Publicado en: Memoria del V Coloquio Internacional de Historia de Mujeres y Género en México. La historia desde el presente para el futuro: mujeres y roles de género de la Independencia a la Revolución Mexicana, México, Universidad Autónoma “Benito Juárez” de Oaxaca / Centro de Investigaciones y Estudios Superiores de Antropología Social (CIESAS), pp. 1-20. [Publicación Electrónica]
El 28 de mayo de 1864[1] llegó a costas mexicanas, procedente de Europa, una embarcación en la cual venían, seguramente cansados y ansiosos, los emperadores Maximiliano y Carlota. Su arribo fue inesperado para las autoridades civiles y militares del puerto, pues se creía que llegarían en el mes de junio, razón por la cual se ha dicho que la población local los recibió con frialdad. El regente imperial Juan Nepomuceno Almonte,[2] quien debía darles la bienvenida, se presentó hasta la tarde ante los nuevos monarcas, acompañado de su familia y una comitiva. El repique de las campanas anunció que La Novara fondeaba en las aguas mexicanas, y “los habitantes de Veracruz, amontonados en el muelle y en la plaza, o subidos en las azoteas y en las torres, contemplaron largo tiempo a la nave imperial”.[3]
El archiduque y su esposa fueron persuadidos de dejar el puerto lo antes posible, debido a la insalubridad del mismo, por lo que no desembarcaron sino hasta la mañana siguiente. Una comisión del Ayuntamiento de la ciudad los agasajó al pisar tierra y los emperadores subieron esperanzados y llenos de incertidumbre a un carruaje descubierto que debería transportarlos a la capital de sus nuevos dominios.
El gran momento había llegado, la noche del 19 de junio de 1864 tuvo lugar el primer gran baile oficial de los monarcas en el Teatro Imperial de la ciudad de México, ocasión en que se procedería a la presentación de los miembros más destacados de la política mexicana. Con estos actos arrancó una difícil etapa de la historia de México: el Segundo Imperio. El saldo sería doloroso en muchos sentidos aunque a la larga tuvo también frutos muy positivos. Desde una perspectiva de género, consideramos que bajo el gobierno de Maximiliano, se abrieron nuevos espacios para las mexicanas. Aquel mundo propiamente masculino permitió una participación, claro está, limitada, para algunas mujeres, quienes durante los tres años que duró el Imperio formaron parte de la vida cortesana. Aunque estuvieron inmersas en el entorno público, no por ello dejaron atrás su condición de madres y esposas. Por tanto, la corte unió a ambos sexos en una esfera donde debían convivir, pero en la cual ellas nunca representaron el mismo papel que los hombres.
La razón por la cual se emprendió esta investigación fue demostrar que su posición en tanto damas de la corte les permitió dar un significado político a sus tareas habituales, ya sea a través de la defensa de los intereses de sus maridos o por convicción propia. Las historiadoras Silvia Arrom, Josefina Zoraida Vázquez y Erika Pani[4] coinciden al afirmar que dicho fenómeno se ha repetido en las diversas guerras que se suscitaron a lo largo del siglo XIX, como el movimiento de Independencia o la intervención norteamericana, las cuales despertaron en el sentir femenino un ideal patriótico. La guerra, al modificar y afectar gravemente a la sociedad, provocaba que las mujeres dejaran el hogar y entraran a un entorno considerado propiamente masculino. Tal fue el caso de las conservadoras e imperialistas que formaron parte de la corte imperial en 1864.
De convites y barullos
La instauración de un imperio, conlleva implícitamente la adopción de un ceremonial público, esencial en todo gobierno monárquico como aquellos del Viejo Continente que eran el modelo a seguir para los mexicanos. La corte y sus rituales cívicos fueron rápidamente incorporados en forma estricta, lo que provocó comentarios y críticas muy diversas.
Las maneras propias de ciertos sectores medios y altos fueron modificándose conforme se celebraba gran número de tertulias, recepciones y bailes, que involucraron a parte de la sociedad. Sin embargo, tales modos no pervivieron más allá de los tiempos del Imperio. En epístolas y periódicos se hablaba de la magnificencia que rodeaba a la nueva monarquía; es así como algunos se sentían impresionados, unos más indignados, al creer, con cierta razón, que no se dejaban de cometer barbaridades al no estar las personas acostumbradas a participar en ese tipo de actos, desconociendo casi totalmente las formas cortesanas.[5]
El Estatuto Provisional del Imperio Mexicano, órgano legal expedido el 10 de abril de 1865, sirvió como guía de trabajo, de acuerdo a la cual se condujo la administración. Establecía una estricta jerarquización y las normas que imponía debían regir las relaciones entre los emperadores y sus súbditos. Estas reglas trataban de mostrar al pueblo mexicano el esplendor que representaban las instituciones imperiales.
