Durante
el siglo XIX el género femenino fue representado, principalmente, por las amas
de casa que se encontraban preocupadas por la educación de sus hijos y la felicidad
de sus maridos. El ámbito doméstico les permitió integrar familias sólidas,
donde predominara la figura masculina. El hogar, refugio para los hombres, se
constituyó en un territorio de estabilidad y decencia, aunque, como sabemos,
muchas veces se ejerció una doble moral.
La responsable de mantenerlo con vida era la propia madre, que brindaba amor y
buen ejemplo a sus hijos y marido. La que no aceptaba este esquema era mal
vista por la sociedad, que criticaba con severidad a las trabajadoras, a las
que sabían un poco más de lo que era tolerado y a las madres que impulsaban a
sus hijas a salir adelante por medios diferentes a los convencionales. Por tal
motivo, las mujeres eran cuidadosas con su comportamiento y no hacían evidente
lo que pensaban o sentían, sobre todo, cuando no coincidían con el estereotipo
femenino de la época.
Por
tanto, las madres no tenían muchas opciones, pues entre el cuidado de una gran
prole y los deberes matrimoniales se les iba la vida. Los escritores de la
época encontraban en la figura materna el fin último de las mujeres, no
existían como hoy posibilidades de desempeñar algún empleo, pues sólo las del
pueblo podían acceder, por obligación, al mundo laboral. A principios del siglo
XIX, el novelista José Joaquín Fernández de Lizaldi, proponía a las mexicanas
no contratar los servicios de las nodrizas o pilmamas, “como no sea en caso de extrema necesidad, por muerte o
enfermedad de la madre”, pues el abandono de los niños alcanzó
cifras alarmantes. Las nanas se encargaban de luchar contra los pañales, la
alimentación progresiva y el amamantamiento, mientras que las madres se hacían
cargo de aconsejar a sus hijas cuando llegaban a la pubertad. Esta costumbre
fue sumamente criticada por Fernández de Lizardi, quien afirmaba que debían ser
las propias madres quienes amamantaran y cuidaran a las criaturas en sus
primeras etapas de crecimiento, puesto que “la crianza de los niños mantenía
hermosa y de mejor color a la mujer”.
Hacia la década de los sesenta, se
consideró a la maternidad como uno de los baluartes de la sociedad. A partir de
estos momentos las mujeres se convirtieron en las transmisoras de los valores
morales y patrióticos para las nuevas generaciones, a tal punto que, en México
las litografías en revistas femeninas y periódicos sobre el tema fueron
imitadas por los pintores de la
Academia de San Carlos, quienes retrataban en Escenas Maternales el símbolo ideal de
la concepción en aquel entonces.
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