Hace mucho pero mucho tiempo, los infantes gozaban de
mayores beneficios ambientales que los de ahora, por ello podían salir a jugar
por las calles poco transitadas de la ciudad de México y disfrutar de una
infinidad de entretenimientos que hoy han sido sustituidos por la televisión y
los videojuegos.
En la época colonial y el siglo XIX la imaginación de los
pequeños fue invadida por cantos, adivinanzas y juegos que llegaron a
extenderse por los patios de las casas. Cuentos tales como Pulgarcito, El gato con botas,
La caperucita encantada o bien,
leyendas como El Coche de Lumbre, escuchadas
de labios de sus nanas hacían de las tardes lluviosas o las noches oscuras el pasatiempo
de chicos y no tan chicos.
Las grandes casonas y vecindades eran testigos de como
las escondidas, el sopla vivo te lo doy
—que disfrutaba en la infancia el escritor Antonio García Cubas—, el mogote, pipis y gañas, el panadero (que
hablaba de aquellos maderos de San Juan)
y la procesión, donde se cantaba Mañana
domingo… de pico de gallo,
resultaban todo un mundo de fantasía y diversión. Después de jugar a Doña Blanca rompiendo pilares de oro y
plata la opción era divertirse con algún trompo, muñeca de trapo, cerbatana o
papalote. Sin embargo, desde 1774 el uso de este último artefacto fue
prohibido, gracias a que un buen número de niños cayeron de las azoteas por
hacerlo volar. Ya entrado el siglo XX los niños se convirtieron en soldaditos y
jugaban a luchar rusos contra alemanes en los escampados más cercanos a sus
escuelas.
Y
aunque gran número de enfermedades diezmaban a la población infantil, después
de un tiempo los sobrevivientes salían de sus casas para compartir con sus
cuates los grandes partidos de chiras
pelas, donde el ganador se llevaba el premio de oro: un quintal de cuirias en los bolsos de sus pantalones.
De entre aquellas canicas las más solicitadas eran las agüitas, transparentes y
rayadas; no obstante, existían muchas otras que los grandes jugadores
ambicionaban como el perico, las ágatas, o los diablitos.
Hoy en día los grandes problemas que afectan
a la sociedad limitan los entretenimientos infantiles, pues los niños no pueden
salir a las calles como antes y los modernos y sofisticados juguetes han
cambiado a tal punto que casi juegan solos. Las junglas, el espacio y los
vaqueros han sido sustituidos por los robos y secuestros, que los pobres
chiquitines ven constantemente en los programas televisivos. La nueva moda entre
los padres es concebir adultos a escala,
personitas que no los importunen con juegos y preguntas; hacerlos responsables
y maduros les quita sus singulares características infantiles, porque el mundo
aun no les preocupa del todo. Contribuyamos a que sigan siendo inocentes, que
para eso son niños.
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