Entre las personas que formaron la corte de los emperadores se encontraban familias de abolengo, que en la época colonial ostentaron títulos nobiliarios; otras que ya no poseían fortuna alguna fueron relegadas a un segundo plano, pues Maximiliano y Carlota “se limitaron a aquellos cuyos títulos veían acompañados de peso económico y social”.[6] Por otra parte, estaban los parientes de destacados intervencionistas como Juan Nepomuceno Almonte o José María Gutiérrez de Estrada, las de los ministros de Estado y las de los generales imperialistas. Numerosos extranjeros, tanto civiles como militares, ocuparon distintos cargos y desempeñaron un papel importante cerca de los emperadores. Asimismo, cuando la pareja imperial viajaba al interior del país, hacía nombramientos entre los notables de cada región con el objeto de establecer alianzas entre el Imperio y la aristocracia de los estados y territorios.[7]
Por otra parte, el citado estatuto reglamentaba cuidadosamente los servicios de honor y el ceremonial de la corte, los cuales “establecía[n] la precedencia por las categorías y reglamentaba[n] el servicio de la casa imperial”,[8] misma que se dividía en la del Emperador y la de la Emperatriz; ambas constituidas por distintos cargos jerarquizados. La Casa de la Emperatriz estaba dividida en dos grupos: el gran séquito que albergaba a las princesas imperiales —como Josefa, princesa de Iturbide, hija de Agustín, El Libertador— y a las grandes cruces de San Carlos. Y el pequeño séquito, en el cual se encontraban el gran chambelán de la emperatriz, la dama mayor de palacio, las damas de palacio y las damas de honor.
Gracias a las fuentes consultadas hasta la fecha, hemos podido comprobar que 75 damas mexicanas fueron designadas con diferentes jerarquías.[9] Se sabe que hubo una dama mayor, 72 damas de palacio y dos damas de honor, escogidas entre lo más granado de la sociedad. Sus nombramientos obedecían a distintos factores: ser esposas de empleados imperiales, de cortesanos o de familias con un alto poder económico. Otras tantas estaban casadas con personajes de importancia en la vida social, política o militar del país que no trabajaban para el gobierno, pero que eran adeptos a él. Revisando la lista de sus nombres, encontramos apellidos conocidos desde el periodo virreinal, algunos de los cuales llegan incluso a nuestros días. Suponemos que, si se les nombró, fue en la mayoría de los casos porque sus maridos tenían cierta importancia —por mínima que fuese— para la consolidación del Imperio. Sin embargo, encontramos casos excepcionales, como el de la señora Dolores Garmendia[10] que se encontraba casada con Pedro Elguero quien ocupó una serie de puesto de menor importancia a lo largo del mandato de Maximiliano.
Pese a los nombramientos de algunas extranjeras,[11] fueron en su mayoría mexicanas quienes desfilaron por el palacio imperial; éstas tenían la obligación de conocer perfectamente la reglamentación de su investidura y cumplir con las funciones a que ésta las comprometía, sin dejar a un lado la crianza de sus hijos y el cuidado de sus maridos. Quizá por ello, o como un privilegio más, “tanto las hijas como los hijos podían convertirse en miembros de la corte”.[12]
Estas mujeres, en su mayoría de la clase privilegiada, debían tener encantos personales y gran discreción; su origen social les debía brindar una gracia natural, inteligencia y prestigio, que otras no podían poseer. Sus funciones dependían de sus cargos; según el Reglamento para los servicios de honor y ceremonial de la Corte[13] escrito en 1865 por el emperador, la dama mayor de Carlota tenía a su cargo las presentaciones de las señoras mexicanas y extranjeras y estaba en obligación de cumplir lo establecido por el mismo documento en el caso de eventos diplomáticos, fiestas nacionales y cortesanas. Sin embargo, no podía vivir en el alcázar ni comer en él; comunicaba las órdenes de la emperatriz a las damas de palacio e informaba al gran chambelán cuáles eran las señoras que entraban y salían de servicio. En el desempeño de su cargo, ni la dama mayor, ni el resto podían comunicarse con la soberana, a menos que el asunto a tratar tuviera relación con el servicio y, en algunos casos, sólo era por escrito.
El número de damas de palacio, en cambio, era ilimitado; entraban de servicio cada ocho días y se relevaban durante la misa dominical. A diferencia de la dama mayor, contaban con una habitación en Chapultepec y acompañaban a la emperatriz en sus salidas; tenían la obligación de asistir a las fiestas en las que la soberana estuviera presente e iban con ella durante sus viajes.
