martes, 10 de enero de 2012

De machos, héroes, afeminados y otros tantos mexicanos. Estudio historiográfico sobre las masculinidades en los siglos XIX y XX




Publicado en: Graffylia. Revista de la Facultad de Filosofía y Letras, Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, año 6, no. 10, primavera 2009, pp. 133-144.

[1]
En las últimas décadas se ha manifestado un gran interés por el estudio de las masculinidades. Tanto la psicología como la sociología y la antropología han presentado sus opiniones al respecto; sin embargo, en el ámbito histórico el tema aún es reciente. Casi todos los autores coinciden en que este tipo de análisis aun se encuentra incompleto. Hablar de masculinidad es adentrarse en un debate acerca de sistemas de conocimiento, enfoques metodológicos y fuentes de diversa índole. Por tanto, no podemos hablar de un concepto concreto, ni de una división temática exacta, sino de una serie de posibilidades sobre el cómo abordarlo.
En los libros y artículos que se presentarán a continuación se hace patente la gama de problemáticas y posibles soluciones que sobre el tema encontramos en el ámbito histórico de nuestro país a partir de los últimos vente años. Sabemos que en el extranjero ya existe una considerable cantidad de trabajos y que, en el caso de México, aquellos que han escrito al respecto suelen utilizar la división temporal histórica común, es decir, periodo colonial y siglos XIX y XX. No localizamos prácticamente nada sobre Mesoamérica, aunque no descartamos la posibilidad de que existan, quizá en mayor número, como estudios arqueológicos o antropológicos. Aunque es importante aclarar que este trabajo se enfocará exclusivamente a la historia contemporánea.
Sobre el material que se revisó podría decir que, de forma general, encontré una gran cantidad de análisis historiográficos, los cuales se ocupan del concepto de masculinidad y de la metodología empleada para su desarrollo; otros tantos son investigaciones de caso, que comprenden desde la primera República Federal hasta la década de los años 70 del siglo XX. A continuación presentaré un esbozo de mis descubrimientos.

1. Estudios metodológicos
Masculinidades, de R. W. Connell, (Connell, 2003) es una de las obras más importantes a considerar en cuánto al estudio de este tema. Con el objeto de mostrar la historia de las masculinidades en el contexto mundial, la autora nos proporciona un nuevo enfoque al respecto: analiza inicialmente aquello que ha sido escrito en el siglo XX, haciendo una investigación que va desde el psicoanálisis hasta la sociología. A partir de esto, muestra una serie de estudios de caso que sirven para dar respuesta a las interrogantes que surgen a partir de sus razonamientos. Finalmente examina la historia global de la masculinidad durante las últimas centurias y sus políticas en Occidente.
Para Connell, el género es una práctica social que se encuentra configurada por la feminidad y la masculinidad. Es imposible que estas experiencias simbólicas puedan existir la una sin la otra. Por tanto, la autora crea un modelo de estructuración que permitirá reflexionar acerca del tema a tratar. El poder, la producción, la catexis o vínculos emocionales se unen a la raza, los estratos sociales y la nacionalidad para así llegar a comprender la actuación de los hombres en la sociedad. De este modo indica que existen masculinidades múltiples que siempre se encuentran interactuando. El enfoque propuesto por Connell es dinámico, pues su interés inmediato está relacionado con la forma en que los hombres establecen relaciones de género con sus semejantes y con las mujeres.
En el transcurso de sus investigaciones, R. W. Connell descubrió que existen varios modelos de masculinidad, sobresaliendo la llamada hegemónica, la cual engloba a los grupos dominantes de hombres que sustentan el poder e interactúan con la masculinidad de subordinación, la de complicidad y la marginada. Es evidente que todas ellas dependen de la hegemónica para su existencia. También habrá que aclarar que la continua movilidad a la que se ven sujetas las obliga a cambiar continuamente y, en ocasiones, a transformarse o crear alguna nueva.
Es así como, a través de la descripción conceptual, la investigadora nos explica cuáles fueron los eventos que propiciaron la generación de la masculinidad a nivel mundial. El desenvolvimiento de ciertos acontecimientos históricos fue determinante en la aparición de nuevos modelos de masculinidad. En el siglo XVI surge el capitalista incipiente con una marcada tendencia al racionalismo, la era imperial crea al conquistador, el individualismo y el crecimiento urbano al protestante y el absolutismo al caballero; sin embargo, será el siglo XVIII el que dé a conocer la masculinidad hegemónica a través de la figura del aristócrata. Por desgracia, estos grupos no han atraído la atención de la mayoría de los historiadores de género (Connell, 2003: 265).
Finalmente puedo deducir que el estudio de las masculinidades en Connell se presenta como una estructura compleja, derivada del género y donde sus diferentes modelos interactúan y se transforman continuamente.
