martes, 10 de enero de 2012

La historia de Pepita Aguilar, una Dama de Palacio



 Publicado en: Bicentenario. El ayer y el hoy en México, México, Instituto Mora, vol. 2, núm. 8, abril-junio 2010, pp. 22-29.

He recibido, señor Ministro, el nombramiento de Dama de Palacio con que Su Majestad, la Emperatriz Carlota, se ha dignado distinguirme. Mi corazón abunda de tal manera en sentimientos de amor y gratitud que experimento por la honrosa distinción de que en lo personal he sido objeto esta misma mañana. Me despido de usted desde el retiro y obscuridad de que jamás habría salido si Su Majestad la Emperatriz no me hubiese tendido su mano protectora.
Su más cordial servidora.
Josefa Aguirre de Aguilar y Marocho
21 de junio de 1864

Es posible que la vida cotidiana dentro del hogar de la familia Aguilar Aguirre fuera, para la señora de la casa, sombría y aburrida. De allí que la llegada de Maximiliano y Carlota, los nuevos emperadores de México el 21 de junio de 1864, iluminara sus días. Y es que, a partir de ese momento, Josefa Aguirre de Aguilar tuvo, por primera vez en su vida, la oportunidad de participar en los acontecimientos públicos, y esto hubo de dejarle una marca imperecedera.
Josefa –Pepita para los íntimos— era esposa de un abogado conservador de prestigio: Ignacio Aguilar y Marocho, quien fuera ministro de Gobernación durante la dictadura de Antonio López de Santa Anna y en los últimos meses había jugado un papel muy importante dentro de la Asamblea de Notables y como integrante de la comisión que viajó al castillo de Miramar a ofrecer el trono al príncipe austriaco. Esto facilitó que la emperatriz Carlota la designara como Dama de Palacio –nombramiento honorífico, pero no remunerado—, ya que las mexicanas que entraron a la comitiva real lo debían a sus orígenes o relaciones consanguíneas o maritales.
Ahora bien, ser Dama de Palacio no era algo sencillo, ya que esa posición implicaba cercanía con los soberanos y éstos debían ponderar y decidir a quiénes se la otorgaban. Las mujeres que fueron llamadas como parte del séquito imperial tuvieron que hacer conciencia de que, en adelante, gran parte de su vida iba a transcurrir al servicio de aquéllos, y de que estarían regidas por el ceremonial palaciego. Debían estar dispuestas a aceptar casi todo, pero también considerarse únicas por haber sido distinguidas entre un gran número de candidatas. Así fue desde la Antigüedad, y lo es hoy en día en los países donde hay regímenes monárquicos y en los que recibir esos “honores” tiene un gran valor.
Las más de 70 mujeres que integraron el séquito de Carlota de Bélgica procedían de las familias más importantes del país, ya fuera económica o políticamente. Josefa Aguirre de Aguilar y Marocho respondía al segundo tipo: su familia no tenía un origen noble o un gran poder adquisitivo, pero a ella la avalaba el prestigio público del marido.
Nuestra Pepita era oriunda de Matehuala, San Luis Postosí y perteneciente a una familia de clase media. Su padre, don Benito Aguirre Díez, al cual no hemos podido seguirle la pista, contrajo nupcias con Petra de la Torre Villaseñor en esa misma región, donde juntos vieron crecer a su estirpe. Allí se crió Pepita, cuya infancia debió ser cómoda, aunque quizá no muy holgada, por la situación general que caracterizó al país durante sus primeras décadas de existencia, y que hubo de recibir una instrucción igual a la de otra niña de su clase, cuyo destino –se preveía casi desde el nacimiento— iba a ser el hogar. Sus primeras lecciones fueron entonces las primeras letras, algunas nociones de aritmética y el catecismo del padre Ripalda y por supuesto aprendió a coser, bordar y algunas otras tareas domésticas que tenía, éstas sí, que realizar a la perfección. Y es que –se pensaba— sólo así las jóvenes “decentes” podrían ser buenas candidatas para el matrimonio, un matrimonio como Dios manda, y convertirse en esposas y madres cumplidas.
Josefa se unió en matrimonio con Ignacio Aguilar y Marocho en 1842, cuando él tenía 29 años de edad y ella era un poco más joven. Se establecieron en Morelia (antes Valladolid), donde él trabajaba en el mismo bufete que Clemente de J. Munguía, pero cuatro años después se mudaron a la ciudad de México. La profesión de abogado no era entonces muy redituable, pues el país vivía en medio de pugnas internas, levantamientos armados y conflictos con el exterior, todo lo cual impedía que prosperara cualquier gobierno o forma de gobierno y que ciudadanos como el Lic. Aguilar y Marocho, que vivían de su trabajo, pudieran progresar. Él y los suyos, como otros muchos, rebasaban en algunos momentos el límite de sus posibilidades y costumbres, no restándoles más que buscar otro modo de completar sus ingresos: el periodismo, algunos negocios, la política.
