Publicado en: “Generación M” de Milenio
Diario, no. 3,
30 de octubre de 2005.
El café es de esas bebidas prodigiosas que embaten los
sentidos. Con más de dos siglos de adaptación en tierras mexicanas, este
brebaje de origen árabe cautivó a los habitantes de la Nueva España quienes lo
hicieron suyo tras haberlo adecuado a sus usos y costumbres mezclándolo, en la
mayoría de las ocasiones, con leche. Fue a finales del siglo XVIII que se fundó
en México el “Café de Manrique”, primer local en forma para la comercialización
y degustación de tan exquisito producto y donde se cuenta que el mismísimo
Miguel Hidalgo y Costilla, cliente consuetudinario, llegó a acudir con fines
nada eclesiásticos.
La
historiadora Clementina Díaz y de Ovando, en su libro Los cafés en México en el siglo XIX narra que estos
establecimientos servían también como “clubs
políticos, centros de conspiración, de espionaje, refugio de cesantes, vagos,
empleados, jugadores, caballeros de industria, asilo de políticos, periodistas,
militares, literatos, cómicos, “niños de casa rica”, dueños de haciendas,
asombrados payos; sitio ideal para el chismorreo, para despellejar al prójimo,
para hacer negocios”. A esto nosotros podríamos añadir, en la actualidad, el
uso non sancto de algunos de estos
sitios como lugares de trata de blancas.
Hoy
en día, su uso no ha variado del todo: siguen siendo idóneos para pasar un buen
rato en compañía de las amistades o en la soledad, degustando alguna
especialidad “cafetera” y una que otra delicia que se venda en el local. Tal
vez sea debido a su popularización que una infinidad de comercios de este giro
han ocupado las calles de nuestra ciudad, proliferando, principalmente, las
grandes cadenas que por costos desmedidos crean tu propia especialidad: ¡Un
café adecuado a ti! Entonces terminamos mezclando tantos ingredientes que el
café deja de saber a café.
Una
de las bondades de los locales antiguos o con mayor experiencia es que ofrecen un
sabor auténtico; basta acercarse unos metros para detectar el sublime aroma a grano
tostado. Un ejemplo de ello es el “Café Jekemir”, ubicado en la calle de Isabel
La Católica
en el Centro Histórico, donde algunos jóvenes de la Universidad del
Claustro de Sor Juana conviven con veteranos habitantes de los barrios de la antigua
Ciudad de México. En el centro de Coyoacán encontramos otro magnífico
establecimiento: el “Café Moheli”, refugio de catedráticos y estudiantes de la Facultad de Filosofía y
Letras, que se caracteriza por ser el lugar ideal para la buena lectura y el buen
comer. Sus especialidades méxico-germanas deleitan hasta al paladar más
exigente. Y así podríamos seguir hablando de una infinidad de sitios dedicados
al expendio del café, ese grano sobre el cual un personaje decimonónico, en
palabras de Alfonso Reyes, llegó a expresar con asombro al probarlo: “pero,
señor, ¡si esto es soberbio!”.
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