Publicado en: Ritos y Retos del Centro Histórico, año VI, no. 27, ene-feb 2005 y en Murciégalo. Revista Digital, año 1, núm. 2, “Identidad Nacional”, julio-agosto 2010, http://murciegalo.escuadron202.com/, o bien, puede localizarse en http://murciegaloenlinea.blogspot.com/
En la actualidad las jovencitas se contonean por las calles de la gran ciudad de México mostrando coquetamente sus atributos en diminutas prendas. La moda de hoy en día no deja nada a la imaginación: lo mismo da ver una breve tanga entre piel y mezclilla que un sostén entre telas vaporosas y transparentes. ¡Ay qué tiempos, señor don Simón! ¿Qué acaso estas mujeres no saben para qué sirve la “ropa interior” que, por cierto, debería estar como su nombre lo dice, en el interior y no asomándose entre los pliegues de las “prendas exteriores”?
Pero mejor remontémonos a antaño: durante el siglo dieciséis se tienen las primeras noticias acerca de la ropa íntima; las bragas eran utilizadas por las mujeres de clase baja para cubrir sus extremidades inferiores y dar volumen en el ropaje. Un siglo más tarde, sería la “ropilla”, con sus escarolas o almidones, la prenda favorita de las damas y damiselas del “seteccento”.
Otras utilidades tenía la llamada “ropa blanca”, pues ayudaba a evitar que el sudor (imagine el lector la cantidad y calidad de la transpiración sudorífica si se toman en cuenta lo grueso de las telas y la falta de baño) ensuciara a la ropa exterior. Además, para fortuna del varón se inventaron los “calzoncillos”, con los cuales ambos géneros habían hallado la igualdad en cuanto a modernidades íntimas.
Con el paso del tiempo, la era contemporánea (que para el lector desconocedor de tales eventos comenzó con la revolución francesa) arribó al guardarropa interior y la moda se impuso: el corsé ciñó las carnes blandas al cuerpo, permitiendo ver figuras espigadas y voluminosas caderas; el “sígueme pollo” o enagua fedora, sinónimo de coquetería, ocupaba un lugar especial entre las mujeres de todos los estratos sociales. Los bloomers o bombachas, invento de un tal Mister Bloomer (de ahí el nombre), vieron la luz a mediados del siglo diecinueve.
Fue tal el impacto de las nuevas tendencias que se llegó a la imperiosa necesidad de abrir tiendas y cajones especializados en la venta de esos menesteres. Muy famosa fue la Corsetería Francesa , primera tienda departamental donde se adquirían modelitos importados de París, pero sin lugar a dudas, sería la cadena estadounidense Sears Roebuck la que, en 1928, tendría el mérito de introducir al mercado nacional el “fondo de rayón”, con un ajuste bajo el brazo para esconder los impúdicos vellos axilares.
El siglo veinte, efectivamente, revolucionó el orden mundial: guerras, crisis, avances tecnológicos y, entre sus más meritorias aportaciones, la invención de la ropa interior de algodón para hombres y mujeres (piense con suma atención, si es cierta aquella oración y lleva algún algodón debajo del pantalón).
Pero, no dejemos a un lado al género masculino que se benefició también por las innovaciones de la nueva centuria, pues de aquellas camisas interiores de tejido de punto con calzoncillos largos, fue tal la evolución que el calzón se redujo hasta el muslo con la creación del boxer, nombre dado en honor a las prendas utilizadas por los “reyes del ring”.
El fin de siglo marcó un hito más en el uso y la elaboración de las prendas íntimas: fibras sintéticas, mayor comodidad, una estética más agradable a la vista y, sobre todo, un ahorro sustancialmente sostenido en la utilización de telas; un año más, un centímetro menos. Pero lo más importante, y el objetivo de estas letras, es señalar la desaparición de algo esencial: el término “íntimo”, pues si ahora dichas prendas están a la vista no solo en los cuerpos de sus portadores sino incluso en los aparadores, carteles publicitarios y puestos callejeros, más bien se han convertido en ropa “pública”. Dios nos libre…
Bibliografía:
Viginia Armella de Aspe, Teresa Castelló Iturbide e Ignacio Borja Martínez. La historia de México a través de la indumentaria. México, INBURSA; 1998.
Verrill Hyatt. Historia del traje. México, Cuadernos de cultura 24, 1947.
Lydia Lavín y Gisela Balassa. Museo del traje mexicano. México, Clío, 2001, 6 tomos.

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