Josefa fue madre de casi una decena de hijos y más tarde, al morir su padre en 1859, se hizo cargo de su hermano más pequeño Amado. Si bien doña Petra, su madre, les apoyaba, era ella quien administraba el hogar y atendía a los niños pues Ignacio se encontraba muy ocupado o de viaje. Tenía que velar además por los negocios del marido durante sus frecuentes ausencias, haciendo transacciones por correspondencia y pidiendo préstamos a diestra y siniestra.
El advenimiento del Segundo Imperio debió parecerles, además del triunfo de la ideología que defendían, una salida a sus problemas económicos. Pero no fue así. No nada más porque el nuevo régimen no tuvo nunca una situación boyante, sino porque desde que Ignacio fue nombrado miembro de la comisión que ofrecería el trono mexicano al archiduque Fernando Maximiliano de Austria y zarpó de Veracruz rumbo a Miramar, para establecerse luego en Roma como ministro del nuevo emperador ante el Papa Pío IX, y poco más tarde la emperatriz Carlota designó a Josefa como Dama de Palacio, los gastos de la casa Aguilar y Aguirre crecieron en forma notable, mientras los ingresos disminuían, ya que las autoridades no tenían con qué pagar sueldos a los funcionarios y mucho menos hacérselos llegar a sus familias.
Como Pepita había aceptado el magno nombramiento, tuvo que codearse con numerosas mujeres en su misma situación, siendo además el cargo de duración ilimitada. Cinco Damas mexicanas entraban de servicio cada ocho días y se relevaban durante la misa dominical. A diferencia de la Dama Mayor, que era la más cercana a Carlota, ellas contaban con una habitación en el castillo de Chapultepec para esos días, y acompañaban a la emperatriz en sus salidas diarias. Tenían asimismo la obligación de asistir a las fiestas en las que la soberana estuviera presente y de acompañarla en sus viajes. Todos los gastos que esto implicaba corrían casi siempre por su cuenta, lo cual mermaba la economía de aquellas familias que no gozaban de una situación realmente acomodada. A pesar de que nuestra Dama se hallaba en este último caso, jamás puso reparos en apoyar al Imperio y mucho menos en ser parte de la Corte.
A fin de colaborar en la recepción de los emperadores, en marzo de 1864 Josefa participó en una de las tantas comitivas que se organizaron. El afán de imponer sus ideas le trajo algunos conflictos con la esposa del muy influyente general Juan Nepomuceno Almonte, doña Dolores Quesada, quien le retiró la palabra. Diferencias como ésta solían involucrar a familias enteras, pues los meros roces podían llegar a afectar el trato entre los integrantes del gobierno. A Aguilar y Marocho le disgustó lo sucedido y, desde Miramar, pidió a su mujer que se disculpara con la esposa del entonces Regente, a fin de que este último no tomara la discrepancia en forma personal y lo llevara más lejos perjudicándolo a él. Cartas fueron y vinieron entre la pareja durante varias semanas, que muestran la preocupación de Ignacio y la emoción de Pepita quien, acaso por una vez en su vida, era protagonista de eventos de tan alto nivel. Al final accedió a los deseos de su marido y, para salvar la situación, se excusó con la Sra. Almonte, zanjándose la cuestión.
Por lo demás, y por muy Dama de Palacio que fuera, Josefa no dejó de padecer por el bienestar de su familia y en la correspondencia que sostenía con su marido no cesó de aconsejarle que aspirase a un mejor puesto, sin permitir que lo relegaran. Más tarde, cuando fue nombrado ministro plenipotenciario en España, lo instó a exigir un mejor sueldo, uno que permitiera su manutención y la de los suyos en ambos continentes. Y es que el salario del flamante diplomático no alcanzaba ni para sus gastos ni para los de su familia, y que iban del cuidado de los hijos a las recepciones en palacio, que exigían a la señora de la casa la compra de ropa y de joyas totalmente fuera de su alcance.
Las cosas se complicaron de tal forma que Pepita tuvo que pedir un préstamo al préstamo al arzobispo Pelagio Antonio de Labastida y Dávalos, quien le proporcionó fondos suficientes mediante un crédito de $3,000.00 pesos para sostener a la prole y comprar los accesorios necesarios para asistir a los eventos imperiales como le exigía el protocolo.