En México, Ana Amuchástegui se preocupa por la interpretación construccionista del conocimiento en su obra La navaja de dos filos: una reflexión acerca de la investigación y el trabajo sobre hombres y masculinidades en México (Amuchástegui, 2001: 102-125). A través de una reflexión teórica, política y metodológica sobre el proceso de interacción en la producción de textos sobre las experiencias del ser hombre, Amuchástegui propone un modelo mexicano de interpretación, en el cual se produzca una historia más sistemática sobre la masculinidad. Para la escritora, este tipo de propuestas se encuentran, más que enfrentadas, íntimamente relacionadas con el movimiento feminista, como fue el caso de los estudios estadounidenses (Amuchástegui, 2001: 108). Entonces, ¿cuáles son las temáticas propuestas para tal caso? Hasta el momento la autora no nos lo aclara, pero indica que los aspectos políticos y activistas deberán tomar nuevos enfoques; ahora la interacción con el sexo opuesto y las posiciones de poder deberán ser los principales puntos a analizar.
Al mismo tiempo, la autora confronta las teorías de Kenneth Clatterbauch con las de Connell referentes al término estudiado, diciendo que para ellos la masculinidad es un concepto compacto que en realidad se muestra vacío; por ello, indica que se debe hacer un análisis de género que tome en cuenta las diferencias más que las similitudes. A mi parecer, esa propuesta ya había sido manifestada en los estudios de Connell así que… ¿cuál es entonces la novedad? Creo que su contribución a los estudios de masculinidad en México es la siguiente: Amuchástegui confía en que los estudios recientes no se dediquen a identificar nuevos modelos de masculinidad, sino que demuestren una plena comprensión de ésta como un proceso social determinado.
Por otra parte, Nelson Minello también nos habla del concepto de masculinidad en dos artículos publicados en el 2002 por El Colegio de México. El primero de ellos, Masculinidad/es: un concepto en construcción (Minello, 2002a: 11-30), aborda las diversas corrientes que se abocan a dicho estudio, tal y como lo hizo Connell en su libro. Minello descubre que, además del abordaje psicológico y social, el histórico permite ver el cambio y la permanencia de las estructuras femeninas y masculinas; todo ello lo descubre a través de la revisión de las obras de Michael Kimmel, Peter Filene, Anthony Rotundo y el propio Connell.
Su gran influencia connelliana lo hace estructurar y llegar a conclusiones muy parecidas a las expuestas en Masculinidades, pero también toca un punto importante a mi gusto: Minello cree que es necesario realizar un mayor número de investigaciones mediante estudios de caso, mismas que comprendan los aspectos materiales y simbólicos respecto al cuerpo, el tiempo histórico, la mujer y la individualidad psicológica. Dichos aspectos deberán ser examinados a través de categorías heurísticas, tales como las históricas, literarias o artísticas. Más adelante veremos como estos conceptos se llegaron a aplicar en otros ensayos.
En Los estudios de masculinidad (Minello, 2002b:715-732) Minello toma como base la teoría propuesta por Connell para contextualizar su trabajo. Para él, la masculinidad es inconcebible sin su contraparte, la feminidad; por ello propone una investigación global aunque, a la vez, acotada. Gracias a las obras que ha revisado a lo largo del tiempo, el autor tiene una idea muy clara de lo que no debe ser un análisis de este tipo. En primer lugar, no suelen estar claramente establecidas las dimensiones, variables e indicadores; en segundo término, las investigaciones sustentadas en un análisis social de género, presentan algunos problemas porque este tipo de estudio también se encuentra en construcción; en tercer lugar, debe considerarse a la masculinidad como una herramienta analítica y no sólo como un concepto empírico. Por tanto, el autor considera que los estudios de masculinidades no han conformado aun “una suficiente ‘masa crítica’ para provocar la reacción en cadena que permita la elaboración de una teoría (o varias)” (Minello, 2002b:715).
A continuación abordaremos a los autores que se han dedicado a hacer historia de los hombres en México; presentaremos obras referentes al Porfiriato, la posrevolución y los años posteriores a ésta, escritas entre 1997 y 2007, todas ejemplificando diferentes formas de masculinidad.

2. El patriarcalismo ético
Exploraciones históricas sobre la masculinidad (Miranda, 1997:207-247), de Roberto Miranda Guerrero, es un ensayo atemporal que se ocupa de los diferentes estereotipos masculinos a lo largo de la historia. Su cometido es dar a conocer la forma como se fue construyendo la idea del patriarcalismo ético como un modelo de masculinidad, para lo cual se remonta a autores como Santo Tomas, fray Antonio Arbiol, Max Weber e Ignacio Manuel Altamirano, entre otros. Según Miranda, el patriarcado ha ido cambiando a lo largo del tiempo, pues la masculinidad representada en la figura del conquistador (abierto a demostrar sus sentimientos hacia la humanidad y a Dios, defensor de su honor y expositor de su pasión sexual hacia las mujeres), fue sustituida por la del patriarcalismo ético que, en el siglo XIX, se expresa a través del control de la sexualidad, la defensa del honor como virtud y la creación del padre proveedor, varón con poder de decisión, defensor de la moral y de una conducta pública intachable: en pocas palabras, el hombre del romanticismo representado en las novelas de Altamirano. Dicho modelo sólo pudo darse entre los grupos medios intelectuales y pervivió hasta los años 50 del XX; empero, los hombres que no pudieron alcanzarlo tuvieron que convertirse en representantes de su contraposición: el machismo.