Por su parte había dos damas de honor de las tres permitidas por el reglamento, cuya dignidad se diferenciaba de las de palacio porque sus tareas no eran honoríficas, sino que se retribuían por medio de un sueldo.[14]
Las labores que realizaban eran menores a las encomendadas a las damas de palacio, pero a su vez tenían que estar presentes en toda celebración y seguir muy de cerca el libro de protocolo que marcaba el programa de cada día. Eran realmente las más cercanas a Carlota, pues la asistían en sus actividades diarias. Debían ser de la confianza de la emperatriz, puesto que su convivencia era mayor que con ninguna otra dama. En Europa, desde tiempos remotos, este cargo simbolizaba poder para quien lo desempeñaba, pues no había honor más grande que acceder a los recintos privados del monarca y a su real persona.
Pese a esta posición subordinada, las mujeres que ocuparon puestos en la corte ampliaron sus espacios de expresión y presencia en el escenario público. No significa que el rol por ellas desempeñado, se hubiera transformado totalmente, ya que seguían conservando el estereotipo tradicional. Sin embargo, su función cortesana les permitió una mínima colaboración en los acontecimientos políticos del momento. Lo que motivó este pequeño, pero significativo cambio, fue que la intervención francesa y el Segundo Imperio fueron periodos de crisis; se ha visto que, en casos así, la mujer suele adaptarse a las circunstancias del momento, como sucedió durante la Guerra de Independencia y las diversas invasiones armadas que sufrió México a lo largo de la primera parte del siglo XIX. De ahí que las mujeres decimonónicas más conocidas y estudiadas correspondan a estos procesos históricos.
Las damas de Carlota
La relación entre la emperatriz y sus damas no fue del todo fácil, pues la formación de Carlota chocaba con las ideas tradicionales de su séquito. Sobre el elevado nivel educativo de la emperatriz, se ha dicho que “conocía seis o siete idiomas que hablaba correctamente, entre ellos el latín y conocía el arte de la navegación”.[15] Educada para gobernar por su padre Leopoldo I —quien también instruiría a su sobrina Victoria, reina de Inglaterra—, la emperatriz de México tenía conocimientos históricos, literarios, políticos y jurídicos, a la altura de los de cualquier hombre ilustrado de la época.
El contraste con las damas mexicanas era grande, debido principalmente a que la princesa belga era un caso fuera de lo común en cuanto a su carácter y formación. El interés de Carlota por saber y descubrir la historia mexicana le dificultaba la conversación con sus damas, que poco sabían de su propio país; a este problema se aunaba su desmedido orgullo, propio de una princesa, que le ganó la antipatía de sus colaboradoras. Concepción Lombardo, esposa del general Miguel Miramón, hacía eco de los prejuicios de la época cuando, años después, recordaba la personalidad de la emperatriz: “Probablemente los grandes estudios que había hecho aquella señora, y que son superiores a la capacidad de la mujer, lastimaron su cerebro”.[16] Una opinión similar tuvo la estadounidense Sara Yorke Stevenson, quien conoció a Carlota durante esos años. En su opinión la soberana
era reservada, algo carente de tacto y adaptabilidad; y [de] una notoria altivez de comportamiento, una dignidad demasiado consciente de sí misma, al principio repelía a cuantos estuviesen dispuestos a sentir simpatía por ella. Es más que plausible que bajo esta orgullosa apariencia, escondiese un espíritu en sufrimiento, o, al menos, la conciencia de una superioridad que debía desvanecerse por sí misma.[17]
Había, por tanto, una gran distancia entre su formación y la de la mayoría de las mujeres mexicanas de alcurnia, que estaban educadas para el buen funcionamiento del hogar. Empero, a pesar de su inteligencia y preocupación por gobernar dignamente, al igual que ellas, la emperatriz tuvo que reprimir sus deseos e inquietudes y acatar las disposiciones de su marido.
Estas desigualdades se vieron reflejadas, principalmente en la educación adquirida por las damas de la corte. Aunque en su mayoría habían nacido en familias aristócratas, su formación fue precaria. Como no hallamos registros sobre sus infancias e instrucción, desconocemos el grado de educación que tuvieron las mexicanas que la sirvieron y de qué tipo fue ésta; lo que sí podemos suponer es que debió parecerse a la descrita por Concepción Lombardo en sus memorias. Ésta refiere que asistió a una escuela de amigas donde le enseñaron las primeras nociones de lectura, escritura, catecismo y manualidades. Algunas otras pudieron sumar a esta educación elemental conocimientos más amplios a través de clases privadas, muy al estilo de las jóvenes con amplios recursos económicos e inquietudes culturales, ya sean familiares o propias.