En la familia se dieron opiniones encontradas sobre sus nuevas circunstancias. Mientras Aguilar estaba más que complacido y recomendaba a su esposa no desairar a la soberana en ningún momento, Ana, la hija mayor del matrimonio, se mostraba muy descontenta por la designación de su madre como Dama de Palacio, lo que a su juicio implicaba grandes gastos y pérdida del tiempo que debía a su familia, antes que al Imperio. Este conflicto no afectó el buen carácter de Josefa, como tampoco lo hacían las penurias materiales, y es que su posición palaciega la hacía muy feliz. Aunque esa posición significaba límites, le significaba también salir de la oscuridad… la oscuridad de su vida de todos los días, la oscuridad que casi todas las mujeres mexicanas soportaban, por lo general sin darse cuenta, a veces sin quererlo, pero sin encontrar la forma de iluminar.
Al final de cuentas, estas ganancias no le bastaron. La distancia entre ella e Ignacio, quien se había marchado desde agosto de 1863, le causaba una gran tristeza y por eso decidió hacer lo que, a su juicio, era lo mejor para ella y la familia entera: viajar a Europa junto con varios de sus hijos para reunirse con él. Así lo hizo. El Año Nuevo de 1865 lo pasaron juntos en Roma. Vivió allí varios meses y, cuando Aguilar fue nombrado, además, ministro en España, lo acompañó a Madrid, a donde se instalaron a partir de diciembre y permanecieron todo un año, cuando, con autorización del monarca mexicano, él pudo presentar sus cartas de retiro ante la reina Isabel II y, con los suyos, volver a la Ciudad Eterna a despedirse del Sumo Pontífice. Luego se dirigieron a Francia y, a fines de enero de 1867 se embarcaron rumbo a Veracruz.
Regresaron a México en un pésimo momento. El Segundo Imperio se tambaleaba. El ejército invasor se había comenzado a marchar, por lo cual el viaje a la capital les resultó lento, difícil, y aun peligroso, pues las tropas republicanas iban ocupando los sitios que los franceses iban desalojando. Tal parece que la familia llegó a Puebla poco antes de que se iniciara el sitio que Porfirio Díaz puso a la ciudad y que allí se quedaron atrapados hasta la rendición de la plaza el día 2 de abril. Tal parece también que Pepita y sus hijos consiguieron viajar a la ciudad de México, pero Ignacio tuvo que esconderse por algún tiempo para no caer en manos de los vencedores. No fue sino hasta que se sintió más o menos seguro que pudo salir y reencontrarse con el resto de la familia. Sería por poco tiempo. El arribo triunfal de las tropas republicanas el 21 de junio le obligó a esconderse de nuevo. Descubierto unos meses después, terminó en la cárcel.
El final del Segundo Imperio dio término al sueño de Pepita de salir de la oscuridad doméstica. Aunque su marido acabó por salir de prisión y volvió a ejercer la abogacía y el periodismo, conservando influencia en algunos círculos, la república liberal triunfante no le daría opciones de ascenso político. A su esposa, por tanto, no le restaría más que ver la luz a través de los cristales del hogar, sin dejar de ejercer las labores de esposa, madre y ama de casa, las mismas que la mayoría de sus compatriotas de las clases medias.
Josefa Aguirre de Aguilar y Marocho había formado parte de la corte de Maximiliano por casualidad, si bien no tuvo la menor ocasión de participar en los asuntos políticos, el mero hecho de presenciar y estar muy al tanto de los sucesos de palacio y el desarrollo del Segundo Imperio le dio ventajas sobre las demás mujeres. En un siglo en el que éstas apenas empezaban a figurar, que ella hubiera subido un escalón público, por un corto tiempo, fue ya significativo.

PARA SABER MÁS
·       Ver La Paloma, Miguel Contreras Torres (dir.), México, 1937.
·       Fernando del Paso, Noticias del Imperio, México, Santillana, 2006.
·       Rodolfo Usigli, Corona de Sombras, México, Porrúa, 2006.
·       Orlando Ortiz, Diré adiós a los señores. Vida cotidiana en la época de Maximiliano y Carlota, México, CONACULTA, 1999.

2 comentarios:

  1. Muy buen artículo, se nota una sólida documentación. Buscando tesis y artículos sobre Ignacio Aguilar y Marocho llegué afortunadamente aquí y a su tesis "Las damas de Carlota : el papel de las mujeres bajo el Segundo Imperio", la cual leeré a la brevedad.

    Que bueno es dar con este tipo de textos, sobretodo porque los personajes más representativos tanto del liberalismo radical -me consta- como del conservadurismo son poco analizados de una manera imparcial... Mucho menos, como bien se apunta, el papel de la mujer.

    Saludos cordiales.

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  2. Me siento honrrada por los comentarios. Gracias

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