martes, 10 de enero de 2012

Paso a pasito


Publicado en : Murciégalo, núm. 0, noviembre de 2009, http://murciegalo.escuadron202.com/


Desde el siglo XIX ha existido una pequeña puerta que nos ha abierto la oportunidad de resurgir, como el ave fénix, de entre nuestras propias cenizas. La lucha por los derechos femeninos ha tenido altibajos, aciertos y errores que no siempre fueron reconocidos por la sociedad. A diferencia de lo que se piensa, dicha emancipación sigue dando guerra aún en el siglo XXI. La mayoría de los mortales relacionan al feminismo con los años setenta, pero fue mucho antes cuando un pequeño grupo de mujeres abogó por sus libertades.
Aquí no se hablará de la obtención del voto —pues hasta las propias francesas, dicho en palabras de la historiadora Michelle Perrot, se avergüenzan de haber llegado tan tarde a esa meta— sino de dos necesidades previas que fueron primordiales para alcanzar los derechos civiles femeninos: la lucha por mejorar las condiciones laborales de obreras y campesinas y la pugna por una educación superior para todas las mexicanas.
En nuestros días hemos olvidado cómo se consiguieron esas garantías y qué tuvieron que enfrentar aquellas mujeres para ganar espacios que les estaban vedados. Actualmente, empezamos a ver los resultados de aquella primera lucha porfiriana cuando muchas de nosotras contamos con oportunidades laborales — no en todos los casos, claro está— equivalentes a las masculinas, pero al final de cuentas hemos ganado terrenos inimaginables para las primeras combatientes.
La apertura de la primera secundaria para señoritas en 1867, tras el triunfo de la República, y el Primer Congreso Obrero de 1876 en pleno gobierno de Porfirio Díaz, constituyeron el principio del todo. A partir de estos dos proyectos las feministas se reconocieron en pie de lucha y a través de la prensa femenina se dieron a conocer las ideas liberales que serían propulsoras de estos cambios. Tanto la yucateca Rita Cetina Gutiérrez, como la guerrerense Laureana Wright, expresaron sus aspiraciones por obtener el reconocimiento social y abogaron por una mejor educación que incrementara su autoestima y permitiera a las mexicanas participar en la cosa pública.
La realidad fue dura: de todas las aspirantes a carreras universitarias fueron las médicas quienes pudieron escalar mayores peldaños y, aunque existía gran cantidad de maestras y enfermeras, —profesiones que se creían de naturaleza femenina— sólo se tuvo conocimiento de una ingeniera y de una abogada, las cuales no pudieron o se les impidió ejercer su profesión por ser considerada exclusivamente masculina.
El caso de María Asunción Sandoval es significativo, pues fue la primera abogada conocida de la que se tiene registro. Sandoval estudió en la Escuela Nacional de Jurisprudencia a finales del siglo XIX y se tituló en 1898 tras un examen público de varias horas. No sabemos si su hermano también tuvo sus mismas inquietudes, pero su sobrina Victoria sí siguió sus pasos hacia los 1900. Asunción se convirtió en una luchadora social que, comprometida con sus compatriotas, decidió especializarse en derecho penal. Sus principales defensorías fueron a mujeres acusadas de delitos menores. Sus juicios fueron publicitados por la prensa, pues Sandoval se había convertido en un fenómeno nacional. Sin embargo las costumbres del momento impidieron que siguiera ejerciendo derecho penal y fue así como se dedicó a abogar por la causa de los jóvenes y niños en el Tribunal para Menores del Distrito Federal.
También a lo largo del siglo XIX el trabajo de las obreras era considerado irrelevante, debido a que se creía que éstas carecían de personalidad jurídica. Las compañías tabacaleras y de textiles regularmente las empleaban con sueldos miserables, extenuantes horarios y malas condiciones de trabajo e higiene; estos factores fueron detonantes para que ellas se unieran a las demandas de sus compañeros varones y participaran ampliamente en la convulsionante revolución de 1910.
¿Vencieron en esas luchas? En realidad, siguen existiendo empresas maquiladoras que explotan a sus obreras; muchas mujeres, además, aun no tienen acceso a la educación básica, ya no digamos a la superior. Pero sí, sí se lograron erradicar algunas necesidades. Hemos ganado espacios laborales y académicos, prueba de ello es la gran cantidad de población femenina en las aulas universitarias. Los cambios, o mejor dicho, las revoluciones, llevan su tiempo; ese fue sólo el comienzo, aún falta mucho camino por recorrer.

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