En 2006, Miranda pone en práctica su patriarcalismo ético pero, esta vez, sustentado en Connell a través de la masculinidad hegemónica. La vida de un obrero y la construcción de la masculinidad (1890-1940) (Miranda, 2006:299-321), es un estudio de caso basado en el archivo personal de Amado Hernández, trabajador de la industria metal-mecánica en Jalisco. Su autor sostiene que la masculinidad es un proceso y no una construcción acabada porque depende de las etapas del ciclo de la vida y de las relaciones de los hombres con sus familias y el mundo laboral. Además, indica que en México aun no existen “argumentos sólidos sobre los modelos hegemónicos de masculinidad” pues “no están claros la trayectoria histórica ni el peso que el modelo tuvo en cada grupo social” (Miranda, 2006:316). Gracias a este trabajo, Miranda abrió el camino a la construcción de las masculinidades en México.
En un gran esfuerzo por hacernos ver la relación entre masculinidad y educación superior, Ana María Kapelusz-Poppi, nos entrega el artículo Las nociones de género y la construcción de un discurso científico: la Escuela de Medicina de Morelia y la regulación del trabajo de las obstetras (Kapelusz-Poppi, 2006: 247-266). En él se narra la legitimación de la superioridad profesional masculina sobre la femenina. Más allá de un estudio de masculinidades es un análisis sobre la historia de la medicina en Michoacán a lo largo del siglo XIX. La autora logra llegar a detectar algunas problemáticas respecto a la relación hombre-mujer dentro de los estudios médicos, pero no profundiza en ellas ni en las posibles consecuencias que tuvieron.
La relación que se manifiesta a lo largo de la lectura entre la razón y el dominio de la masculinidad en el ámbito profesional, se convirtió en una filosofía dominante a lo largo del siglo, pues la ciencia y el conocimiento sólo debían estar al alcance de los varones. La comparación que Kapelusz-Poppi realiza entre los médicos y las parteras o comadronas, ha sido abordada en un número considerable de trabajos sobre educación superior femenina. Creo que el punto más significativo de la obra en cuestión se encuentra relacionado a los grupos de poder que los estudiantes y profesionales de la salud crearon para detener la entrada de las mujeres a ese campo del conocimiento, así como el papel patriarcal que jugaron los doctores dentro de la sociedad.

3. El machismo y sus oponentes
La investigación de José Luis Barrios, denominada El cine mexicano y el melodrama: velar el dolor, inventar la nación (Barrios, 2002: 217-250), analiza el cine de la década de los cuarenta a través de dos principios: el melodrama y la tipología ideológica del personaje en cuanto a su impacto en la sociedad. La masculinidad en el cine se define en relación al dominio sexual sobre los inferiores. La relación macho-hembra es un evidente culto al macho mexicano, que se pone de manifiesto en la comedia ranchera. Por otra parte, aparece el llamado héroe anónimo que enaltece la nobleza del vulgo habitante de los barrios urbanos. Quien encarna esos personajes se convierte en un divo, el cual se representa a sí mismo y es socialmente imitado y admirado, lo que le proporciona poder. Para Barrios, los estereotipos creados por el cine mexicano dieron al público la posibilidad de crear un mundo imaginario donde la masculinidad se practicaba a partir de personajes ficticios.
Por su parte, Cinemachismo: masculinities and sexuality in mexican film (Mora, 2006), es una obra que trata sobre la homosexualidad y el homoerotismo masculino en las películas mexicanas; así como su relación con la ideología popular nacionalista. La figura del actor Pedro Infante llama la atención de Sergio de la Mora, autor de dicho texto, presentándolo como un instrumento para la invención del macho en nuestro país. Creo que sólo ha contribuido a este tipo de masculinidad, más no es su mayor representante.
En el libro, Infante es descrito mediante una clara acentuación de su virilidad y, al mismo tiempo, con la alegría y vulnerabilidad de un niño. Gracias a esta dualidad su persona se convierte en exponente de la nación del macho. Proyecto posrevolucionario donde el varón es el árbitro de los destinos del país, pues según de la Mora, el machismo actuará como el componente distintivo de la identidad nacional de la sociedad mexicana.