Entre aquellas que estaban por encima de la media encontramos a la dama de honor Concepción Plowes, quien fundó una escuela para señoritas, con sus propios recursos, de la cual fue directora y su hija profesora.[18] Concepción Sánchez de Tagle[19] sabía tocar el piano, mientras que Josefa Aguirre[20] aprendió francés, quizá para adaptarse a las circunstancias durante el Imperio, idioma que Dolores Quesada[21] dominaba a la perfección. Ésta última, al igual que Josefa Varela[22] y Josefa Cardeña,[23] se hizo notar por su clara inteligencia. En contraste, Carlota había cultivado las artes políticas y científicas que harían de ella una emperatriz. La princesa belga además de dominar varios idiomas, era aficionada a la lectura de autores como Plutarco, tocaba magníficamente el piano, sabía de pintura, filosofía, cálculo e historia. Es obvio que con todas estas características existieran grandes diferencias con las mexicanas de su corte. Podemos entonces entender el porqué de los continuos roces con sus damas. La monarca había sido educada con el fin ulterior de convertirse en reina, en cambio, las mujeres que la rodearon carecían de todo el cúmulo de conocimientos que la caracterizaron, haciendo que la brecha existente entre ellas fuera cada vez mayor.
Ahora bien, Carlota tuvo mayor poder de lo que le estaba permitido en la época a una soberana consorte, pues su marido confiaba en sus habilidades para ayudarlo a dirigir los asuntos políticos. Sin embargo, hacia finales de 1865, se fue retirando poco a poco del poder y por ende, sus obligaciones femeninas se incrementaron hasta su partida de México en 1866. Del mismo modo que sus damas, la princesa belga, tampoco pudo hacer a un lado su condición de género, a pesar de haber sido una mujer sumamente preparada para su época.
Asimismo, la relación que las damas entablaron con su emperatriz no siempre fue cordial, pues aunque Carlota pensaba que algunas de ellas eran ingeniosas, le molestaba su falta de discreción. El lugar que ocuparon las mujeres en la corte dependió, en gran medida, del trato que entablaron con la soberana; algunas pasaron casi desapercibidas, mientras que otras contaron con la proximidad, e incluso, la amistad de la princesa. Afortunadamente podemos conocer el sentir de la emperatriz hacia algunas de ellas, pues tenía gran simpatía por Faustina Gutiérrez de Estrada[24] y por Concepción Plowes, mientras que demostró su confianza a Dolores Quesada al enviarla como su representante a Europa y al amadrinar a sus familiares. Suponemos que muchas otras quisieron ganársela por medio de un sinfín de acciones, pero en realidad muy pocas lo consiguieron. A Carlota le gustaba rodearse de personas que tuvieran sus mismas inquietudes, por lo que sólo algunos miembros de su séquito pudieron gozar de su camaradería; además, su particular idea sobre lo femenino provocó que muy pocas damas pudieran encajar en sus estándares.
Las damas en la corte
Las damas de la corte no constituyeron un grupo homogéneo per se. Un sinnúmero de factores las diferenciaban entre sí. De los casos conocidos hasta la fecha sabemos que la mayoría estaban casadas, muy pocas eran viudas y algunas cuantas solteras. Al ver esta pluralidad, podemos asegurar que hubiera sido imposible encasillarlas en una descripción común. De este modo, podríamos asegurar que, pese a lo que recurrentemente se ha escrito, no todos los integrantes de la corte imperial eran miembros de las antiguas familias novohispanas que anhelaban el regreso de la monarquía, sino un grupo bastante heterogéneo formado por hombres y mujeres de distintos estratos e ideologías diversas. Unos apoyaron al imperio por convicción política y, la mayor parte, por necesidad económica. Otra importante causa estaba relacionada con la restitución de los títulos nobiliarios.
Las mujeres que constituyeron el séquito de Carlota, oscilaban entre los 20 y más de 40 años de edad. No obstante, la carencia de información nos muestra que la invisibilidad de las mujeres era tal que, aquellos datos que en el caso de los hombres son elementales para desarrollar una biografía, en ellas son prácticamente imposibles de descubrir.
Las posibilidades económicas de estas mujeres eran muy variadas. Mientras que algunas de las damas de la corte, sin ser nobles, vivieron llenas de lujos y ausentes de preocupaciones por su nivel adquisitivo, otras tantas conservaron las riquezas adquiridas gracias a sus antiguos títulos nobiliarios. Sin embargo, existió un tercer grupo que carecía de fortuna, pero que por ser esposas de prominentes funcionarios públicos, participó en el ámbito cortesano aun en medio de sus carencias.
