar de los hombres de negocio,
recordar modas, percibir lo difícil que fue para las mujeres ingresar al mundo
laboral, son sólo algunas de tantas historias que podrán disfrutar en los
pasillos de Sterling Cooper.

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