A través de Cinemachismo se explica la masculinización de las instituciones estatales, ya que el séptimo arte ha permitido la difusión de los modelos del deber ser hombre. Por esa circunstancia este estudio explora los momentos más significativos en los cuales la cinematografía ha contribuido a las luchas que rodeaban la redefinición de lo que era ser mexicano.
El autor es enfático en el momento de afirmar que la representación de la sexualidad masculina en las escenas cinematográficas es casi invisible, sobretodo en el caso de los homosexuales que se encuentran estereotipados como promiscuos o prostitutos. Por tal motivo, decide utilizar a las películas como fuente histórica para demostrar la contraposición que existe entre el macho y el afeminado a lo largo del siglo XX.
Otro texto que estudia el modelo del machismo y su contraposición, el hombre urbano, es el de Anne Rubenstein intitulado Cuerpo, ciudades, cine: la muerte de Pedro infante como espectáculo político (Rubernstein, 2002: 1-51), de 2002. A través de la biografía y reseña de la muerte de uno de los ídolos del cine mexicano, Rubenstein nos hace partícipes de la situación política y social del país en los años cincuenta. Pedro Infante es sinónimo de la perfección moral y física, del ideal masculino tanto del hombre tradicional (el charro) como del hombre moderno y urbano; es decir, él es el representante de todas las clases económicas y regiones. Infante encarna todos los tipos de masculinidad en el país: por un lado el macho violento, mujeriego y valiente; por otro, el contramacho o patriarca posrevolucionario, controlado, púdico, católico y comprometido con las causas sociales. He ahí el porqué de la importancia de su estudio.
Al igual que Pedro Infante, El Santo se ha convertido en otra de las figuras emblemáticas de la cultura popular mexicana. Rubenstein (Rubenstein, 2002: 570-578) le dedico un artículo en el cual lo muestra como la encarnación del contramacho. Su imagen heroica va relacionándose con la naciente industrialización del país y el creciente progreso. Nuevamente la autora compara la figura del charro con la del político progresista. Es claro que ambos textos, aunque se encuentren personificados por diferentes protagonistas, son portadores de un mismo discurso: la oposición entre el macho y el contramacho.
En El charro: la construcción de un estereotipo nacional, 1920-1940 Tania Carreño King analiza a este personaje como el estereotipo del nacionalismo posrevolucionario (Carreño, 2000). Aunque la autora no haya consultado los estudios de Rubenstein, es notorio que llega a conclusiones muy parecidas, sobre todo si pensamos que este texto no sustenta su análisis en el estudio de las masculinidades.
Carreño King intenta responder por qué el charro se convirtió en el representante de la mexicanidad. Su respuesta va tomando diversos matices a lo largo del escrito hasta que finalmente se vislumbra que la élite conservadora sobreviviente al Porfiriato, encontró en el charro una forma discursiva contestataria frente a los regímenes surgidos de la Revolución y, conforme fue tomando fuerza dicho estereotipo, fue utilizado por el Estado para unificar al país en torno a una imagen con la cual todo el pueblo se identificará. Es aquí donde el análisis se yuxtapone con la teoría propuesta por Rubenstein, pues la floreciente ideología revolucionaria es contrapuesta a la nostalgia rural porfiriana. Con la aparición de la figura del charro se atesorará, a diferencia de la de El Santo, una idea estática de conservación, cosa que la posrevolución pretendía romper.
Es importante incorporar en este punto el artículo escrito por Aurelio de los Reyes sobre la china poblana y el charro, el cual fue expuesto en el XXIX Coloquio Internacional de Historia del Arte (Reyes, 2007: 179-202). El autor nos indica que a partir de los esbozos de este trabajo surgió el de Carreño King. A diferencia de su discípula, De los Reyes va más allá en sus tribulaciones y realiza una comparación entre el charro y la china. El charro como figura cinematográfica era un estereotipo y un sinónimo del nacionalismo, en él se representaban todas las expresiones que dieron origen al macho mexicano, pues se había convertido en la expresión de la violencia física y, a diferencia de la china que queda fuera de la pantalla grande, el charro cinematográfico representó un modelo de conducta para sus seguidores.
De los Reyes cree firmemente que el charro no sólo es una figura representativa del cine nacional, sino también la expresión de la Revolución Mexicana y de la mismísima Guerra Cristera, tal vez sea por su connotación jalisciense o por su inclinación a la violencia, qué se yo. Lo importante es que De los Reyes propone una nueva hipótesis al estudio del charro. Habrá que comprobar si su teoría es cierta en próximos estudios sobre los periodos en cuestión.