Los maridos de las últimas constituyeron un sector de políticos distinguidos y de militares de altos mandos que decidieron apoyar al Imperio, a diferencia de los consortes de las demás, que fueron acaudalados propietarios que vieron en el régimen el modo idóneo para conservar o incluso incrementar sus fortunas. Pero, dado que en toda regla hay una excepción, hubo casos de familias que habían perdido sus bienes tras los avatares de la primera parte del siglo XIX, como sucedió hacia mediados de la centuria con los marqueses de Vivanco, pese a que conservaron sus títulos nobiliarios y propiedades.
El costo económico que implicó el apoyo a la causa imperial menguó el escaso patrimonio de familias como la de Josefa Aguirre, puesto que la manutención de más de media docena de hijos, los gastos que les implicaba la corte, el mantenimiento de Ignacio Aguilar y Marocho en el extranjero y la tardanza del gobierno en ministrar los pagos de los sueldos les implicaron hacer esfuerzos sobrehumanos para sobrevivir los años que duró el Imperio.[25] En cambio, el régimen benefició a las mujeres que ocuparon el puesto de dama de honor, pues sus servicios, a diferencia del resto, fueron remunerados y sus gastos absorbidos por la corte. El hecho de recibir un sueldo evitó que Josefa Varela y Concepción Plowes tuviesen que emplearse en oficios que generalmente desempeñaban otras capas de la sociedad. La corte abrió entonces un espacio simbólico para quienes, no perteneciendo a la clase baja, tampoco tuvieron recursos para sostenerse por su cuenta.
Por su parte, podemos asegurar que los nombramientos de las damas estuvieron estrechamente relacionados con la importancia de sus maridos o parientes durante el régimen, puesto que estas mujeres fueron seleccionadas para formar parte de la Casa de la Emperatriz por diversos factores. En primer lugar, porque en su mayoría estuvieron casadas o tenían algún parentesco[26] con funcionarios imperiales de primer orden, con cortesanos, o bien, con individuos provenientes de familias con un alto nivel económico. En segundo lugar, por ser mujeres de políticos y militares menores y, por último, por tener características especiales como Concepción Plowes, quien siendo viuda obtuvo el cargo por haber estado casada con un general conservador, y Josefa Varela por ser indígena.
También existió otro medio por el cual algunas mexicanas sobresalieron del resto: las condecoraciones femeninas. Estas medallas fueron obsequiadas a quienes realizaron actos de caridad, abnegación y desprendimiento. Durante el Segundo Imperio, se restituyeron las obras pías que habían desaparecido en la década de los cuarenta. Carlota organizó un sistema de casas de beneficencia que fue dirigido por parte de su séquito. Algunas de las mujeres que desempeñaron el cargo de damas obtuvieron dicho reconocimiento; como Faustina Gutiérrez de Estrada, gracias a sus obras de caridad en el estado de Campeche o Dolores Quesada y Concepción Plowes, por ayudar a los desposeídos. Josefa Cardeña fue un caso sui géneris, pues conquistó tanto la Pequeña Cruz como la Gran Cruz de San Carlos por los méritos y servicios prestados durante el régimen.
La participación política de las damas
Las actividades políticas femeninas tienen una estrecha relación con las opciones que se presentan en un momento determinado; sin embargo estas alternativas se topan con grandes limitaciones. Por lo demás, apoyamos la tesis que presenta la investigadora Asunción Lavrin en la que indica que la definición de lo que es político requiere flexibilidad para adaptarse a las diferentes épocas y circunstancias, ya que en el caso de las mujeres, las acciones políticas a lo largo de la historia se encuentran ejemplificadas en las demostraciones callejeras, en la manipulación de la política regional o en la búsqueda del apoyo popular para un esposo o pariente que sustenta el poder.[27] Es importante destacar que, varios grupos femeninos decimonónicos participaron de forma activa en los momentos de crisis a través de diversas actividades. Durante la Guerra de Independencia, parte de este sector estuvo consciente de las acciones que iba realizando a lo largo del conflicto; su postura frente al enemigo, ya fuera realista o insurgente, le abrió un sitio dentro del quehacer político nacional por medio del contrabando de armas, la seducción a las tropas, la atención a los soldados, la redacción de propaganda proselitista, la colecta de fondos, el espionaje y la organización de tertulias.
Hablamos de la Independencia en particular porque fue la época en la que tenemos un mayor registro de actuación de este género; sin embargo, hemos visto que, a mediados del siglo XIX, las luchas armadas y la continua inestabilidad del país permitieron que nuevos espacios fueran ocupados por mujeres de todas las clases sociales, como fue en el caso de la guerra de Reforma, durante la cual apoyaron al clero y a la religión católica, paralelamente, revaloraron la importancia familiar y social. También las funciones que desempeñó el séquito femenino en la corte imperial, fueron constancia de su activa participación pública.
