Publicado en: Murciégalo, Revista Digital, año 1, núm 3, número especial Bicentenario “Los Indispensables”, septiembre-octubre 2010, http://murciegalo.escuadron202.com/, o bien, puede localizarse en http://murciegaloenlinea.blogspot.com/
La generación de hombres que creció durante el movimiento armado de 1910 buscó fortalecer los modernos principios democráticos que se iban gestando por medio de una serie de ideales a veces conexos a veces inconexos pero que para ellos eran representativos del momento que se venía viviendo. Representantes justamente de este amplio grupo de jóvenes emprendedores fueron los hermanos Reyes, opuestos en opinión e ideas pero unidos por la sangre. Sus vidas se vieron diferenciadas no sólo por los años de formación y vivencias, sino también por su visión acerca de lo que representaba para cada uno de ellos la política y el derecho. Rodolfo fue mucho más práctico y político que Alfonso. De hecho a Rodolfo Reyes se le recuerda más por su etapa reyista que por sus méritos como abogado y catedrático, puesto que su ambición lo llevo a convertirse en felicista —debido a su amistad con Félix Díaz, el sobrino de Don Porfirio— y hasta huertista.
Al poco tiempo de haberse titulado como licenciado en derecho, su alma mater, la Escuela Nacional de Jurisprudencia lo contrató como docente para que impartiera la cátedra de Procedimientos Penales. Según narra el historiador Javier Garciadiego, su clase fue utilizada como plataforma política pues concursó para la plaza en Jurisprudencia, misma que ganó. En ella se explayaba criticando al gobierno en el poder. Rodolfo se convirtió en un convencido reaccionario debió a que su padre, el general Bernardo Reyes, no pudo llegar a ser el candidato del presidente y tuvo que retirarse de la contienda. A mediados de 1903 durante su cátedra, reprobó la reelección indefinida de Díaz, lo que trajo consigo un gran escándalo político en algunos diarios de la capital, motivo que lo obligó a justificarse ante el presidente y ante Luis Méndez, director de la escuela, asegurando que era un mal entendido. Pero las cosas no quedaron ahí, pues al llegar a la dirección de la Nacional de Jurisprudencia el porfirista Pablo Macedo, le otorgó una licencia no solicitada que le impidió regresar a dar clases en mucho tiempo.
Posteriormente, en 1911 regresó al servicio docente gracias a las peticiones formuladas por varios estudiantes de tendencia reyista y, sobre todo, para que su padre y él contribuyeran a combatir la rebelión maderista al interior de las aulas. Aunque su reinstalación no correspondía a su antigua denominación de catedrático adjunto, Rodolfo decidió regresar a la Escuela Nacional de Jurisprudencia para “ser útil a la juventud estudiosa”.
Al mismo tiempo que impartía clases en Jurisprudencia, abrió exitosamente su primer bufete, el cual “gozó de un éxito inmediato, en lo que seguramente influyó el poderío de su padre”, que en esa época era gobernador de Nuevo León. Garciadiego comenta que desde un principio tuvo en su poder importantes cuentas, como fue el caso de la representación legal de la Compañía Fundidora de Hierro y Acero de Monterrey y de la Compañía Cervecera Cuauhtémoc. En definitiva su despacho fue exitoso, tuvo buenos clientes y amplias relaciones con los principales empresarios de la época.
A diferencia de Rodolfo, su hermano Alfonso, que era diez años más joven, se había inclinado hacia las letras. Eso no quiso decir que no pudiera tener una amplia carrera diplomática, la cual dio inicio en 1913 con su designación como segundo secretario de la Legación de México en París. Sus empleos diplomáticos iniciados en la década de los diez concluyeron en 1939 con la presidencia de La Casa de España en México, que pronto se convertiría en El Colegio de México.
En sus memorias, Alfonso Reyes indicaba que sus años de estudiante en la Preparatoria Nacional no habían significado lo mismo que para generaciones previas que habían sido educadas por positivistas y modernistas. Y respecto a su carrera indicaba que la falta de humanismo en la enseñanza hizo que muchos de sus compañeros, incluyéndolo, optaran por escoger el derecho como única opción para “saltar al escenario” de la intelectualidad. Como nos podemos imaginar, Alfonso poco destacó en sus estudios de leyes; sus intereses fueron muy distintos a los de su hermano Rodolfo, pues en su vasta obra se hacen pocas referencias a sus estudios jurídicos y al ejercicio de su profesión. Realizó su bachillerato primero en el Colegio Civil de Monterrey y más tarde en la Escuela Nacional Preparatoria entre 1903 y 1907.
Siendo aun estudiante de Jurisprudencia impartió clases en la Escuela Nacional de Altos Estudios, institución creada por los propios ateneístas. Su desempeño como catedrático fue tal que muy pronto llegó a la secretaría de la institución, en la que logró crear la subsección de Lengua Nacional y Literatura, donde sus amigos impartirían cursos destinados a profesores en el ramo. La época en la que estudió Alfonso fue determinante en su pensamiento posterior. Su afiliación al Ateneo de la Juventud y su clara inclinación por la literatura fueron el resultado de “un ambiente favorecedor del conocimiento por el conocimiento, particularmente de las humanidades”.
Las grandes diferencias en el pensamiento de los hermanos Reyes, llevaron a Alfonso a repudiar la política como profesión. De hecho su vocación literaria se debió más a un rechazo familiar que a una característica innata. Es posible que de convertirse en un prominente político prefiriera hacerse diplomático, una profesión que conjugaba ambos méritos. Después de su puesto en París se dirigió a Madrid donde tuvo la oportunidad de escribir y conocer al grupo intelectual español; fue gracias a su colega y amigo José Vasconcelos que Reyes pudo acceder a la embajada en ese país. Ahora trabajaría para el gobierno de Álvaro Obregón como un ateneísta útil a su patria. Su exitosa colaboración lo llevó, en 1924, a la legación francesa, luego a Brasil y finalmente a Argentina. El éxito de Alfonso Reyes como diplomático se debió a que era ideológicamente afín a los gobiernos posrevolucionarios y porque fue, en palabras de Garciadiego: “un diplomático comprometido, que no había tomado el oficio por ambición, interés o repentino favor político; estaba en la diplomacia porque creía que allí era de utilidad a la patria, consiguiéndole la simpatía y el apoyo de otros países”.
Los hermanos Reyes ya no fueron herederos de las tradiciones de la época porfiriana, sino que rechazaron, cada uno a su forma, esos preceptos. Alfonso puso en práctica la nueva filosofía de Antonio Caso que había estudiado en las aulas de Jurisprudencia y la Preparatoria Nacional, mientras que Rodolfo se unió al grupo revolucionario que vio en el movimiento armado una posibilidad de ascenso. Dos hombres, dos hermanos, misma sangre, posturas diferentes, ambos abogados pero con diferentes expectativas frente al cambio que se avecinaba.


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