En 2003, la Universidad de Minnesota publicó el libro Mexican masculinities de Robert McKee Irwin (Mckee, 2003). En éste, el autor realiza una genealogía de las masculinidades en México y la complejidad de su construcción utilizando como principal fuente la literatura, desde El Periquillo Sarniento de José Joaquín Fernández de Lizardi hasta las novelas de mediados de la centuria pasada. Es de resaltar el uso de otros materiales como anuncios, periódicos, literatura popular y estudios científicos y pseudocientíficos, mismos que le sirven para completar su visión. McKee enfrenta al estereotipo del macho mexicano decimonónico con el del homosexual que ve la luz pública a partir de los albores del siglo XX; a través de estas dos versiones “del mexicano” es que aborda el tema de la masculinidad como un concepto contradictorio, atípico y estrictamente local. El autor se apoya en las visiones del mexicano difundidas por Samuel Ramos en El perfil del hombre y la cultura en México y El laberinto de la soledad de Octavio Paz; el punto de vista de este último será puesto bajo la lupa y revalorado, por considerársele limitado y parcial. Concluye afirmando que las nociones de masculinidad y sexualidad del hombre han cambiado en el contexto nacional desde la Independencia hasta la mitad del XX. Machos, afeminados y homosexuales son parte preponderante del discurso de la mexicanidad y de la construcción del hombre actual.
Por último, encontramos el artículo de Gabriela Cano titulado Unconcealable realities of Desire. Amelio Robless’s (transgender) masculinity in the Mexican Revolution (Cano, 2006: 35-56), donde el machismo es encarnado por una mujer. A través de la vida de Amelio Robles, Cano hace una clara distinción entre lo que es el travestimo y el transgénero, connotaciones sexuales y físicas, para así narrar la vida de una joven que decidió transformarse en varón. La masculinidad de Robles estaba inmersa en la narrativa nacionalista, representando así el espíritu revolucionario que caracterizaba a los hombres que lucharon en el campo de batalla.
Para la autora su figura puede ser vista como un punto de debate entre lo que es femenino y lo que es masculino, pero el implemento de un nuevo modo de ser y sentir, dio a Amelio el poder de asumirse como hombre sin necesidad de cambiar su cuerpo.
Por tal motivo, la necesidad de Robles de ser visto como un hombre y no como un homosexual, pone de manifiesto la comprobación de la teoría de los opuestos de Anne Rubenstein traslapada a este caso en particular, pues si la figura del macho complementaba al discurso revolucionario de identidad, el homosexual constituía su contraparte: al afeminado que despreciaba los principios del nuevo orden. ¿En qué grupo podemos colocar a Robles si este era una mujer? Para Cano en su primera etapa se comportó como una lesbiana dominante que más tarde se convirtió en una persona masculina transgenérica. Por tanto, asumió un tipo de masculinidad subordinada muy particular.

4. De héroes y afeminados
La burguesía porfiriana y los líderes políticos del movimiento estudiantil de 1968 son modelos de masculinidad hegemónica. La primera se ve representada en cuatro obras de Víctor Macías. En Hombres de mundo: la masculinidad, el consumo y los manuales de urbanidad y buenas maneras (Macías, 2006: 267-297), se pregunta acerca del significado de estas publicaciones en el desarrollo del concepto de masculinidad en el siglo XIX, como un modelo ideal del “ser hombre”. En su conjunto, estos textos se convirtieron en los transmisores “primarios de los sistemas de valores de la sociedad”, reflejando una evidente “confrontación entre tradición y modernidad” (Macías, 2006: 270). Dichas lecciones convirtieron a los hombres que los leían en buenos padres, esposos y ciudadanos, lo que les permitió alcanzar un lugar en la sociedad mexicana, sobre todo en el caso de los varones provenientes de la clase media que aspiraban a escalar el siguiente escaño. Macías presenta a Porfirio Díaz como representante de este tipo de masculinidad hegemónica y concluye que el consumo de toda clase de bienes materiales fue un factor determinante para definir la posición social y de clase en cuanto al estudio de género, así como lo descubrió Susie Porter (Porter, 2004: 41-63) en su estudio sobre las empleadas públicas a finales del Porfiriato y principios del siglo XX.
            Posteriormente en Apuntes sobre la construcción de la masculinidad a través de la iconografía artística porfiriana, 1861-1916, el autor indica que la sociedad de aquel periodo conceptualizaba y catalogaba la forma masculina de manera progresista y moderna, lo cual permitió la construcción de un nuevo modelo de deber ser que representaba al sexo masculino. Los cambios suscitados por la industrialización y el urbanismo en México habían transformado las manifestaciones tradicionales de virilidad[2], haciendo de los varones seres “decadentes, blandos y debiluchos” (Macías, 2001: 330), formando en ellos características femeninas.
            Al dejar atrás la utilización de la fuerza bruta como representación de virilidad para entrar en el mundo escolarizado, los hombres de bien[3] retomaron los fundamentos de la masculinidad del campesino, la cual medía el esfuerzo a través del trabajo, para lograr una nueva manera de ser hombre por medio del progreso, el orden, el deporte y las actividades de ocio señorial como el jaripeo y la caza. A los ojos de Víctor Macías todos estos fenómenos provocaron una crisis de la masculinidad, puesto que se empezó a dar más importancia a la imagen física que comunicaba mensajes políticos, sociales, económicos y hasta religiosos, antes relacionados únicamente con las mujeres.