El Segundo Imperio Mexicano abrió un nuevo espacio de expresión para el sector femenino, pues mujeres de todas las posiciones económicas y fracciones políticas, tanto conservadoras como imperialistas, formaron el séquito de la emperatriz Carlota. Las funciones desempeñadas y la manifestación de sus ideales permitieron dar significado político a su papel tradicional.
La pregunta sería: ¿cómo lo hicieron? Unas, a través de sus maridos y otras por sí mismas. Sin embargo, dentro de las pertenecientes al primero de estos grupos, sólo algunas destacaron por su papel, mientras que el resto quedó —casi siempre— en el anonimato. Fueron presas de la invisibilidad, puesto que pocos fueron los documentos hallados donde ellas hablaran de los acontecimientos de su entorno o manifestaran sus pensamientos al respecto. Señalaremos entonces cuáles sí se destacaron en este sentido: Faustina Gutiérrez de Estrada informaba a la emperatriz sobre los avances en las obras públicas encargadas por ésta tras su viaje a la península de Yucatán.[28] Del mismo modo, trató de utilizar su nombramiento para que su marido obtuviera ciertas concesiones en su estado natal, Campeche, puesto que el señor Arrigunaga deseaba, entre otros, el permiso para la construcción de las líneas férreas en aquellas tierras.[29] Faustina es un claro ejemplo de las mujeres que, a través de sus cónyuges, ejercieron un papel político.
A su vez, su prima Manuela Gutiérrez de Estrada, marquesa del Apartado, consciente de su protagonismo dictó, en 1895, sus memorias al barón Karl Von de Malortie.[30] Esta señora supo que los sucesos que presenció fueron importantes para la Historia de nuestro país, por lo que no perdió la oportunidad de figurar en éstos por medio de su relato. Por último, Dolores Quesada fue el caso más significativo, ya que su puesto como dama mayor le permitió mantener una estrecha relación con Carlota, aun antes de que ésta arribara a suelo mexicano, además de haberse convertido en el vínculo entre la emperatriz y el ministro Almonte. En 1866 fue comisionada para establecer contacto con Eugenia de Montijo y las familias nobles más prominentes de Francia, cometido que la convirtió en vocera de la princesa belga frente a los monarcas franceses.[31] Estas tres mujeres fueron conscientes del papel que desempeñaron en el Imperio, principalmente dentro de la corte, y supieron utilizarlo a su favor en casi todo momento.
Caso aparte merecen otras damas. Debemos hablar de Josefa Varela, quien aprovechó su origen racial como instrumento para ocupar un lugar en el séquito, aparte de hacer uso de su inteligencia, de la cual varios autores hablan, para ganarse la confianza de la emperatriz. Aunque no hubiera influenciado en las decisiones legislativas del Imperio, pues los emperadores crearon una serie de decretos a favor de las comunidades indígenas y el campo por iniciativa propia y no gracias a su figura, sí favoreció la imagen nacionalista que los monarcas querían mostrar a la opinión pública a través de la corte.[32]
Por su parte, Concepción Plowes hizo evidente su firme convicción política al ofrecer en prenda a los hombres de su familia en pro de la causa imperial. En el mismo tenor dos damas más: Josefa Aguirre dio muestra de su clara lealtad al manifestar que el Imperio la había sacado del retiro y la oscuridad en que vivía,[33] y la misma Dolores Quesada, en carta al ministro de Relaciones Exteriores, José Fernández Ramírez, puso de manifiesto el evidente apoyo al Imperio por parte de su familia, justificando tanto la actuación de su marido como la de sí misma. Protestó enérgicamente por la falta de comprensión hacia los monarquistas, quienes, con sus acciones, sólo buscaban hacer un bien a su patria.[34] De esta forma, vemos como algunas de las damas de la corte utilizaron al Segundo Imperio para obtener favores, manifestar sus ideas políticas, apoyar a sus maridos en el desempeño de sus funciones, defender el bienestar de sus familias y participar en obras de beneficencia. Todos éstos eran signos de transformación de valor simbólico, al convertir sus papeles tradicionales, al menos por unos años, en políticos.
Esto no era nuevo, ya que desde varias décadas atrás, las mujeres solían manifestar públicamente sus ideas políticas, aunque en la mayoría de los casos no se les estuviese permitido. Fanny Calderón de la Barca aseguraba en su correspondencia que casi todas las mexicanas estaban bien informadas al respecto; no obstante, esa situación, por influyente que fuera, representaba sólo una participación indirecta en los asuntos oficiales, cosa que con las damas de la corte cambió, pues algunas de estas tuvieron un vínculo directo con los acontecimientos.
