miércoles, 11 de enero de 2012

“Pero, señor, ¡si esto es soberbio!”





Publicado en: “Generación M” de Milenio Diario, no. 3, 30 de octubre de 2005.

El café es de esas bebidas prodigiosas que embaten los sentidos. Con más de dos siglos de adaptación en tierras mexicanas, este brebaje de origen árabe cautivó a los habitantes de la Nueva España quienes lo hicieron suyo tras haberlo adecuado a sus usos y costumbres mezclándolo, en la mayoría de las ocasiones, con leche. Fue a finales del siglo XVIII que se fundó en México el “Café de Manrique”, primer local en forma para la comercialización y degustación de tan exquisito producto y donde se cuenta que el mismísimo Miguel Hidalgo y Costilla, cliente consuetudinario, llegó a acudir con fines nada eclesiásticos.
La historiadora Clementina Díaz y de Ovando, en su libro Los cafés en México en el siglo XIX narra que estos establecimientos servían también como “clubs políticos, centros de conspiración, de espionaje, refugio de cesantes, vagos, empleados, jugadores, caballeros de industria, asilo de políticos, periodistas, militares, literatos, cómicos, “niños de casa rica”, dueños de haciendas, asombrados payos; sitio ideal para el chismorreo, para despellejar al prójimo, para hacer negocios”. A esto nosotros podríamos añadir, en la actualidad, el uso non sancto de algunos de estos sitios como lugares de trata de blancas.
Hoy en día, su uso no ha variado del todo: siguen siendo idóneos para pasar un buen rato en compañía de las amistades o en la soledad, degustando alguna especialidad “cafetera” y una que otra delicia que se venda en el local. Tal vez sea debido a su popularización que una infinidad de comercios de este giro han ocupado las calles de nuestra ciudad, proliferando, principalmente, las grandes cadenas que por costos desmedidos crean tu propia especialidad: ¡Un café adecuado a ti! Entonces terminamos mezclando tantos ingredientes que el café deja de saber a café.
Una de las bondades de los locales antiguos o con mayor experiencia es que ofrecen un sabor auténtico; basta acercarse unos metros para detectar el sublime aroma a grano tostado. Un ejemplo de ello es el “Café Jekemir”, ubicado en la calle de Isabel La Católica en el Centro Histórico, donde algunos jóvenes de la Universidad del Claustro de Sor Juana conviven con veteranos habitantes de los barrios de la antigua Ciudad de México. En el centro de Coyoacán encontramos otro magnífico establecimiento: el “Café Moheli”, refugio de catedráticos y estudiantes de la Facultad de Filosofía y Letras, que se caracteriza por ser el lugar ideal para la buena lectura y el buen comer. Sus especialidades méxico-germanas deleitan hasta al paladar más exigente. Y así podríamos seguir hablando de una infinidad de sitios dedicados al expendio del café, ese grano sobre el cual un personaje decimonónico, en palabras de Alfonso Reyes, llegó a expresar con asombro al probarlo: “pero, señor, ¡si esto es soberbio!”.

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