En la compilación The famous 41, Macías redacta un ensayo sobre la cultura del consumo entre los hombres de la élite porfiriana (Macías, 2003: 177-249). En esta ocasión, las revistas para caballeros serán su objeto de estudio. En ellas el escritor observa las diferentes identidades sexuales, raciales, étnicas y de clase que codificaban el cuerpo masculino.
En dicho artículo, los dandys no sólo son sujetos sino también objetos de consumo. El autor se interesa, por un lado, en las estrategias empleadas para que los hombres compraran sin parecer afeminados, utilizando agresivas narrativas heterosexuales y, por el otro, en el consumo de bienes costosos que les brindaban estatus y nuevas identidades. De esta forma, Macías reflexiona acerca del proceso de auto-representación y sobre las políticas de equidad que permiten entender mejor la naturaleza evolutiva del género en el México decimonónico (Macías, 2003: 228).
Como buen voyerista, Macías se introduce a los baños de la ciudad de México para contarnos algunas historias relacionadas no sólo con la higiene y las políticas públicas de finales del Porfiriato, sino también para informarnos acerca de la forma cómo interactúaban la masculinidad hegemónica y la subordinada. Los hombres de bien y los afeminados se convierten en clientes asiduos de los baños públicos, esa nueva costumbre no sólo les proporciona estatus social sino también nuevas maneras de relación que algunas veces llegan a considerarse inapropiadas. El enfrentamiento de las prácticas homosexuales con las heterosexuales, las prácticas íntimas de los primeros y las acciones gubernamentales en su contra, serán los principales puntos a tratar en Entre lilos limpios y sucias sarasas: la homosexualidad en los baños de la ciudad de México, 1880-1910 (Macías, 2004:293-310).
El texto México 68: hacia una definición del espacio del movimiento, La masculinidad heroica en la cárcel y las “mujeres” en las calles (Cohen y Frazier, 2006: 591-623) de Deborah Cohen y Lessie J. Frazier, examina las coincidencias y diferencias que existen entre los relatos masculinos y femeninos del moviendo estudiantil de 1968. A través de este artículo, las autoras pueden comprobar que este tipo de fenómenos políticos también pueden brindar una comprensión en cuanto a perspectiva de género. Cohen y Franzier plantean que las voces masculinas monopolizaron el discurso al minimizar la actuación femenina. En cuanto a análisis de género, sabemos que la aparición de los líderes estudiantiles permitió percibir la presencia de la masculinidad heroica como representación del hombre nuevo, encarnada principalmente en los dirigentes socialistas del momento como Ernesto Che Guevara. La violencia, el dolor y la cárcel fortalecieron el discurso, mismo que se diferenció del femenino, que difundió las demandas del movimiento en las calles. ¿Tuvieron la misma importancia las actuaciones de hombres y mujeres a lo largo de la historia del movimiento? Aunque ellas asumieron un estado de subordinación frente a los líderes, las autoras evidencian la necesidad de interacción de ambos grupos para lograr llevar a cabo sus fines. Por tanto, la participación fue equitativa; tanto hombres como mujeres destacaron en diferentes esferas, desarrollándose así diversas formas de transformación política y social dentro del debate discursivo de 1968.
Cerraremos esta disertación con el análisis de Mauricio Garcés, masculinidad difuminada de Mónica Maorenzic, que es, a mi gusto, uno de los ensayos más enriquecedores del conjunto, debido a que la autora, así como Aurelio de los Reyes y Víctor Macías, va más allá del tratamiento tradicional de las masculinidades aprovechándose del espacio para resignificarlo como un lugar de apropiación masculina. Fue a partir de la segunda mitad del siglo XX, que se inicia el declive del macho rural para dar paso a un nuevo hombre moderno y citadino, el cual “vive por/para/de la intimidad y entonces se desenvuelve en espacios tradicionalmente femeninos o ‘poco masculinos’” (Maorenzic, 2007: 237). Las películas protagonizadas por el actor Mauricio Garcés, representan a esta nueva masculinidad, llamada por Maorenzic difuminada, dejando atrás a la hegemónica para convertirse en el nuevo hombre urbano quien ha abandonado la lucha revolucionaria y ha aceptado, o vive de cerca, la liberación femenina. He de ahí el por qué del término difuminar. Maorenzic crea una nueva masculinidad, le da nombre, la caracteriza y la ejemplifica con uno de los actores cómicos más famosos de los años setenta.