A raíz de la instauración del Segundo Imperio, una parte, aunque mínima, del género femenino dejó de trabajar tras bambalinas para intervenir de forma activa. Tan evidente fue, que algunos periódicos de la época pensaban que ellas no debían meterse en cuestiones de política, que solamente concernían a los hombres. Sin embargo, lo hicieron muy a pesar de la opinión de estos diarios.
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Wallach, Joan Scout, “El problema de la invisibilidad”, en Carmen Ramos Escandón (comp.), Género e Historia: la historiografía sobre la mujer, México, Instituto Mora / UAM, 1992, pp. 38-65.
Weckmann, Luis, Carlota de Bélgica: Correspondencia y escritos sobre México en los archivos europeos (1861-1868), pref. Emile Vandewoude, México, Porrúa, 1989.
[1] Guillermo Prieto, Lecciones de historia patria, México, INBA / SEP / SEGOB, 1986, p. 413; José Manuel Hidalgo, Proyectos de monarquía en México, México, Jus, 1962, pp. 161-162, entre otros.
[3] De Miramar a México. Viaje del Emperador Maximiliano y de la Emperatriz Carlota, desde su palacio de Miramar cerca de Triste hasta la capital del Imperio Mexicano, con relación de los festejos públicos con que fueron obsequiados en Veracruz, Córdoba, Orizaba, Puebla, México, y en las demás poblaciones del Tránsito, Orizaba, Impr. de J. Bernardo Aburto, 1864, p. 56.
[4] Para consultar con detenimiento las tesis expuestas por dichas investigadoras consultar: Josefina Zoraida Vázquez, “Algunas consideraciones sobre la mujer en el siglo XIX” en Patricia, Galeana, (comp.), Seminario sobre la participación de la mujer en la vida nacional, México, DGIA / UNAM, 1989, pp. 53-69; Silvia Marina Arrom, Las mujeres en la ciudad de México, 1790-1857, México, Siglo XXI, 1988 y Erika Pani, “’Diez pesos a un zapatero / le doy si sabe coser / la boca de mi mujer...’: Las mujeres del Imperio y la prensa mexicana”, en Susanne Igler y Roland Spiller (eds.), Más nuevas del Imperio. Estudios interdisciplinarios acerca de Carlota de México, Madrid, Iberoamérica / Fronkfurt am Maum / Vervuert, 2001, pp. 16-25.
[5] Ignacio Algara y Gómez de la Casa, La Corte de Maximiliano: Cartas de don Ignacio Algara que publica por primera vez por..., México, Polis, 1938, p. 30. Sin embargo, no debemos olvidar que las maneras cortesanas habían llegado a la Nueva España a partir de la instauración del Virreinato y que después fueron retomadas por el Imperio de Iturbide; por lo que no podemos decir que fuesen desconocidas para los mexicanos.
[6] Erika Pani, “El proyecto de Estado de Maximiliano a través de la vida cortesana y del ceremonial público”, en Historia Mexicana 178, COLMEX, vol. XLV, núm. 2, México, oct-dic 1995, pp. 423-460, p. 427.
[8] Antonio García Cubas, El libro de mis recuerdos. Narraciones históricas, anécdotas y de costumbres mexicanas anteriores al actual estado social, México, Porrúa, 1986, p. 658.
[9] Durante la época colonial, las damas de la corte abarcaban sólo una pequeña parte del séquito virreinal, siendo escasamente de diez a 15 mujeres, a diferencia del Segundo Imperio Mexicano en el que, como podemos comprobar, eran bastante más.
[10] Dolores García Aguirre Garmendia fue nombrada dama de palacio a la llegada de los emperadores a la ciudad de México. La adición de su familia al régimen los orilló a partir rumbo a Francia en 1867. Cecilia Alfaro Gómez, “Las damas de Carlota. El papel de la mujeres bajo el Segundo Imperio”, Tesis de Licenciatura, FFYL / UNAM, 2006, pp. 77-79.
[11] Paula Grafin Kollonitz, Donna Giustina Ruffo Castelcicala, marquesa de Corio, la condesa Marie Melanie de Zichy, Gertrudis Enríquez y Rosa Obregón, estas dos últimas casadas con mexicanos y con residencia en este país.
[12] Bonnie S. Anderson y Judith P. Zinsser, Historia de las mujeres: una historia propia, trad. Beatriz Villacañas, Barcelona, Crítica, 1992, vol. 2, p. 29.
[13] Maximiliano de Habsburgo, Reglamento para los servicios de honor y ceremonial de la Corte, México, Impr. de J. M. Lara, 1866.
[14] Es importante aclarar que en otras monarquías existían también las damas de servicio, las cuales sustituían el cargo de las de honor.
[17] Sarah Yorke Stevenson, Maximilian in México. A woman’s reminiscences of the french intervention, 1862-1867, New York, The Century Co., 1899, p. 224. (La versión original del texto citado es: “She, however, was reserved, somewhat lacking in tact and adaptability; and a certain haughtiness of manner, a dignity too conscious of itself, at first repelled many who were disposed to feel kindly toward her. It is more than likely that under this proud mien she concealed a suffering spirit, or, at least, the consciousness of a superiority that must efface itself”).
[18] [s.a.], “Nuevo colegio para niñas”, en Diario del Imperio. Periódico Oficial del Imperio Mexicano, México, Impr. de J. M. Andrade y F. Escalante, vol. 5, jueves 21 de febrero de 18 67, pp. 141-142; Lourdes Alvarado, “La educación ‘superior’ femenina en el México del siglo XIX. Demanda social y reto gubernamental, México, CESU / Plaza y Valdés editores / UNAM, 2004, pp. 134-135, 218; [s.a.], “Gacetilla exámenes”, en El Ferro carril. Diario Popular, Político, Literario y Mercantil, México, J. Rivera y Ríos editor, viernes 8 de noviembre de 18 67, p. 2.
[19] Esposa de José Adalid chambelán de la corte.
[20] Su marido Ignacio Aguilar y Marocho fue uno de los más connotados conservadores de su época. En tiempos del Imperio fungió como comisionado en Miramar, notable y ministro plenipotenciario ante la Santa Sede y España.
[21] Mujer del ministro de la Casa Imperial Almonte.
[22] Josefa Varela de origen indígena y nacida en Texcoco, fue de las pocas solteras del grupo.
[23] Esposa del general José Mariano Salas quien se desempeñó como regente del Imperio, notable y director de la Imperial Casa de Inválidos a partir de 1864.
[24] Esta yucateca fue hija de José María Gutiérrez de Estrada uno de los monarquistas más prominentes de su tiempo y esposa del empresario Manuel de Arrigunaga.
[25] Para más información revisar la correspondencia encontrada en los fondos Manuscritos de Ignacio Aguilar y Marocho y Manuscritos de María Aguilar localizados en el Centro de Estudios de Historia de México CARSO.
[26] De entre las damas de palacio se encontraban la hija y las sobrina de José María Gutiérrez de Estrada; la nuera y la mujer del marqués José María Rincón Gallardo; la hermana y la esposa de Felipe Neri del Barrio, marqués del Apartado, entre otras.
[27] Asunción Lavrin, “Algunas consideraciones finales sobre las tendencias y los temas en la historia de las mujeres latinoamericanas”, en Asunción Lavrin (comp.), Las mujeres latinoamericanas: perspectivas históricas, México, FCE, 1985, pp. 347-379, pp. 360-361.
[28] Luis Weckmann, Carlota de Bélgica: Correspondencia y escritos sobre México en los archivos europeos (1861-1868), México, Porrúa, 1989, pp. 81, 88.
[29] Sánchez Novelo señala que fue Luis Robles Pezuela, ministro de Fomento, quien “recomendó” al comisario imperial José Salazar Ilárregui que fuese el proyecto de Arrigunaga y socios el que se aprobara y no otro. Las exorbitantes pretensiones del empresario yucateco hicieron que Ilárregui volviera a consultar al funcionario para saber si aún así debían aprobar el proyecto. Robles Pezuela “reiteró su veredicto”, aunque marcando algunas restricciones. Faulo Sánchez Novelo, Yucatán durante la intervención francesa (1863-1867), Mérida, Maldonado editores, 1983, pp. 122-123
[30] Bon Karl von Malortie (1838-1899) había sido agregado de la legación de Hannover en Berlín; en 1865 acompañó a México al conde Francisco Thun, posteriormente vivió en París, en Inglaterra y en Egipto. Escribió Twixt old times and new en 1890, y su segunda parte, a la que tituló Here, there and everywhere en 1895, además de numerosos estudios del tiempo de los welfs (familia principesca alemana del siglo IX d.c.) y trabajos históricos sobre a cerca de Egipto y nuestro país. Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo Americana, Madrid, Espasa-Calpe, 1966, vol. 32, p. 547.
[33] Centro de Estudios de Historia de México CARSO, Manuscritos Ignacio Aguilar y Marocho, fondo IX-1, carp. 1, leg. 104, 21 de junio de 18 64.
[34] Genaro García, “Correspondencia secreta de los primeros intervencionistas mexicano. El sitio de Puebla en 1863. Causa contra el General Leonardo Márquez”, en Documentos inéditos o muy raros para la historia de México, México, Porrúa, 1972, pp. 266-267.

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