5. Conclusiones
Casi podría afirmar que la mayor parte de los textos comentados en este trabajo analizan grupos de poder dominantes y su interacción con el sector femenino. Es posible que la obra escrita por R. W. Connell haya influenciado en los autores, a tal grado que Minello, Miranda y Macías utilizan su propuesta metodológica para organizar sus respectivos trabajos. No obstante, el texto sobre el obrero Amado Hernández y los referentes a la homosexualidad se han convertido en la excepción a la regla, pues a mi parecer, pertenecen a los grupos marginados.
Además es claro que aunque estemos hablando de los diferentes tipos de masculinidades en México, en realidad el sistema de estudio es poco utilizado por los historiadores, como en el caso de Carreño King, o bien, otros dan por hecho su empleo para proporcionarle cohesión a sus investigaciones.
También pudimos darnos cuenta que el machismo no es la única masculinidad estudiada por los especialistas, pero sí la más frecuente. No obstante, ¿habrá diferentes tipos de machismo entre los análisis aquí tratados? Creo que no, más bien es la forma como ha sido abordado el tema. Para unos es necesario compararlo con su contraparte, mientras que para otros es más importante relacionarlo con el discurso nacionalista de donde se deriva la ya mencionada mexicanidad; por ende, esta categoría de investigación ha contribuido al conocimiento de la cultura varonil en nuestro país.
A través de los estudios aquí presentados pudimos comprobar que ninguna de las masculinidades es estática, pues han ido transformándose a lo largo de las décadas y determinándose según las circunstancias culturales, económicas, políticas y sociales en las que se han desenvuelto. Connell menciona en su libro que aún las masculinidades hegemónicas están determinadas por circunstancias nacionales; es así como la aparición del patriarcalismo ético, del macho charro, del hombre moderno o contramacho y del homosexual decimonónico sólo pueden ser concebidas como conformadoras del mexicano actual.
Es importante aclarar que no todo está dicho en la historia de las masculinidades, pues existen periodos que apenas están siendo tratados por los historiadores y otros que ni siquiera han sido considerados. Sabemos que el tema sobre la homosexualidad es atrayente, sobre todo porque a través de él podemos conocer una subcultura que se encuentra inscrita en las fuentes históricas, pero el conocimiento del otro, de los hombres que han sido considerados en la historia como héroes o villanos, los que concebimos como forjadores del Estado nacional, han sido excluidos en esta rama del conocimiento. Habrá que evitar su invisibilidad y proponer nuevas formas de interpretación para su incorporación a este tipo de estudios.
En mi opinión todavía hay mucho que hacer por las masculinidades; ahí está la primera parte del siglo XIX de la cual apenas conozco dos estudios. Tan sólo Miranda y Kapelusz-Poppi la aluden, pero no profundizan en los tipos de masculinidades que se desarrollaron en ella. Recordemos que dicha etapa histórica fue decisiva para la posterior conformación del Estado. En ella reconocemos una serie de personajes representantes de la cultura romántica y del liberalismo ilustrado. Habrá que replantearnos lo que hasta ahora se ha escrito y dar a conocer nuevas propuestas históricas.

6. Obras citadas

Amuchástegui Herrera, Ana (2001). “La navaja de dos filos: una reflexión acerca de la investigación y el trabajo sobre hombres y masculinidades en México”. La Ventana. Revista de Estudios de Género, 2(14), pp. 102-125.
Barrios Lara, José Luis (2002). “El cine mexicano y el melodrama: velar el dolor, inventar la nación”. En Esther Acevedo (coord.), Hacia otra historia del arte en México. La fabricación del arte nacional a debate (1920-1950) (vol. III, pp. 217-250). México: CONACULTA / DGP.
Cano, Gabriela (2006). “Unconcealable realities of Desire. Amelio Robles’s (transgender) masculinity in the Mexican Revolution“. En Jocelyn Olcott, Mary Kay Vaughan y Gabriela Cano (coords). Sex in Revolution. Gender, power and politics in modern Mexico (pp. 35-56). Dirham: Duke University Press.
Carreño King, Tania (2000). El charro: la construcción de un estereotipo nacional, 1920-1940. México: SEGOB / INEHRM / FMC.
Cohen, Deborah y Lessie J. Frazier (2004). “México 68: hacia una definición del espacio del movimiento. La masculinidad heroica en la cárcel y las ‘mujeres’ en las calles”. Estudios Sociológicos, 22(66), pp. 591-623, página web de la UAM: http//148.206.53.230/revistasuam/antologias/index.swf.
Connell, R. W (2003). Masculinidades (Trad. Irene María Artigas). México: UNAM / PUEG.
Kapelusz-Poppi, Ana María (2006). “Las nociones de género y la construcción de un discurso científico: la Escuela de Medicina de Morelia y la regulación del trabajo de las obstetras”. En María Teresa Fernández Aceves, Carmen Ramos Escandón y Susie Porter (coords.). Orden social e identidad de género en México, siglos XIX y XX (pp. 247-266). México: CIESAS / U de G.
Macías-González, Victor Manuel (2001). “Apuntes sobre la construcción de la masculinidad a través de la iconografía artística porfiriana, 1861-1916”. En Esther Acevedo (coord.), Hacia otra historia del arte en México. La amplitud del modernismo y la modernidad (1861-1920) (vol. II, pp. 329-351). México: CONACULTA / DGP.
Macías-González, Víctor M. (2004). “Entre lilos limpios y sucias sarasas: la homosexualidad en los baños de la Ciudad de México, 1880-1910”. En María del Carmen Collado (coord.). Miradas recurrentes II. La ciudad de México en los siglos XIX y XX. (vol. II, pp. 293-310). México: Instituto Mora / UAM-A.
Macías-González, Víctor M. (2006). “Hombres de mundo: la masculinidad, el consumo y los manuales de urbanidad y buenas maneras”. En María Teresa Fernández Aceves, Carmen Ramos y Susie Porter (coords.). Orden social e identidad de género en México, siglos XIX y XX. (pp. 267-297). México: CIESAS / U de G.
Macías-González, Víctor M. (2003). “The lagartijo at The High Life: Notes on masculine consumption, race, nation and homosexuality in Porfirian Mexico”. En Robert McKee Irwin, Eward J. McCaughan y Michelle Nasser (eds.). The famous 41: sexuality and social control in Mexico, 1901. (pp. 177-249). New York: Palgrave Macmillan.
Maorenzic Benedito, Mónica A. (2007). “Mauricio Garcés, la masculinidad difuminada”. En Alberto Dallal (ed.). XXIX Coloquio Internacional de Historia del Arte: Miradas disidentes: géneros y sexo en la historia del arte (pp. 229-240). México: UNAM / IIE.
Mckee Irwin, Robert (2003). Mexican masculinities (Cultural Studies of the Americas, vol. 11). Minneapolis: University of Minnesota.
Minello Martín, Nelson (2002a). “Los estudios de masculinidades”. Estudios Sociológicos, 20(60), pp. 715-732.
Minello Martín, Nelson (2002b). “Masculinidad/es: un concepto en construcción”. Nueva Antropología. Revista de Ciencias Sociales. “Construcción de la masculinidad”,18(61), pp. 11-30.
Miranda Guerrero, Roberto (1997). “Exploraciones históricas sobre la masculinidad”. La Ventana. Revista de Estudios de Género, 2(5), pp. 207-247.
Miranda Guerrero, Roberto (2006). “La vida de un obrero y la construcción de la masculinidad (1890-1940)”. En María Teresa Fernández Aceves, Carmen Ramos Escandón y Susie Porter (coords.). Orden social e identidad de género en México, siglos XIX y XX (pp. 299-321). México: CIESAS / U de G.
Mora, Sergio de la (2006). Cinemachismo: masculinties and sexuality in mexican film. Austin: University of Texas.
Picatto, Pablo (1999). “La política y la tecnología del honor: el duelo en México durante el Porfiriato y la Revolución”. Anuario del Instituto de Estudios Históricos-Sociales, Universidad del Centro de la Provincia de Buenos Aires, 14, pp. 273-294.
Reyes García-Rojas, Aurelio, de los (2007). “De la china a la charra y el charro cinematográfico a partir del símbolo nacionalista del charro y la china bailando un jarabe tapatío”. En Alberto Dallal (ed.). XXIX Coloquio Internacional de Historia del Arte: Miradas disidentes: géneros y sexo en la historia del arte (pp. 179-202). México: UNAM / IIE.
Rubernstein, Anne (2006). “Cuerpo, ciudades, cine: la muerte de Pedro Infante como espectáculo político”. En Gabriela Cano. Género, cuerpo y cultura. Antología de apoyo a la docencia de la División de Ciencias Sociales (pp. 1-51). México: UAM-I, página web de la UAM: http//148.206.53.230/revistasuam/antologias/index.swf.
Rubernstein Anne (2002). “El Santo’s strange career”. En Gilbert M. Joseph, Timothy J. Henderson (eds.). The Mexico reader: history, culture, politics (pp. 570-578). Durham: Duke University.


[1] Agradezco los puntuales comentarios que realizó a este trabajo la doctora Gabriela Cano, durante el seminario de historia de género de la división de posgrado de la UNAM.
[2] Otra forma de representación de la virilidad masculina se encuentra contenida en el estudio La política y la tecnología del honor: el duelo en México durante el Porfiriato y la Revolución, de Pablo Picatto. En el cual se evidencia una clara relación entre el honor y los grupos de poder. Así como para Macías el consumo definía a los hombres porfirianos de las clases media y alta, en el caso de Picatto el duelo no sólo era una representación de los estratos más altos de la sociedad sino también una representación de género.
[3] También denominado el hombre de mundo o caballero, porque sus antecedentes inmediatos provenían del continente europeo.

1 comentario: